septiembre 2020 - IV Año

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Juan Luis Vives y el Renacimiento español

Juan Luis Vives

Como recuerda el Profesor Abellán, en su Historia del Pensamiento Español, Ortega y Gasset (1883-1955) sostuvo entre nosotros que no hubo Renacimiento, propiamente dicho, en España. Y es que, aunque sorprenda, durante el siglo XIX y comienzos del XX hubo en Alemania toda una línea de estudio que, en la estela de las Lecciones de Filosofía de la Historia de Hegel (1770-1831), negó que en España se hubiese producido Renacimiento alguno. Hegel sostuvo en su filosofía de la historia que el Renacimiento, salvo en Italia, consistió principalmente en la Reforma Protestante. Y así, los adversarios de la Reforma religiosa, como lo fue señaladamente España, simplemente representaron el ‘espíritu anti-renacentista’. La tesis negadora de Ortega y Gasset, influido en ese punto por sus maestros alemanes, sin embargo, no le impidió calificar a Juan Luis Vives de ‘el primer intelectual serio de Occidente’.

Reflejos de la vieja Leyenda Negra antiespañola que, a pesar de su interés e importancia, se ha estudiado poco y, lo que es peor, se ha estudiado mal. Reconocer nuestros defectos es virtud. Pero admitir y dar por buenas las barbaridades y estupideces que se nos atribuyen y creer que todo lo español es chusco o malo y, en suma, prescindible, es necedad apta solo para mentes extraviadas. Pero el extravío se ha mantenido durante los dos últimos siglos, en los que muchos aceptaron esas tesis del modo más dogmático y acrítico. Y es que, en lo que se refiere al aporte de España a la Filosofía, especialmente en la época renacentista, sólo con recordar la Escuela de Salamanca, sería suficiente para considerar a la filosofía española en mucho más de lo que algunos la estiman. Y, si eso fuera poco, la figura de Juan Luis Vives también bastaría para desmentir esa presunta debilidad o ausencia de filosofía y de filósofos en España.

Recordaba Juan Valera (1824-1905) que, en los siglos XIX y XX, surgió en el alma española una súbita admiración hacia lo extranjero que nos hizo imitadores exagerados y hasta grotescos, a veces, de lo foráneo. Se llegó al menosprecio e incluso a la negación de lo propio, exagerando nuestros defectos y carencias y olvidando o no reconociendo nuestros aciertos y nuestras obras. Dos siglos en los que gran parte de la intelectualidad y de la opinión ilustrada, en España, aceptó del modo más acrítico la Leyenda Negra. Un tiempo en el que se llegó a negar o despreciar la ciencia española, la filosofía española y, muchas veces, hasta la literatura y el arte españoles. Al igual que, con notable injusticia, se ha olvidado y hasta se ha maldecido la obra civilizatoria de España en el mundo y muy especialmente en América. Algo nos hemos aliviado de esa dolencia gracias a los esfuerzos de muchos, entre otros, de Gumersindo Laverde, Menéndez Pelayo, Juan Valera, Menéndez Pidal y también del citado José Luis Abellán. Pero me temo que todavía, en los inicios de este siglo XXI, no estamos sanos, y aún no nos hemos liberado de esos furores anti-españoles tan propios y habituales entre los hispanos de ambos hemisferios.

Juan Luis Vives (1492-1540), español y filósofo, es una de las dos cimas del pensamiento renacentista en su primer gran momento de esplendor, en la primera mitad del siglo XVI. Y fue también el filósofo más destacado del círculo de seguidores de Erasmo de Rotterdam (1466-1536), los ‘erasmistas’. Porque Erasmo de Rotterdam fue la otra cumbre de ese momento cenital del Renacimiento. Lo que Erasmo significó en el ámbito de la teología y del espíritu religioso, lo representó Vives en la filosofía y en las ciencias. El conocimiento por Vives de la obra de Erasmo, fue trascendental en su vida. De ser un hombre que miraba con desconfianza el movimiento renacentista, Vives se transformó en defensor y protagonista fundamental del Renacimiento. Con el tiempo Vives mantendría con Erasmo además una intensa relación que, siendo inicialmente más la propia de maestro a discípulo, derivó en profunda amistad, entre ellos y con el inglés Santo Tomás Moro (1478-1535). Erasmo, Vives y Tomás Moro, conformaron una auténtica unidad espiritual en ese instante de verdadero apogeo del espíritu renacentista que fue el ‘erasmismo’. Y también constituyeron los tres el grupo más esclarecido y de mayor importancia en ese gigantesco esfuerzo de renovación intelectual y vital realizado por los europeos, en los siglos XV y XVI, al que llamamos Renacimiento.

Vives fue el más destacado de los erasmistas españoles, pero no el único. Porque Erasmo encontró en España siempre muchos lectores y muchos seguidores. Viajó a España en varias ocasiones y siempre encontró en nuestro país una gran acogida. Y también tuvo una especial y profunda influencia. En España halló Erasmo una comprensión y una protección de la no dispuso ni en su Holanda natal. El erasmismo tuvo en España el apoyo y la protección del Emperador Carlos V, que lo admiraba. Y contó también con la amistad, el favor y la protección de tres de los principales Inquisidores Generales de comienzos del siglo XVI, Cisneros (1436-1517), Adriano de Utrecht (1459-1523) y Alonso Manrique (1471-1538), los tres fervientes erasmistas. Adriano de Utrecht, además, sería Regente de Castilla (sustituyendo a Cisneros en 1517) y el futuro Papa Adriano VI (1522). Una protección, comprensión y apoyo con la que también contó Vives, especialmente en los momentos en que tuvo que abandonar Inglaterra, en 1528, ante la persecución de Enrique VIII.

Juan Luis Vives y Erasmo de Rotterdam, como se ha dicho, mantuvieron una intensa amistad con el inglés Tomás Moro. Así, Vives fue invitado por Enrique VIII a incorporarse a la Universidad de Oxford, en 1523. Y también fue nombrado preceptor de la Princesa María (María Tudor), la hija del Rey británico y de Catalina de Aragón. Pero en 1528, y al igual que su amigo Moro, se opuso a los proyectos de divorcio de Enrique VIII de la Reina, Catalina de Aragón. Y en ese mismo año de 1528, preludiando el terror que desataría contra los católicos poco tiempo después, el Rey ordenó el arresto de Vives. Un arresto del que se pudo librar, retornando a Brujas. Su gran amigo Tomás Moro no tuvo tanta suerte y sería condenado a muerte y ejecutado, por orden del Rey. La intolerancia no fue cosa de católicos, no se engañe nadie.

Erasmo de Rotterdam

El humanismo renacentista encontró en el pensamiento de Vives la más perfecta expresión de ese momento de apogeo que representó el erasmismo en el Renacimiento. Vives perteneció a la generación siguiente a la de Cisneros y de Erasmo de Rotterdam. Una generación en la que también figuraron otros grandes pensadores del Renacimiento Español, como Francisco de Vitoria (1483-1546), Ginés Sepúlveda (1490-1573), o Bartolomé de las Casas (1484-1566), además del propio Vives. Una generación que ejerció su magisterio universal y que, en España, educaría a la siguiente y última generación renacentista española, la de los grandes pensadores jesuitas de la Escuela de Salamanca, como Suárez, Mariana, etc., que tomaron el relevo de sus maestros entre finales del siglo XVI y la primera mitad del siglo XVII.

La filosofía de Vives no está sistematizada en uno o unos pocos textos, pues se encuentra distribuida en el conjunto de su obra. No perteneció a ninguna escuela, sino que más bien fue el creador de la Escuela Española de Filosofía, que continuarían los maestros de la Escuela de Salamanca que le siguieron. Una la escuela que no daría preferencia a Platón, ni a Aristóteles, sino que se interesaría solamente por lo perenne que hay en la filosofía de la humanidad. Vives fue un espíritu universalista y libre, que avanzó ideas innovadoras en múltiples materias científicas, filosóficas, teológicas, lingüísticas, pedagógicas y políticas. En las obras de Vives se propusieron acciones en favor de la paz internacional, la unidad de los europeos y la educación, y también sobre la atención a los pobres. Entre sus obras destacan los Tratados Sobre el alma y la vida (1538), De Prima Philosophia, De Disciplinis (1531) y Sobre la verdadera Fe Cristiana (1543, póstuma), obra esta última en la que también reiteró su posición adversa a la Reforma Luterana. Uno de los grandes méritos de Vives como filósofo fue su contribución a la restauración de la filosofía cristiana, tras la crisis de la escolástica tradicional del Medievo, ya patente a finales del siglo XV.

La obra de Vives significó precisamente el esfuerzo de rescatar lo mejor del aristotelismo medieval, depurándolo de las interpretaciones más rigoristas de la escolástica, especialmente en lo relativo a los excesos del logicismo y el deductivismo, que anticipan las objeciones de Kant (1724-1804) al ‘dogmatismo’ (racionalismo), formuladas en su Crítica de la Razón Pura. Con esa revisión crítica, Vives preparó el terreno intelectual adecuado para la renovación escolástica que abordarían Suárez (1548-1617) y la Escuela de Salamanca en la segunda mitad del siglo XVI. Y con ello, y siguiendo la senda abierta por Vives, Europa abandonaría definitivamente el universo mental propio del mundo teocrático de la Edad Media, abriendo las puertas al mundo antropocéntrico del humanismo renacentista, propio de la modernidad.

Vives no permaneció ajeno al más grande acontecimiento político-religioso de su época, la Reforma Luterana (1517) y la ruptura de la unidad cristiana derivada de la aparición del protestantismo. Lutero y el protestantismo fueron objeto de su atención en muchas ocasiones. El protestantismo fue un movimiento de éxito en sus momentos iniciales. Un éxito transversal, que diríamos hoy, pues Reyes y nobles vieron la ocasión de hacerse con los grandes patrimonios territoriales eclesiásticos de monasterios y abadías, y la población pobre aspiró a satisfacer su necesidad y sus ansias mediante el saqueo de esos mismos monasterios y abadías. Toda Europa se vio sacudida por violentas convulsiones político-sociales, como la famosa Guerra Campesina de Alemania (1524-1525), entre otras muchas. Durante el siglo XVI, el protestantismo se extendió por casi toda Europa. Con las excepciones de España y Portugal, que habían reformado sus iglesias nacionales, con consentimiento pontificio, durante los años finales del siglo XV, todos los países europeos se vieron sacudidos por la oleada protestante, incluso los que posteriormente quedarían definitivamente en el lado católico, como Francia, Polonia, Italia del norte, Bélgica, Hungría y el sur de Alemania.

La contraposición radical entre el espíritu renacentista y las tesis protestantes quedó patente en la obra de Lutero De Servo Arbitrio (la voluntad esclava), escrita en 1525, como réplica a la obra de Erasmo De Libero Arbitrio Diatribe sive Collatio (1524). Con ellas se abrió el debate de la predestinación. La doctrina de la predestinación es una formulación religiosa del determinismo, que consiste en considerar que, una vez que el hombre ha nacido, ya es demasiado tarde para salvarlo o condenarlo, pues el plan de Dios otorga a cada uno su destino final desde el principio, haga lo que haga. La doctrina de la predestinación, más allá de sus implicaciones teológicas y religiosas, abrió el camino a todos los determinismos modernos, tanto religiosos, como raciales, sociales o políticos. El determinismo moderno más famoso ha sido, sin duda, el marxista, pero no ha sido el único, pues junto a él existen los no menos modernos determinismos de tipo racista, nacionalista, etc. La polémica entre Lutero y Erasmo continuaría algún tiempo con intercambio de nuevos argumentos entre el holandés y el alemán, en 1526. En ella intervino también Juan Ginés Sepúlveda (1490-1573), con su obra De Fato et Libero Arbitrio, publicada en 1527, en la que refutó el determinismo luterano, pero en la que también criticó a Erasmo, por su escasa contundencia frente a Lutero.

Además de las propuestas del protestantismo sobre el origen del poder y su confusión de los poderes temporales y espirituales, el punto en el que más intensamente se manifestaron los protestantes como enemigos del antropocentrismo y de la idea de libertad renacentista fue, precisamente, en el debate de la predestinación. Lutero y Calvino pusieron de auténtica moda en Europa el debate de la predestinación. Un debate que angustió a casi todos los europeos en los siglos XVI y XVII, y que está anticipado en la polémica entre Lutero y Erasmo referida. La predestinación fue tratada por numerosos autores de la época, y su tratamiento se prolongó hasta bien entrado el siglo XVII, renaciendo en la Novela Gótica de los siglos XVIII y XIX. Un debate que llegó a la más amplia opinión pública, apareciendo numerosas obras literarias al respecto. Entre ellas, cabe destacar el célebre drama de Tirso de Molina (1579-1648), El Condenado por Desconfiado. En la polémica sobre la predestinación, Lutero dejó sentada la tesis protestante de la absoluta ausencia de libertad en el hombre (servo arbitrio).

Tomás Moro

Y fue Vives, quizá incluso antes que Erasmo, uno de los primeros en apreciar que el protestantismo, en cualquiera de sus versiones (luterana, anabaptista o calvinista), era demasiado estrecho para la nueva época y para la nueva mentalidad renacentista. En realidad, los protestantes no protestaban tanto contra un presunto anquilosamiento de la iglesia, como contra la asunción por ésta y por el Papado de los cambios operados en la mentalidad general por el nuevo espíritu renacentista. Pese a la caracterización de la Reforma hecha por Hegel en sus Lecciones de Filosofía de la Historia, que atribuyó al luteranismo la categoría de ‘culminación del Renacimiento’, Lutero y Calvino fueron, sobre todo, la reacción contra del espíritu renacentista. En carta de 1522, dirigida a su amigo y entonces Papa, Adriano VI (Adriano de Utrecht), Vives formuló sus objeciones a los reformadores, especialmente en lo relativo a la doctrina de la predestinación, en la que veía la negación de la libertad del hombre. Ese mismo año de 1522 elevó también una memoria a Enrique VIII, comentando muy positivamente las críticas que el Rey inglés había formulado contra Lutero. Una iniciativa que le valió el ser nombrado, en 1523 y con la ayuda de Tomás Moro, Profesor en Oxford y Preceptor de la Princesa María Tudor, como antes se mencionó.

Juan Luis Vives, más que un pensador que plantease grandes teorías o sistemas, tuvo sobre todo un espíritu de integración y continuidad. Vives fue consciente de que las líneas de continuidad del nuevo espíritu renacentista, respecto al medievo, eran mucho más importantes que las líneas de ruptura, pese a que fueran estas últimas las distintivas del nuevo espíritu. Vives fue el iniciador de la síntesis superadora de las diferentes tendencias de la escolástica medieval (nominalistas, realistas y pre-empiristas), que precisaba de realización el pensamiento europeo, a comienzos del siglo XVI. Pero su filosofía fue sustancialmente la misma que la de Santo Tomás de Aquino, sobre todo en los planteamientos, que compartía en su integridad. Aunque Vives incorporó algunas peculiaridades que le separan inevitablemente de la escolástica tomista. Y así Vives, al igual que en la ética, se orientó hacia el platonismo en la definición del alma, ya que para Vives el cuerpo era sólo la morada del alma en este mundo.

Durante los siglos XVI y XVII, la influencia de Vives se proyectó sobre la siguiente generación de la denominada Escuela Española o Escuela de Salamanca, especialmente sobre Francisco Suárez (1548-1617) y su renovación escolástica, aunque también sobre la filosofía de la historia que inspira a Juan de Mariana (1536-1624). En el siglo XVIII, Vives sería ampliamente citado y estudiado por las dos grandes figuras de la Primera Ilustración Española, el también valenciano Gregorio Mayans (1699-1781) y el Padre Feijoo (1676-1764). Y todavía, en el siglo XIX, tendría Vives nuevos momentos de esplendor, con Jaime Balmes y con Menéndez Pelayo.

Jaime Balmes (1819-1848), fue un gran conocedor y estudioso de la obra de Vives. Pero esa influencia se transformó en auténtica inspiración en la composición de su obra El Protestantismo comparado con el Catolicismo, en sus relaciones con la Civilización Europea, publicada en 1842, texto fundamental de Balmes, en el que recreó con más detalle la crítica de Vives al protestantismo, en la polémica con el francés Guizot (1787-1874).  Fue Guizot un político e historiador francés, que alcanzó a ser Primer Ministro de Francia en el reinado de Luis Felipe de Orleans, entre 1830 y 1848. Era un hugonote (calvinista francés), que compuso una historia de la civilización europea, que alcanzó notable fama y difusión, en la que destacaba las bondades del protestantismo. La respuesta de Balmes, en su citada obra, alcanzó también gran fama y es quizá la principal obra de Balmes que sigue siendo objeto de estudio actualmente.

El otro gran momento de importancia de Vives, en el siglo XIX, fue su recuperación en la obra de otro gran estudioso de su obra, Menéndez Pelayo, que reivindicó en La Ciencia Española el papel de Vives en la creación y en la definición del método científico moderno. Y también reivindicaría su importancia en la filosofía, especialmente en la filosofía española. Para Menéndez Pelayo, es el ámbito de los saberes científicos donde mejor se aprecia la gran innovación que significó Vives en el cambio de la mentalidad teocéntrica medieval, al humanismo moderno. Unos nuevos saberes que, a comienzos del siglo XVI, ya empezaban a despuntar con sus perfiles actuales. La actitud de Vives es trascendental, tanto en la percepción de la importancia de las implicaciones que tenían las ciencias en lo relativo al conocimiento, como en lo relativo a su estudio y divulgación.

Porque no fue el célebre y celebrado Bacon (1561-1626), Lord Verulam, el hombre que ideó el método científico, el que fundó en la observación y en la experimentación la base del conocimiento científico, y quien estableció los fundamentos del método inductivo. Previamente, había sido Vives, especialmente en De Disciplinis, quien había destacado que los aspectos fundamentales del nuevo sistema de conocimiento, las ciencias, derivaban de la observación, de la experimentación, de la medición y, a partir de los datos obtenidos, a través del método inductivo, era posible establecer leyes generales de la naturaleza. Por ello, Menéndez Pelayo reivindicó que, aunque en su honor haya de reconocerse que fue Bacon quien lo sistematizó, y brillantemente en una obra única, su Novum Organum, fue Vives quien había dejado estableció el método científico. Porque, aunque Bacon tenga la fama y de un modo que no se puede calificar de inmerecida, las principales conceptuaciones ya las habría dejado ultimadas Vives.

 

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