julio 2021 - V Año

ENSAYO

Desmovilización, descontento y desafección: Una estrategia de la derecha para la toma del poder

“Siendo la ciudad… una pluralidad, debe conducirse
mediante la educación a la comunidad y unidad”
Aristóteles. La política 

Con esta cita de Aristóteles abrimos el libro de Hannah Arendt “Entre el pasado y el futuro”. El pasado huele a totalitarismo, a tristeza, a odio al enemigo al que hay que aplastar, y contra ese odio sólo se alzaba el dolor, a veces la rabia y hasta la sangre. Al futuro le amenazan tormentas de intolerancia, sobre todo si se permite que estallen. Rondan las amenazas que de nuevo pretenden romper la convivencia, las frases altisonantes que convocan a extremismos. Por algo también, esa otra obra de Arendt, testigo de la inteligente brutalidad nazi que ahora algunos quieren el lado bueno de la historia, “Los orígenes del totalitarismo”, empieza con una cita de Karl Jaspers: “No someterse a lo pasado ni a lo futuro. Se trata de ser enteramente presente”. Y es que en el presente puede hacerse cenizas el futuro en la hoguera donde ardan los trabajos donde el pueblo español puso coto al totalitarismo y estableció la democracia donde los diferentes aprendimos convivencia. Hannah Arendt culmina el capítulo final de esta obra señalando la naturaleza del aislamiento y la soledad como condiciones necesarias para la dominación total. No resulta nada extraño que, desde los que pretenden el predominio exterminador de la diferencia, se trabaje por la unificación de los que así piensan y la desactivación del voto de los que no piensan como ellos.

Esta derecha, vieja y caduca, se asoma tras una máscara juvenil que escupe arengas, se esconde tras largas ropas talares, pero escupe llamaradas que llaman a un nuevo dos de Mayo. Rememorando a Don Andrés Torrejón, alcalde de Móstoles en aquel dos de Mayo: “¡la Patria está en peligro. Españoles, acudid a salvarla!”. Y aquellos españoles, no todos, claro, gritaban aquello de ¡”vivan las cadenas”! y calificaron a Fernando VII de “El Deseado”.

¿A que tanto disparate? ¿Por qué provocar tanta confrontación de ideología trasnochada e irredenta cuando lo que importa es la gestión, la mejora de las condiciones de vida y de convivencia, el bienestar y el bien común que permitan la movilización de todos los recursos? ¿No se dan cuenta de que, si ganaran o perdieran el próximo cuatro de mayo dejarán abiertas las heridas? ¿Por qué no se han ceñido y ciñen, en los debates de pre-campaña y campaña, a presentar civilizada y racionalmente sus propuestas? ¿Será que no las tienen cuando sólo quieren, más que gobernar Madrid, echar al Partido Socialista del Gobierno? ¿No han aprendido todavía que la democracia es alternancia civilizada en el poder? ¿Tan ciegos de poder están en sus luchas internas por sucederse, que aún en el supuesto de que obtuvieran mayoría absoluta en la Asamblea de Madrid, están en minoría en el Congreso y en el Senado, pese a usarlos como plataforma incendiaria de la convivencia? Su foto de Colón es un daguerrotipo viejo que pretende perpetuarse, a pesar de sus redondas declaraciones de que ellos representan otro Partido Popular.

¿Pueden ganar? Pueden. El sistema democrático que nos hemos dado lo permite, pero sus consecuencias pueden ser funestas, y el deber de todo demócrata es impedirlo.

Decía Gil de Biedma: “De todas las historias de la Historia/ la más tiste sin duda es la de España/ porque termina mal…”. Eso hay que impedirlo. No se puede consentir que después de tanto trabajo en favor de ser por fin un pueblo en convivencia, que construye puentes para religar voluntades, como propone Clotilde Rymarczyk, vengamos de nuevo a parar a los aguafuertes de Goya. Por algo pedía Biedma en su poema: “Pido que España expulse a esos demonios/ Que sea el hombre el dueño de su historia…”.

Que hay en la historia hombres y mujeres que se demonizan, está claro. Que en un sistema democrático nuestro talismán no es otro que el ejercicio crítico de la razón, y el exorcismo lo ejercemos mediante el voto, también, y ahí reside el peligro: si reusamos al análisis crítico, y dejamos campo abierto a la perorata de tanta quincalla, y si, hartos de tanto ruido a la hora de votar nos quedamos en casa.

Llegan dos trabajos a mi mesa:

El uno, de José Ramón Montero, de la Universidad Autónoma de Madrid; Richard Gunther, de la Ohio State University; y Mariano Torcal, también de la UAM, titulado “Actitudes hacia la democracia en España: Legitimidad, descontento y desafección”, de naturaleza sociológica y rico en estadísticas, mide la evolución de esas actitudes en el intervalo de los últimos veinte años.

De su estudio, relacionado con la legitimidad democrática, el descontento político y la desafección política de los españoles, los investigadores sacan tres conclusiones:

  1. El respaldo a la democracia naciente en España ya en los años ochenta era similar a la de otros países de Europa Occidental, y se ha mantenido durante veinte años a pesar de las circunstancias turbulentas que tuvo que pasar.
  2. Distinguen entre legitimidad democrática, eficacia del sistema y grado de satisfacción por su funcionamiento, afectado por crisis económicas, casos de corrupción y escándalos políticos, que han podido producir insatisfacción, pero no han repercutido negativamente en la legitimidad.
  3. La desafección política, medida por la falta de implicación, se ha mantenido como actitud. Así lo declaran: “Entre los españoles se registra un alto grado de desafección política, que se ha mantenido estable durante los últimos veinte años pese a los extraordinarios cambios ocurridos en los ámbitos sociales, educativos, económicos y, sobre todo, políticos. […] La desafección política parece constituir un fenómeno cultural que presenta una notable estabilidad”.

Estamos, pues, ante una contradicción: La inmensa mayoría de los españoles se siente parte de esa legitimidad democrática y le ha prestado apoyo a su funcionamiento a pesar de los casos de disfunción. Frente a ello, ya desde sus orígenes, se manifiesta estable una desafección que imputa a las disfunciones, reales o ideológicamente falsificadas, la razón de su existencia.

Parece desprenderse de este hecho que tal desafección se produce en origen por el rechazo a la misma existencia de la democracia social de derecho, nacida de una visceralidad irracional que añora la dictadura, y, para justificarse, magnifica, explota, tergiversa e inventa las disfunciones del sistema.

Han sido minoritarios, herederos de la “cultura” franquista larvada, reservada entre la derecha civilizada que se sentía representada por el Partido Popular, pero en el momento en que este se desplazó hacia la ultraderecha, se hicieron más notables, y la razón sosegada se volvió instrumento de la disfunción que pretendía denunciar, la palabra se volvió provocación, trinchera y mina. Esto hay que pararlo con las herramientas legítimas que nos da la democracia: con votos de conciencia cívica.

El segundo trabajo es de José Francisco Jiménez Díaz, de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Lo titula “Discursos políticos y pluralidad: Reflexiones para recuperar la confianza política”.

Pone su fundamento en la mencionada Hannah Arendt y en su obra “La promesa de la política”. Tal puede parecer que la circunstancia en que habitamos no es muy propicia a la credibilidad en promesas políticas, sobre todo cuando es contagiada por el virus de la visceralidad. Claro que tampoco lo era en tiempos de Arendt.

Toda promesa es compromiso, y nuestro autor sintetiza magistralmente la promesa que la política ofrece a ojos de Hannah en su contemplación entusiástica del espacio público como espacio de todos y de todas, donde se producen manifestaciones coyunturales diversas que, en interés de todos son ocasión de diálogo prudente. Así lo expresa: “[…] los ciudadanos sólo pueden convivir en libertad si participan en la esfera pública siendo conscientes de las incertidumbres que acarrean sus valores y juicios políticos. Así, los ciudadanos deben incorporar juicios prudentes en su acción política, estar dispuestos a comprenderse en sus diferencias y crear lazos comunes entre ellos”.

La libertad aquí no consiste en tirarse al monte ayunos de prudencia, en circular a la velocidad que me peta en el sentido que me parece, en soltar “coprovoces” llamativas para hacerse notar, sobre todo si se goza de una posición directiva.

Es verdad que desde Mr. Trump el populismo de derechas no tiene empacho en representar esos papeles, y como una nube tóxica nos alcanza. Hablan a gritos las tripas en estómagos bien llenos, mientras llaman subvencionados a los que forman las colas del hambre, y, lo más grave, hay medios de comunicación, dependientes de su cuenta de resultados más que de la sensatez, saltan a su comba.

Es igualmente cierto que el alejamiento ideológico de la política, de espaldas a los problemas reales de la sociedad, produce inhibición ciudadana. Fuimos adiestrados en ello en tiempos cuando la derecha iba del brazo de Franco, y éste bajo palio, cuando cada cual tenía que tragarse sus opiniones y vivir su vida hacia dentro o en la clandestinidad.

Si el ciudadano, la ciudadana, no se sienten partícipes de la vida en común, se produce esta retracción que tiene como consecuencia el empobrecimiento de la vida política. La sociedad se puede mantener viva, pero alejada de la política que le parece charca cenagosa. Y es que la sociedad tiene que sentirse representada y servida por la política. Los ciudadanos no son simples observadores, sino copartícipes, sujetos que reconocen la diversidad y la “concrescencia” en un espacio público que les permite la complementariedad, el debate atento a las razones del otro, el respeto a las posiciones donde el juicio crítico se ejerce sin acritud. Educados en un clima social y político donde los responsables inspiran civismo por respeto a la propia función y a los representados, en situaciones concretas y variables que en justicia distributiva deben ser mejoradas.

Recogíamos como pórtico las palabras de Aristóteles: La educación de la pluralidad hacia la comunidad es determinante. Si educar (“educere”) es conducir, no caben locos/as al volante que se divierten atropellando gentes y convivencias. Eso decía Bonhoeffer de Hitler. Para algunos parece que no ha pasado el tiempo.

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