abril 2021 - V Año

ENSAYO

Ideología y política: de Marx a Piketty

El abrazo de Juan Genovés‘El abrazo’ de Juan GenovésLas relaciones entre la ideología y las demás dimensiones de la sociedad se habían aceptado en el último siglo, al menos en los sectores progresistas y de izquierda, como una conexión multidireccional entre ellas, en la que la estructura económica desempeñaba un papel central. Se había superado la visión idealista de la preponderancia de las ideas en los procesos históricos. Sin embargo, en las últimas décadas, se ha vuelto a plantear la cuestión, de la mano del “posmodernismo” y de sectores «progresistas» e incluso de «izquierdas», se aboga de nuevo por un papel decisivo de las ideas en los procesos sociales. Es el caso de Tomas Piketty que, aún haciendo una ingente y magnífica aportación sobre el análisis del capitalismo y la desigualdad, particularmente en sus dos últimos libros (El Capital en el Siglo XXI e Ideología y capital), de enorme difusión mundial, vuelve a plantear la preponderancia de la ideología en los procesos sociales e históricos. Intentaremos hacer un análisis filosófico e histórico sobre esta cuestión, desde los planteamientos clásicos y modernos del marxismo.

Nos centraremos en Ideología y capital, de reciente publicación, un libro de casi 1300 páginas, que está teniendo una enorme difusión. Tiene con trazas de emular la de su anterior obra, El Capital en el Siglo XXI, de la que es una continuación y complemento con una perspectiva más política. Ésta última se ha traducido a muchos idiomas y se llevan vendidos más de dos millones y medio de ejemplares (¡De un libro de economía y sociología, de casi 700 densas páginas!).

1. La desigualdad

La aportación más importante y sólida del libro de Piketty que comentamos consiste en sus análisis sobre la desigualdad, que nos deja páginas de estudios y conclusiones de un valor y una permanencia muy significativa y esclarecedora. Constituye el núcleo central del texto. Vamos a resumirlo e indicarlo en las líneas que siguen

No siempre la ideología ha presentado la misma formulación. Hay una historia de las ideologías, paralela a la de la desigualdad, que, para Piketty, al menos incluye cinco modelos de sociedad en los últimos siglos, al hilo de la evolución de las formas de la desigualdad:

1º. La sociedad trifuncional o ternaria, basada en la confluencia e incluso identidad de la propiedad privada y el poder político: Sociedades organizadas en torno a tres grupos funcionales (clero, nobleza y pueblo llano) ( PIKETTY, 2019, 66) que tenían profundas diferencias según las regiones, las religiones y las relaciones coloniales y que han dejado un profundo impacto en las sociedades posteriores, incluidas las actuales.

2º. Las sociedades estamentales europeas, basadas en el equilibrio de legitimidades y en formas específicas de propiedad y relaciones de poder (Id., 66). Los estamentos militar y religioso conservan el poder económico y una fuerte influencia en el político, pero el Estado, en forma de monarquía absoluta, se adjudica buena parte del poder institucional.

3º. Las sociedades propietaristas, surgidas a finales del S. XVIII y que se extienden aproximadamente hasta la Primera Guerra Mundial, basadas en la separación estricta entre el derecho de propiedad (supuestamente accesible a cualquiera) y los poderes soberanos (a partir de ese momento, monopolio del Estado centralizado) (Id., 492), sacralizando la propiedad privada y justificando la representación censitaria. Su estudio del colonialismo y la esclavitud le permite establecer la “continuidad entre las lógicas esclavistas, coloniales y de propietarios”.

En Capital e ideología, Piketty desmonta todas las coartadas ideológicas que desarrolló históricamente la derecha liberal. La «meritocracia» y su más moderna versión, «la igualdad de oportunidades», no se sostienen. No hay ni «leyes fundamentales» ni bases «naturales» de la desigualdad, así como tampoco puede sostenerse la existencia de «injusticias necesarias» para que el sistema funcione. Piketty define esa ideología dominante como “propietarista, empresarial y meritocrática”

4º. La sociedad socialdemócrata, que reduce las desigualdades mediante la potenciación de los impuestos progresivos sobre la renta y las sucesiones y una fuerte progresividad fiscal sobre la riqueza, todo lo cual incidirá en un amplio desarrollo de la educación, la sanidad y demás servicios sociales. Con ello se redujo drásticamente la concentración de la propiedad privada: El desplome de la concentración de la propiedad que tuvo lugar durante el S.XX constituye una novedad histórica en sí misma (Id., 510) y estuvo acompañada por una aceleración del crecimiento económico que nunca había sido tan elevado en la historia como durante la segunda mitad del S.XX. El descenso en la desigualdad de las rentas se manifiesta para los trabajadores asalariados en la estabilidad en el empleo, los derechos sociales y sindicales y, concretamente, el acceso a bienes y servicios básicos como la salud, la formación o la jubilación (Id., 513).

Para entender este proceso, según Piketty, es necesario recurrir a varios factores. Uno, las destrucciones de infraestructuras, bienes y propiedades de todo tipo en las dos guerras; la debilidad de la inversión privada y de los rendimientos obtenidos durante el periodo 1914-1950, merced a la acción del estado para financiar la reconstrucción; las expropiaciones y nacionalizaciones con el mismo fin. En segundo lugar, el miedo a una extensión del comunismo si las clases trabajadoras se veían en el límite. Y, por último, y más importante, por la acción sindical y política de las clases trabajadoras a través de sus sindicatos y partidos de clase: Las movilizaciones y las luchas sociales desempeñaron un papel central, como también lo hicieron los diferentes acontecimientos políticos e ideológicos con las singularidades propias de cada país (Id., 561)

Todo ello da lugar a la que Piketty denomina sociedad socialdemócrata de economía mixta en la que la reducción de desigualdades sociales tuvo un gran calado (Ver el Gráfico 0.6), así como los avances en la participación social y política de todos los ciudadanos. Se produjo una especie de síntesis entre el liberalismo político clásico y las conquistas de las clases trabajadoras en lo que nosotros mismos hemos denominado estado liberal-marxista o liberal-socialista en nuestro trabajo El marxismo en el Siglo XXI (En el libro colectivo, Marx hoy, 2018, 131 y ss.), al que nos remitimos. Nuestra formulación es equivalente conceptualmente al de sociedad socialdemócrata de Piketty.

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Hay que aclarar finalmente que uno de los elementos centrales de la ideología propietarista, que el incremento de la fiscalidad detendría el crecimiento económico e incluso lo haría retroceder, se muestra como falso a la luz de los datos fiscales y de crecimiento económico del periodo socialdemócrata de 1950 a 1980 aproximadamente: Numerosos estudios han demostrado que el ascenso del Estado fiscal no sólo no impidió el crecimiento económico, sino que, por el contrario, fue un elemento central en el proceso de modernización y de la estrategia de desarrollo llevada a cabo en Europa y en Estados Unidos durante el S.XX. (Piketty, citado, 547). (Ver gráfico 0.7).

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La sociedad socialdemócrata de 1950-80, entró en quiebra a finales del S. XX, prolongándose en las décadas que llevamos del S. XXI: Sin embargo, a pesar de sus innegables éxitos, las sociedades socialdemócratas van a experimentar un agotamiento a partir de las décadas de 1980 y 1990; en particular, por no saber afrontar el aumento de las desigualdades que se ha desarrollado un poco en todas partes (Id., 580). Varias son las razones de este fracaso: En primer lugar, Los intentos de instaurar nuevas formas de reparto del poder y de propiedad social en las empresas se limitaron durante mucho tiempo a un reducido número de países (Alemania y Suecia, en particular) (Id., 580); en segundo lugar, la socialdemocracia no ha logrado abordar con eficacia la profunda necesidad de igualdad en el acceso a la formación y al conocimiento (Id., 580); por último, los límites del pensamiento socialdemócrata sobre la fiscalidad y, más concretamente, sobre la fiscalidad progresiva de la propiedad. En particular la socialdemocracia no ha conseguido sentar las bases de nuevas formas federales transnacionales de soberanía compartida y de justicia social y fiscal (Id. 580-81).

5º. La sociedad neopropietarista mundializada. La sociedad de principios del S.XXI es heredera de las transformaciones políticas e ideológicas que sufrieron los regímenes desigualitarios en el S.XX. Pero sobre esa base se han ido desarrollando nuevos fenómenos sociales:

– La reversión de la redistribución socialdemócrata, reduciendose la progresividad sobre rentas, sucesiones y fiscalidad.
– El recurso al fracaso del comunismo. La caída del comunismo sembró una cierta desilusión frente a cualquier posibilidad de economía justa, sentimiento que a comienzos del siglo XXI alimenta los repliegues identitarios y que debe ser superado (Id., 775).
– El repliegue “identitario” y “nativista”. El crecimiento de los nacionalismos y el rechazo a la inmigración.
– El rechazo de la trasparencia sobre la riqueza, la creciente opacidad económica y financiera que caracteriza al mundo actual (Id., 776). Algo que puede parecer paradójico en el momento de la explosión de la información en la era de los big data. Las autoridades nacionales y mundiales dan una especie de licencia a estos modos de comportarse la economía mundializada, renunciando prácticamente al control sobre ellos y su circulación, lo que revierte en unas enormes lagunas fiscales.
– La libre circulación de capitales sin regulación que se extiende por todo el mundo y marca globalmente las relaciones industriales, financieras y comerciales
– La persistencia del patriarcalismo en las relaciones de género.
– La pauperización del Estado en los países en desarrollo, consecuencia de la liberalización impuesta del comercio.
– La ingente creación de moneda que ha alterado las relaciones entre los Estados y los bancos centrales, incidiendo enormemente en la recepción de impuestos.
– La meritocracia, la falsa idea de que en el sistema capitalista el que “triunfa” lo hace por méritos propios y que todos pueden alcanzar ese estatus.
– La sacralización de los multimillonarios y la ilusión filantrópica. Los propietarios de Google, Facebook y de otras megaempresas con megabeneficios donan parte de éstos y quedan como ejemplo y modelo frente a la sociedad
– Y una vuelta a la decisión censitaria y al ordoliberalismo (Hayek). Realmente los ciudadanos, aun en las democracias más consolidadas, no deciden sobre el capitalismo globalizado. Sólo lo hace un reducido número de propietarios y controladores de las empresas multinacionales, que deciden sobre el desarrollo de la economía y el comercio a su criterio e interés. Volvemos a las tesis del correcto liberalismo al modo de Hayek.
Todo régimen desigualitario, toda ideología desigualitaria, reposa sobre una teoría de las fronteras y una teoría de la propiedad (Id., 16). Ello permite a nuestro autor establecer que las desigualdades no son en absoluto naturales. Y que es falsa la idea de que el capitalismo de libre mercado incrementa la riqueza y es la mayor defensa de las libertades individuales. Antes al contrario, como demuestra Piketty, ese capitalismo de mercado sin intervenciones redistributivas del Estado produce oligarquías antidemocráticas.

2. Lucha ideológica versus lucha de clases

Estas aportaciones de Piketty sobre la desigualdad, su historia y su formulación ideológica pueden oscurecer algunos elementos de su trabajo que nos parecen cuestionables, tales como su planteamiento de la lucha ideológica como alternativa a la lucha de clases, el propio concepto de ideología y el concepto de capital. Es importante analizarlos para tener una visión clara del significado de las aportaciones del autor. Sobre ellos vamos a incidir en los párrafos que siguen.

En la Conclusión de Ideología y capital, escribe el autor (Id., 1126-27): “La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”, escribían Friedrich Engels y Karl Marx en 1848 en el “Manifiesto del Partido Comunista”. La afirmación sigue siendo pertinente, pero tengo la tentación de reformularla de la siguiente manera como resultado de esta investigación: la historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de las ideologías y de la búsqueda de la justicia.

Esta misma idea la formula el autor en repetidas ocasiones, a veces incluso más contundentemente (Id., 861): El conflicto político es ante todo ideológico y no “clasista”. Es cierto que (id., 861), La organización ideal de la sociedad es demasiado incierta como para que exista una relación determinista entre la “posición de clase” y las creencias políticas. Sin embargo, Piketty obvia que precisamente la ideología es la que intermedia esa relación, transformando la posible correspondencia entre posición de clase y posición política en una difuminada opción política de las clases dominadas, en buena parte favorable a posiciones políticas contradictorias con el ideal de igualdad y justicia. Piketty devalúa la posición de clase, relegándola casi al olvido; su papel social y político queda subsumido en formas ideológicas que se convierten en protagonistas de los procesos sociales e históricos. Con ello culmina una vuelta atrás en los análisis sociales, un retroceso a la época en que se concebían las ideas como el motor de la historia, en fórmulas de carácter hegeliano. Marx analizó profundamente estas posiciones y las superó nítidamente.

En las últimas décadas, particularmente de la mano del postmodernismo de nuestra época neoliberal e hipercapitalista, han ido apareciendo nuevas formulaciones en esta línea del tipo guerra de civilizaciones, que supuestamente sustituirían la lucha de clases por la lucha ideológico-religiosa-cultural entre las civilizaciones oriental y occidental. La posición de Piketty culmina este proceso a nuestro entender, sustituyendo la lucha de clases por la lucha ideológica. Sin embargo, sus análisis y conclusiones tienen poco que ver con los del tipo fukuyama, partidarios del neoliberalismo. Piketty hace una magnífica crítica de la evolución desigualitaria del capitalismo y concluye formulando la posibilidad de su superación. Aunque estas conclusiones son muy contradictorias porque esta supuesta superación del capitalismo no elimina la “propiedad privada” de los medios de producción (y de distribución, inmobiliarios, financieros, comunicacionales, digitales), sino que la sustituye por fórmulas complejas de participación en los consejos de administración y de políticas fiscales muy redistributivas, pero sin superar la propiedad privada de los medios de producción en sentido amplio y los mecanismos de control que ella ejerce sobre el poder ideológico y político. En cualquier caso, nos parecen análisis muy sólidos y propuestas viables y movilizadoras a corto plazo, que, si bien deberían superarse en una perspectiva de más largo plazo en propuestas comunitaristas de carácter utópico, merece la pena que las analicemos.

El concepto de “clase social” de Piketty es, a su decir, multidimensional: Incluye todo lo relacionado con la “profesión” (salario, identidad profesional, puesto en la cadena de decisiones y organización de las empresas); nivel de “formación y cualificación”; y la “riqueza” derivada de todo ello; además, la clase social con la que uno se identifica puede estar determinada por la edad, el sexo, la nacionalidad, el origen étnico (percibido) o por las orientaciones religiosas, filosóficas, alimentarias o sexuales (Id., 862). Sin embargo, esta “multidimensionalidad” que según Piketty constituye las clases, no es más que un conjunto de sobredeterminaciones en buena medida secundarias e incluso oscurecedoras y subjetivas Con ello obvia que las clases sociales están determinadas por la posición de los ciudadanos respecto de la propiedad o no propiedad de los medios de producción en su concepción amplia (industrias, campos, distribución, instrumentos financieros, inmobiliarios, de comunicación, digitales), que conlleva una posición de poder de los propietarios respecto del resto de la sociedad. A partir de esta raíz central de la división en clases, el lugar de cada una respecto a la propiedad de los bienes de producción, las propias clases pueden sobredeterminarse con las diversas multifunciones que señala Piketty, provocando incluso una cierta sectorialización en el seno de las clases explotadas y dominadas, lo cual no debe esconder el hecho esencial de que están excluidas de la propiedad y del poder. Es la posición de Marx, completada por los estudios de la tradición marxista posterior, que para nosotros expresa claramente la distribución de los ciudadanos en la sociedad (clases). Obviamente, no podemos entrar a hora en ello. La bibliografía es extensísima; nosotros mismos hemos intentado reflejar esta línea, al hilo, ente otras, de las más recientes aportaciones de E.O. Wrigth, en nuestro trabajo El marxismo en el Siglo XXI (citado, 123-153), al que nos remitimos, y a la bibliografía que en él se indica.

3. La Ideología

El concepto central del texto es el de “ideología”. Sin embargo, Piketty no considera ni analiza la cantidad y calidad de los textos clásicos y modernos en torno al concepto. Tal vez por ello el suyo no deja de ser un planteamiento simple y su definición superficial: La “ideología”… es un conjunto de ideas y discursos “a priori” plausibles y que tienen la finalidad de describir el modo en que debería de estructurarse una sociedad, tanto en su dimensión social como económica y política… Toda sociedad tiene la obligación de intentar responder a estas preguntas, a menudo basándose en su propia experiencia histórica, y a veces apoyándose también en lo vivido por otras sociedades. (PIKETTY, 2019, 14).

Piketty entiende, pues, la ideología como un conjunto de ideas simples o concatenadas que parecen creíbles y que afectan a un modo “ideal” de describir la sociedad, como respuesta a las preguntas por el régimen político o de propiedad de la misma. Es una definición simplista porque afecta sólo a una posible “descripción” de la sociedad, no a los fundamentos y orígenes de la misma ideología. Además omite casi toda referencia a la amplia y rica historia de los debates filosóficos y sociológicos sobre ella, exceptuando algunas concepciones provenientes del mundo económico liberal.

Por supuesto que en este contexto tampoco se plantea analizar a fondo las posiciones del marxismo de cualquier tendencia sobre la ideología. A lo más utiliza una obsoleta y parcial consideración del mismo: Este enfoque centrado en las ideologías, las instituciones y la evolución histórica también se diferencia de algunas doctrinas a menudo calificadas de “marxistas”, según las cuales el estado de las fuerzas económicas y las relaciones de producción determinaría de manera casi mecánica la “superestructura” ideológica de la sociedad. Insisto, por el contrario, en el hecho de que existe una verdadera autonomía que emana del mundo de las ideas, del ámbito ideológico y político. (Id., 2019, 19).

Este fragmento, una de las escasísimas referencias al marxismo de todo el libro, abre sin embargo una de las características fundamentales del concepto de ideología de Piketty: la autonomía del ámbito ideológico respecto de la estructura económica de la sociedad, recuperando la vieja visión idealista premarxista de la autonomía del mundo ideal respecto del mundo real, material. El propio marxismo y demás corrientes sociológicas y filosóficas de los SS. XIX y XX superaron esta visión idealista muy ampliamente, con sólidos estudios y argumentaciones, que el autor no se digna ni considerar ni rebatir. (Aunque no lo creemos, el propio autor confesó en una entrevista que no había leído a Marx).

En otros momentos del libro sí recurre el autor a referir los objetivos fundamentales de la ideología, más allá de la mera descripción de la sociedad que los formula: su carácter de justificación y legitimación de la desigualdad social. Estas son unas de las funciones centrales que el marxismo, entre otros planteamientos clásicos, como el de Max Weber, por ejemplo, da a las ideologías, junto con las de control y dominación: Todas las sociedades tienen necesidad de justificar sus desigualdades: sin una razón de ser, el edificio político y social en su totalidad amenazaría con derrumbarse. Por eso, en cada época se genera un conjunto de discursos e ideologías que tratan de legitimar la desigualdad tal y como existe o debiera existir, así como describir las reglas económicas, sociales y políticas que permiten estructurar el sistema. (Id., 11). (13). La pregunta que surge inmediatamente es quién genera las ideologías. Deben ser los sectores sociales que salen beneficiados de la desigualdad que las propias ideologías tratan de justificar y legitimar (el propietarismo es una ideología muy útil para los que se encuentran en lo más alto de la escala social – Id., 159-). Las ideologías no son pues una mera “descripción” de la sociedad, sino unos relatos con funciones económicas, sociales y políticas a favor de aquellos que son beneficiarios de la desigualdad y que surgen de ellos mismos o son adoptadas o promovidas por ellos en el marco de las múltiples teorías económicas, políticas y filosóficas.

Las referencias en este sentido son múltiples a lo largo del libro. Por ejemplo: La desigualdad no es económica o tecnológica: es ideológica y política. Esta conclusión es, sin duda, la más evidente de la investigación histórica que se presenta en este libro. (Id., 18). O en otro lugar de la obra: La desigualdad es fruto de consideraciones ideológicas y políticas, no tanto de restricciones económicas o tecnológicas. (Id., 327).

Pero Piketty añade una virtualidad más a la ideología. No sólo es una descripción de la sociedad con vida autónoma respecto de la realidad “material”, cuya función es la justificar y legitimar la desigualdad; además, la estructura, la configura, la organiza, la crea: No conviene exagerar la importancia de los determinantes “materiales” de la desigualdad. La experiencia histórica muestra que la capacidad ideológica, política e institucional para justificar y estructurar la desigualdad en cada sociedad es lo que determina su nivel, no tanto la riqueza o el desarrollo económico en sí. (Id., 326). Idea que repite el autor en diversos momentos del libro. Por ejemplo: Entre las múltiples lecciones que pueden extraerse de esas experiencias y trayectorias históricas, cabe insistir en la gran diversidad política, ideológica e institucional de las diferentes sociedades a la hora de estructurar las desigualdades sociales. (Id., 493).

Queda clara, pues, la inversión idealista del origen y función de las ideologías. Piketty nos dice claramente que no son producto multideterminado y codeteminado de las relaciones de propiedad, de clase y del estado con la propia ideología, sino que esta surge (¿?) y vive autónomamente, estructurando, generando la propia realidad económica y social. Hacia el final del libro encontramos una de las formulaciones más explícitas de esta idea: Todas las sociedades humanas necesitan justificar sus desigualdades. Su historia se estructura en torno a las ideologías que desarrollan para organizar tanto las relaciones entre los grupos sociales como las relaciones de propiedad y fronterizas, a través de complejos y cambiantes dispositivos institucionales. (Id., 1145).

Marx, en cambio, escribió y fundamentó que: Hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra, las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo. (MARX, K: 1970, 37-38).

Y en La Ideología Alemana (MARX – ENGELS: 1970, 26-27): La moral, la religión, la metafísica y cualquiera otra ideología y las formas de conciencia que a ellas corresponden pierden, así, la apariencia de su propia sustantividad. No tienen su propia historia ni su propio desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material y su intercambio material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia.

Para Marx, además de la función de justificación y legitimación de la desigualdad, las ideologías tienen otra función más, tan importante o más que las anteriores, y que Piketty no sabe ver: Que son el instrumento básico de control y dominación de las clases poderosas sobre las explotadas y dominadas: Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente. (MARX – ENGELS: 1970, 50)

4. Capital, propiedad, riqueza

Junto con el concepto de “ideología” el otro concepto central de Capital e ideología, es precisamente el de “capital”. La primera consideración que hay que hacer es que precisamente el vocablo “capital” aparece muy poco a lo largo del libro, sustituido, en la inmensa mayoría de ocasiones, por el de “propiedad” que se sobreentiende como sinónimo de aquél.

¿Cómo concibe Piketty la “propiedad”?. Como primera aproximación sorprende que no distinga entre propiedad de bienes de uso y propiedad de bienes de producción en su sentido amplio. Para él, todas las clases de propiedad son equivalentes, sin distinguir entre quien sólo tiene un salario y a veces un coche o una vivienda en propiedad de quienes poseen bienes en los que trabajan y reciben un salario las clases trabajadoras. Ni aún entre los que tienen pequeños bienes de producción de los que tienen grandes fábricas, bienes de distribución o financiación. Parece como si la propiedad fuese autónoma e imparcial en los procesos sociales y sólo hubiese que considerar, para comprender la desigualdad, los niveles de estudios, riqueza o rentas.

Para el autor, la desigualdad no tiene que ver con la propiedad de bienes de producción sino con niveles de renta o riqueza deshuesados de propiedad productiva. No considera que la desigualdad se enraíza en esas barreras de propiedad y que, en sus efectos, los mayores niveles de riqueza y renta de unos implica que otros no los tienen. Y que precisamente esa diferencia implica un trasvase de bienes de estos a aquellos mediante los mecanismos de producción y distribución que generan apropiación de plusvalías y explotación y su consecuencia, la desigualdad. No tiene, ni siquiera menciona, una teoría del valor y la explotación a través de los mecanismos de producción y apropiación, ni por consiguiente una teoría de la plusvalía, que explicaría precisamente la desigualdad y su base en la explotación de los débiles por los fuertes económicamente.

Hace, en cambio, una muy precisa y oportuna distinción entre riqueza y renta. La riqueza: posesión de activos inmobiliarios, profesionales o financieros (Id., 2019, 862), el conjunto de bienes y activos de todo tipo que pueden poseerse bajo el régimen jurídico vigente en cada momento (Id., 323) El concepto de “riqueza” es más amplio que el de propiedad, pues la incluye e incorpora los activos “profesionales”, en los que además de las fábricas, incluye los salarios y otros ingresos procedente del trabajo. El concepto de renta es la riqueza producida en un año: Rentas o ingresos,… la distribución del flujo de riqueza producido en un solo año. (Id., 324).

La propiedad puede ser pública o privada. Piketty defiende una cuota alta de propiedad pública y otra de propiedad privada que debe subsistir: La propiedad privada de los medios de producción, correctamente regulada y limitada en toda su extensión, forma parte de los elementos de descentralización y organización institucional que permiten que las diferentes aspiraciones y características individuales se expresen y se desarrollen…. El grado de concentración de la propiedad privada y del poder que se deriva de ella debe ser rigurosamente debatido y controlado…Planteada desde esta perspectiva puramente instrumental, sin forma alguna de sacralización, la propiedad privada sigue siendo indispensable. (Id., 2019, 711). ¿Toda clase de propiedad privada, incluida la de los medios de producción?.

La relación entre el poder político y la propiedad le parece una realidad histórica evidente: El estrecho vínculo que existe entre régimen político y régimen de propiedad corresponde a una realidad antigua, estructural y duradera, y que sólo se puede analizar desde una perspectiva amplia, histórica y transnacional (Id., 2019, 18)

En muy pocas ocasiones especifica Piketty qué elementos incluye en el concepto de “propiedad privada”. En realidad no difiere mucho del que suele considerarse generalmente: Además de los bienes personales profesionales, los bienes inmuebles, explotaciones agrícolas, industrias, medios de distribución de bienes y los activos financieros: La propiedad privada estaba distribuida en dos mitades de tamaño comparable: por un lado, los bienes inmuebles y los terrenos agrícolas (la proporción de estos últimos disminuyó notablemente con el tiempo) y, por otro lado, los activos profesionales (Fábricas, almacenes ,etc.) y los activos financieros (acciones y bonos privados y públicos e inversiones de todo tipo). (Id., 515). En alguna ocasión habla de “capitalismo privado” (Id., 500). Para Piketty el capital se define como la suma total de activos no humanos que pueden ser propiedad o ser intercambiados en algún mercado. El capital incluye todas las formas de propiedad real (incluyendo los inmuebles residenciales) así como el capital financiero y profesional (plantas, infraestructura, maquinaria, patentes, etcétera) utilizado por compañías y agencias gubernamentales” (Id., 60). Hay, pues, una identificación conceptual entre capital, propiedad y riqueza. Para él son sinónimos: utilizo las palabras `capital´ y `riqueza´ indistintamente, como si fuesen sinónimos perfectos (PIKETTY, 2014, 61).

Sin embargo hay un error flagrante en los conceptos de capital y propiedad o riqueza en Piketty. Él los identifica, pero no es así. Todo capital es una propiedad, pero no toda propiedad es capital. El concepto de capital se limita a las propiedades “productivas”, que generan bienes y nuevos capitales. Si vivimos en un piso del que somos titulares es una propiedad, pero no es capital, porque no se reproduce como bien, no genera nuevos bienes. Sí es capital un bien inmueble que se dedica a alquiler, porque si se reproduce como capital. Hay por tanto que hacer una distinción muy importante desde el punto de vista económico, social y político entre propiedad privada de bienes de uso y consumo no productivos y propiedad privada de bienes de producción. El origen y la base de la desigualdad está en esta última.

La postura de Piketty es claramente distinta de la concepción marxista del capital. Para Marx, el capital es una relación social propia del modo de producción capitalista. En éste, el capital surge como apropiación originaria de los bienes comunes y personales y después como apropiación de la plusvalía generada por los trabajadores en los procesos de producción de mercancías (M) que adopta la forma de dinero (D). El capital se reinvierte y se reproduce generando beneficios. D-M-D1 (dinero-mercancía-dinero ampliado). El planteamiento de Piketty, que ignora este proceso de explotación del trabajo y sus relaciones sociales, encajaría perfectamente en lo que Marx denominaba “economía vulgar”, que veía únicamente las formas superficiales del proceso económico y no lo que subyace a él.

Piketty se centra en la distribución de la riqueza y no en cómo se produce. Ve en la primera la contradicción clave del capitalismo. Para Marx, en cambio, la contradicción clave está en el segundo proceso. Para Marx, la propiedad privada de los medios de producción es el núcleo del capitalismo, mientras que Piketty acepta la propiedad privada y su problema consiste en que está repartida muy desigualmente. Es lamentable que el autor no haya mantenido un diálogo, todo lo crítico que se quiera, con Marx, lo que sí ha hecho en cambio con teóricos neoliberales y postkeinesianos. Tampoco ha mantenido un debate fluido con la enorme producción contemporánea sobre ciencia política.

Piketty nos ha mostrado, mediante un sólido y abrumador aparato de datos y estadísticas, que el capital ha ido creando, a lo largo de la historia, niveles cada vez mayores de desigualdad. Pero esto no es una novedad, pues ya Marx lo expresaba como conclusión en el Volumen Primero de El Capital. Piketty desarrolla una ley para explicar el proceso: la tasa de retornos del capital siempre es mayor que la tasa del crecimiento de la renta. Esta ley expresaría la contradicción fundamental del capitalismo. Pero no profundiza en cómo se produce y persiste dicha contradicción. Marx lo atribuye fundamentadamente al desequilibrio de poder entre capital y trabajo.

A pesar de todo ello, Piketty defiende una visión de la propiedad muy distante del propietarismo y del liberalismo, que es muy de agradecer en los tiempos que corren: La propiedad no es “natural”; es una relación social. La propiedad es una relación social y, por lo tanto, debe estar sujeta a una relación. La idea según la cual existiría una propiedad estrictamente privada ligada a derechos naturales e inviolables de algunas personas sobre ciertos bienes no resiste un análisis.- La acumulación de bienes siempre es el resultado de un proceso social, que depende especialmente de las infraestructuras públicas (en particular del sistema legal, fiscal y educativo), de la división del trabajo social y del conocimiento acumulado durante siglos por la humanidad (Id.,1173). Aunque habría que añadir, con Marx, que también depende de la apropiación de la plusvalía.

5. Propuestas de futuro

En el último capítulo del libro, Piketty formula lo que denomina elementos para un socialismo participativo en el S. XXI.

Según Piketty, el daño causado por el aumento de las desigualdades socioeconómicas observado desde los años 1980-1990, así como el fracaso de la socialdemocracia para frenarlo, el fracaso del comunismo soviético y el desarrollo de una nueva ideología neopropietarista han favorecido la “revolución conservadora” de los años 1980, de la mano de altísimos niveles descontrolados de concentración de la renta, generando tensiones sociales en todas partes. A su vez estas frustraciones han favorecido la aparición de sentimientos identitarios y nacionalistas. (ver p. 1144-45). En estos momentos no tenemos respuestas coherentes y eficaces a estos desafíos. Pero esta realidad desigualitaria, como las demás desarrolladas en diversas épocas, no son una fatalidad, sino producto de desarrollos históricos. Por ello también en esta ocasión puede ser superada, para lo cual formula una propuesta en torno a un socialismo participativo: Es posible superar el actual sistema capitalista y trazar lo que podrían ser las bases de un nuevo socialismo participativo de cara al S. XXI, de una nueva perspectiva igualitaria de alcance universal, basada en la propiedad social, en la educación y en compartir el conocimiento y el poder. (Id., 1145).

Los elementos que permitirían avanzar en esta dirección serían (pg. 1145):

-Una propiedad justa, desarrollando nuevas formas de propiedad social (posesión de acciones) y el reparto de los derechos de voto y de participación en la toma de decisiones en las empresas (profundizando el modelo actual alemán y nórdico de cogestión).
– Reemplazar la noción de propiedad privada permanente por la de propiedad temporal, a través de un impuesto altamente progresivo sobre los grandes patrimonios, capaz de financiar una dotación de capital universal, una especie de “herencia” para todos, que consistiría en contar a los 25 años con un capital universal ofrecido por el estado.
– Un impuesto progresivo sobre la renta, la implantación de la renta básica y la justicia educativa (equilibrio de los gastos en educación en beneficio de las zonas desfavorecidas y en el acceso a los estudios superiores).
-Financiación de la vida política: los ciudadanos recibirían del Estado bonos para la «igualdad democrática» que luego entregarían al partido de su preferencia.
-El federalismo europeo, para superar las limitaciones políticas en la Unión Europea que aparecen como consecuencia de las distorsiones creadas por la competición fiscal y la regla de unanimidad en impuestos y la estricta infraestructura fiscal de la eurozona. Para resolver la parálisis que hay en el Consejo Europeo, debido principalmente al poder del veto por países, Piketty propone democratizar la Unión Europea y transferir los poderes tributarios a una nueva cámara que combine parlamentarios nacionales y europeos
– Superación de la organización actual de la economía mundial y de las fronteras en beneficio de un sistema democrático transnacional basado en la justicia social, fiscal y climática. Generación de objetivos fiscales y ecológicos obligatorios en los acuerdos comerciales y los tratados internacionales, impuesto al carbono individual (gravamen ecológico basado en el consumo propio), creación de un catastro financiero internacional (para que las administraciones sepan quién detenta qué).

Sin duda que estas propuestas tienen gran interés y se puede avanzar a partir de ellas, aunque las limitaciones y obstáculos son enormes, como el propio Piketty señala. Sin embargo la única vía de lograrlas es luchar por ellas: La historia de los regímenes desigualitarios muestra que, ante todo, son las movilizaciones sociales y políticas y las experiencias concretas las que permiten un cambio histórico. La historia es producto de las crisis y nunca se ha escrito como los libros preveían. (Id., 1146). Así como no hay ningún «determinismo» o causa «natural» de la desigualdad tampoco podemos pensar que su superación es automática. El progreso humano no es lineal. Sería un error partir de la hipótesis según la cual todo siempre irá mejor, que la libre competencia de las potencias estatales y de los actores económicos basta para conducirnos como por milagro a la armonía social y universal. El progreso humano existe, pero es un combate. El objetivo de Piketty es ofrecer un nuevo modelo de futuro sobre la reconstrucción y actualización de los fundamentos de la antigua socialdemocracia ya obsoleta.

Sin embargo, la reducción del capital a propiedad, como se ha puesto ya de manifiesto antes, pone en riesgo toda la base económica de la propuesta, pues el capitalismo se apoya en una lógica de acumulación de capital y explotación del trabajo. En el libro éstas dos bases no se ponen claramente en cuestión, antes bien se aceptan. ¿Cómo vamos entonces a superar el capitalismo? La democracia en las empresas reduce la autonomía del uso de la plusvalía realizada, en tanto que la invención de una propiedad temporal debilita la acumulación de capital. Pero esto no permite erosionar fuertemente esos dos pilares del capitalismo. La tendencia a la acumulación de capital no desaparece, y en tanto ésta se basa en la producción social y la apropiación privada del valor, el dominio propio del capitalismo no desaparece, poniendo en peligro toda la propuesta de progreso justo de nuestro autor.

6. La cuestión electoral

Para terminar es interesante, en el momento político que vivimos, echar una mirada a la cuestión electoral como la analiza Piketty. Evidentemente la era socialdemócrata de reducción de desigualdades tenía su base, además de en las circunstancias comentadas supra, en un gran auge electoral de los partidos socialdemócratas, socialistas, laboristas y demócrata de EE.UU., que, aunque compartieron el poder político en ocasiones con partidos de centro y de derecha, dominaron la escena electoral de 1950 a 1980. En contrapartida, la reacción neopropietarista, neoliberal e hipercapitalista de las década de los 1980 hasta hoy, junto con la reversión de los procesos igualitarios de la etapa anterior, viene sustentada electoralmente por una preponderancia de los partidos de derecha hiperliberal: Desde M. Tatcher y Ronald Regan en adelante.

La caída electoral de las socialdemocracias se explica, además de por las razones económicas y sociales apuntadas más arriba, por un notable cambio en su base electoral. Las clases trabajadoras, con las rentas más bajas, que eran su base electoral, han abandonado, en parte, a los partidos socialdemócratas porque ya no se sentían representados por sus programas. Otra parte de las clases trabajadoras se ha ido a la abstención, y un tercer bloque, seducido por las ideologías “nativistas” se han inclinado por las derechas. En contrapartida, los sectores sociales con mayor grado de formación, que en la etapa anterior votaban a las derechas, y que ahora se han incrementado en número e influencia social, están evolucionando hacia la socialdemocracia. (Ver gráfico 14.2).

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En síntesis se puede decir que existen dos tipos principales de explicación: una hipótesis social y una hipótesis nativista, que no son excluyentes entre sí. La hipótesis social, en mi opinión la más importante y convincente (de lejos) consiste en que las clases populares se han sentido gradualmente abandonadas por los partidos de izquierda, que se han orientado a otras categorías sociales (y en particular hacia los más formados). La hipótesis nativista es que, por el contrario, son los partidos de izquierda los que se han visto abandonados por las clases populares, atraídas por el canto de sirena del voto racista y antiinmigrante. (Id., 899). La izquierda electoral ha pasado de ser el partido de los trabajadores al partido de los titulados (lo que vengo en llamar “izquierda brahmánica”). (Id., 901). Frente a esta izquierda de los titulados está la que denomina “derecha de mercado”, que continúa recibiendo los apoyos electorales de los grupos sociales con mayor renta y riqueza. Ambos grupos comparten un fuerte apego por el sistema económico actual y por la globalización tal y como está organizada actualmente. Un sistema económico que, en lo esencial, beneficia tanto a las élites intelectuales como a las económicas y financieras (Id., 922). La “izquierda brahmánica” y la “derecha de mercado” pueden alternarse en el poder o gobernar juntas como parte de una coalición de élites (Id., 922). Lo que se ha denominado “gran coalición”.

Pero esta división izquierda/derecha está atravesada a su vez por importantes fracturas. En la izquierda electoral, entre una fracción pro-mercado, el centro izquierda, y otra prorredistribución, que busca nuevas fórmulas para superar las desigualdades. La derecha electoral también está fraccionada en un centroderecha pro-mercado y una derecha nativista (nacionalista) que se aferra a un repliegue identitario y antiinmigrante (ver p. 923). Así pues el electorado se ve dividido en cuatro partes importantes y similares, como ocurrió en Francia en las elecciones presidenciales de 2017 (y en España en las dos últimas generales de abril del 18 y noviembre del 2019). (Ver gráfico 14.19 y p. 942-46), lo cual hace que la configuración de “élites múltiples” sea muy inestable: La parte más acomodada de la “izquierda brahmánica” optó por votar a Macron, consumando así la ruptura con la parte más desfavorecida de la antigua izquierda electoral, que orientó su voto hacia Mélenchon/Hamon. La antigua derecha electoral, que en realidad nunca había constituido una coalición electoral viable tras el surgimiento del FN y el protagonismo creciente de la ideología nacionalista, se muestra más fracturada que nunca entre un campo promercado y otro antiinmigrante (Id. 948-49). (Ver resumen general de la pág. 1009). Esto está ocurriendo en todas las democracias y España es un buen y claro ejemplo, con un gobierno de coalición de las dos izquierdas y una oposición furibunda de las dos derechas y media, con el trasfondo de los partidos nacionalistas, que a su vez también viven una división interna parecida. El futuro parece muy inestable en este sistema de “élites múltiples” del que es muy difícil prever su evolución.

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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
EAGELTON, TERRY, (2005): Ideología. Una introducción, Barcelona, Paidos
MARX – ENGELS (1970): La Ideología Alemana, Barcelona, Grijalbo.
MARX, K (1970).- Prefacio a la Contribución a la Crítica de la Economía Política, Madrid, Alberto Corazón.
PIKETY, T. (2014): El capital en el S. XXI, México, D.F., Fondo de Cultura Económica.
PIKETY, T. (2019): Capital e ideología, Barcelona, Planeta.
RICOEUR, PAUL (2006): Ideología y utopía, Barcelona, Gedisa.
WEBER, MAX (2014): Economía y sociedad, 2 tomos, México, F.C.E.
WRIGHT. E. O., (2015): Clases, Madrid, S. XXI.
AGUADO HERNÁNDEZ, f.: El marxismo en el S. XXI, en COLECTIVO ROUSSEAU, libro colectivo, Marx hoy, 2018, pp. 123-154.

*Felipe Aguado Hernández es Catedrático de Filosofía

 

 

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