septiembre 2020 - IV Año

ENSAYO

Alcance militar y geopolitico del Brexit

submaLa victoria de Boris Johnson en su pugna por consolidar la salida del Reino Unido de la Europa Comunitaria implica, formalmente, una derrota del europeísmo. Sin embargo, en términos políticos, el sentimiento paneuropeo podrá verse fortalecido a partir de ahora, al ausentarse de modo definitivo del euroclub quienes, desde el número 10 de Downing Sreet, en Londres, han recelado y conspirado sistemáticamente contra el eje París-Berlín. Sobre este tándem se asienta hoy la Unión Europea. Lo sucedido en Inglaterra, como síntoma, preludia un alcance que desborda las fronteras del Viejo Continente.

Pese a que a decisión de abandonar Europa se ve refrendada por una parte sustancial de la sociedad británica –cuenta, pues, con un fundamento formalmente democrático-, las malas artes empleadas para atraer el voto favorable al Brexit por parte de algunos matarifes de la sociometría, que se han consagrado a fondo a la tarea mediante argucias ilegales y manipuladoras, constituyen evidencias irrefutables. El tortuoso método utilizado por el lobby mediático comprometido en la salida, que no ha escatimado energías y dinero en desplegar bulos (fake news), ha recurrido a una utilización –signada por la desinformación- de los big data (empleo masivo de datos) para individualizar el voto, con consignas xenófobas y supremacistas, de quienes se mantenían en duda a propósito de su propio sufragio. No hay aún legislación para luchar contra estas prácticas, sin duda criminales, que impiden el despliegue natural, no manipulado ni tampoco impuesto, del sentido del voto ciudadano.

Empero, ya es tarde para tal impugnación. Lo nuevo de los desafíos que la situación implica abarca, desde la obligadamente innovada configuración que Londres vaya a dar a su mermado aparato productivo –sus productos industriales, incluso los textiles, han dejado de ser competitivos-, hasta el horizonte de incertidumbre que se abre ante la clase trabajadora, amén del alcance real y operativo del poder financiero que todavía Londres atesora en su City. Y ello sin olvidar el presumible impacto geopolítico de una gran potencia replegada hacia su insularidad, aleccionada por un supremacismo imperial reprimido desde la crisis de Suez, mediados los años 50 del siglo XX, si bien provista de un temible arsenal nuclear.

londresAsí, se cree que Gran Bretaña posee 225 cabezas nucleares, activas 160 de ellas. Además cuenta con 4 submarinos nucleares tipo Vanguard, con misiles Trident II D-5, con un alcance de 4.000 millas náuticas, provistos de 32 lanzaderas de misiles cada uno de ellos y con un número potencial de ojivas cifrado de hasta 192 unidades por cada uno de los sumergibles, aunque oficialmente solo llevarían como máximo 48. Estados Unidos está autorizado para desplegar armas nucleares en Gran Bretaña. Además, Washington proyecta construirle nueve submarinos nucleares más, con capacidad para transportar, en total, 576 cabezas nucleares de alcance intercontinental.

Limitaciones fuera

Hasta el momento, el hecho de que el Reino Unido permaneciera integrado en la Unión Europea limitaba la autonomía nuclear británica mediante restrictivas leyes vigentes al respecto en la Europa comunitaria. A partir del 31 de enero, cuando el Brexit se consume, tales controles saltarán hechos añicos y convertirán a la insularidad británica –sus 244.000 kilómetros de extensión- en un remoto, aunque posible, factor de riesgo, desde la perspectiva continental y euroasiática, Rusia incluida y, desde luego, China, a la que Estados Unidos convierte en su principal adversario potencial.

La opinión general se orienta a pensar que reverdecerá la apuesta británica por aproximarse al primo norteamericano, en esta caso Donald Trump, que ha animado a Boris Johnson a seguir el camino emprendido; pero la Historia nos cuenta que, como señalaba el Premier Lord Palmerston (1784-1865), ‘el interés permanente del Reino Unido es no tener aliados permanentes’, advertencia a tener siempre en consideración.

blancaNo obstante, parece demostrado que independientemente del actual inquilino de la Casa Blanca, el Estado norteamericano necesita de una OTAN de nuevo cuño, sin el ‘pesado fardo europeo’ que no solo ‘no paga su contribución a la Alianza, sino que, además, quiere destinar sus presupuestos a mantener un simulacro del Estado Social del Bienestar sin dedicar un euro a la carrera de armamentos’, señalan medios cercanos a los halcones estadounidenses. Por todo ello, la futura alianza militar entre Londres y Washington post Brexit cuadra con la extensión de la OTAN a los ahora denominados socios globales, como Colombia, Perú y, sobre todo, el Brasil de Jair Bolsonaro, con miras a detener el supuesto avance de China no solo en Iberoamérica, sino también en la Antártida. Las fronteras delimitadas por la Guerra Fría han caído, pese a los intentos de resucitarlas por parte de un importante sector del aparato estatal estadounidense, empeñado en convertir el anticomunismo de entonces en nuevas formas de rusofobia.

Sin embargo, surge aún una serie de preguntas: de no consumarse el proyecto de una OTAN del Norte, en clave hegemónica anglosajona (con la posible integración de Holanda y de algún país escandinavo), ¿hacia dónde caminaría Gran Bretaña? ¿Hacia una tierra de nadie, donde la única alternativa al –aparentemente- irreversible onanismo geopolítico británico sea semejante a la del conductor suicida que transita en sentido contrario al de todos los demás conductores de la autopista? ¿O bien hacia un añorado paraíso donde el propósito de retener en su mano y desde la City la llave de las finanzas mundiales, otorgue a los hijos de Albión la condición de herederos de la Tierra? Desde luego, la errática deriva del improductivo capitalismo financiero global aproximaría, más temprano que tarde, a Occidente a un nuevo caos general como el inducido en 2008.

La nueva situación así creada exigirá al menos, para mantener la justificación formal del poderío militar británico, el diseño de un nuevo enemigo y, ¿por qué no puede llegar el día en que se perciba desde Londres que tal adversario se encuentra justo al otro lado del Canal de 35 kilómetros, que separa a las Islas del continente europeo? Las brasas de la segunda gran contienda mundial, básicamente un enfrentamiento entre Reino Unido y Alemania, se extinguieron hace setenta y cinco años, plazo que en términos geoestratégicos resulta poco menos que similar al de tres semanas del tiempo cósmico que rige en tales ámbitos.

portaGibraltar, anacronismo colonial

En lo más concreto, ¿qué sucedería con ese anacronismo colonial llamado Gibraltar donde, por cierto, pese a la adscripción de España a la OTAN, solo pueden fondear buques y aterrizar aviones estadounidenses además de los de Her Majesty? ¿Arreciará su importancia militar estratégica como embocadura y salida del Mediterráneo, dado el aislamiento emprendido a partir de ahora por la metrópolis?¿Qué pasará con Portugal, tradicional aliado de Inglaterra, en la escena geoestratégica? Y, sobre todo, ¿qué depararan los nuevos tiempos a una Francia en la cual Emmanuel Macron ha certificado la muerte cerebral de la OTAN? ¿Se propone el líder francés dirigir una euro-alianza militar sureña, con España, Italia y Grecia entre sus rangos, como contrapeso a los propósitos de la OTAN anglosajona?

Desde luego, todo va a depender de la partida que se juega en Estados Unidos, donde la escisión ideo-política entre el Sur republicano y el Norte demócrata; entre Sillicon Valley (siglo XXI), frente al petróleo y las armas, (siglo XX); entre aislacionistas e injerencistas, se ha convertido en una inquietante evidencia que perpetúa el atasco y los permanentes ida-vuelta en los que se desenvuelve hoy la política de Donald Trump, bajo la espada de Damocles de un posible impeachment de improviso desenlace.

Como cabe contemplar, muchos son los efectos a los que puede contribuir causalmente la separación británica de Europa; pero no son los menos importantes aquellos referidos a los asuntos militares. En el plano político, no obstante, lo más curioso de la situación general es cómo la confusión dominante que se abate sobre Europa, en encrucijadas electorales como la del Reino Unido ante el Brexit, hace que el alcance del sentido del voto mayoritario se mueva hacia la satisfacción de intereses meramente coyunturales e inmediatos. Estos, espoleados por un malestar generalizado y difuso, pero evidente, pueden cristalizar, a la larga, en consecuencias devastadoras para el interés estratégico no solo del país concernido sino también para los Estados de su contorno vecino y, por extensión, a la paz mundial en su conjunto.

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