diciembre 2021 - V Año

ENSAYO

Markus Gabriel y el Nuevo Realismo Filosófico del siglo XXI

El Nuevo Realismo ha sido la primera gran corriente filosófica conformada en el siglo XXI. El inspirador, creador y primer autor del Nuevo Realismo fue el italiano Maurizio Ferraris (1956). Ferraris comenzó en filosofía siguiendo las tesis del francés Derrida (1930-2004) y las del “pensamiento débil” de su compatriota Vattimo (1936). A finales de los años 80’ del siglo XX, y por influencia del pensamiento de Umberto Eco (1932-2016), Ferraris se apartó de la Filosofía Postmoderna. Más tarde, ya en este siglo XXI, formuló y propuso el «Nuevo Realismo», que algunos han denominado “Nuevo Realismo Italiano”. En 2012 Ferraris publicó su Manifiesto del Nuevo Realismo, en el que expresó las líneas maestras de esta corriente.

El nuevo realismo ha surgido del vacío filosófico en que se sumió la filosofía a finales del siglo XX, tras la obra de demolición realizada, entre otras, por la llamada Filosofía Postmoderna. Y es que los desarrollos de la filosofía, a finales del siglo XX, plantearon la crisis de la Modernidad, así, con mayúsculas. La modernidad, fraguada en nuestra tradición cultural desde el Renacimiento y desarrollada con la Ilustración, pareció haber caído arrumbada en esa crisis finisecular del siglo XX. La labor erosiva desplegada por la filosofía postmoderna fue deletérea para las grandes corrientes filosóficas predominantes en el siglo XX, como el estructuralismo, el existencialismo, el positivismo o empirismo lógicos, el marxismo, el pragmatismo, etc.

El Nuevo Realismo trascendió pronto su inicial implantación italiana, para extenderse por Europa y América. La nueva orientación, que parte de una crítica radical de la filosofía postmoderna, ha sido compartida tanto por otros filósofos como Mario de Caro (1963), como el argentino José Luis Jerez (1978), con su Manifesto del realismo analógico (2013), el mexicano Mauricio Beuchot (1950), o el brasileño Rossano Pecoraro (1971). En Alemania, dentro de esta corriente de pensamiento ha destacado un joven autor, Markus Gabriel.

Markus Gabriel nació en Remagen (Alemania), en 1980, ciudad que se hizo famosa en la Segunda Guerra Mundial, pues fue por ella por la que los norteamericanos penetraron en Alemania, en marzo de 1945 (hay una famosa película bélica, de 1969, titulada “El Puente de Remagen”). Gabriel se especializó en metafísica, epistemología y filosofía postkantiana en las Universidades alemanas de Bonn y de Heidelberg. Con 28 años ganó una Cátedra de Filosofía en la Universidad de Bonn, en 2008. Markus Gabriel no ha sido el creador el Nuevo Realismo filosófico, pero sin duda es actualmente el más brillante exponente de esta línea de pensamiento. Sus obras Porqué el Mundo no Existe (2013) y No soy mi Cerebro (2015), fueron súper-ventas en Alemania.

No hay duda que la crítica a la modernidad lanzada desde la filosofía postmoderna efectuó algunas importantes aportaciones a la filosofía. Pese a la pretensión anti-sistémica de los postmodernos, hubo verdades en su discurso, pero en un contexto que las falsificaba. Los autores más destacados de la filosofía postmoderna tuvieron en común la reivindicación de Nietzsche y Heidegger, como inspiradores. Entre ellos destacan los franceses Derrida (1930-2004), Lyotard (1924-1998), Braudillard (1929-2007), Deleuze (1925-1995) o Foucault (1926-1984), el también francés, pero de origen rumano Ciorán (1911-1995), el filósofo de la ciencia norteamericano Paul Feyerabend (1924-1994), o el italiano Vattimo (1936).

La llamada filosofía postmoderna se caracterizó, sobre todo, por la idea de “deconstrucción”. Una idea motriz para esta filosofía, pero que es también su técnica operativa principal. En palabras de Ciorán, la deconstrucción consiste en el “desmigajamiento” de las verdades absolutas en el arte, la historia, la política y la ideología y, en general, en la cultura y en la vida social. La filosofía postmoderna, expresión en el pensamiento de la “postmodernidad”, volvió a plantear la ya vieja crisis de la metafísica. Los postmodernos partían de la idea de que es preciso desvelar y denunciar la realidad opresiva de todos los discursos especulativos y emancipatorios.

La postmodernidad pretendió consumar la ruptura con la tradición filosófica y liberar al hombre de la ilusión de que existe un sentido de la vida cognoscible, al que todos debemos aspirar. Para los postmodernos, las cosas existen sólo tal y como se nos aparecen, no hay esencias detrás, ni ninguna idea escondida a desentrañar. No existen, ni el mundo, ni la realidad en sí misma como tal. La metafísica, que había tratado de desarrollar una teoría del mundo como totalidad, describiendo cómo es realmente éste frente a las apariencias, se convertía, por tanto, en una especie de alucinación colectiva y opresiva, de la que la postmodernidad pretendía salvarnos.

No fue este el único ataque recibido por la Filosofía en las postrimerías del siglo XX. La filosofía postmoderna surgió en esos momentos finales del siglo XX, cuando se producía la gran transformación informática que consagraba la era de la ciencia y de la técnica iniciadas en la pretendidamente fenecida modernidad. Y, paradójicamente, en el tiempo del dominio de las ciencias y la tecnología, lo específicamente humano del mundo pasó a ser considerado sospechoso. El mundo, concebido desde Wittgestein (1889-1951) como lo que acontece, pasó a ser considerado por los postmodernos como terreno de lo ilusorio. Y, al mismo tiempo, el cientificismo aseveraba que la ciencia conocía la parte fundamental de la realidad, e incluso del mundo en sí, y que todas las demás formas de conocimiento eran reducibles a ella y la vieja filosofía y las religiones carecían de lugar.

Para Markus Gabriel la concepción dominante sobre la ciencia es esencialmente errónea, tanto ontológicamente, como epistemológicamente. Para él, la cuestión no está tanto en escoger entre una cosmovisión religiosa, denunciada por falsa por el cientificismo ateo, o una cosmovisión científica. Ambas cosmovisiones están inevitablemente equivocadas, en tanto que visiones del mundo. Además, para Gabriel, la religión no se puede identificar con la superstición, del mismo modo que la ciencia no es idéntica a la Ilustración. La verdad, para Gabriel, no puede quedar limitada a la ciencia, pues también se encuentra verdad en las ciencias sociales, en las humanidades, en el arte, y también en la religión.

El Nuevo Realismo postula que la ciencia no puede constituirse en la medida última de la verdad y de la realidad. No se es posible abandonar las nociones tradicionales de realidad, objetividad o verdad, como propuso la crítica de los postmodernos sobre la filosofía del siglo XX. Porque la filosofía, al igual que la jurisprudencia, la lingüística o la historia, también tienen algo importante y verdadero que decir acerca del mundo. En este contexto, el Nuevo Realismo se ha presentado a sí mismo, primero, como un realismo negativo, pues la resistencia del mundo externo a dejarse subsumir en nuestros esquemas conceptuales, es la prueba de la existencia de un mundo objetivo, independiente del sujeto. Pero este realismo muta en positivo al presentar la realidad, no como límite un insuperable, sino como una fuente de oportunidades y recursos.

Según Gabriel, la postmodernidad no ha sido más que otra variante de la metafísica, una forma de constructivismo de base nihilista. Un constructivismo voluntarista que defiende que no existen hechos en sí y que somos nosotros quienes los construimos mediante las convenciones sociales y los discursos científicos, políticos o literarios. Una tesis postmoderna inspirada en la tesis de Nietzsche de que “no hay hechos, sino interpretaciones”. Para Gabriel, tanto la vieja metafísica, como el constructivismo, están condenados al fracaso porque presentan una simplificación infundada de la realidad. En efecto, mientras que la vieja metafísica entendía la realidad como un mundo sin espectadores, el constructivismo limitó el mundo del espectador a la imaginación o, peor aún, a la fantasía, al suprimir la realidad objetiva y la verdad.

Markus Gabriel, tras considerar rebatidos el constructivismo y la vieja metafísica (incluida la postmoderna), se adentra en la exposición de las proposiciones del Nuevo Realismo. Para éste, la existencia y el conocimiento humano no son alucinaciones colectivas, ni meros constructos de la mente tras los que se oculta un “mundo real” trascendente. El mundo es cognoscible tal como es en sí, aunque a veces pueda auto-engañarse el sujeto cognosciente. Y es un mundo con espectadores, en el que ciertos hechos coexisten con los intereses, las percepciones, las sensaciones, etc., de los hombres, porque los pensamientos sobre los hechos tienen el mismo “derecho a la existencia” que los hechos sobre los que recaen.

Al comienzo de su Tractatus, Wittgenstein (1889-1951) definió el mundo como el conjunto de todo lo que sucede, la totalidad de los hechos. Para Gabriel, no hay sólo cosas, objetos y hechos, sino también -y, sobre todo- ámbitos objetuales. El sustrato de los hechos está estructurado en lo que él denomina regiones ontológicas. Y hasta existen ámbitos objetuales aparentes, que en realidad son sólo áreas de lenguaje, formas de hablar que no implican una existencia, discursos aparentemente objetivos que en realidad son mera palabrería. El filósofo debe saber detectarlos y evidenciar las hipótesis equivocadas de las que parten. Pero lo que no es posible, en ningún caso, es reducir las distintas y diversas áreas objetuales a una sola, total y totalizante.

Markus Gabriel considera que, en el conjunto del universo, la consciencia del ser humano no ocupa un lugar central, desde hace siglos, pues el hombre es una especie biológica entre otras muchas. Pero esa constatación no debe traducirse en una minusvaloración del ser humano, aunque esa sea una sensación muy extendida en nuestro tiempo. La razón de esa sensación de insignificancia y futilidad radica, más que en la mezcla, en la confusión de ámbitos objetuales muy distintos y diferenciados, dentro de los que el mero impulso natural de la razón tiende a tomar una parte por el todo. El hombre es un animal pensante y la animalidad humana es una parte del espíritu, no al revés

Así le ha sucedido al materialismo, en todas sus versiones, que afirma que todo lo que existe es material y tangible, incluidos los pensamientos, que no serían otra cosa que meros estados materiales (neuronales) del cerebro. Estas hipótesis, no sólo no son demostrables científicamente, sino que son falsas. La falacia en la que incurren este tipo de reduccionismos está en confundir un ámbito objetual concreto con el todo. Lo mismo ha sucedido con el fisicalismo, el naturalismo, el cientificismo o el actual “neurocentrismo”, que pretende reducir el espíritu al cerebro. Todos ellos han fracasado en su pretensión de explicar la “totalidad”.

Sobre estas bases, Markus Gabriel ha formulado su tesis más destacada, la inexistencia de “el mundo” como ámbito objetual. No hay que confundir el mundo con el universo. El universo existe, pero no es el todo. El universo es un ámbito objetual más reducido, es el dominio o ámbito objetual, experimentalmente explorable por las ciencias naturales. Pero “el mundo” es mucho más grande que el universo, pues incluye también a los objetos intangibles, como los sueños o las expectativas, o como el espíritu. Y el mundo sería precisamente eso, lo que todo lo abarca. Y esa concepción total y totalizante no existe y no puede siquiera existir. Es decir, si el mundo es esa “totalidad” en cuya explicación todos han terminado por fracasar, ese fracaso deriva de que esa totalidad es inexistente.

El problema de la lógica moderna, para Gabriel, consistió en haber confundido la existencia con la numerabilidad, al modo pitagórico, despreciando la distinción establecida por el lógico y matemático Frege (1848-1925) entre sentido y referencia. En una declaración de identidad verdadera, informativa y coherente se comprende que la misma cosa, o la misma persona, o el mismo hecho, se pueda presentar de distintas maneras. Por esa razón, en lugar de hablar de “hecho” o “circunstancia”, Gabriel ha preferido emplear la palabra “aparición”. De este modo, el sentido es la forma en la que aparece un objeto.

Para que un objeto pueda existir, no puede aparecer completamente aislado de los ámbitos de la realidad. Los objetos aparecen en un campo de sentido, que a su vez debe aparecer en otro campo de sentido más amplio, y así sucesivamente. Por tanto, la existencia no es simplemente la aparición en el mundo, sino la presencia en uno de sus ámbitos. Lo que distingue los objetos y los ámbitos objetuales entre sí son las características que corresponden a cada uno. No puede haber un objeto que reúna todas las propiedades posibles, al igual que tampoco es posible distinguir todos los objetos, de todos los demás objetos. Los objetos solo se pueden describir mediante un conjunto finito y limitado de propiedades. Cada cosa se distingue de algunas otras, pero eso no quiere decir que cada una de ellas, se pueda distinguir de todas las demás.

El pluralismo ontológico de Markus Gabriel propone, determina que no sea posible establecer un ámbito final, total y absoluto, pues nunca se puede alcanzar el campo de sentido último en el que todo aparece, es decir, la “totalidad”. No existe “el mundo”, sino que existen un número infinito de mundos que se solapan en parte, pero que también son en cierto modo independientes entre sí. No todas las áreas son conjuntos de objetos contables y matemáticamente descriptibles, al igual que sucede con las obras de arte o con los sentimientos complejos.

Los campos de sentido pueden ser vagos y relativamente indeterminados, mientras que los ámbitos objetuales constan de una determinada cantidad de objetos, claramente diferenciados unos de otros. Los campos de sentido son áreas en las que determinados objetos aparecen de una manera determinada. Así pues, dos campos de sentido pueden referirse a los mismos objetos, si aparecen en ellos de manera diferente. Hay un sinfín de campos de sentido que están anudados entre sí por un número infinito de formas. Pero esa ligazón infinita, de ser, tiene lugar en medio de la nada, es decir en ningún lugar. Enumerar la lista de los campos de sentido específicos no es del dominio de la ontología, sino del de las ciencias empíricas.

Markus Gabriel, y con él el Nuevo Realismo, entiende que no solo es falso que todo esté interconectado, sino que es imposible. No hay regla o fórmula que pueda llegar a describir la totalidad del mundo, y no porque aún no se haya encontrado, sino porque no puede existir. Solo existe algo si aparece en el mundo, pero obviamente el propio mundo no aparece ni sucede en el mundo. No podemos verlo, sentirlo o percibirlo. Todo lo demás existe, es decir, todo lo que no es “el mundo” como totalidad, incluidas las falsas creencias, los cuentos o las psicosis. Para Markus Gabriel la pregunta que hay que responder no es sólo si existe tal o cual cosa, sino dónde existe o no existe.

Todo lo que existe, existe en alguna parte, aunque solo sea en nuestra imaginación o en los cuentos de hadas (como los duendes). La única excepción es ese concepto total, “el mundo”, que ni siquiera es posible imaginar racionalmente. En definitiva, para Gabriel, el todo no es accesible a la comprensión. Igual sucede con Dios, cuya inexistencia es indemostrable, para frustración de los ateos, que se han de conformar con reiterar que la existencia de Dios no ha podido ser demostrada. Pero en esto no se debe a una incapacidad de la inteligencia, ni a que el mundo sea infinito, sino que se deriva de que “el todo”, considerado como el “ente global”, no existe, ni puede existir. Toda cosmovisión o concepción global del mundo deviene inevitablemente falsa, pues constituye un engaño o, al menos, un error.

Recuperada la fundamentación de la verdad y de la realidad objetiva, es posible establecer la importancia y los límites del espíritu. Un espíritu que, en la tradición de la filosofía alemana, desde Hegel (1770-1831) hasta Habermas (1929), se ha denominado espíritu objetivo. Un espíritu que, liberado de las trabas de la vieja metafísica -incluida la postmoderna- y del cientificismo, pueda abrir el camino a una sociedad más ética, en la medida en que la moral puede volver a ser fundamentada.

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