junio de 2026

¿Está en peligro el ateísmo?

Viñeta de Eugenio Rivera

Últimamente se viene hablando mucho del actual resurgimiento de la religiosidad en nuestro mundo, muy especialmente en lo que se denomina Occidente. La visita del Papa León XIV a España este mes de mayo, ha reforzado la cuestión. Porque hay un fuerte aumento de la asistencia de público, en general joven, a las expresiones y manifestaciones de la religiosidad que, en España, Francia, Portugal, Italia y muchas otras zonas de Europa y los otros cuatro continentes es, por obvias razones, de orientación católica predominante.

Se asiste, pues, a algo que llama la atención: lo católico está quizá de moda, tanto en los clubes neoyorquinos como en las plazas de nuestro país. Y no sólo entre los jóvenes ya que está pasando algo que antes apenas sucedía: más y más adultos eligen ser católicos. El actual Vicepresidente USA, J.D. Vance, es un claro ejemplo del aumento de los conversos al catolicismo.

Una situación ésta que parece desconcertar a muchos: ¿será que corre peligro de desaparecer el ateísmo?, ¿habrá que realizar sobre él un salvamento o un quizá un rescate? Porque fuera de Europa y América, las religiones como el islam prohíben el ateísmo hasta con pena de muerte.

No existen ni han existido pueblos ateos

Con la Ilustración y, desde ella, las ideologías que se presentaban como encarnación de la “razón” y del “progreso” atacaron la religión y la creencia en Dios por ser ambas anticientíficas. Acusaban a la religiosidad de aliada de la opresión y del conservadurismo social y político, y fruto servil de la inmadurez filosófica, de la falta de madurez en el pensamiento. La religión era un resto a extinguir de la infancia de la humanidad. Durante tres siglos, el ateísmo, sin poseer fundamentos razonables mínimamente desarrollados, trató de desmontar la religión y la creencia en Dios con las armas procedentes del arsenal científico (físico, biológico, psicológico, etc.). Un ateísmo que se creía liberado del deber de dar justificación de su propia creencia antidivina, dando por supuestas, bien su evidencia, bien su racionalidad, o bien ambas.

El ateísmo racionalista es reciente, muy reciente, en ningún caso anterior al siglo XVIII. Y los ateos nunca fueron multitud, sino individuos, más o menos numerosos. Más que pueblos ateos —Aristóteles ya consideró que no había pueblos ateos—, el ateísmo ha sido un fenómeno individual. También han existido Estados ateos, como la Rusia soviética y sus países satélites. Pero el ateísmo nunca se expresó hasta la Ilustración.  Hasta el siglo XVIII hubo disidentes de la religión oficial, herejes. Incluso Epicuro creía en los dioses. Pero el ateísmo, en sus formas actuales, tiene poco que ver con la Antigüedad o la Edad Media, pues es una creación de la siempre ambigua Ilustración.

En España, la presencia la fe católica se ha ido manteniendo en los últimos años, a pesar del proceso de secularización experimentado desde la segunda mitad del siglo XX, que ha sido muy intenso (el “sesentayochismo”). En 1976, el 90 por ciento de los españoles se declaraba católico, pero en 2026 el porcentaje había bajado hasta casi el 55 por ciento, mientras aumentaba el número de ateos, agnósticos e indiferentes. Las prácticas religiosas han sufrido un retroceso aún mayor. Y, en ese contexto, tampoco son ajenas al aumento de la religiosidad, la profunda crisis moral de la izquierda, tradicionalmente atea y enemiga de las religiones, y la reconsideración política de las fuentes cristianas del mundo occidental.

La “racionalidad” del ateísmo

El ateísmo ha disfrutado de un importante privilegio, cual es el de haber evitado, eludido o sorteado el dar una científica y filosófica de sus pretensiones, lo que le ha permitido presentarse como la única creencia racional y científica, mas con escasos fundamentos. Pero eso ha cambiado en los últimos años. En vez de requerirse exclusivamente a los creyentes la carga de la prueba sobre la existencia de Dios, que era hasta ahora la estrategia dominante en el debate, el ateísmo se ve obligado a ofrecer una visión total del mundo que armonice la vigente contribución de la ciencia y el sentido de la vida libre a la sociedad humana. Ya la lógica había dictaminado que las proposiciones negativas, no admiten demostración. De modo que, en pura lógica, la existencia de Dios estaría pendiente de prueba, mientras que su inexistencia es indemostrable.

Con el “ateísmo” sucede, además, que se trata de un término paradójico en sí mismo, como lo es la propia palabra “ateo”, que afirma una negación que incluye lo que niega, Dios, en su propia definición. Algunos de los defensores más cabales del ateísmo rechazan dicha denominación. Por ello los ateístas buscan términos menos problemáticos para identificar su rechazo a la idea de Dios. Así, se han ido popularizando otros términos, como el agnosticismo (ateísmo práctico, aunque no teórico); el deísmo (negación de Dios como actor en el mundo o consideración de un Dios como si no existiera realmente) o el naturalismo, que reduce la realidad a la naturaleza.

Los materialistas ilustrados del siglo XVIII, ateos como el barón D’Holbach, triunfaron en los dos siglos siguientes. Y, para ellos, Dios era una ficción, la religión un invento, la moral cristiana una construcción antinatural, la materia la única realidad, en su ser, y mortal en sus disposiciones. El alma no pasaba de una extensión finita, constituida por átomos, el bien y mal fábulas, lo bueno y lo malo se explican por la utilidad, la muerte es el no ser, y el cuerpo una simple máquina. Todo muy simple, demasiado simple.

El ateísmo, del siglo XIX a hoy

El ateísmo ilustrado preludió la eclosión ateísta del siglo XIX, con lo que pareció triunfar sobre el espíritu religioso. Los nombres se suceden, desde Feuerbach y Marx a Darwin, Nietzsche, Freud y Sartre, entre otros muchos, hasta el nuevo ateísmo «científico» del siglo XX de filósofos como Bertrand Russell o de científicos con pretensiones filosóficas como Sam Harris, Richard Dawkins, Daniel Dennett y Christopher Hitchens. Pero en el siglo XXI han aparecido también lo que se podría denominar como las “dificultades científicas” del ateísmo, lo que ha determinado un gran cambio en el debate entre ateos y creyentes desde el pasado siglo.

Hasta entonces, ateísmo y ciencias se presentaban armónicamente unidos, pero el panorama ha cambiado hoy. Ahora son los creyentes los que se declaran compatibles con las conclusiones de las ciencias, por provisionales que sean, y afirman que la creencia es perfectamente coherente con las ciencias. Es verdad que, pese a la leyenda adversa, la fe siempre ha tenido a su favor que las ciencias, al buscar explicaciones inteligibles del universo, son proclives a aceptar una Inteligencia Superior, se le llame Dios o no. Es esa suposición de racionalidad de lo real lo que invita a su estudio e investigación. Porque, para muchos, en la belleza ordenada y armónica del mundo se revela un orden superior, como ya dedujo Einstein y muchos otros físicos aspirantes al descubrimiento de regularidades comprobables en la naturaleza.

Que las leyes científicas descifradas sean un fruto fortuito del puro azar es un supuesto cada vez menos consistente. Incluso Darwin, como él mismo decía, advirtió de la dificultad, y hasta la imposibilidad, de concebir este inmenso y maravilloso universo, incluyendo al hombre con su capacidad de reflexionar sobre el pasado y el futuro, como un resultado ciego del azar. La evolución es la evolución de la vida, pero entre la materia y la vida no hay continuidad, sino un salto improbable, casi imposible, desde el punto de vista de unos ensayos azarosos. Demostrado está que lo vivo siempre procede de lo vivo, nunca procede de lo inerte. El Big Bang no fue una explosión caótica sino ordenada de modo que su ritmo de expansión y sus condiciones fueron las precisas para que en un momento posterior llegase a aparecer la especie humana.

La fragilidad actual de las bases del ateísmo

Puede defenderse que toda la historia del universo ha sido casual, pero es realmente raro y, más que difícil, imposible, sostener la “causalidad de la casualidad” o, dicho de otro modo, la casualidad como causa final, sustituyendo a Dios por un azar no menos omnipotente, sabio y previsor que la divinidad. Para poder concebir que todo el mundo y la vida son fruto de la pura casualidad, es precisa muchísima más fe que la requerida por las viejas creencias religiosas. Se precisa una fe ciega a los límites del tiempo y la probabilidad, una fe tan indemostrable como la que guía a los creyentes para creer en la existencia de un Dios creador.

El ateísmo defiende que no hay que pedir una explicación, sino que estamos en un mundo que está fuera y dentro de nosotros y es todo lo que hay. Pero no se puede demostrar que sea fruto de una necesidad de origen sobrenatural. Los creyentes proponen que hay algo y no nada porque hay un Dios creador que lo ha hecho y lo mantiene. Entonces, ¿cuál es la diferencia de valor entre el postulado de que el mundo existe sin más y el que apuesta por la existencia de un Dios?

¿Existió un principio u origen en la corriente de acontecimientos sucedidos en el mundo que podemos observar? Si existe, la hipótesis de la creación es necesaria. Pero si no lo tiene, ¿cómo explicar razonablemente esta ausencia ante los datos comprobados de una expansión universal acelerada? El Big Bang no era una «física para los curas», como al principio se lo descalificó. Es, en realidad, el principio de todo: materia, espacio y tiempo. Y los partidarios de un universo sin origen o cíclico de formato «Big Bang-Big Crunch» carecen de la mínima fundamentación física suficiente para poder afirmarlo y sostenerlo.

Y, mientras tanto…

El renacer “católico” actual en España ha tenido precursores como el actor Jaime Lorente, la artista plástica Sofía de la Puente (antes conocida como Sofía Rincón), la periodista Ana Iris Simón o un joven con éxito reciente en redes sociales por sus peculiares ideas sobre la democracia, Rubén CientoZero. El panorama es de seguro abigarrado —como siempre lo ha sido, por lo demás, el mundo católico—. Mas quizá no cabía esperar sino diversidad en un grupo que ya comenzó, allá por los inicios del siglo I, entremezclando a gentes tan diferentes como varios pescadores, un recaudador de impuestos o un carpintero que conocía la Ley a la perfección. Y, en seguida, un primer “Gran Converso”: el Apóstol San Pablo.

Y así, sin ir más lejos, el pasado 26 de mayo, el joven (y mediático) filósofo Ernesto Castro sorprendió a muchos con una carta al papa León XIV, en la que confesaba que solo dos semanas antes se había bautizado y comulgado por primera vez. Este mismo mes de mayo, Paloma Hernández, conductora del exitoso canal youtubero Fortunata y Jacinta, declaraba también su propia y recientísima conversión.

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Escrito por

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