octubre 2021 - V Año

ENSAYO

Francisco Suárez: Doctor Eximio, filósofo y jurísta

‘Europa es discípula, aunque ingrata, de la filosofía española’
Gumersindo Laverde (1835-1890)

Entre los múltiples estropicios causados, especialmente en España, por el excesivo peso dado entre nosotros a la Leyenda Negra, no es el menor el oscurecimiento y hasta el olvido o exclusión de muchos de los grandes autores hispanos que, sin embargo, forman parte de las mayores glorias de la ‘República de las Letras’, o de la de las ciencias y el pensamiento, o de la de las artes. El caso de Francisco Suárez (1548-1617), conocido como Doctor Eximius, es en esto un caso casi paradigmático y típico entre los tópicos: un católico jesuita y español, por definición, no puede ser un gran filósofo digno de figurar en un puesto principalísimo de la Historia de la Filosofía, pues como mucho sólo sería un despreciable fanático religioso. Y, sin embargo, no es posible comprender la filosofía moderna si se prescinde de obras fundamentales de la filosofía europea, como las Disputationes Metaphisicae de Suárez. Olvidar a Suárez es, además casi del orden de lo imposible, pues su obra jurídico-política De Legibus ac Deo Legislatore, también fue trascendental para la formación del pensamiento jurídico actual.

Y es que, pese a la tradicional mala fama que ha acompañado a jueces y abogados desde que el griego Hesíodo (siglo VIII antes de Cristo) los describiese certeramente en su poema Los Trabajos y los Días, Francisco Suárez, como ha sucedido con algún otro, debe a los juristas el que su recuerdo y su obra hayan podido seguir vivos. Sus obras principales estuvieron dedicadas a la Filosofía, no al Derecho. Pero ha sido gracias a su condición de ser uno de los creadores del denominado ‘derecho de gentes’ y uno de los que prefiguraron el mundo jurídico moderno, a lo que debe el que haya conseguido mantener alguna posición relevante en el ámbito de la teoría.

Y, de este modo, la aureola creada en torno al jurista, en cierto modo ha contribuido también a relegar, en parte, al filósofo. Porque, en lo que se refiere a la filosofía, Suárez ha sido prácticamente suprimido y desterrado al olvido, desde luego en España. Y eso pese a que sus obras jurídico-políticas derivan directamente de sus postulados filosóficos, de modo que no es factible entender sus ideas sobre el Derecho Internacional, las leyes, o la paz, sin adentrarse en su filosofía general.

Muy otro fue, por el contrario, el aprecio que tuvieron hacia él sus contemporáneos y los pensadores de los dos siglos siguientes XVII y XVIII. Leibniz (1646-1716) se graduó en Leipzig, en 1666, con una tesis sobre el principio de individuación, titulada Dissertatio de Ars Combinatoria, inspirada totalmente en Suárez. Y autores de los siglos XVII, XVIII y XIX, como Descartes (1596-1650), Spinoza (1632-1677), Wolff (1679-1754)), Vico (1668-1744), Berkeley (1685-1753), Hume (1711-1776) o Schopenhauer (1788-1860), citaron abundantemente las Disputationes Metaphysicae de Suárez y se apoyaron en ellas, pues las Disputationes Metaphysicae fue un texto que dejó unas huellas muy profundas en las obras de esos autores.

surez4Y mucho más aún, las obras de Francisco Suárez, católico y jesuita, fueron utilizadas para la enseñanza de metafísica ¡hasta en las Universidades luteranas de Alemania!, desplazando incluso al protestante Melanchton (1497-1560), el amigo de Lutero, porque los reformados no dispusieron nunca de teólogos y filósofos propios de suficiente categoría, hasta muy avanzado el siglo XVIII Es sumamente ilustrativo de la relevancia alcanzada por Suárez el hecho de que, entre 1597 y 1636, las Disputationes Metaphysicae, llegaron a la cifra de diecisiete (¡17!) ediciones en toda Europa. Y tanto en la Europa católica, como en la protestante, pues fue editado en Venecia, en Salamanca o París, pero también en Ginebra, Maguncia o Colonia. Todo un record. Hasta el mismo Hugo Grocio (1583-1645), holandés y protestante, le consideró como uno de los teólogos más insignes de la cristiandad y un filósofo verdaderamente profundo.

La Filosofía de Suárez coincide básicamente con la escolástica, es decir, es la Filosofía de Santo Tomás, a quien cita y sigue. Pero Suárez también estaba formado en el espíritu renacentista de la generación precedente, muy especialmente por las obras de Juan Luis Vives (1492-1540), Francisco de Vitoria (1483-1546), etc. Suárez significó la formulación de lo que se ha denominado la ‘Segunda Escolástica’, es decir, la escolástica post-renacentista. Una escolástica que se había aligerado de las absurdas pretensiones absolutas del deductivismo aristotélico-tomista, y que incorporó los fundamentos del Humanismo Cristiano renacentista y la moral platónica. Una Segunda Escolástica desde la que pudieron surgir, en el siglo XVII el racionalismo, tanto el cartesiano como el alemán, y el empirismo británico.

Francisco Suárez partía, además de la escolástica, de las bases teóricas inspiradas por el Renacimiento, que ya habían sido establecidas en la obra de Vives. Unas bases desde las que era posible abordar la síntesis de las tres grandes posiciones dominantes en la escolástica medieval: el tomismo, el escotismo (de Duns Scoto, 1266-1308) y el nominalismo ockhamista (de Guillermo de Ockham 1285-1347). Y en ese empeño, Suárez alcanzó la gloria de ser el primero que, después de largos siglos, volvió a escribir una metafísica sistematizada como obra completa e independiente, totalmente desligada de la teología y que no era un mero comentario de Aristóteles.

No por eso se libró Suárez de ser calificado por algunos de ‘eclectico’ en relación con las tres posiciones escolásticas tópicas: tomismo, escotismo y ockhamismo. Un eclecticismo que, a juicio de sus críticos, desvirtuaría el valor de la obra de Suárez. Y si bien es cierto que Suárez, en sus Disputationes Metaphysicae, pretendió recoger en toda su amplitud el legado filosófico del pasado, y que lo hizo desde una óptica de integración y conciliación, en realidad lo que hizo fue algo diferente. Lo que Suárez hizo fue establecer un balance riguroso de las posiciones que se habían formulado como contrapuestas en la tradición escolástica, pero buscando salvar siempre lo que de verdadero y convincente se podía hallar en cada una de ellas, fuesen la tesis del tomismo, o fuesen las propias de los ‘escotistas’ o de los ‘ockhamistas’

suarez2En realidad, Suárez hizo con la obra de Santo Tomás lo mismo que éste había hecho con las obras de Aristóteles. No es que Suárez fuese un pensador ecléctico. Suárez, espíritu penetrante e investigador como pocos, no podía ser hombre que se adhiriese ciegamente a una escuela determinada. Para él no era admisible el denominado ‘argumento de autoridad’, ni tampoco podía ser argumento para él el ‘magister dixít’. En puridad, Suárez siguió en sus líneas generales el sistema de Santo Tomás de Aquino, pero sin perjuicio de separarse de él en aquellos puntos en que su razón le mostraba otros derroteros, ya fuera completando al Santo, o corrigiendo sus tesis con los elementos válidos que encontraba en los otros sistemas, o ya fuese introduciendo su aporte personal en el sistema tomista, al que llevaría así a su plasmación más coherente y plena.

Es posible, como antes se comentó, que el genio de Suárez como teórico jurídico-político haya podido facilitar que el Suárez filósofo se viera injustamente postergado en la posteridad. Pero es que la formulación de la idea de libertad por Suárez, en el debate de la predestinación, y la teoría del origen divino del poder, como origen, sí, pero remoto que sustentó, han sido trascendentales para las modernas definiciones de libertad individual y de soberanía popular, que acompañan a la moderna democracia. Y no sólo por su excepcional claridad y precisión, sino por la influencia que ejerció sobre el pensamiento político liberal y democrático, en especial sobre sus primeros y más destacados formuladores, el holandés Spinoza (1632-1677) y el británico Locke (1632-1704).

Suárez, católico, jesuita y uno de los más destacados los teólogos del Concilio de Trento, sistematizó, con su ingenio habitual, las ideas sobre el origen del poder propias de la Escuela Española o de Salamanca, y teniendo como referencia adversa los errores y excesos de las teorías políticas de los protestantes. Al igual que todos los autores españoles después de Juan Luis Vives, y tras las polémicas de Erasmo de Rotterdam y Ginés Sepúlveda contra Lutero, entre 1524 y 1527, Suárez también sustentó la tesis católica de la libertad individual en la polémica de la predestinación.

En la confrontación de Suárez, y de la Escuela Española o de Salamanca toda, contra la doctrina de la predestinación, al igual que en la polémica de Erasmo frente a Lutero de 1524-1526, se encuentra sobre todo la afirmación de la libertad como principio básico de la vida, y principio central en ese asunto, tan sensible en la época, como lo era el de la salvación del alma. Al afirmar la libertad del hombre en asunto tan trascendental, Suárez y los teólogos jesuitas se alineaban con el espíritu renacentista más característico, al tiempo que aplicaban el análisis racionalista, frente al irracionalismo subyacente a todo determinismo. De igual modo, los teóricos jesuitas desarrollaron la moderna tesis de la soberanía popular, enfrentándose también en ese punto a la doctrina protestante de la soberanía entregada por Dios al Príncipe.

La teoría del origen del poder formulada por los autores españoles de la Escuela de Salamanca (Suárez, Las Casas, Molina y Mariana, principalmente), estableció que el origen divino del poder era un origen remoto. El poder dimana de Dios, pero a través de la comunidad. Porque el gobernante nunca recibía directamente el poder de Dios, sino que lo recibía del Pueblo, que era a quien Dios lo había entregado. Los ciudadanos nunca pierden su soberanía totalmente. Pueden delegarla, pero sólo en un contexto legal de participación ciudadana y de sumisión del Príncipe a los mandatos de la Ley Natural, inspirada igualmente en la Ley de Dios. Una teoría formulada en contraposición a la teoría del poder de luteranos y anglicanos, principalmente, que proponían que era Dios quien entregaba directamente el poder al Gobernante que, de este modo, asumía en la perspectiva protestante el doble papel de Rey y Papa, simultáneamente.

suarez3Una gran parte del éxito obtenido por Suárez entre los primeros teóricos de la Democracia Liberal, como Locke y Spinoza, nace de ahí. Nace justo del hecho de que las teorías políticas del protestantismo reconducían inevitablemente hacia sistemas políticos despóticos y tiránicos, al unir en la persona del Príncipe o Gobernante, la doble condición de jefe político y de jefe espiritual. Por ello, Spinoza y Locke, que vivían la realidad de Inglaterra y Holanda, países protestantes, acogieron con verdadero alborozo la teorización del poder de los pensadores católicos españoles. Porque el pensamiento de los maestros jesuitas españoles anticipaba, incluso, las ideas de separación de la Iglesia y el Estado y la moderna idea de laicismo. Y porque esa separación para fundamentar la democracia liberal, en las Inglaterra y Holanda de los siglos XVII y XVIII, no sólo era imposible, sino que hubiese sido considerada alta traición.

Así, por ejemplo, los protestantes consideraban la desviación religiosa de los súbditos como un gravísimo pecado, pero también como delito de alta traición al Príncipe (que era Rey y Papa, a la vez). Frente a ellos, Suárez fundamentó el derecho de los ciudadanos a rebelarse si el Estado se transforma en tiranía, es decir, el derecho de resistencia a la opresión, en la forma del Derecho al Tiranicidio, que desarrollaría más tarde Juan de Mariana. Suárez y los autores de la Escuela de Salamanca, como católicos que eran, tenían perfectamente clara la separación existente entre el poder temporal (el Rey de cada país) y el poder espiritual (el Papa de Roma). Una nítida y hasta radical separación de las cabezas del poder temporal y del espiritual, pues alguna vez hasta estuvieron en guerra Reyes y Papas. Y también tenían claro el Evangelio de San Mateo: dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Para Suárez era inadmisible considerar siquiera que Dios pudiese tener una directa participación en los asuntos del Estado, como sostenían los protestantes.

Todos estos asuntos, como a cualquiera se le alcanza, son de bastante más actualidad de lo que pudieran parecer a primera vista, pues siguen definiendo los ejes del debate político del mundo actual más trascendental. Porque el gran debate político del mundo actual sigue siendo el Debate de la Libertad. No se engañe nadie, en el mundo actual sólo vivimos en régimen de libertad, en democracias liberales, un exiguo tercio de los casi 8.000 millones de habitantes del planeta. Europeos y americanos, y no todos, australianos y neozelandeses, y la India, Japón y algún otro país menor de Asia (Corea, Taiwan), son democracias liberales, más o menos imperfectas. El resto, unos dos tercios de la humanidad, casi 6.000 millones viven bajo despotismos, tiranías, teocracias, dictaduras… No lo olvidemos.

Por último, es ineludible recordar el paso decisivo dado por Suárez en la elaboración del concepto moderno de Derecho Internacional, y de su división entre Derecho Internacional Público y Derecho Internacional Privado. Y es que fue Suárez quien apreció por primera vez que el llamado Derecho de Gentes era en realidad un derecho doble. El derecho que las gentes observan inter se, que precisa de un ordenamiento jurídico regulador de las relaciones de los Estados como tales entre sí, era uno de ellos. Pero otra cosa era el derecho que las gentes observaban intra se, que era un derecho privado reconducible a los criterios y principios reguladores del Derecho Civil clásico.

A juicio del insigne jurista portugués Luis Cabral de Moncada (1888-1974), el futuro inmediato no fue muy favorable a Suárez, que llegó a estar casi olvidado en el siglo XIX y parte del XX, pese a sus éxitos y glorias en los siglos XVII y XVIII, donde fue fundamental, especialmente en las Universidades Alemanas. Quizá el uso del latín y un estilo poco literario, que adolece de, cierta aridez expositiva, le depararon menos posibilidades de éxito que a Grocio, a quien se lo equipara a veces. Y eso pese a que Grocio nunca dejó de recordar que debía toda su inspiración a la obra de Suárez. A cambio, frente a Grocio, y también frente a los autores posteriores de filosofía, cabe a Suárez el honor de que su obra esté llena de aportaciones al acervo europeo común, aunque no siempre se haya dejado claro el rastro de su procedencia.

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