octubre 2021 - V Año

ENSAYO

Diógenes de Sinope: un filósofo desarraigado, provocador y subversivo

En cierta ocasión al preguntarle por qué se llamaba asimismo ‘perro’, respondió: ‘porque meneo el rabo ante los que me dan algo, ladro a los que no me dan y muerdo a los malvados’. Diógenes de Sinope

Diógenes por Giuseppe Antonio Petrini (Museo del Prado)

Es un lugar común entre ciertos indocumentados, que la filosofía es aburrida, árida y, en el mejor de los casos, proporciona una apariencia de lustre consistente  en citar autores, frases célebres, escuelas y alguna que otra anécdota. En fin, una falsa erudición barata.

Nada más lejos de la realidad. La historia de la filosofía es apasionante y si se sabe encontrar la perspectiva adecuada cálida, imaginativa… y, desde luego, muy entretenida. Además, enseña a valorar el pensamiento abstracto y favorece el espíritu crítico.

Muchos cursos, los alumnos comienzan con reticencias hacia esta forma de pensamiento, más pronto advierten, al menos algunos, lo que tiene de fascinante e incluso que es aplicable a la vida diaria. Es más, nos dice mucho de ‘nuestro aquí’ y ‘nuestro ahora’. Al acabar el curso no es difícil lograr que, al margen de los estudios que vayan a cursar, guarden un buen recuerdo, pidan bibliografía y hasta se adentren en este intrincado laberinto que, sin embargo,  proporciona indudables satisfacciones a quienes se atreven a frecuentarlo.

He elegido hablar hoy, de Diógenes de Sinope, porque sobre él hay muchas cosas que decir. Es el principal representante de la Escuela Cínica (en griego clásico el término Cínico quiere decir perruno o que vive como un perro).

Tal vez tengamos una opinión formada sobre lo que significaron los hippies o los punkis o quizás, no les demos excesiva importancia. Ahora bien, estas tribus urbanas tienen, desde luego, su miga. Probablemente, los Cínicos fueron un precedente claro de estos movimientos.

¿Por qué?  Eran austeros, despreciaban muchas convenciones sociales, pasaban el día deambulando de aquí para allá, tenían una actitud desdeñosa hacia todo lo que sonara a establecido y, a veces, no era sencillo distinguirlos de los mendigos.

Quizás sería oportuno preguntarse ¿Qué pretendían? ¿A qué aspiraban? Aquí comienzan las sorpresas. Uno de sus objetivos primordiales era vivir naturalmente, es decir, conforme a la naturaleza. Se decían cosmopolitas y defendían una igualdad social.

El fundador de esta Escuela fue Antístenes, un pensador sugestivo, discípulo del sofista Gorgias y un ferviente seguidor de Sócrates. En algunos textos se dice que fue uno de los que acompañaron a Sócrates en sus últimas horas, antes de que bebiera la cicuta.

Su relación con Platón era notoriamente ambivalente. Sentían el uno por el otro una indiscutible atracción intelectual y, al mismo tiempo, un rechazo visceral que les hacia discrepar y enfrentarse prácticamente a diario en el Ágora.

Aunque en un principio lo rechazó, Diógenes se convirtió en la sombra de Antístenes y de él aprendió, por ejemplo, la virtud del autocontrol y que la libertad e incluso la felicidad, se ganan con el desprendimiento, con conformarse con muy poco  y con ser fiel a sí mismo.

Diógenes por Jean-León Gérome (Museo Walters)

Diógenes de Sinope al parecer escribió unas reflexiones sobre su modo de ver la vida, sobre la renuncia a los bienes materiales y sobre el desprendimiento como forma de lograr el mayor grado de libertad. Lamentablemente, estos escritos se han perdido y lo que sabemos de él es por referencias de Platón, por ejemplo y, especialmente por lo que de él nos dejó dicho el polígrafo  Diógenes Laercio en sus ‘Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres’.  Concretamente en el Libro VI nos ha dejado una colección de anécdotas y reflexiones gracias a las cuales podemos entender mejor a este ‘singular mendigo’ y a este filósofo ‘de vocación perruna’

Ahora bien, Diógenes es, desde luego, mucho más que una colección de anécdotas. Es un pensador del periodo helenístico que valoraba más la conducta que la teoría, que despreciaba abiertamente las convenciones sociales y que manifestaba un rechazo instintivo a toda vida relajada, acomodada y vacía. Hoy podríamos decir que, en cierto modo, era un antisistema, que se burlaba de las formas y de los ideales burgueses de vida.

Presumía de no tener casa, ni patria, vivía en una tinaja y no se sentía vinculado a ningún lugar ya que se veía a sí mismo como un ciudadano del mundo. Era de una osadía y de una procacidad ostensible. Al margen como estaba de tantas cosas presumía ser un filósofo marginal. Por todas estas razones, es un personaje, no sólo digno de análisis y estudio sino enormemente divertido por su desenfado, sus rápidas réplicas y un sentido del humor con mucha retranca y no poca malicia.

Tengo un libro en las manos de la filósofa y profesora italiana Ilaria Gaspari. Lleva por título ‘Lezioni di felicità. Esercizi filosofici per il buon uso della vita” (Giulio Einaudi Editore. Torino 2019). Disponemos de una traducción en castellano con el título ‘Seis semanas con los filósofos griegos’ (Lumen 2020). Es un libro entrañable, irónico, a ratos divertido, a ratos serio, divulgativo, siempre riguroso… y que da mucho que pensar.

Parte de un planteamiento muy original ¿Puede verse la vida con los ojos de los filósofos griegos? Tras una ruptura afectiva, traumática como lo son todas, se decide a vivir una semana según los principios de cada escuela filosófica de la antigüedad. Así procura comportarse sucesivamente como lo harían: pitagóricos, epicúreos, estoicos, escépticos… La última semana se decide a vivir como lo harían los cínicos, es decir, imitando un perro.

Ilaria Gaspari intenta imitar las formas de vida, la conducta y los principios de estas escuelas. Al llegar a los cínicos las preguntas que se hace son: ¿qué es la libertad? o ¿qué es la felicidad? En esos siete días le servirá de estímulo un vagabundo llamado ‘Marione’ que duerme en el sótano del edificio donde se aloja. Con  intuición, sagacidad y sentido del humor ira percibiendo que las renuncias dan libertad y que importan mucho más las conductas que las doctrinas.

No está de más recordar que el nombre de cínico, quizás, provenga del Gimnasio Cinosargo, situado fuera de las murallas de la antigua Atenas. El Gimnasio era frecuentado por Antístenes, fundador o al menos precursor de la Escuela cínica.  Cinosargo podría traducirse como ‘perro ágil’.  Ese precisamente, vino a ser con el paso del tiempo, el ideal de los cínicos: agiles de mente, autosuficientes, que sabían reducir al máximo sus necesidades… pero que nunca se apartaban del deber moral.

Diógenes de Sinope, también podemos considerar que tenía una cierta semejanza con los bufones o que irradiaba un cierto espíritu goliardesco. Ahora bien, en esta vida nada se consigue sin un duro entrenamiento. Vivir como un perro requería, por tanto, un aprendizaje en cierto modo ascético. Elegir esa forma de vida naturalmente, no estaba exento de una actitud extremadamente frugal y austera y de una indudable denuncia de la falsa confortabilidad espiritual.

Estatua de Diógenes en Sinope (Turquía)

Los cínicos comprendieron que la decadencia de las virtudes clásicas, el vacio intelectual y la pérdida de ideales… no dejan tras sí, más que señales inequívocas de una crisis existencial colectiva.

Supieron poner a la sociedad de su tiempo delante del espejo de sus prejuicios y convencionalismos… que lógicamente reflejaba unas imágenes ridículas y, en cierto modo, absurdas.

Pensaban que la vida pertenece por completo a quienes aprenden a vivirla intensamente ¡cabe una declaración de libertad más firme y rotunda! En cierto modo, es hermoso no temer al presente ni al futuro. Es admirable no tener miedo. Quizás, quienes desprovistos de casi todo, menos de conciencia moral, deambulaban por las calles y veían las cosas de una forma que quienes vivían confortablemente no podrían ver nunca. A los cínicos les sobraba perspectiva y coraje.

La impasibilidad… de dejar que el tiempo pase… puede ser otra forma de sabiduría. Sin autocompasión alguna y sin flaquezas pueden degustarse frutos tan sabrosos como la soledad o el no anhelar riquezas y comodidades.

El periodo helenístico es un momento de decadencia. La muerte, quizás no sea otra cosa que el cansancio de muchos otoños. Demuestra, sin la menor duda valentía, vivir como ‘un perro’ entre alimañas sanguinarias. Los cínicos fueron dejando tras sí gestos éticos que, en modo alguno, hay que despreciar.

Diógenes de Sinope era a veces cordial, otras violento… siempre alerta como un zorro, que tan cerca está de lo perruno. Su indiferencia no es pasividad ni resignación es, muchas veces, asco o desprecio al menos, frente a todo lo que les disgusta.  Es divertido, un  tanto  misterioso, supo ser en todo momento fiel a sí mismo. No es aventurado estimar que sus anécdotas son más reflexivas de lo que parecen en un primer momento. ¿Por qué? no buscan hacer gracia sino dar un diagnóstico de la mediocridad que observa a su alrededor. Recordemos una entre tantas: gustaba pasearse, a plena luz del día con un candil o una lamparilla. Naturalmente, se burlaban de él. Se acercaba a todo el que pasaba, le ponía el candil cerca del rostro… y seguía su camino hasta repetir la operación una y mil veces ¿Qué haces Diógenes? Le preguntaban divertidos. Respondía muy serio: ‘Estoy buscando un hombre’. Esto explica, bien a las claras, quien era Diógenes y qué pretendía. Desde luego, no sería exagerado plantear que, también, era un moralista. Logró reducir sus posesiones a un manto, un zurrón y un bastón. Elevando  la pobreza material a virtud.

Nació en Sinope, una colonia jónica a orillas del Mar Negro. Su desarraigo viene de muy atrás. Fue expulsado junto a su padre, acusados de fabricar moneda falsa y, desde entonces, vivió exiliado. Para pincharle solían decirle ¿No te avergüenza que te hayan condenado al exilio? A lo que respondía ‘en absoluto, yo los he condenado a ellos a seguir allí’.

Digo esto, porque la historia de la falsa moneda trae cola… pensaba y lo exponía abiertamente, que las costumbres relajadas eran ‘la moneda falsa de la moralidad’. La inmensa mayoría de quienes vivían en Atenas en aquellos tiempos, no se preguntaban ¿qué es lo que está mal?, sino que aceptaba, sin rechistar, lo que convencionalmente era, nunca mejor dicho, moneda de uso corriente.

Con su vida austera, vagabundeando por las calles y plazas de Atenas o Corinto y durmiendo bajo los soportales demostraba, con su sola presencia que era posible pensar de otra manera, vivir de otra forma. Irritaba a los ricos, lo que le causa una enorme satisfacción. Su actitud era ética y convertía la indigencia, la pobreza extrema en una virtud.

Hacía gala de su desprecio hacia los placeres. Para él lo que hoy llamaríamos  alienación consistía en emplear el tiempo, las energías y lo mejor de la vida en el fingimiento, la vanidad y el autoengaño. La autenticidad consistía por el contrario, en tener pocas necesidades y en no ser esclavo de los deseos.

Diógenes, por su parte, se burlaba de Platón, criticaba, empecinadamente, su ‘teoría de las ideas’. El filósofo cínico estaba muy lejos de la metafísica platónica.

Era excéntrico y un tanto hiperbólico. Se sabía el centro y atención de las miradas y comentarios y procuraba no defraudar las expectativas creadas en torno suyo. Contra lo que a veces se afirma, fue un hombre culto aunque los conocimientos filosóficos para él eran fundamentalmente, una invitación moral a practicar aquello en lo que creía.

Diógenes por John William Waterhouse

De las versiones que nos llegan sobre su muerte, la que más me convence fue que su fallecimiento tuvo lugar a consecuencia de comerse un pulpo crudo. Se cuenta, asimismo que sus últimas palabras fueron: ‘cuando me muera echarme a los perros, ya estoy acostumbrado’. Sus enseñanzas no cayeron en saco roto, Epicteto, un filósofo estoico, que fue esclavo antes de ser manumitido, y  vivió en Roma varios siglos más tarde, lo recordaba como un modelo de sabiduría. Es, también, significativo que en Corinto erigieron una columna en su memoria con una figura de un perro descansando plácidamente.

No cabe duda de su ingenio ni de su capacidad para comprender las motivaciones e inclinaciones que mueven a los hombres. Quizás por eso, decía irónicamente de sí mismo, que ‘era un perro que recibía muchos elogios’ pero con el que ninguno de los que lo ensalzaban hubiera querido salir de caza’.

Merece la pena hacer algunas consideraciones sobre el contenido de los principios filosóficos que profesaba Diógenes y que podemos considerar su doctrina. Su divisa era llevar una vida auténtica, de forma extremadamente sencilla, frugal y al margen de los usos y convenciones sociales. La virtud para él venía a ser la supresión de las necesidades. Sostenía que los hombres sin personalidad y sin voluntad obedecían, a sus deseos de la misma forma que los esclavos a sus amos. Igualmente, estaba convencido de que la vida era sencilla pero que los hombres la habíamos complicado enormemente con nuestros artificios, errores e hipocresía.

Dejó algunos discípulos como Mónimo de Siracusa, Onesicrito, nativo de la isla de Astipalea que formó parte de las expediciones de Alejandro Magno a Asia y a su vuelta a Grecia, describió sus impresiones o Crates de Tebas que disponiendo de una gran fortuna, la donó a la ciudad para poder vivir siguiendo a su maestro como un vagabundo o un mendigo.

Diógenes de Sinope es inseparable de la idea de libertad y de una forma sencilla y austera de vivirla con autenticidad, sin dejarse seducir por el poder, la avaricia, o la querencia por lo superfluo y ornamental. Si hiciéramos una enumeración de nuestras necesidades, llegaríamos a la conclusión de que la mayor parte son inducidas e innecesarias.

Encantado de que se le identificara con un perro, aprendió a morder… pero no con los dientes sino con palabras certeras e hirientes. Su vida y su ejemplo son como una flecha que, lanzada desde el periodo helenístico, atraviesa el tiempo hasta nuestros días.

Diógenes ejerció una indudable labor pedagógica. Como el tábano socrático zahería, molestaba y no dejaba en paz.  En las sociedades actuales desarrolladas, presididas por un consumo desenfrenado, un despilfarro, y unas diferencias abismales entre poseedores y desposeídos, es lógico que a algunos una figura como Diógenes de Sinope nos resulte simpática y estimulante.

En medio de una crisis energética y medio-ambiental como la que se nos viene encima, alguien que es capaz de prescindir y de burlarse de las comodidades y molicies, da que pensar. Es incluso un buen ejemplo. De hecho, su mordacidad es un hilo del que tirando se llega hasta el ovillo del pensamiento. Recuerdo especialmente unas palabras suyas ‘la vida no es un mal; el mal es vivir mal’. Creo que ese pensamiento, como muchos otros suyos, tiene bastante enjundia,

Diogenes buscando hombres honestos. Atribuido a J. H. W. Tischbein

No es de extrañar, por tanto, que los alumnos disfruten, celebren y se interesen por personajes como Diógenes y por la Escuela Cínica ¡qué le vamos a hacer! Les motiva más que la vigésimo novena alusión a la carrera entre Aquiles y la tortuga… donde el de los pies ligeros, jamás alcanzará al galápago porque hay que recorrer infinitos espacios, la mitad, la mitad de la mitad y así sucesivamente… para concluir que el movimiento no existe.

Otro motivo por el que a Diógenes de Sinope lo vemos tan cercano es porque también vivimos en un mundo convulso, donde todo envejece rápidamente, donde cambian los valores y donde el hombre no es sino una mercancía más.

¿Qué estaba cambiando en el periodo helenístico? Sin exageración todo o al menos, casi todo. Las alteraciones, en cuanto a las formas de vida, fueron radicales. Por primera vez se descubre al individuo y a la individualidad. El hombre, al menos el hombre reflexivo, tiende a volverse sobre sí mismo… y a ver las posibilidades que ofrece  una vida interior rica.

Los prejuicios etnocentristas se ven seriamente socavados. El contacto con lugares lejanos, personas que tienen otras costumbres y otras formas de relacionarse e ideas distintas, produce el efecto de una cierta  atmósfera social  relativista. Todo o casi todo se puede someter a juicio y se puede discrepar de lo que antes se aceptaba ‘a pies juntillas’. Por primera vez en la historia, el cosmopolitismo se abre paso y comienzan a recibirse influencias de todo tipo que cuestionan el primigenio modo de vida helénico.

Desde el punto de vista filosófico crece el interés hacia la ética, se valora, cada vez más una visión de la filosofía que proporcione una guía práctica de la conducta. Ahí es donde aparecen: el ‘perruno’ Diógenes, su tinaja, sus planteamientos subversivos y sus diatribas a la vida adocenada y carente de inquietudes.

El interés hacia Diógenes no es nuevo. No hay más que hacer un somero y rápido repaso a la iconografía de que disponemos sobre su figura ¿por qué ha llamado tanto la atención? Es una buena pregunta. Quizás porque encontraba placer en ponerlo todo ‘patas arriba’ y en buscar en la renuncia y la coherencia… la autenticidad, es decir,  una forma de vida sana y virtuosa.

Hay bustos suyos en lugares tan emblemáticos como el Capitolio, los Museos Vaticanos o el Louvre. Sin ir más lejos, en Villa Albani (Roma) se encontró un bajo relieve muy interesante que reproduce el encuentro, una y mil veces comentado, del filosofo cínico y el militar y conquistador griego, Alejandro Magno.

Me ha picado siempre la curiosidad  de encontrar una respuesta al por qué la pintura barroca sentía una especial atracción hacia Diógenes. En Dresde (Alemania), por ejemplo, hay un inquietante lienzo que representa uno de los momentos que ha quedado en el imaginario colectivo. Su autor es Jacob Jordaens y lleva por título  ‘Diógenes con la linterna’, el encuentro de Diógenes con Alejandro Magno o sus principales anécdotas, también, han sido trasladadas al lienzo por José de Ribera ‘El Españoleto’ o Nicolás Poussin entre otros. En el Museo del Prado pueden encontrarse algunos cuadros que reproducen estas mismas situaciones.

Para finalizar expondré que la Escuela cínica reinterpretaba la doctrina socrática en varios de sus ejes. Tuvo vigencia durante mucho tiempo, el afán por conquistar la autonomía personal y la vida simple y auténtica que defienden. Por otro lado, en una Escuela con tantos matices, propuestas y perspectivas no es lo más apropiado ni inteligente, quedarse solamente con sus excentricidades e irreverencias.

Es elogiable, el que se atrevieran a decir las verdades a la cara y lo hicieran a través del género que con más ahínco practicaron: la diatriba.

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