septiembre 2020 - IV Año

ENSAYO

Inteligencia y liderazgo

inteligencia1La palabra inteligencia es una síncopa de otras dos: inter – legere, leer lo que no está escrito; quiero decir al pie de la letra, leer entre líneas.

Para liderar cualquier grupo, desde la pareja, o díada, hasta el universo social, si se tiene pudor, el aspirante ha de reconocerse inteligencia suficiente, porque el asunto la requiere. Si el aspirante fuera un globo inflado, un mindango presuntuoso, su entorno inmediato ha de hacerle entrar en razón y ponerlo en su sitio, porque todas las personas somos necesarias y tenemos una razón de ser en ese gran mosaico que constituye la humanidad. No sobra nadie. Pero cada uno somos una tesela, sólo una tesela, que cobra significación y sentido cuando está en su sitio.

El liderazgo es una labor de servicio que presta un miembro del grupo que es quien más necesita de la existencia del grupo. ¿Sí?. Pues, sí. Todo Aquiles tiene su talón, o varios talones; y se propone, dispone y expone a gobernar, consciente o no, por necesidades de su propio guión.

Sin embargo, hoy no quiero reflexionar sobre la personalidad del líder, sino sobre un tema candente que nos afecta, y mucho, a los españoles de la España, vaciada de inteligencia de forma sistemática.

Me explico: sólo en Estados Unidos, hay más de mil investigadores españoles trabajando en centros públicos, según la ECUSA (Asociación de Españoles Científicos en USA). Entre 2010 y 2019, abandonaron el país otros 9.205 científicos con destinos diferentes. A más de los ingenieros, doctores y licenciados que trabajan en centro privados. Ello significa que hay un diáspora de la inteligencia, pese a que el Estado español invierte 6.000€ al año en cada estudiante universitario de carreras de Letras y 9.000€ en los de carreras de ciencias. Es un dineral, ciertamente, que se desvanece por el mundo, como humo de paja.

Este fenómeno se debe a que han cuajado varios preconceptos: uno, no pequeño, es que la enseñanza universitaria es como la enseñanza básica, un derecho universal cuya gratuidad debe garantizar el Estado. Este preconcepto sirve para paliar el paro, mientras muchos jóvenes permanecen aparcados en la cafetería de las facultades. Convendrán que es una medida poco inteligente.

Además, tal muchedumbre de aspirantes consigue bajar la calidad de los títulos, porque el saber no se administra a las masas. Éstas son un florilegio de emociones y pueden hacer la revolución; pero, cuando son pasivas hacen de la inercia su cuarto de estar y se convierten en un Leviatán, voraz de derechos a cambio de nada.

unavOtro preconcepto es que el título universitario es un mero requisito básico, para cualquier empleo. No importa la especialidad, ni la rama del saber. Se sobreentiende que el universitario recién titulado sabe poco, basta con que tenga la cabeza un poco disciplinada, sepa inglés y tenga una pátina cultural. Con ese armamento ya vale para cualquier empleo. Es el reverso de un especialista, de quienes decía Ortega que sabían casi todo de casi nada. Aquellos sabían algo, mientras que hoy, el universitario que ha estado en la masa de la facultad sabe casi nada de casi todo.

Por si faltara poco, salir con un título degradado al mercado laboral es una inmensa fuente de frustración para quienes han de aceptar un puesto de cajero, en alguna sucursal de algo.

Es peor aún que los mejores se vayan, que vuelen a otros espacios de acogida para la inteligencia. Son los aplicados que se zafaron de la masa, aprendieron con sus mañas y ahora se van a hacer de españoles por el mundo. Mal asunto.

La igualdad, que no es una moda de ahora, ha de ser de oportunidades, para quienes quieran y puedan aprovecharlas. Hemos tenido un excelente ministro socialista de economía, que hizo su carrera con una beca del PIO (Patronato de Igualdad de Oportunidades), porque una sociedad madura no puede consentir que se pierda ni un solo cerebro de quienes la integran. Pero, igualar a la baja es descerebrarse.

Como sociedad, tenemos delante todos los retos de la revolución tecnológica que discurre delante de nosotros, que miramos pasmados desde la orilla, en lugar de estar inmersos en ella como protagonistas.

Naturalmente que la universidad exige una reforma copernicana. Muchos compañeros míos hicieron el doctorado, porque no encontraban otro trabajo, o no lo buscaron, y nunca salieron de la facultad; llegaron a catedráticos y han proclamado las excelencias de la endogamia. No importa que el profesorado no haga investigación; lo que la autoridad académica exige es fidelidad, lealtad, falta de crítica y, en su caso, prosternación nacionalista. Así, no hay manera. Si el prior juega a las cartas, la comunidad sólo puede aspirar a ser una chirlata. Esto exige liderazgo.

Dedicamos 7.500 millones de euros a investigación, apenas un 1.19% del PIB a investigación; podemos dedicar el 2.94%, como hace Alemania. Si ellos pueden, es que sí se puede. De hecho, Google destina más del doble que España a investigación, Hauawei el triple y Amazon más del triple. Entretanto, nosotros alampando porque Teruel, con todos mis respetos, existe. El bien común establece prioridades, nos guste o no. Y el líder inteligente está obligado a defenderlas, antes que hacer política de campanario.

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