septiembre 2020 - IV Año

ENSAYO

Política y pensamiento científico

congreso 1Recientemente, en esta misma revista, José Antonio Díaz publicaba un interesante artículo con motivo del centenario del Profesor Enrique Tierno Galván, en el que comparaba la figura del viejo profesor, con la del sociólogo y también comprometido político alemán, Max Weber sobre el papel del docente e investigador como productor de ciencia y como generador y formador de opinión pública. Adquiriendo, como dice Díaz: la necesidad de ‘tomar partido’ claramente cuando las circunstancias lo exigen.

En la actualidad puede que la distancia entre lo político y lo científico este más lejos que nunca. Hasta en la oscura Edad Media, los monarcas eran del gusto de rodearse de los más sabios para conseguir fortalecer y agrandar su poder.

Ahora bien, nadie tendrá duda que el conocimiento científico es, hoy en día, la única herramienta fiable para avanzar en el bienestar sostenible de la sociedad. En un repaso riguroso de la historia podremos comprobar que, de todas, la única revolución que ha cambiado realmente la vida de los ciudadanos es la científico-tecnológica. De todas ‘las revoluciones’ que hubo en el Siglo XX la única relevante y la que menos lagrimas supuso.

Los países que invierten en ciencia no lo hacen porque sean los más ricos, sino que son los más ricos precisamente porque han invertido mucho y de manera sostenida en investigar para el desarrollo. La extensión y generalización de la enseñanza y la investigación científica son los paradigmas para planificar el futuro de los países. Es el recurso para conseguir resolver cuestiones tan básicas como el desempleo, la pobreza, la salud, así como frenar y revertir el deterioro medioambiental…

6872230017La imbricación del pensamiento científico ha sido consustancial al devenir de la cultura política de la izquierda; cabe recordar nombres como Julián Besteiro, Fernando de los Ríos, Jiménez de Asúa o Juan Negrín, que conjugaron su prestigio en la docencia e investigación, con la militancia política activa. ¡Ello hoy queda muy lejano!.

En el momento actual es difícil pensar que se puede tener un análisis certero de la realidad y hacer prospectiva de hacia dónde y cómo puede avanzar la humanidad sin recurrir al conocimiento científico en todas sus ramas y expresiones. Dada la vacuidad en la que se desenvuelve la vida pública donde todo se circunscribe a posiciones estéticas, a veces de dudoso gusto, y al totalitarismo de la inmediatez que obligan a propiciar la recuperación de un análisis lógico de la realidad social, con la sana intención de pertrechar de racionalidad crítica, propuestas que tiendan a modificar una conciencia social que se precipita a gran velocidad al abismo entre la nada y el absoluto.

El pensamiento progresista, si quiere retomar el rumbo, debe regresar a la ciencia y al conocimiento como guía de su proyección de futuro, no impostando su acervo de cientifismo sino de rigor propositivo. En ningún caso adoptar modelos hoy al uso, de construir su discurso tomando como base aquello que la sociedad quiere oír. Cuestión muy distinta es que una sociedad, que ha ganado cualitativamente en la percepción de sus problemas, propicie su participación en la formulación de posibles soluciones que evidentemente habrá que pasar por el tamiz de lo técnicamente posible y sostenible en términos económicos, medioambientales y sociales. Es el único camino a seguir para poder construir una sociedad sostenible, siendo este mucho más que un concepto político electoral el nuevo paradigma del progreso.

genteEsto puede considerarse voluntarismo político e intelectual. Sin lugar a dudas, no me engaño, lo es. Más aún si pensamos que hoy intentar mantener un discurso sosegado, dotado de un pragmatismo reformador y sobretodo riguroso tiene más papeletas para ser desoído que los que lanzan soflamas basados en banderas, himnos, principios irrenunciables y búsqueda permanente del bueno y el malo. Lo llamemos nacionalismo, populismo, liberalismo patriótico o resignación posibilista.

Los medios de comunicación han perdido su vocación de formación de una opinión pública exigente y cualificada. La universidad se ha resignado a capacitar profesionales para un mercado donde su empleabilidad no está asegurada y la familia ha abandonado la educación de sus miembros delegándola en la enseñanza, donde el magisterio se encuentra desmotivado al luchar contra un entorno que ni reconoce su labor, ni le pide capacitar para la vida sino para que el estudiante no se desganche de un mundo con destino incierto.

La política progresista debe abrir sus puertas a un compromiso transformador, no dejándose llevar por modas, que erróneamente, se consideran evolución, cuando en realidad se convierten en disolución de la conciencia colectiva. Democracia, ley, solidaridad, justicia, libertad, progreso, pluralismo, equidad son todos ellos conceptos básicos y esenciales para una armónica convivencia que están pasando a ser interpretados en la vida cotidiana como cintas de goma que se estiran y encojen a conveniencia del momento y la circunstancia. Nada de ello es casual, es una determinada concepción del mundo que para unos les sirve como sublimación de sus frustraciones, para otros liderar la ideología de la mediocridad y para los más listos imponer un modelo social que les pueda perpetuar en sus intereses.

Solamente dotar al pensamiento progresista, socialdemócrata, de izquierdas (elijan ustedes el término que más les acomode) de un rigor técnico científico, con propuestas basadas en el conocimiento y no en la intuición, podrán hacer que el progresismo político vuelva a encauzar su discurso y abrirse camino en una sociedad descreída y resignada a que el viento les lleve a puerto desconocido y no al que realmente quieren ir.

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