mayo de 2024 - VIII Año

Bares, qué lugares…de cine y copas

Si hacemos un recorrido por algunas de las películas de nuestro cine español en las últimas décadas, encontramos aspectos comunes entre todas ellas.

Este artículo va dedicado a ciertos bares que aparecen en cintas muy famosas de la filmografía de nuestro país.

A mí siempre me llamó la atención el bar de La lengua de las mariposas dirigida por José Luis Cuerda en 1999, basada en un cuento homónimo del escritor Manuel Rivas.

Encontramos una escena mítica en la que aparece un puñado de parroquianos escuchando la radio del único garito, diríamos hoy, de su apacible localidad gallega; reunidos en torno al sonido que emite la voz de las ondas, los vecinos van comentando los sucesos que se producen en las Cortes; son los meses, semanas mejor, previos al estallido de la guerra civil; discursos, gritos y réplicas…parece que se anticipan malos tiempos, funestos augurios de una contienda cainita como ya lo “pintó” en versos entrañables Machado en su poema “Recuerdo infantil” perteneciente a su obra Soledades de 1903. Se trata de un bar, eminentemente masculino, muy propio de la época, -las mujeres brillan por su ausencia: se dedican a las faenas domésticas- en el que se comparte ideología, opiniones diferentes y sobre todo, soluciones…muy español, muy culturalmente mediterráneo, aunque estemos en las estribaciones del Atlántico; el español siempre sabe cómo resolver hasta los conflictos más complejos y de la más variada índole; son tertulianos del día a día, implicados en el devenir histórico de su nación a la que respetan y no tanto a sus dirigentes: los hay nostálgicos y otros progresistas, monárquicos y republicanos que departen mientras beben amistosamente; en un rincón pero próximos a los adultos, dos jóvenes adolescentes, asisten a sus conversaciones jugando al ajedrez.

Lo dicho; un bar polivalente de los de ahora, en los que se mezcla la literatura, con el bebercio, el compadreo con los debates y presentaciones culturales, música en directo y competiciones deportivas.

Seguro que al maestro del pueblo no le habría importado que el músico del acordeón se arrancara con unos compases para celebrar cualquier efeméride tan del gusto del lugar. Un bar en cuya atmósfera, aunque de forma soterrada se palpan esos malos augurios que anuncia la radio…un auténtico microuniverso de la propia España que empezaba a desangrarse; pronto llegaría el día de la República, el 14 de abril, y en pocas semanas, la guerra civil iba a invadir y sobre todo a distanciar y quebrar el bar, sus tertulias, el compadreo y la amistad.

Van pasando los años, se suceden momentos históricos, y al régimen franquista le sigue un periodo de transición: muerto el dictador en 1975, España mira con otros ojos hacia el futuro, y sobre todo hacia Europa con el deseo de formar parte plenamente de ese continente al que estamos unidos geográficamente. Llega la democracia, los partidos políticos, elecciones, colores distintos dentro de una monarquía parlamentaria y nuevos parámetros sociales, económicos y culturales.

Los lunes al sol de Fernando León de Aranoa, estrenada en 2002, se hace eco de un fenómeno que cambió los entresijos de muchas familias españolas durante los años 80 y 90. Hablamos de la reconversión industrial; se veía venir una transformación en el engranaje de la economía española, un reacomodo que cumpliera con los requisitos marcados y exigidos por los principales países pertenecientes al antiguo mercado común, como todos decíamos a la CEE, hoy Unión Europea, y había que pasar por el aro. Nuestras fábricas, muchos complejos industriales y la mayoría de astilleros tuvieron que sujetarse a modelos rentables y para ello había que someterse a unas condiciones muy duras de adaptación no solo económicas, sino familiares y personales. Se cierran fábricas, se reducen plantillas…y los hombres, principal mano de obra, cabeza de familia y sustentador del salario nacional se ve abocado a las oficinas del paro; el desempleo cabalga como una hidra sin remisión.

Todo este ambiente aparece magistralmente retratado a lo largo de la cinta fílmica y sobre todo en un bar de la localidad viguesa, donde transcurre la acción: los protagonistas, todos ellos hombres, desempleados, acuden decepcionados, cabizbajos y maltrechos anímicamente a compartir su desesperación; ellos que han trabajado toda su vida, ahora se encuentran sin nada a lo que asirse para seguir avanzando.

Es un bar casi lúgubre, sin música y sin luces, luctuoso…beben vasos de cerveza acodados en la barra, comentan su situación, tan depauperada; penurias de las que difícilmente van a salir; derrotados sin fuerza para “reinventarse”, término muy actual después de la pandemia; su destino, inexorable: malvivir. Comparten actitud desvitalizada, a ratos enrabietada y a ratos conformista, protestas y pesadumbre.

Las paredes del bar lenas de sombras acogen el lamento pasivo de unos trabajadores que mano sobre mano esperan a verlas venir: poca acción y poco horizonte; tan solo descansar al sol que más caliente observando cómo algunos barcos se alejan con destino a Australia según afirma uno de los personajes. Son el vivo espejo de una gran parte de España que se consuela con un trago, confiando en que alguien en algún momento, como por arte de birlibirloque hará funcionar la varita mágica.

Con el devenir del tiempo, asistimos a un nuevo local: el bar del barrio de La Estrella en Madrid, escenario de la película El penalti más largo del mundo (2005) del guionista Roberto Santiago. Ruido, sonido, música de una máquina atronadora que escupe canciones de moda, algunos de los protagonistas alrededor de una mesa atiborrada de botellines de cerveza observan con atención la tele, enorme y a todo volumen en la que los galácticos, de blanco, con David Beckham a la cabeza intentan golear al contrincante.

Los asistentes participan de la emoción del partido, gritan, se desesperan, siguen bebiendo y sin dejar de mirar ni por un instante a la pantalla fabulan sobre sus vidas, es decir, intentan imaginar qué harían con el salario de la gran estrella británica del balompié.

Ríen y sueñan, expresan sus ilusiones, acorde con sus intereses, salen de sus vidas anodinas para imaginar otros mundos, otros destinos que por muy lejanos e inverosímiles que puedan parecer, no les desaniman; parece que les une el fútbol en ese recinto familiar y conocido, acogedor y tan suyo. El bar es el núcleo de unas vidas reales y prosaicas, pero les permite imaginar otras distintas: escaparse de la rutina y volar.

Luz y actividad, más ruido, jolgorio y ánimo común con el deseo de disfrutar lo que tienen y lo que ven sin mayores tristezas; es un presente, y del mañana, dios dirá o quién sabe.

Lazos de fraternidad con unas cervezas que les sirven camareras amigas, sonrientes y cómplices de alguno de ellos.

En esa mezcla de sentimientos y emociones, brilla el vivir; quizá es en este último bar donde cobra sentido la canción de Gabinete Caligari: “bares, qué lugares, tan gratos para conversar…” Al compás de estas tres películas, siguiendo sus fotogramas y entrando a cada uno de sus respectivos bares, hemos podido vislumbrar piezas de la historia de España, teselas que recompuestas configuran nuestro país.

Bares, qué lugares
Tan gratos para conversar.
No hay como el calor del amor
Del amor en un bar.

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Archivo Entreletras

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