septiembre 2020 - IV Año

CINE

Antoni Ribas, un luchador incomprendido…

…una víctima más de una España tenebrosa

‘Si puede ser escrito o pensado, puede ser filmado.’ 
Stanley Kubrick

ribas3Una sociedad pacata, clerical, cerril y, en cierto modo plana, a la que la dictadura había extirpado todo afán experimentador y rompedor, le hizo la vida imposible a Antoni Ribas (1935-2007) y puede decirse, sin exageración, que acabó con él al privarle del aire que respiraba.

Su violenta película de denuncia Las salvajes de Puente San Gil fue, en cierto modo, una revelación. Tras un momento de fulgor se fue hundiendo lentamente y pagó un precio muy alto por querer hacer un cine, que era moneda de uso corriente en otras latitudes y que no pretendía otra cosa que saldar cuentas con el pasado.

Hay muchas formas de ejercer la censura y de perseguir hasta la extenuación, con zancadillas, arbitrariedades, prohibiciones encubiertas y toda una gama de matices que atentan o hacen imposible la libertad de expresión. De una u otra forma ese muro, pocas veces franqueable pero invisible, se hace presente. Antoni Ribas tuvo constantes problemas y encontronazos con los poderes facticos de la época. Por eso, algunas de las películas que concibió no llegaron a filmarse y otras tuvieron un corto recorrido, teniendo que utilizar los circuitos reservados a los ‘autores malditos’.

España tardó demasiados años en sacudirse el polvo de la dictadura. Los cambalaches y juegos de trileros, todavía, siguen presentes en nuestro cine. Quizás, por eso, su tono sepia y rancio tardó tanto tiempo en extinguirse.

salvajesEl servilismo, la indolencia y el oportunismo suelen aliarse impidiendo que corra el aire, que algo se mueva y que haya espacio para nuevas ideas y proyectos. En un ambiente como ese, la supervivencia intelectual y la libertad creadora es, cuando menos, complicada.

En cierto modo y permitiéndome una alegoría, la industria del cine se sigue pareciendo a una barraca de feria, donde los tópicos como sacarse un conejo de la chistera, tienen buena prensa pero la originalidad y las innovaciones son recibidas de uñas.

En la susodicha barraca se exige, de cuando en cuando, el sacrificio de un chivo expiatorio. Sé que el panorama que estoy trazando es desolador e inoportuno, mas con las honrosas excepciones de rigor, el juego sucio se erige en la única regla y la sumisión incondicional es uno de los pocos resquicios para encontrar un pequeño hueco al sol.

A Antoni Ribas no le perdonaron nunca su cine reivindicativo y solidario con los perdedores de la Guerra Civil. Desapareció en el 2007, después de darse sordos batacazos y cosechar, en lugar de consideración y respeto, incomprensión y desprecio. Fue, no obstante, un hombre de cine integral y atractivo aunque no todas las líneas que experimentó y exploró llegaran a cuajar.

Expondré brevemente algunas de las razones que convierten su figura en digna de ser estudiada y enormemente interesante. Fue ayudante de dirección de García Berlanga en esa película emblemática que es Placido y de Issai-Isasmendi en Tierra de todos, un film completo que contiene afiladas aristas, aunque hoy esté prácticamente olvidado.

Algunos grandes actores y actrices como Adolfo Marsillach, Paco Rabal, Julián Mateos, Charo Soriano, Lorenzo Quinn, Elena María Tejeiro, Asunción Balaguer o Marisa Paredes entre otros, forman parte del extenso elenco de profesionales que rodaron a sus órdenes.

Obtuvo reconocimientos más fuera que dentro. El prestigioso Festival de Cannes en 1973, exhibió en su sección oficial La otra imagen, un vibrante drama de ciegos, en cierto modo cerrado, claustrofóbico… y angustioso.

ribasEntre sus locuras y excentricidades pueden cifrarse El primer torero porno que está dedicada, nada menos, que a las andanzas, acechanzas y ‘hazañas’ de un matador de toros que, además, es independentista. Humildemente sugiero que se busque una copia -fue estrenada en el 86- y se exhiba para dar lugar a una tertulia entre amigos. Será, no me cabe la menor duda, una experiencia jugosa.

Tenemos una enorme facilidad para olvidar. Merecen ser recordados, especialmente por el contrario, los casi diez meses que pasó en la plaza de San Jaume reivindicando una subvención, que sin duda merecía, para concluir el rodaje de Terra de canons (Tierra de cañones) una historia desgarrada de una familia durante la sangrienta Guerra Civil. La Generalitat hizo oídos sordos a esa demanda.

España es un país cicatero en reconocimientos a sus creadores e intelectuales. Sin embargo, el Gobierno Francés lo distinguió con el título de ‘Caballero de la Orden de las Artes y las Letras’.

No acaban ahí los ángulos y perspectivas llenas de interés y originalidad para explorar su cine. Eligió a Joan Manuel Serrat, como protagonista de Palabras de amor, cuyo guión escribió en colaboración con Terence Moix y por no citar más que un último film, La ciudad quemada, plena de imágenes vivas e impactantes de la Barcelona de principios de siglo, con la Semana Trágica como telón de fondo y, donde junto a actores y actrices de primera línea aparecen Montserrat Roig, Josep María Castellet, Heribert Barrera o Jordi Solé Tura.

Este formidable film data de 1976 cuando la llamada Transición no había hecho sino comenzar. Es de gran interés mezclar a un elenco de actores y actrices profesionales con intelectuales, políticos o líderes sociales, que había jugado o iban a jugar, un papel destacado en las esferas política, social o cultural, de esos turbulentos años de ‘claro-obscuro’, donde se forjó un periodo de la historia de nuestro país.

Quiero, sin embargo, referirme con un poco más de amplitud a su primera película Las Salvajes de Puente San Gil de 1966. Como su nombre pone de relieve es una adaptación cinematográfica del drama de José Martín Recuerda. El guión es del propio Antoni Ribas en colaboración con Miguel Sanz.

¿Cuál es el interés de este drama de la España profunda? Poner de relieve una realidad esperpéntica que hasta hace poco tiempo hacía gala de intransigencia, miseria moral, reaccionarismo y rechazo de toda innovación. La España varada en el tiempo donde nada se mueve.

el primer torero pornoEn más de un sentido Puente San Gil es un símbolo de tantos pueblos de esa España rural, provinciana y beata que recibe con agresividad a una compañía ‘de revista’ que va haciendo ‘bolos’ para subsistir en medio del hambre y de la escasez.

Me llama la atención que tanto en el texto del dramaturgo Martin Recuerda como en la película, la acción se focaliza en un grupo de mujeres baqueteadas, humilladas pero que aún tienen la suficiente fuerza para rebelarse contra tanto escarnio, conservando su rabia, su rencor y la furia contenida de tantos y tantos, explotados y oprimidos.

Al parecer, como tantas veces ocurre, el hilo argumental está basado en una historia real. De hecho, hay cientos de casos documentados muy similares. Pone de relieve la intolerancia de una burguesía ultraconservadora, que logra que intervengan ‘las fuerzas del orden’ para detener y encarcelar a las vedettes que supuestamente atentan contra la moral. Las imágenes son impactantes, ágiles y ponen de relieve la brutalidad ambiental. Si no han visto la película, háganlo. No se arrepentirán. Podrán ver a una jovencísima Marisa Paredes, a Elena María Tejeiro, a Nuria Torray o a Vicky Lagos llenas de dolor, amargura y rebeldía que viven con desesperación la ausencia de futuro. Por otra parte, la figura de Adolfo Marsillach resplandece, aunque su papel sea breve y equívoco.

¡Tiempos corrompidos! Que pesan como el plomo. Se sigue sin querer hablar de ese periodo de nuestra historia, repleto de cotas astronómicas de miseria.

La memoria tiene que ver con el presente mucho más de lo que algunos quisieran. Cuando teníamos interiorizado el miedo hasta los tuétanos… y cuando los administradores del solar patrio lo sembraban por doquier para así mantenernos sujetos y atemorizados, tuvimos que transigir con él. Ahora, podemos despertar de esa pesadilla recordando lo que no debe volver a repetirse.

Años sombríos de una España donde las puertas del futuro permanecían cerradas con gruesos candados y donde no hacíamos más que recibir consignas huecas y silogismos baratos.

Cuando todavía no hemos terminado de sacudirnos el polvo del carpetovetonismo es un ejercicio sano mirar hacia tras sin ira, realizando una crítica minuciosa y pormenorizada y rescatando todo aquello que condenaron al olvido por decreto.

La figura de Antoni Ribas tiene suficiente interés para que nos ocupemos de su cine y contribuyamos a hacer un poco de justicia, poniendo las cosas en su lugar y recordando lo que merece la pena.

Se lo debemos.

 

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