septiembre 2020 - IV Año

TRIBUNA

Noticia y realidad

periodico metroPor Ricardo Martínez-Conde (www.ricardomartinez-conde.es).-

Consideremos que la noticia es el gran argumento inductor (especulativo en ocasiones) del poder, de los poderes. ¿Habrá comenzado ahí la devaluación de la palabra? ¿Deberíamos plantearnos como tema de reflexión la diferencia entre noticia y realidad, una y otra sustento de la politica y, por extensión, de la vida social?

No estaría de más reparar en tal cuestión, y así podemos constatar que cada día, como lectores, entregamos buena parte de nuestra libertad y nuestra voluntad en favor de la noticia, que es, genéricamente, uno de los fundamentos de nuestro discurrir racional. La noticia (su exposición, su valoración implícita) como la referencia que abre y cierra a la vez un contenido. Que exhibe y roba. Que seduce y defrauda.

La noticia, pensemos, es la duplicidad. Más allá de sí misma es lo que es y lo que no es. (De ahí que, esencialmente, suscite en nosotros de un modo inevitable el contenido de la apariencia. La apariencia que despierta, que acucia, que alerta).

Y todo por causa de la aportación sustantiva (reflexiva) que encierra la noticia. ¿O acaso las palabras a solas, por sí propio?. «Ocurre que las palabras, todas las palabras, tienen tantos matices secundarios, tantos dobles sentidos; evocan tantas sensaciones secundarias y tantas dobles sensaciones…». Tal escribió Musil en las primeras notas de su Diario. Lo hizo al modo de una auto-advertencia luego de elegir para sí el nombre de «monsieur le vivisecteur». Y, acto seguido, se inmoló en el fuego de esa bella duda que le inspiraron las palabras para hacernos llegar, a mi entender, uno de los legados literarios más dignos que pueda desear la inteligencia.

Es curioso cómo algunos mensajeros se han disciplinado a fin de propagar la confusión como argumento. La inteligencia ha sido despertada, para bien, a través de los medios de comunicación; sin embargo solo alcanzamos a ver por lo común, a causa de la pericia de los decoradores, una parte del lugar donde hemos despertado. Lo que nos aboca, indirectamente, a ser injustos. Y ello porque, en esencia, hemos debido elegir sobre una parte de realidad y otra de apariencia.

Con la voluntad a punto de los buenos propósitos al despertar, uno acude a las pequeñas exigencias de lo cotidiano, por ejemplo pasar las hojas del periódico, para dar al poco con la inevitabilidad de la información, de la noticia… La presencia, en fin, de ese mundo real en el que se agazapan una parte de ficción y las sombras más interesadas.

Gracias que la mañana a veces es virginalmente luminosa como para tener que ceder al pesimismo, razón por la cual uno, antes de levantarse de la mesa para enfilar el acceso al garaje, trata de recordar una vez más a «monsieur le vivisecteur» y su ironía: «Yo trato de conocer los caminos que llevan a la santidad, para saber si se puede ir en coche».

Un lujo de reflexión, obviamente.

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