noviembre 2020 - IV Año

ENSAYO

Jeremy Bentham, reconsiderado

El Barón Jeremy Bentham (1748-1832), más que un filósofo propiamente dicho, fue un autor de ética, política y economía. Al menos, no fue un filósofo en el sentido en que se le daba en su época a la palabra “filósofo”, que fue la época de Hume (1711-1776), de Kant (1724-1804) o De Hegel (1770-1831). No dejó obra escrita sobre metafísica o teoría del conocimiento, materias en las que siguió el empirismo de Locke (1632-1704). Su obra principal la tituló Principios de Moral y Legislación, cuya publicación inició en 1780, y llegaría a acumular posteriormente numerosos volúmenes. En ellos, Bentham se dedicó a explicar y aplicar su gran descubrimiento, la objetivación de la ética en una formula positiva: “lograr la mayor felicidad para el mayor número”.

Hasta Bentham, el hedonismo había sostenido que bastaba con evitar el dolor para obtener el placer óptimo o felicidad máxima (“hedoné”). Quizá a Bentham le parecía que esa idea de felicidad, forjada por Epicuro de Samos (341-270, a C.) y su Escuela del Jardín, era una felicidad muy pobre, de un desconcertante perfil bajo, en comparación con las grandes promesas salvíficas. Para él, si el hombre desea ser feliz, lo deseable es la felicidad, que sería además la única cosa deseable para los más. Claro que, desde Epicuro, ningún hedonista había dudado jamás de que la verdadera felicidad incluyese la del “mayor número”. Aunque, hasta Bentham, nadie había redactado casi ocho mil páginas para intentar demostrarlo. Claro que eso no se debió a que Bentham tuviese que intervenir para resolver una cuestión candente o indecisa, sino porque hasta él, eso se había considerado absolutamente obvio, desde Lucrecio (99-55, a C.) a Montaigne (1533-1592). Que a Bentham le pareciera un hallazgo grandioso deriva de su tendencia a confundir tópicos con descubrimientos analíticos.

Confusión que no sorprende en un autor que intentó transformar la ética en ciencia positiva de la conducta humana, tan exacta como las matemáticas y, como estas últimas, susceptible de plasmarse en fórmulas simples. Obviedades enfatizadas de una “simplicidad” que recuerda los “dogmas simples” de la religión democrática de Rousseau (1712-1778). Algo hubo también de “iluminado” en la pretensión científica de la ética de Bentham, cosa que se aprecia igualmente en sus proyectos de reforma social, que se produciría por la aplicación de las simples reglas de la utilidad. La “utilidad” pasó así a convertirse en el criterio supremo para dilucidación entre las diferentes opciones morales. Si “la Naturaleza nos ha sometido al placer y el dolor como amos soberanos”, el único “principio” moral inatacable es “máximo placer para el mayor número”. Para desarrollar esa iluminación, Bentham se autoimpuso la tarea de reconstruir las leyes y las costumbres vigentes mediante el uso de un álgebra de la felicidad.

Bentham sostuvo que el carácter personal de los individuos no dependía de su naturaleza, ni de su historia. Para él, la conciencia de cada individuo depende exclusivamente de su formación y adiestramiento. Es decir, que los individuos y grupos pueden adaptarse para seguir los dictados del “máximo placer para el mayor número”, si se les inculcan con precisión y rigor las conductas y valores “adecuados”. Para ese fin, se deben aplicar las técnicas científicas del condicionamiento conductual, como la “vigilancia” y el “escarmiento”. La libertad individual no tiene lugar, no existe, cuando hay que decidir sobre qué sea lo mejor para los más, pues se trata de proteger a los más de la inevitabilidad de los riesgos en que nos sitúan la vida y el mundo. En suma, adoctrinamiento y coacción como receta para inculcar en la población las “conductas correctas”, a juicio del gobernante. La gran “aportación” teórica de Bentham al pensamiento político ha sido la “Ingeniería Social”.

La fe de Bentham en la omnipotencia de la pedagogía y de la coacción se relaciona con dos factores estrechamente unidos: la sensación de poderío que da el progreso tecnológico, que parece imperar sobre todo lo material, y la certeza de estar siempre ante un mundo que comienza, que carece de historia, y en el que todo debe y puede regularse. Para Bentham, la libertad es una “cruel” y degradante falsedad defendida por los moralistas de todas las Iglesias, que sólo son capaces de crear fanáticos e hipócritas. Mas su opción liberticida, al negar la idea de libertad y responsabilidad, niega igualmente las nociones de mérito y castigo. La ética de Bentham es una “ética del resultado”, cuyo rasgo fundamental es postular la subordinación de los medios a los fines, y que se contrapone a la “ética de la intención”, formulada por Kant en su Crítica de la Razón Práctica (1788). Después de tanta disertación sobre placer, utilidad y felicidad, la ética de Bentham conduce a la máxima de Maquiavelo: el fin justifica los medios.

Pero lo deseable para Bentham no está claro que sea la “felicidad”, exactamente. Lo “deseable”, en Bentham, gira en una abstracción circular que, sin abandonar nunca el hilo argumental, define la felicidad como placer y el placer como felicidad, pero sin definir nunca ni el uno, ni la otra. Y no es que sea objetable por incurrir de lleno en la denominada “Falacia Circular”, esa falacia lógica consistente en suponer que un proceso de razonamiento circular prueba una proposición, del que el razonamiento circular sería la demostración de su veracidad. No. Si es rechazable es, sobre todo, y además, por su contenido. Porque lo que realmente hizo Bentham fue importar el núcleo ideológico del despotismo continental, entendiendo que lo necesario no era tanto una declaración de derechos civiles, como un aparato disciplinario eficaz de pequeñas e inteligentes coacciones cotidianas. Coacciones que se han de asegurar mediante una legislación escrita de principio a fin, donde las conductas puedan regularse hasta el último detalle. La libertad desaparece ante la utilidad.

Lo verdaderamente original de Bentham fue convertir los principios de la vieja escuela hedonista del placer, en algo compatible con el autoritarismo. En el pensamiento de Bentham no es prioritario respetar la conciencia de cada uno, pues la libertad no es más que una falacia cruel para él. Bentham no fue un individualista, sino un “personalista”, sobre todo de su propia persona. Una razón que ayuda a entender por qué su criterio de la “utilidad” y de “la mayor felicidad para los más” está concebido desde la consideración de que las diferencias entre los individuos, personales y culturales, son un estorbo prescindible para poder reeducar a toda la humanidad en los “valores” de utilidad, definidos desde su matematizada ética. Bentham se auto-configuró como un “reformador social” que, por haber alcanzado racionalmente el estadio superior del conocimiento de lo útil, no necesitaba disertar o tratar sobre “ideas tan primitivas y antiguas”, como la justicia y la libertad.

Bentham ha sido uno de los pocos autores que ha conseguido que su pensamiento haya logrado, sostenidamente en el tiempo, ejercer una influencia muy grande en muchos movimientos sociales, en los últimos doscientos años, desde que surgió hasta hoy. A diferencia de los “utopismos sociales” que tanto influjo a desplegaron en los siglos XIX y XX, para luego decaer, el “positivismo” implícito en su doctrina de la utilidad (utilitarismo) ha desarrollado una colosal influencia en esos mismos siglos y continúa haciéndolo hoy, en este siglo XXI.

La influencia de Bentham se desarrolló a través de su escuela, el utilitarismo, aunque esa denominación de “utilitarismo” se debe a uno de sus discípulos, John Stuart Mill (1806-1873), quien recondujo y reformuló en sentido liberal, varios de los excesos más autoritarios de la teoría “utilitarista” de su maestro. Stuart Mill fue un destacado pensador político y económico del siglo XIX, cuya obra merecería un estudio separado. Pero también estuvieron en su estela otros muchos, como William Godwin (1756-1836) uno de los más destacados precursores del moderno anarquismo y padre de Mary Shelley (1797-1851). Y también fue discípulo y amigo de Bentham el socialista utópico inglés Robert Owen (1771-1858). Pero sus seguidores directos más destacados, además de Stuart Mill, fueron el padre de éste, James Mill (1773-1836), y los economistas David Ricardo (1772-1823) y Thomas Malthus (1766-1834).

En economía, Bentham inspiró la línea de la Escuela Clásica representada por los citados Ricardo y Malthus. Malthus definió su famoso principio de población (1798), según el cual, el crecimiento de la población responde a una progresión geométrica, mientras el aumento de los recursos para su supervivencia solo crece en progresión aritmética. Por eso, el aumento de población, muy apreciable a comienzos del siglo XIX, terminaría por provocar el hambre y una “hecatombe poblacional”. Malthus predijo que la hecatombe se produciría en 1865 pero, afortunadamente, nada de todo eso sucedió ese año, ni tampoco después. David Ricardo realizó dos aportaciones importantes, pero finalmente falsadas por el desarrollo de la ciencia económica en el siglo XIX. La primera, la definición del valor de las mercancías en función de tiempo de trabajo aplicado en su elaboración. Una concepción que fue falsada por Carl Menger (1840-1921), el creador de la Escuela Austriaca de Economía, al demostrar que el valor de una mercancía depende de su utilidad marginal. La segunda aportación de Ricardo fue la denominada Ley de Rendimientos Decrecientes, una tesis según la cual, el incremento de la inversión produce cada vez menos beneficios. Pero como demostró la ciencia económica en su desarrollo, esa ley de Ricardo, sólo era de aplicación a la agricultura, y no en su integridad, pues en la industria y los servicios sucedía exactamente lo contrario: los rendimientos siempre son crecientes. Las ideas de Ricardo inspiraron a Marx (1818-1883) para crear sus teorías del valor, en función del tiempo trabajado, y de la “plusvalía del trabajo”, explicativas de la explotación capitalista; también se inspiró Marx en Ricardo (y en Malthus) para predecir el caos final del capitalismo que, a causa del constante decrecimiento de los rendimientos, llevaría a su crisis definitiva y final al mundo alienado (falso, no auténtico) de la burguesía.

En cierto modo, puede afirmarse que el “proletario” alemán Marx fue más un discípulo del Tory (conservador británico) Barón de Bentham, que del mismo Hegel (1770 -1831). La propuesta de “dictadura empírica” del conjunto sobre las partes, enunciada por Augusto Comte (1798-1857) en el continente, también sería compartida por Bentham. Una idea de dictadura que hunde sus raíces en la idea de “voluntad general”, de Rousseau, que no es la voluntad de la mayoría, sino un designio sólo conocido por los philosophes. Un designio que Bentham situó en la “utilidad”, que es lo único deseable, y que Marx situaría en la “autenticidad” del proletario como hombre portador del futuro. Una concepción que responde a la voluntad de las “Leyes de la Historia”, descifradas por el “materialismo histórico”, del que Marx era el sumo sacerdote. Un proletariado que, mediante su dictadura, llevaría a la humanidad al comunismo, lo que traería la mayor felicidad para los más. La libertad sobra, e incluso molesta y hasta estorba, en los planteamientos de todos ellos.

Para el ego “personal(ista)” de Bentham, toda la celebridad que había alcanzado en Inglaterra le parecía poca. En 1811 decidió darse a conocer en el mundo, para lo que escribió cartas de unas doscientas páginas, cada una, al presidente norteamericano, al zar de Rusia, al gran duque de Polonia, etc. En esas cartas Bentham se ofrecía a actuar para ellos como un nuevo Solón de Atenas, el legislador: “Les ofrezco un cuerpo legal completo en forma de ley estatutaria, en una palabra, un Pannomium […] deducido del principio que todo lo gobierna, el principio de la utilidad”. Bentham tenía soluciones para todo. No necesitaba haber puesto el pie en ninguno de esos países para saber, como él sabía, “cómo deberían ser las opiniones e instituciones humanas, cuán lejos están de ello, y cómo podríamos transformarlas en lo que debieran ser”. Su éxito fue muy escaso en Estados Unidos, Alemania, Holanda, Italia y Francia, pero fascinó en Rusia y en España, hasta el extremo de que el zar Alejandro I y las Cortes de Cádiz decidieron subvencionar la publicación de sus obras.

En España, Bentham mantuvo correspondencia con muchos destacados liberales del periodo revolucionario abierto en 1808. El más importante interlocutor de Bentham en España fue, seguramente, el Conde de Toreno (1786-1843), José María Queipo de Llano, Diputado en las Cortes de Cádiz, Presidente de las Cortes durante el Trienio Liberal (1820-1823), Primer Ministro en 1835 y autor de la primera historia de la guerra de la independencia española (1808-1814). Toreno se carteó con Bentham en una abundantísima correspondencia, entre 1811 y 1812, en los momentos en que se debatía la redacción de la Constitución del 1812 (“La Pepa”). Y lo volvió a hacer, entre 1820 y 1822, en relación con los trabajos para la elaboración del Primer Código Penal de España, en 1822. Posteriormente su influencia en España se difuminaría, pues no sería un autor de referencia para los krausistas españoles, desde su aparición a finales de la década de los 40’ del siglo XIX, con Julián Sanz del Río (1814-1869). Y tampoco fue referencia para Balmes (1810-1848), que estuvo más influido por la denominada Escuela Escocesa del Sentido Común, además de su por su formación en la filosofía tomista.

Por último, debe destacarse que la influencia de Bentham ha logrado llegar hasta nuestros días. La doctrina utilitarista, hoy como ayer, consigue muchas adhesiones con facilidad por las obviedades “enfatizadas” en las que se fundamenta, que a menudo le permiten presentarse como corolario del sentido común. Y en la actualidad, se identifican a sí mismos como “utilitaristas” muchos de los líderes y militantes de los movimientos ecologistas, animalistas, feministas y veganos. Uno de los más destacados es, seguramente, el filósofo australiano Peter Singer (nacido en 1946), el autor de Liberación Animal (1975) y activista del animalismo, que reivindica el utilitarismo y considera su propia obra como la continuación de la línea ética inaugurada por Bentham.

No se puede finalizar este texto sin mencionar los estudios realizados a finales del siglo XX por el francés Michel Foucault (1926-1984) sobre la obra de Bentahm, especialmente en su obra Vigilar y Castigar (1975). Michel Foucault, en la Universidad de París, tuvo conocimiento directo de la más que apreciable influencia que ejercía Bentham en varios de los movimientos alternativos surgidos al calor de las protestas de los años 60’ del siglo XX, como el ecologismo y el naciente animalismo. Un conocimiento que le resultó sorprendente. Porque la opresiva sociedad actual se había convertido a finales del siglo XX, a juicio de Foucault, en una sociedad disciplinaria, que controla el comportamiento de los individuos mediante la imposición de sistemas de vigilancia de la población sobre ella misma. Una sociedad opresiva que es justo un reflejo del sistema de Bentham, en el que el poder busca actuar a través de la vigilancia, del control y de la corrección del comportamiento de los ciudadanos, castigando las desviaciones. De ahí la paradoja, para Foucault, de que existiesen esos movimientos ecologistas y animalistas, pretendidamente “liberadores” que, para su perplejidad, se adscribían al “utilitarismo” de Bentham, el inspirador de los sistemas de “control social” modernos.

El “utilitarismo”, desde el principio, había sido concebido por Bentham como un movimiento para el impulso de reformas sociales, más que como una escuela de pensamiento, propiamente dicha. Y en eso parecen seguir los “utilitaristas” de nuestro tiempo, más de doscientos años después. Todo un record.

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