febrero de 2024 - VIII Año

La blasfemia como táctica

El pensamiento, sin apellidos, dejado a sus anchas, logra encontrar la razón verdadera de cuanto nos concierne. Ésta, dejó dicho Escoto, cuando es construida a tenor de leyes lógicas se muestra estable y no requiere del respaldo de ninguna autoridad. Es decir, el pensamiento autónomo, ajustado a la fisiología de su propio proceso, ofrece muchas garantías de certidumbre, permite encontrar las esencias de los asuntos que se plantea, es fiable, neutraliza los espejismos y orienta para resolver problemas.

Sin embargo, el hombre y la mujer se empeñan por desguazar la  consistencia de su pensamiento, banalizar sus conclusiones, o prostituir su proceso en aras de intereses ajenos a la lógica. Consecuentemente, en estos casos, la coherencia del pensamiento depende de la utilidad que ofrezca para la causa que lo gobierna. Se hace pragmático y derrapa.

Por ejemplo, si habláramos de un “pensamiento cristiano”, estaríamos haciendo teología o algún derivado que pretenda reforzar las tesis teológicas, como demuestra el pensamiento social cristiano. Ahí, el pensamiento tiene un papel ancilar, está al servicio de los presupuestos que se proclaman revelados. No es un pensamiento libre, porque está sujeto a la causa que lo condiciona a priori.

La causa condicionante puede ser cualquier creencia, una convención ideológica, algún proyecto político o ideal a conseguir, que enerve los resortes emocionales. El pensamiento obedece siempre al sentimiento. Cuando hay sentimientos encontrados, vence el más fuerte, el que concite mayor dosis de energía psíquica.

Cuando TV3 hace mofa de la Virgen del Rocío, su blasfemia está supeditada a los intereses del nacionalismo catalán que, encerrado en su crisálida de superioridad,  pretende demostrar que “lo otro”, todo lo que no sea catalán, puede ser insultado y tan despreciado que sólo merece ser objeto de burla.

Es un tipo de pensamiento maniqueo y vitriólico, interesado en mostrar que “yo, el catalán, estoy arriba, soy juez y principio de verdad, y me permito hacer befa de tus iconos y ritos de identidad. Tú, en cambio, andaluz del Sur, eres inferior y tienes que asumir mi sarcasmo”. Es un juego de poder que sitúa al catalán en el papel de perseguidor y condena al andaluz al papel de víctima.

El perseguidor ni siquiera calibra que al ofender a la Virgen del Rocío también ofende a la Mercé y a la  Moreneta, que aquella y éstas son diferentes iconos del mismo arquetipo. El mito de la virgen-madre se repite con insistencia en muchas culturas. En el panteón mundial, hay 19 diosas vírgenes que han sido madres; y los faraones, cuando ascendían al trono, declaraban virgen a su propia madre.

El nacionalismo no piensa. Pretende provocar la risa de quienes ya son iconoclastas, que tal vez nunca lleguen a votarlos. Sin embargo, al escupir hacia arriba queda ciego de exaltación; se cisca en lo sagrado con tal de pavonearse. Su soberbia es indómita y no duda en utilizar la blasfemia como medio para despreciar al contrario. No hay pensamiento que valga. Todo es emoción y 100 millones de euros de subvención.

Los antiguos incas, mucho más inteligentes que los actuales nacionalistas catalanes, cuando conquistaban una civilización no se molestaban en alterar la estructura política de los vencidos, ni tan siquiera tocaban a las personas que las representaban, se limitaban a secuestrar sus ídolos y llevarlos en procesión, con veneración y respeto, al Korikancha, el templo del Inti, a nutrir la corte celestial de su dios. De esta manera, sin la proximidad protectora de los ídolos, los nuevos vasallos quedaban desarmados y obligados a peregrinar a Cuzco, la capital inca que albergaba el Korikancha, cuando deseaban celebrar rituales en honor de los dioses destronados. Incluso el pensamiento mágico-simbólico (Piaget) es sabio y sagaz.

En cambio, el posicionamiento prepotente, absoluto y despótico del nacionalismo se realiza también con la imposición del habla catalana: la enfermera y el médico no pueden ejercer su profesión sanitaria, a menos que tengan nivel C1 en el dominio del catalán. La profesionalidad y la competencia técnica importan menos.

En el patio de recreo escolar, el niño no puede jugar, a menos que use el catalán como medio. Y, a poco que se descuide, el comisario político que lo vigila adoptará las medidas de represalia que haya previstas. Tampoco importa el sentido lúdico del juego y el ejercicio de la libertad, si no acatan el canon nacionalista.

En el aula, el juego de poder se repite, con el agravante de desobedecer las sentencias judiciales que obligan a utilizar el castellano el 25 % de las clases. No es mucho, desde luego, para cumplir el mandato constitucional, derecho a la vez que deber, de conocer y usar el castellano, que es una lengua de comunicación universal. La ofuscación es imponer el catalán para hacer país (eslogan de Jordi Pujol y su clan siempre pendientes de un juicio que nunca llegará) con la complicidad del PSOE, bien dispuesto al federalismo.

El pujo por imponer la lengua catalana es igual que la operación cuartelera de Franco, para refundar aquello de Una, Grande y Libre. Aun hay quien se acuerda del expediente que se formuló, hace 50 años, contra una maestra de párvulos de Vich, que hablaba en catalán a sus alumnos. El juez instructor no atendió al pliego de descargos de la maestra, que alegaba que sus alumnos todavía no sabían hablar castellano. En consecuencia, el instructor proponía la separación definitiva del servicio; sanción reservada al Consejo de Ministros, que lo hizo a propuesta de Villar Palasí, valenciano y del Opus.

Como es bien sabido, Franco fracasó en su guerra contra la diversidad y, a mi juicio, el mismo destino van a tener los nacionalistas ultramontanos en sus afanes impositivos. La cultura (palabra que proviene de colo, cultivar) no se impone, se respeta y se cuida, como hacían los incas con los ídolos de las civilizaciones conquistadas, o nuestros propios ancestros con los mudéjares y mozárabes, sin ir tan lejos.

Toda imposición es excluyente. Pero, la tolerancia sólo pueden ejercerla los fuertes, quienes no tienen miedo a las diferencias y convocan a la confrontación fértil con lo propio. Tolerar, llevar juntos la carga de la vida resulta fructífero, porque unos podemos aprender de los otros.

Imagen Virgen del Rocío: Canal Sur TV

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