octubre de 2026

‘Donde el amor inventa su infinito’, de Iván Onia Valero

Donde el amor inventa su infinito
Iván Onia Valero
Prólogo: Álex Prada
Editorial Macklein y Parker, 2025
228 págs.

La suciedad ordenada de escribir. Comentario a Donde el amor inventa su infinito de Iván Onia

Conocí a Iván Onia en el taller de poesía de la librería Casa Tomada. José Antonio Bermúdez organizó una sesión con su libro El padre hijo (de Sharon Olds). De la charla de Iván, recuerdo un endecasílabo que se me quedó grabado—“Pequeños muertos le crecen por dentro”— y el pin que traía en el que ponía “Viva er Betis”. Leí el libro y me gustó. Luego, como hago con muchos escritores, lo agregué a Facebook. Leía alguna de las cosas que Onia ponía en su tablón y me parecía un tío simpático.

Y así estuve, espiándolo de soslayo, como a un yerno tonto, hasta que un día colgó en su tablón un texto que narraba una partida del Resident Evil con su hijo. Este texto me llamó la atención por dos cosas: por ser una impresión pura de lo que es la paternidad (en el “vamos”, que su hijo le dice para que prosiga la aventura de Leon S. Kennedy, “está encerrado todo el amor entre un padre y un hijo”) y por convertir en poético algo profundamente alejado de la poesía. Cuando Iván publicó “Donde el amor inventa su infinito”, comprobé que ese fragmento formaba parte del libro. Así que le escribí y le pedí un ejemplar firmado. Iván me propuso tomar una cerveza y, después de alguna más y de hablar un rato, estaba sentado en el asiento del copiloto del Peugeot azul donde corrige los poemas. No íbamos a robar un banco, simplemente me acercaba a mi coche porque, a diferencia de él, yo no soy buen conductor y me aterra dar vueltas por el centro, así que aparqué lejos —no recuerdo bien dónde, a más de media hora pero a menos de cuatro días andando del mercado de la calle Feria, donde quedamos—. Al volver a casa, tenía el premio en mis manos.

Donde el amor inventa su infinito (Maclein y Parker, 2025) es un homenaje a Mortal y Rosa. La obra de Umbral que acaba volviéndose elegía, pues el autor quiere rescatar del olvido el crecimiento de su hijo Pincho, pero éste enferma y acaba inmortalizando su muerte. En su libro Onia narra otras muertes, pero más dulces: las etapas que sus hijos queman durante su crecimiento y, sobre todo, la entrada de Marcos en la maraña del lenguaje. La metamorfosis que supone el aprendizaje del lenguaje es decisiva. El lenguaje, como decía Umbral de la literatura, es una distancia definitiva entre nosotros y las cosas, una mediación que, así como posibilita el contacto con éstas, nos aleja de su inmediatez. Y esto es importante, porque tanto Umbral como Onia se esfuerzan en la tarea imposible de aprehender esa inmediatez a través del canal del lenguaje, buscan captar “el milagro de lo que cuaja sin ser visto” (en palabras de Umbral) o “esa música que emiten las cosas al hacerse” (en las de Onia). Rescatar el presente continuo que se nos escapa, esa vida donde fermentan las cosas, donde se cura la herida brutal de la sucesión, de la diacronía. Hablaba Machado en Juan de Mairena del misterio que anida en esperar a que se haga un huevo frito: ese misterio, el del tiempo que son las cosas siendo, es el que se intenta captar en ambos casos. Porque es difícil caer en la cuenta del tiempo, tanto en la felicidad (“creo que la plenitud se podría parecer a la ignorancia de saber en qué hora estamos”, dice Onia) como en el horror (“plenitud inversa en la que nada se mueve”, dice Umbral).

Como todo diario, este libro de Onia está cargado de digresiones enriquecedoras, afluentes caudalosos, perforaciones afortunadas. Reflexiona, por ejemplo, sobre la velocidad de nuestra época o sobre el fenómeno de las redes sociales —donde todos somos siempre más gilipollas— y la inflamación del ego que trae aneja. También sobre la paternidad, sobre el amor absoluto que conlleva, en cuanto que “ser padre es no dudar, ocupar el sitio del hijo a punto de morir (…) saber sin saberlo que con tu muerte solo mueres tú, pero con la desaparición del hijo se acaba la esperanza”. Otro tema es Dios, porque la experiencia del nacimiento, la magia de la formación del cuerpo nos trasciende e interpela a lo divino. Por eso, algunas formas de ateísmo groseras no son más que un integrismo religioso invertido. La laicidad puede ser una coartada para la aparición de nuevas idolatrías. Pero el Dios en el que quiere creer Onia es un Dios de andar por casa, que no se reconoce en los dogmas, sino en los ritos: “Dios se parece tanto a recitar el abecedario delante de los abuelos para que sepan cuánto hemos crecido”.

El tiempo y su transacción en la memoria es otro de los temas. Y pese a que el fondo vital en el que se mueve Onia, el estado de ánimo que respira su obra es alciónico, pues reivindica el sentido de las cosas en lo sencillo, aunque reconoce lo que cuesta cargar con la certeza de la finitud: “Ya no queda casi nada, que es peor que nada, porque lo desaparecido del todo también se lleva la nostalgia de su fondo”. Porque, a pesar del recuerdo, ese alambre que entrelaza lo vivido, es terrible comprender que las cosas materiales, nuestras posesiones y las de nuestros seres queridos —las gafas de Cortázar, el acopio de cabello y libretas de la tía de Onia, o su sudadera adolescente de Bob Marley— perdurarán cuando nosotros hayamos muerto. Pero, al cabo, la memoria, como ejercicio de taumaturgia que reconstruye el pasado, se parece a la poesía. El motor de la poesía es más la melancolía, el anhelo de una felicidad perdida, que la esperanza, el deseo de esa felicidad en el porvenir. Y también la poesía, igual que la memoria, quiere reconstruir lo ya sido. Pero recuperar esa inmediatez es imposible, por eso la poesía es una ficción, un engaño, una bagatela. Como nunca consigue lo que se propone es una decepción, un fracaso, una pobreza, pero una “pobreza maravillosa”. La literatura, ese espejo tonto.

También habla Onia sobre la escritura. Nos regala la metáfora del boxeador fajador que, ante el vacío de la página en blanco, aguanta sentado en la silla. La escritura tiene mucho de cabezonería y de ser capaz de soportar el aburrimiento, partera definitiva del estilo. No idealiza la escritura Onia —poeta lechuguino se llama a sí mismo—. No hay nada que soporte menos que el esnobismo de los poetas campanudos. Poetas comeoreja que aprovechan cualquier momento para pavonearse de lo bien que escriben y de lo importante que es la escritura, poetas vendebiblias. La poesía, sí, como dice Onia citando a Simic, es una traducción de lo invisible, pero eso, más que nada, es un plomillazo, una pedrada importante, una tarita. Otro rasgo de este poeta desmitificado es la envidia (“hay una envidia tierna en el poeta”), pues anhela escribir mejor que los otros y, por supuesto, le gustaría haber escrito ese libro tan bueno. En palabras de Onia: “dentro de cada poeta, hay un asesino”. Y no solo del otro, sino de uno mismo, porque un autor está en constante transformación de sí, y lo importante no es lo que es, sino lo que será: “para tener con qué escribir (…) necesito matar al escritor que no soy”. El rastro de sangre de esa lucha de Onia consigo mismo es este libro. Afortunadamente, podemos esperar más víctimas: “Yo no sé del mundo más que por esta suciedad ordenada que es escribir”.

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