mayo de 2024 - VIII Año

Kafka, tragedia humana y condena literaria

«¿Para qué comentar?», llega a preguntarse Blanchot acerca de la obra de un autor y en particular de la de Kafka, optando por justificarse en la necesidad que estaría en la base de la literatura misma. ¿Para qué sumarse a la pléyade de comentaristas e intérpretes que la obra de Kafka en particular a concitado?, me digo a mi vez, justificándome en que se hace necesario aportar ciertos matices a lo que se ha dicho, en muchos casos para denunciar su intencionalidad, ignorando sin más muchos de ellos de los que no conozco su alcance. En cualquier caso, el caso podrá servir para reafirmar lo que entiendo que está en la base de la Literatura y del Arte, en todo caso del que nace «instintivamente» (para decirlo con Nietzsche) y dejando fuera las obras destinadas expresamente al entretenimiento o a aprovechar el espacio que la autenticidad abrió por las causas diametralmente opuestas antes señaladas: el impulso de escribir al que precisamente atribuyo la voluntad irrenunciable de escribir que, como Kafka y muchos otros sintieron, entregándonos sin otra razón más decisiva los textos que nos siguen conmoviendo. Una voluntad no sin contradicciones, no sin momentos de debilidad y frustración, no exentos en fin de responder en uno u otro grado a la búsqueda de una salida (o «salvación») de todos los seres humanos; porque, como Kafka reconoce con notable lucidez, todos encuentran sus más adecuadas «armas de combate» ante la vida y el mundo.

Precisamente esto nos lleva directamente al asunto que da lugar tanto al ingente interés que despertara y aún despierta la obra de Kafka (no por nada tanto como la artística de El Bosco) como lo que explica la propia actividad literaria auténtica, esa Literatura en la que Kafka declarara querer «fundirse» o «diluirse», en sus propias palabras: «ser»; actividad que «escogiera» tras presentársele de manera inexorable, como «una jaula (que)  fue en busca de pájaro».

Pero (como tampoco, insisto, en el caso de El Bosco) sería la «extrañeza» o lo «complejo» de la obra lo que viene despertando tantos comentarios e interpretaciones, sino a mi parecer el grado en que Kafka acabó por dejar al desnudo de un modo extremadamente descarnado la perplejidad, la orfandad, la desasistencia que asoló la vida humana, el mundo en otras palabras; la imposibilidad de una respuesta «taxativa» acerca de haber nacido, conformarse de una manera u otra, madurar en síntesis, y por fin morir tras una insatisfactoria contribución a la reproducción de la especie… eso sí, buscando la manera de sustituir el «vacío» que se siente, «la nada» en la que el individuo se ve inmerso, mediante el ejercicio de una actividad (social) que le procure una certeza de «dignidad», es decir, que sustituya el sentido inalcanzable del ser mediante un sentido inventado de actuar. Y, en un segundo plano que se trata de priorizar sin que ello de fundamentos satisfactorios a la existencia, gozar de esos «momentos eternos» de los que con Hegel remarcara Goethe, ciertamente fugaces, que el individuo obtiene de la «perfección» lograda en la actividad escogida. En el caso del artista (o del pensador en general), los «momentos» en los que se exclama más o menos explícitamente «¡Eureka!». Como Kafka reconoce: «Intrépido, desnudo, poderoso, sorprendente como no suelo serlo sino cuando escribo»..

No se trata pues de algo que distancia tanto como se intenta (quizá por una necesidad atávica igualmente general que llevara a la mayoría a sacralizar las diversas figuras de divinidades e intermediarios entre el cielo y la tierra) a artistas y escritores del resto de la humanidad, aunque sin duda son esos artistas y escritores los que, propietarios de una agudeza notable para la observación y sobre todo para ejercitar una irrefrenable «mirada invertida», y apelando a esa «imaginación» que los acosa, y que, como anota Kafka, permitiría una salida a la «Inmensidad del mundo que tengo en la cabeza… Antes estallar mil veces que reprimirlo o sepultarlo en mí, pues por ese motivo estoy aquí, al respecto no tengo la menor duda» (es decir de paso: lo que le da la razón de su existencia; a él, a El Bosco, y a todos los escritores y artistas auténticos). Los que sin pretender realmente dar testimonio de la trágica desolación humana sino sencillamente de la propia, logran mediante sus obras desbordar su «yo» para convertirlo en «ellos». Lo que Kafka (o como, insisto, El Bosco mediante el arte, «anticipándose» al texto, como señala Duvignaud) no pueden dejar de producir, incapaces de refrenar su sensibilidad extrema y su malestar existencial, lo que les induce el sentimiento derivado de su interacción con el mundo y sus obstáculos inevitables. En otras palabras, de buscar una salida a la penuria, el vacío, la angustia que es idealizada a la vez que impone hasta cierto punto, según la idiosincrasia de cada uno en uno u otro grado, realizar irremediablemente una andadura real, común con matices notables a todos los humanos en tanto seres cuya existencia y conductas no pueden y generalmente evitan explicarse, huyendo como pueden de ese peso insoportable mediante la ocupación de un espacio en el que encuentren la mencionada «dignidad» social como sustituto de su razón de ser.… o suicidándose.

Algo que hacen desde los criminales que reducen su vida a la supervivencia a corto plazo («llegar al día siguiente», como decía Dostoyevski y Quignard), pasando por los profesionales de la política, cuya necesidad nace de la servidumbre inevitable del pueblo (la «voluntaria» que La Boétie no lograba comprender del todo) hasta los propios analistas que prefieren concentrarse en unos u otros detalles, descomponiendo la obra hasta negar el bosque no sólo en nombre de los árboles sino inclusive en el de ramas, hojas, frutos, nervaduras, química vegetal, etc.; lo que sea para, al igual que los demás oficios, encontrar la mencionada «salida» que precisamente Kafka expone sistemáticamente como inevitable.

Kafka en 1906

Así el artista y el escritor, sufriendo de manera desigual según su experiencia, apenas conseguirá amainar su angustia, cayendo con repugnancia a las claudicaciones que le impone el mundo sin alternativa. Las que Kafka busca evitar pero a muchas de las cuales siente que debe responder al tiempo que se inclina por destruir. Las que, más pragmáticos, muchos como El Bosco aceptarán o inclusive aprovecharán: el matrimonio  de conveniencia, la mercantilización de sus obras proveedora de una cómoda y hasta sublime medio de supervivencia, el cumplimiento de las reglas de una técnica que debe ejercerse para concitar una benévola contemplación aunque acaba por ser tergiversada, reducida a servir «…para su noble entretenimiento», como se señala en el documento de compra de El Juicio Final de El Bosco, incapacitado para ejercer de tirano según incluso le habría querido imponer el progenitor, lo que le procuraría ciertos «momentos» felices reservados para los «profetas armados» y negado para «los desarmados»; reservados y justificados ideológicamente en que se trata de su «única manera de amar» (como hace Sartre a través de la impostada voz de Goetz) para permitirse imponer a todos el amor de los demás.

Es inevitable. El refugio es exigencia de la vida trágica del ser consciente ( y lo somos todos, hasta los peores), faltos de la respuesta clave: quién soy, para que estoy, qué me hizo así y por qué. Preguntas que se hagan o no explícitamente (esto para los pensadores) o se pongan a través de una historia organizada por la imaginación y la técnica que lo permita, no podrá obtener de nadie una respuesta como no sea la aceptación de ser sin más un Resultado, es decir, se opte de otro modo por la Resignación, con lo poco que ella satisface, con lo mucho que ella angustia. Y dejando en todo caso paso, como acabaría por optar Moisés ante el silencio de la zarza ardiente, por asumir en su caso como responsabilidad del conductor, organizar una Ley. Lo que el escritor y muchas veces el artista imitan sin iguales consecuencias.

Al final, se impone a todos apelar a esa parte subsistente, atávica, y por una mayoría cada vez más reiteradamente adoptada, de una conducta primitiva (que, como señalara Kierkegaard, citado por Blanchot), no significaría siempre «aceptar el mundo como es» sino actuar «sea el mundo como sea»), de modo adaptativo en todo lo posible, pragmáticamente, hipócritamente, engañándose, dejándose engañar y por fin mintiendo a diestra y siniestra en particular mediante esa actividad que se basa en la mentira: La Literatura. Creando por esa vía, justificándolo con subterfugios por interpósitas personas (los personajes, como en Cervantes) o mostrando la imposibilidad de hacerlo y dejándonos directamente en la perplejidad (Kafka), dándole a ello una forma en la pura fantasía; revistiéndola de una causalidad, de una verosimilitud, que se hace por sí misma sustancial.

No hubo nadie a quien las muchas lecturas llevarán a querer vivir sus hazañas de manera fabuloso, a convertirse en un demente que ve gigantes ya de por sí fantásticos en unos molinos tangibles. Y con ello a representar el deseo latente en cada ser humano de escapar de la rutina y de la burda cotidianidad. Lo que Kafka construye mediante yuxtaposiciones parabólicas que esconden sus deseos, y disfrazan igualmente su ansia de otro mundo, y que, a diferencia de Cervantes, nos pondrá ante al espejismo que necesita sin contemplaciones, sin «locura» mediante, porque no se permite ignorar la consciencia de su inutilidad. Kafka llena su mundo ficcional de primitivos que obedecen sin preguntarse nada y en ese mundo sitúa como caído del cielo a un obseso en busca de respuestas, perdido, incapaz de dar con quien responda a sus dudas y a su situación, perdido en ese mundo que a diferencia de él no parece necesitar sino ocuparse para llegar vivo al día siguiente… algo que Cervantes también necesitará incluir por fidelidad a su propia experiencia mediante la figura, narrativamente necesaria a su vez, de Sancho Panza y el resto del pueblo con quienes Don Quijote se cruza en su empeño. De ese modo, ambos y muchos otros construyen un andamiaje, una escenografía una coreografía donde se impone la vacuidad y la desesperación que han experimentado, ha hecho carne en ellos, y sangre, y experimentarán hasta el final. Convirtiéndose potencialmente en la penuria de todos. Para decirlo con Kierkegaard, según cita Benjamin: «Como en los cuentos maravillosos; cuando se ha pronunciado la palabra, se abre el candado encantado, cerrado desde hace cien años, y todo se vuelve vida».

No es por tanto que los textos de Kafka encierren «profecías», como pide la inextirpable parte primitiva del ser humano, ni reproducir un mundo «retrógrado» (calificaciones ambas sostenidas por Benjamin al claudicar a su ideología y sus esperanzas mesiánicas cegadoras, espejismos que en algún sentido lo defraudarán y lo conducirán a dejar físicamente el mundo), sino la propia «penuria» del escritor o del artista que, delegando su testimonio a uno de sus personajes, desborda sin remedio a instancias de la propia mecánica de la narración que se pone en marcha, expandiéndose hasta mostrar la mecánica que se le impone al mundo entero y se muestra de alguna manera concreta, confrontándose y entretejiéndose unas con otras para garantizar sin alternativa la supervivencia de la especie. Lo que el escritor o el artista auténticos, experimentan con condescendencia y vanidad, como un don o una suerte de imposición sublime y hasta divina, alcanzado o, como en Kafka, siempre a punto de alcanzar «el no retorno». Sintiendo sin poder resistirse a ello que debe seguir adelante pese a todo… con «la mirada levantada hacia la apariencia vacía» como el Agrimensor ante el «puente de madera», parábola del niño que la alza desde abajo a la mirada incomprensible del padre… siempre a un paso de la madurez que le pretende imponer y lo forzará a perseguirla y a negarla a partes iguales… siempre, en el caso de Kafka, bajo el temor de ser «despellejado como un pez». En todo caso, suicidándose paulatinamente por desgaste, acusándose de «inútil» gracias a los sistemáticos reproches paternos contra los que sin embargo luchará denodadamente; «incapaz» como la ingente mayoría de los débiles, y aprovechando en la medida de lo posible las «piedras medievales» dejadas a lo largo del pasado, como las que se usan en las casas del presente, los objetos que se exhiben o se mantienen para la práctica y el usufructo de la moderna actividad turística. En definitiva, recuperando los pasos del pasado que se mantienen en el presente y se deben soportar.

Franz Kafka y Felice Bauer

Presente y experiencia personal por tanto (escribir «tratando de ti» –el padre–, como Kafka confiesa, exponiendo lo «que no podía formularte», realizando «una despedida (…) intencionalmente dilatada»), que se agigantará inevitablemente en la obra al expresarse como en secreto, como escapando de un cofre, por medio de parábolas, siempre a causa de la mecánica intrínseca del arte y la escritura que se torna irrefrenable  a instancias de la verosimilitud que se persigue y con la que se envuelve la queja, el dolor y la amenaza. Ningún mensaje intencionado pues sino simplemente desplegado que interesadamente (en el sentido de Spinoza) resultará recortado por los receptores de la obra expuesta, en las que los autores han solido esconder su burla además de su «desquite».

Pero nada de lo extraliterario que se enfoca e inclusive se inventa el intérprete. Nada al menos con la voluntad consciente de cambiar el mundo o regresar al Paraíso perdido bajo nuevas formas más racionales, científicas. Un mundo que la Literatura, notablemente en la de Kafka, se muestra del todo inexplicable, ajeno a toda esperanza de borrado y reajuste a la necesidad del individuo particular y a toda adaptación que pretenda hacer una realidad del deseo de todos los deseos y no irá más allá de la continuidad contradictoria y circunstancial de la especie.

En todo caso, mientras Cervantes acaba por revestir con un subterfugio (la locura), tributos a la condescendencia, Kafka, tomando como materia prima su propia penuria, nos dejará a todos ante la penuria descarnada, ofreciéndonos como lectores el reflejo directo de nuestro desamparo, de nuestra perplejidad indisoluble. En breve, mentiras impías que el autor ha puesto a rodar preso de su agudeza como observador, sufridor y soñador.

En cualquier caso, gracias a una secuencia de múltiples y variadas traiciones, lo que bastantes hemos podido conocer como lectores y espectadores de las más contundentes obras, el reflejo de nuestra propia tragedia para acabar diciendo, con Blanchot: «¡Oh, maravilla!».

Referencias bibliográficas:

Franz Kafka: Obras, Cuadernos en octavo, Diario, Carta al padre
Walter Benjamin, Sobre Kafka, Correspondencia, Apuntes
Maurice Blanchot, De Kafka a Kafka
Gauffreteau-Sévy, Hieronimus Bosh «El Bosco»
Marthe Robert, Lo viejo y lo nuevo, De Don Quijote a Franz Kafka

Johan Huizinga, El otoño de la Edad Media
Fiódor M. Dostoievski, Memorias de la Casa Muerta
Pascal Quignard, Morir por pensar
La Boétie, Discurso de la servidumbre voluntaria Jean Duvignaud, Sociología del Arte

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