febrero de 2024 - VIII Año

Con el cerebro en un puño…

Fray Luis de León, perseguido y encarcelado por la Inquisición

…Y el miedo en el cuerpo, durante más de tres siglos y medio (1478 – 1834), es un tiempo de trauma crónico capaz de anular la creatividad, el proceso discursivo, el raciocinio y el sentido crítico de todas y cada una de las personas habidas durante ese periodo y de las generaciones sucesivas. En consecuencia, el pensamiento es un quiste en la manera de ser, una vez concluido el colapso cognitivo imputable al trauma.

El guion de vida es un concepto transaccional, según el cual las personas y los pueblos siguen un plan preconsciente (ver Guion nacional), ajustándose a leyes fijas, expresadas de forma negativa: No vivas, No pienses, No te separes, etc. Tal plan se estructura a tenor de la conducta de los progenitores y sustitutos en el ámbito familiar y de los próceres sociales para la idiosincrasia. La influencia no proviene de lo que dicen verbalmente las figuras de autoridad, los euhemeri, sino de lo que hacen, el valor simbólico de su conducta. Y el guion abarca más las sombras que los claros de cada persona y de cada pueblo, sus miserias, delirios, sus compulsiones de repetición (la neurosis individual, o colectiva). Todo el síndrome de adaptación queda regido por el guion.

Esforzándose por comprender la invertebración de España, Ortega se remonta a los visigodos, que heredaron el señorío del antiguo dominus romano: estaban empalados en sus dominios, aislados de sus congéneres y ajenos a cualquier empresa colectiva que pudiera ser compartida con sus iguales. Esa psicología social, considera el filósofo, explica la desbandada tras Guadalete, las apostasías siguientes, los reinos de Taifas y que la llamada Reconquista durase más de setecientos años. En abono de esta tesis, baste señalar que sólo Alfonso VIII ejerció un liderazgo integrador que coronó en las Navas de Tolosa y no volvió a producirse hasta los reyes Isabel y Fernando. El resto de reyes medievales anduvieron ensimismados en sus autonomías aldeanas respectivas. Como también ocurre ahora. ¿Será este sesgo consecuencia del guion de vida nacional?

Es un hecho que el español medio desconfía de sus congéneres y, salvo don Quijote, procura no aventurarse en batallas ajenas. No confíes es un mandato de guion. Como el dominus romano se acomoda en sus dominios, se aísla, se desentiende de lo otro y no se mete con nadie, con tal que nadie se entrometa en sus asuntos.

A mi modesto entender, el complejo de inferioridad que sufrimos los españoles se enraíza en acontecimientos de la historia nacional. En un artículo anterior (ver Complejo de inferioridad español), me refería al efecto de la Inquisición como proceso destructivo, cuyas consecuencias se mantienen todavía. El mandato No pienses puede aletargar el proceso discursivo, a favor de procesos cognitivos pre-lógicos, como puedan ser las creencias. Esto sucede ahora. Ciertamente, hemos cambiado de creencias, aunque mantenemos la misma intolerancia. Buena prueba de esto es alguna ley ideológica, promulgada recientemente:  creamos un tabú sobre la historia de 40 años, como si negando la historia, el futuro quedara libre de maleficio. Una creencia sin fundamento. No obstante, el poder coercitivo siempre ha sido, y es, contundente a la hora de vencer e imponer la creencia propia; de ahí la intolerancia cerril que nos caracteriza.

Allá y entonces, la Suprema del Santo Oficio tenía un estatuto y publicaba catecismos; exigía confesiones públicas, las palinodias, y abjuración de los errores heréticos, tras aplicar torturas como la garrucha, la toca y el potro, que arramblaban la caridad cristiana; imponía prisión preventiva, que podía durar 17 años como ocurrió al arzobispo Carranza, con expropiación de todos sus bienes y rentas. Incluso, si el reo estaba muerto, la expropiación, asunto importantísimo, se ejercía sobre sus herederos. El proceso seguía su curso y, si el reo difunto resultaba condenado, se le desenterraba y quemaban sus huesos… Ahora, también desenterramos muertos, interpretamos la historia a comodidad y adaptamos los textos a los intereses políticos. Son otras creencias y otros catecismos. Las sanciones son igual de penosas.

Sobre el número de afectados por la Inquisición, hay importantes lagunas, que no podrán resolverse, toda vez que muchos de los archivos de los diferentes tribunales inquisitoriales han desaparecido. Kamen limita a 2000 las víctimas, mientras Juan de Mariana las eleva a 800.000. Sólo en Sevilla, durante el primer año de funcionamiento del tribunal parece que se quemaron 2000 vivos y 2000 muertos. Pero, las cifras no cuentan para atorar a la gente y atrofiar el cerebro. Es el valor simbólico de la conducta lo que nos importa: la amenaza universal que se cernía sobre la sociedad.

En el caso de Luis Vives (1493-1544), su padre, judeoconverso rico, fue quemado vivo, y su madre en efigie diez años después de muerta, pese a que en vida había hecho abjuración pública de judaísmo. Luis, con apenas 16 años, emigró a París por orden de su padre, que previno la desgracia que se les venía encima. En 1522, la universidad de Alcalá ofreció a Vives una cátedra que, por sabiduría intuitiva, no aceptó; al padre lo iban a quemar en 1524… Y a él, once años después de muerto, la Inquisición aún puso en el Índice su libro de Comentarios sobre San Agustín, donde defiende que la guerra entre cristianos nunca es legítima, critica el boato con que vivían los eclesiásticos, incluidos los frailes mendicantes, y no justifica los fastos con que se conmemoraba la pasión y muerte de Cristo. Y eso que nunca llegó a ver un paso de palio actual.

Algo parecido le ocurrió al conquense y erudito Juan de Valdés, que, con el miedo en el cuerpo, huyó a Roma, donde el papa Medici, Clemente VII lo acogió y asumió sus tesis, supuestamente erasmistas. Es preciso recordar que otro Medici anterior, tan poco edificante como León X, tenía el Elogio de la Locura de Erasmo como libro de cabecera. Porque, en esto de ser más papistas que el Papa, los españoles siempre hemos sido campeones. Quizá por eso, también Juan de Avila, otro que pensaba, hoy santo y doctor de la Iglesia, también pasó tres años en prisión inquisitorial, acusado de erasmismo, por predicar valores evangélicos.

Lacerante y oneroso, aunque representativo de la desconfianza sobre el pensamiento, resulta el trato que la Inquisición dio al desgraciado Carlos II: el dominico Rocaberti, inquisidor general y enemigo de la reina madre doña Mariana, consideró que la Inquisición debía intervenir en la esterilidad que aquejaba al rey. La mayoría de los otros miembros de la Suprema opinaban que no procedía, porque consideraban que el rey era un enfermo. No obstante, Rocaberti se empecinó, logró sustituir al confesor del rey por Fray Froilán, otro dominico protegido suyo y servidor incondicional. Entrambos, pergeñaron tener una consulta con el diablo, valiéndose de unos médium. Hasta dos audiencias lograron que les otorgara el diablo, ya que, mediando una buena causa, el trato con el diablo no es pecado, ni repugna a la conciencia. De resultas de aquellas entrevistas, supieron que el diablo se había metido en el cuerpo del rey, a través de una jícara de chocolate, suministrada por doña Mariana, que fue apartada inmediatamente de la proximidad y trato con su hijo.  Rocaberti prescribió el plan de tratamiento completo: exorcismos para el espíritu y, en funciones de médico del cuerpo, la ingesta diaria de medio cuartillo de santos óleos. Menos mal que se murió Rocaberti, si no la disentería hubiera acortado el triste reinado de Carlos II.

Esto ocurría en España, mientras en Europa habían vivido y producido su obra los racionalistas René Descartes y Benito Spinoza, sefardí por cierto; el empirista Hobbes y los cosmólogos Telesio y Campanella. Pese al oasis intelectual de la Escuela de Salamanca, Europa, en el campo de la filosofía, nos llevaba mucha ventaja.

Otro mandato del guion es No te separes del canon, de la norma, de lo vulgar, del redil familiar. Un conquense notable, Fray Luis de León, lírico exquisito y catedrático en Salamanca, también sufrió cárcel inquisitorial, más de cuatro años, por traducir sin permiso el Cantar de los Cantares. No importó que Nebrija, al publicar la Gramática Hispana en 1492, hubiera elevado de categoría al castellano, parangonándolo con el latín y el griego, las otras lenguas cultas dotadas de gramática; ni que Casiodoro de Reina estuviera ya traduciendo al castellano la Biblia entera que publicó en 1569. El   encausamiento de Fray Luis lo dictó la envidia entre frailes para usurpar su cátedra; pero, el valor simbólico fue la penalización por actuar por libre, hacer algo motu propio.

El canon ni tiene que ser ético, ni encomiable moralmente, para que el mandato No te separes sea contundente; baste de ejemplo, el desvelo, fracasado, puesto por el cardenal Cisneros para corregir el desmadre del clero regular y secular: desde tiempo atrás, las sedes episcopales y conventuales, dotadas con pingües rentas, estaban ocupadas por hijos naturales de reyes y aristócratas, cuya vocación no era, precisamente, religiosa. Ocupar prelaturas, canonjías y abadías ricas era una demostración de poder. La cooptación de cargos de entonces, sólo admite parangón con la que ejecutan hoy los partidos políticos, atentos a remover los consejos de administración de las empresas públicas, estratégicas o no, y los cargos de organismos autónomos y fundaciones, apenas llegan al poder. Hoy la fidelidad se paga bien, porque quien se mueva no sale en la foto. Igual que entonces.

El cardenal Cisneros también pretendió que la universidad de Alcalá fuera un foco de religiosidad erasmista, evangélica que rearmara los comportamientos morales. Cosechó otro estrepitoso fracaso: la Inquisición acusaba de iluminados por el demonio a todos quienes discrepasen del statu quo y procedió a efectuar una limpieza drástica de los díscolos, entre los cuales cayó algún obispo como Juan de Cazalla, Mateo Pascual ex rector del Colegio de San Ildefonso de Alcalá, etc. A la limpieza étnica ejecutada sobre los judeoconversos, hay que agregar ahora la ideológica.

Por último, para no hacer prolijo este relato, saltamos a Goya: quince días tuvo a la venta sus Caprichos, hoy visitables en la Real Academia de San Fernando, donde critica los vicios del clero y la ordinariez del pueblo que se deja manipular. Al conocer que la Inquisición lo iba a procesar, el pintor optó por regalar al rey las estampas y las planchas. Aceptado el regalo por el rey Carlos IV, se zanjó el proceso; pero, Goya estuvo procesado por ser crítico y salirse de la obediencia ciega, expresando lo que pensaba.

Las consecuencias de estos tres siglos y medio de pavor son visibles aún en nuestra idiosincrasia nacional, nuestro carácter colectivo de la cultura que generamos. He aludido a la intolerancia y me voy a referir a otras dos características: la repugnancia a la autonomía y el afán de seguridad.

Entre nosotros, el respeto al ser humano no dependió nunca de nuestra condición humana, sino de las creencias que exhibíamos y las prácticas que de ellas derivaban. Por eso, quienes van por libre, eran y son considerados raros, de poco fiar, peligrosos y son tachados de iluminados, grillados o tener la cabeza a pájaros.

En cambio, han sido y son respetados quienes profieren tópicos, repiten aforismos rancios y mantienen un discurso políticamente correcto, ¡vaya sintagma! Los comportamientos de estas personas guardan el paradigma de la norma; al menos, las apariencias de ser cristianos viejos allí donde hay control social, y personas de orden en cualquier caso, aunque el orden lo marque un grupúsculo sectario, si tiene poder. Posiblemente, sea la combinación de dos mandatos: No pienses y No te separes.

Izquierda y derecha, las dos Repúblicas, las múltiples Dictaduras y la Monarquía absoluta han fusilado a los disidentes, los han desterrado, marginado y humillado de mil formas, porque, en el tuétano de nuestra idiosincrasia, aquella univocidad de ser fiel a las creencias y normas externas sigue permanente, como un monumento inmaterial.

Otra pretensión nacional es vivir con seguridad. Otra herencia. Entonces, los administradores de la Inquisición tenían en ella un doble refugio: de una parte, el juicio derogativo, es decir, ¿cómo Torquemada se iba a investigar a sí mismo aun teniendo antecesores judeoconversos?; de otra parte, los frailes que se ocupaban de estos menesteres vivían mucho mejor que en el convento, porque se sostenían de las expropiaciones de los acusados y, además, quedaban exentos de las prestaciones del coro y de la vida conventual. Todo eran mejoras. Ahora, la seguridad está en vivir del Estado: dentro no ha lugar a eres ni a ertes; en cambio hay moscosos y poca exigencia de productividad. Por demás, el Estado es el gran administrador de la violencia, la ejerce a diario sobre todos y cada uno de sus súbditos. Bajo el epígrafe de bien común, legisla constantemente a favor de sí mismo y aplica todo su poder coercitivo sobre quienes disientan.

Así pues, se está a cubierto dentro del Estado, defendiéndolo y participando de su banquete. Viviendo del Estado, no sólo no se sufre, sino que se disfruta del poder, aunque el puesto sea de ordenanza. Psicológicamente, resulta más económico, y aun ecológico, ser Estado que situarse frente a él, tener que soportarlo y, ya no digamos, urdir contrapesos a su omnímodo poder. El mecanismo de defensa es de identificación, dijera Anna Freud. Hay funcionarios que delinquen y prevarican, por supuesto; sin embargo, la tendencia a pertenecer al Estado es reconfortante, aunque no quepa aquí el desglose analítico de este confort, y añade muchos beneficios prácticos, que no garantiza el trabajo autónomo, ni la contratación empresarial. El anhelado Estado otorga una seguridad que no ofrece nadie.

Consecuentemente, el guion ovejuno que nos conduce se retroalimenta de mantener inerte el pensamiento autónomo y acomodarse al isomorfismo social. Donde fueres, haz lo que vieres, o Come y calla, que tener sentido crítico es peligroso y fuera del aprisco hay muchas inclemencias.

Si el guion no se puede cambiar, es preciso dejar de obedecerlo, que hasta don Quijote se curó de su locura y Sancho Panza de su cordura.

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Escrito por

Archivo Entreletras

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