febrero de 2024 - VIII Año

El pensamiento político de la Ilustración española (y II)

Pese a las diferencias religiosas y culturales entre los primeros teóricos del liberalismo político, que eran protestantes y iusracionalistas, y los autores clásicos españoles, que eran católicos y neoescolásticos, estos últimos desplegaron una intensa influencia en los primeros. Influencia que se puede apreciar al nivel de la evidencia en Locke, Spinoza y en los pensadores más destacados de la Revolución Americana (1776).

Si se revisa el célebre panfleto de Thomas Paine (1737-1809), Common Sense (1776), que levantó a la opinión pública de las Colonias Británicas de Norteamérica en favor de la independencia, en sus primeras líneas se lee que la sociedad es un “bien” en todas las circunstancias, pero el gobierno, por el contrario, es un “mal”. Un mal que, en el mejor de los de los casos, es un mal necesario, y en el peor, un mal intolerable. No caben dudas de los más que evidentes ecos del pensamiento de los clásicos españoles que resuenan en esta formulación, con la que Paine inició su célebre panfleto revolucionario. Igual que resuenan esos mismos ecos en el célebre dicho de Jefferson, tercer Presidente USA y autor de la Declaración de Independencia, en 1776: “Enfrentarse a los tiranos es obedecer a Dios”.

Gran parte del aprecio obtenido por los clásicos españoles entre los primeros teóricos de la Democracia Liberal, como Spinoza (1632-1677) y Locke (1632-1704), o del éxito de Juan de Mariana entre los revolucionarios norteamericanos, como Jefferson (1743-1826) o Adams (1735-1826), está ahí. Nació del hecho de que las teorías políticas derivadas del protestantismo remitían, siempre e inevitablemente, a fundamentar sistemas de tiranía y despotismo. En fin, teocracias, que unían en la persona del Príncipe o del gobernante la doble condición de máximo jefe político y de máximo jefe religioso. Y lo que intentaban Locke y Spinoza era, justamente, escapar de los planteamientos teocráticos del protestantismo. Como también buscaban escapar de eso mismo los iusracionalistas.

Spinoza y Locke vivían la realidad de la intolerancia y la persecución religiosa en Inglaterra y Holanda, por lo que acogieron con mucho interés la teorización de los pensadores católicos españoles. Un pensamiento que anticipaba, incluso, las ideas de separación de la Iglesia y el Estado y la idea de laicismo. La separación de lo espiritual y lo temporal era imprescindible para fundamentar la democracia liberal. Pero esto era impensable en la Inglaterra y la Holanda de los siglos XVII y XVIII: no sólo era imposible realizarla, sino que su simple proposición se hubiese considerado alta traición, o así. La persecución religiosa no fue cosa sólo ni principalmente de los católicos: los protestantes extremaron la persecución religiosa hasta límites inverosímiles en Alemania, Inglaterra, Escandinavia, Holanda, etc., no se engañe nadie.

En eso se fundaba el aprecio a los autores españoles. Y es que, frente a los teóricos protestantes y del absolutismo católico, como los franceses Bodino y Bossuet, los clásicos españoles fundamentaron el derecho a resistirse, y en algunos casos hasta matarlo, si el gobernante era o se convertía en tirano. Es decir, fundamentaron el derecho de oposición y resistencia a la opresión, en formas que podían llegar hasta el tiranicidio, que desarrollaría más tarde Juan de Mariana. Suárez no consideró el tiranicidio de modo análogo a Mariana. Suárez era monárquico y, si bien compartía con Mariana las tesis sobre la tiranía, y hasta podía aceptar la resistencia al tirano, lo hacía con severas limitaciones: para él, el desorden es la peor de las injusticias.

En fin, la coincidencia de planteamientos básicos entre ambas escuelas del derecho natural, la iusracionalista moderna y la neo-escolástica tradicional española, era evidente y tampoco se les escapaba a los ilustrados españoles. Probablemente, para su sorpresa, descubrieron que, en lo que se refería a sus bases doctrinales más “modernas”, esas bases se correspondían con la tradición española más acendrada, la de la Escuela de Salamanca, que eran además las inspiradoras del incipiente pensamiento liberal. La razón de esto tampoco constituye un enigma, pues no es otra que la enorme influencia del pensamiento de los maestros españoles en los primeros teóricos del iusracionalismo, como los citados Grocio, Pufendorf, Locke, etc.

Constatación que no es mera especulación teórica: la teoría del estado de autores españoles de la época clásica, como Fray Bartolomé de las Casas (1474-1566), está citada expresamente en los papeles preparatorios de la declaración de independencia de los Estados Unidos, en 1776 y en los textos del debate de su Constitución de 1787. Una teoría para la que es el pueblo quien elige a la autoridad y al poder para gobernar, autoridad que ha de desempeñarse con justicia: si el gobernante es injusto pierde su autoridad, que vuelve al pueblo. Para él, como para toda la escuela hispana, el pueblo es la causa efectiva o eficiente y la causa final de los reyes y de los príncipes: el rey es para el reino, y no el reino para el rey, como antes se dijo.

Algunos estudiosos, entre ellos más recientemente Álvarez Junco, han argumentado que esa duplicidad de fuentes del pensamiento político de los ilustrados españoles, de un lado tradicionales y católicas, y de otro modernas, constituye una contradicción difícilmente salvable, casi una incoherencia. Pero si se estudia la cuestión con más detalle, esa contradicción, de existir, sería sólo aparente. En efecto, una somera revisión del pensamiento de los autores de ambas procedencias, permite apreciar, como se ha visto, que la visión de la política de los autores de la Escuela de Salamanca era ampliamente coincidente con la del iusracionalismo. Una coincidencia que se producía en casi todos los asuntos fundamentales.

La doble componente, católica y iusracionalista a la vez, del pensamiento político de los ilustrados españoles, facilita comprender que, hacia finales del siglo XIX, el jovellanismo, herencia ilustrada proyectada al primer liberalismo español, pudiera terminar por ser asumido y hasta reivindicado por los sectores políticos más dispares. En los textos recogidos en el volumen Jovellanos, el valor de la razón (1811-2011), obra coordinada por Álvarez Junco, figuran trabajos que explicitan la realidad de ese Jovellanos considerado Pater Patriae por los partidos dinásticos, pero también por los reaccionarios, incluidos los carlistas, y hasta por algunos de los revolucionarios.

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