junio de 2024 - VIII Año

Antonio Gala, desde la ventana de su chalet rosa

Al lado de la casa de Antonio Gala, un bonito chalet de color rosa, había un colegio de esos muy elitistas, selecto, cuyos alumnos hablaban en inglés y veraneaban en Suiza, según los tiempos.

Algunos de aquellos alumnos, quizá cansados de tanta frivolidad, tanta opulencia marchita y facilona, se venían al mío, que era un poco lo mismo, pero en pequeño, con alumnos diversos y menos coches con chofer en la puerta.

Cuando le dije a uno de aquellos chicos que al lado de su antiguo colegio vivía Antonio Gala, abrió mucho los ojos y dijo:

-¡Anda! el hombre que se pasaba horas mirando por la ventana.

Pues sí, Antonio Gala miraba por la ventana de su gran chalet mientras imaginaba una de aquellas extraordinarias obras de teatro que tanta fama le dieron. Miraba el mundo y se soñaba paseando por las calles, quizá de la mano de un chico, tarareando una de las coplas que le gustaban tanto.

Antonio era un hombre tímido y recatado, y al mismo tiempo, divertido y muy entrañable, cercano, delicado, intuitivo. Era de esos poetas que escriben sobre la vida que no les dejan vivir. Había mucho de Luis Cernuda en Antonio Gala, y también de Lorca, y de Juan Ramón Jiménez.

A mi me hablaba mucho de él, Gloria Fuertes, mucho. Cuando murió Gloria me puse a redactar Lo que aprendí de Gloria Fuertes, y le escribí pidiéndole un texto sobre la madrileña, me mandó un artículo muy interesante. Cuando salió el libro le volví a escribir, pero esta vez le dije que me gustaría llevárselo a su casa, así lo hice, desde ese momento fui a verle varias veces y llegué a publicar, más de diez años después, Enemigo íntimo, su mejor libro de poesía.

Era una maravilla hablar con él de cualquier cosa. Sobre todo de poetas. Cuando un autor no le gustaba era despiadado y feroz, cuando uno le gustaba siempre encontraba la palabra exacta para definir su obra.

Antonio pagó, y de qué manera, esa horrible indiferencia institucional que tienen en España los escritores con mucho, mucho éxito. Obtuvo los mismos grandes premios que Gloria Fuertes, Antonio Machado, Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Goytisolo, Carmen Conde… o sea, ninguno. Sin embargo, creo que eso a Antonio le importó mucho menos que a otros. Se sabía leído y admirado por millones de personas, y eso le hacía feliz, no dejaba nunca de contestar una carta, un libro y se pasaba dos horas al día desarrollando esta labor. Coleccionaba bastones para tocar madera, era supersticioso, despistado aposta y muy inteligente. Era hijo de un militar que un día, esto me lo contó y no lo olvidaré, le fue a regañar con dureza por algo que había hecho y le vio escribiendo, le quitó el papel y al ver que era un poema, un primerizo y dulce poema, se lo devolvió impresionado, casi llorando, y se guardó la regañina que tenía preparada. Ahí entendí una de las cosas para la que sirve la poesía, me contaba.

Ya no hay escritores como Antonio Gala, esto lo digo con tristeza. Dedicados en cuerpo y alma a la literatura, famosos, cultos, trabajadores, extravagantes, divinos, raros, distintos, brillantes, televisivos… algo que desconocemos se los ha ido llevando y nos queda esta tragedia de las pantallas, las redes sociales y esa prisa casi agónica de la que se reía Antonio Gala cuando la miraba desde su ventana.

Se pasó la vida escribiendo para que no le regañara su padre, y descubrió a millones, millones, el dulce encanto de la literatura.

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Archivo Entreletras

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