abril de 2024 - VIII Año

Rita Levi-Montalcini: una mujer valiente en la vida

Rita Levi nació en Turín en la primavera de 1909, en una familia de profesionales. Su padre, Adamo, era ingeniero eléctrico y matemático; su madre, Adela, era pintora; tuvieron cuatro hijos: Gino fue arquitecto y profesor en la Universidad de Turín; y tres hijas: Anna, Paola y Rita. Vivieron en un ambiente en donde, según los criterios de la época, el padre tomaba las decisiones como cabeza de familia, y pensaba que las mujeres deberían centrarse en la familia y no tener una vida profesional propia.

Paola se dedicó a la pintura y tuvo éxito profesional; Rita a los veinte años tomó la decisión de estudiar secundaria y luego medicina; dos de sus amigos, Salvador Luria y Renato Dulbecco, obtendrán el Premio Nobel de Medicina y de Fisiología respectivamente, diecisiete y once años antes de que ella misma fuese la cuarta mujer premiada con el Nobel, en 1986. Los tres científicos habían sido, además, alumnos del histólogo italiano Giuseppe Levi.

En 1936 Mussolini prohibió a los ciudadanos no arios ejercer la medicina; pero la familia de Rita decidió no emigrar a EE.UU. como hicieron otras, y así ella prosiguió sus estudios de forma clandestina en casa. En 1941 tuvo que salir de Turín a una casa de campo forzada por los bombardeos angloamericanos; ya en el otoño de 1944, tras el desembarco de las tropas aliadas en Italia, pudo ejercer la medicina, adaptándose a la situación bélica; hasta que en mayo de 1945 pudo reincorporarse, por fin, a la Universidad, donde se especializará en Neurología y Psiquiatría.

En 1947 se une al profesor Viktor Hamburger en la Universidad de Washington en St. Louis (EE. UU.) para repetir los experimentos realizados por ella sobre los factores de crecimiento en el tejido nervioso (NGF), que solo había podido investigar en embriones de pollo. Posteriormente, sus avances se comprobaron esenciales en las enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer o el párkinson. En otros tejidos se relacionan con la cicatrización de las heridas, con diversas enfermedades autoinmunes y con el cáncer.

Desarrolló su vida en EE. UU. gracias a sus dotes de investigadora, como tantos otros grandes científicos. Fue Profesora Asociada en 1956 y Profesora Titular en 1958 hasta su jubilación en 1977. No olvidó nunca sus raíces, combinando su trabajo en EE.UU. con la formación de un grupo en Italia desde 1962; fue durante casi veinte años directora del Instituto de Biología Celular del Consejo Nacional de Investigación en Roma hasta su jubilación en 1979. Italia se lo agradeció en 2001 nombrándola Senadora vitalicia.

Su pasión investigadora le hizo estudiar los factores de crecimiento, que no es otra cosa que la orden para reproducirse y la especialización celular, lo que permitió empezar a comprender el origen de las deformidades, la demencia senil, el retraso en la cicatrización de las heridas y las enfermedades tumorales. Trabajó con los tumores en ratones, obteniendo sustancias que modificaban el crecimiento del sistema nervioso de embriones de pollo.

Con una de sus alumnas, Giuseppina Tripodi, escribió La clepsidra de una vida, donde refleja los avatares de su trayectoria vital. Entre sus principios estaba el laicismo, apoyar sin rodeos el testamento biológico y la eutanasia. Además, declaró que no temía a la muerte: «Es lo natural, llegará un día, pero no matará lo que hice, solo acabará con mi cuerpo». Como ella decía: “En lugar de añadir años a la vida, es mejor añadir vida a los años”.  Falleció a los 103 años el 30 de diciembre de 2012 en Roma.

En una entrevista que le hicieron al cumplir los 100 años afirmaba que oía con audífono y veía poco, pero que el cerebro le seguía funcionando, que continuaba acumulando experiencias y aprendiendo a descartar lo que no servía. Demostró en sus investigaciones que uno de los dos hemisferios del cerebro está más desarrollado que el otro, el cerebro límbico; mientras el hemisferio derecho tiene menor desarrollo. Los centros del habla están en general situados en el lado izquierdo, a excepción de algunos de los zurdos, una minoría. El hemisferio derecho es el receptor e identificador de la orientación espacial, y es responsable de nuestra percepción del mundo en términos de color, forma y lugar, gobierna también nuestros instintos y emociones; mientras que en el izquierdo reside nuestra capacidad de razonar.

Rita Levi afirma que la única forma de vivir es seguir pensando, desinteresarse de uno mismo y ser indiferente a la muerte, porque la muerte no nos golpea a nosotros, sino a nuestro cuerpo; y los mensajes que uno deja, en cambio, persisten. Lo importante, nos dice, es pensar con el hemisferio izquierdo y vivir con serenidad.

Fue conocida como La dama de la neurona por sus aportaciones fundamentales para interpretar mejor el funcionamiento del cerebro. Terminamos con otra de sus frases memorables compendio de su filosofía de la vida: «Con la educación se vence la ignorancia que está en la raíz de la pobreza y el hambre.»

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Archivo Entreletras

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