abril de 2024 - VIII Año

José María Garrido de la Cruz: “En mi obra escultórica busco el equilibrio”

José María Garrido de la Cruz. Fotógrafo: Ángel Gómez

José María Garrido de la Cruz nació en Ávila en 1953, pero —de los seis a los dieciocho años— vivió en Galicia. Allí su imaginación se inflamó con la magia de los mitos vivos en la cultura popular y —como en el caso del gran escritor gallego que fue Álvaro Cunqueiro— la cotidianeidad de aquel ancestral universo épico inundó los primeros sueños del artista en ciernes. Ni que decir tiene que de aquella época guarda un recuerdo imborrable. Posteriormente, ya en Madrid se licenció en Psicología por la Universidad Complutense. Su vida laboral la dedicó a trabajar con personas discapacitadas.

Después vino la literatura: los versos, el Círculo de Bellas Artes y la Tertulia Poética Desván de Torrejón de Ardoz. Tiene publicados cinco libros: Horizonte al noroeste con Vitruvio, A Salto de mata y Vestidos por la niebla con Lastura, La escarcha en el brasero con Escritores en red y La palabra pretérito imperfecto en la colección Tras la puerta de Torrejón de Ardoz.

Con la pandemia llegaron la escultura y el reciclaje. Su inspiración le viene dada por la mitología de su infancia y por la elección de materiales reciclados en su afán por ayudar a mejorar el planeta.

Con motivo de esta exposición —“Materia Renovada”— Entreletras habla con su autor, que nos cita en la sala del Centro Cultural de Valdebernardo donde tiene lugar la exhibición de su obra. Su cálida jovialidad nos acerca a la inmensa humanidad que se esconde detrás del artista.

¿Cómo llega un escritor a la escultura?

Yo tengo un problema visual, una discapacidad del ochenta por ciento, de modo que empecé a sentir la necesidad de hacer algo que me permitiera pasar de la escritura a la obra escultórica, puesto que así podía expresarme a través del sentido del tacto. Las figuras se trabajan con las manos, lo que da el protagonismo a lo táctil: es, en cierto modo, un ejercicio tiflológico. Además, quería jugar con el equilibrio: el equilibrio ecológico, el equilibrio psicológico y el equilibrio físico. Tres perspectivas o tres maneras de ver el equilibrio: de manera personal, de mis propias figuras y del medio ambiente. A partir de ahí me fui a buscar mis raíces: el lugar donde me crié, mi juventud… La cultura gallega, la que viene de los celtas. Tenía ciertos conocimientos por los profesores que me habían tocado de pequeño, que sabían y entendían, que eran expertos en la mitología local. Eso es lo que me sirvió de inspiración y desde ahí empecé a jugar. La documentación resulta una fase muy importante de mi trabajo: parto de investigar los mitos y con ellos voy dándoles vueltas en mi cabeza para resignificarlos en mis piezas. Como decía el crítico Diego Martínez Torrón: «Los mitos están vaciados de contenido, al igual que los personajes míticos. Lo que cuenta de ellos es su fuerza de evocación. Vaciados de su interior, los mitos son pura referencia cultural».

Y, ¿cómo tuvo la idea de trabajar con materiales reciclados?

Porque, como te decía, buscaba también un equilibrio ecológico. La lucha contra el cambio climático se combate o se ejerce a través del reciclaje, es decir: que la materia —dado que no se destruye—, bajo un imperativo moral, debe ser transformada a fin de darle nueva vida. Vamos, pues, a hacer “Materia Renovada”. Es decir, algo que ya existía, lo intervenimos buscando la belleza para que adopte una nueva apariencia formal.

¿Ha utilizado también materiales no desechables?

Lo he intentado en arcilla y en yeso, pero esos son materiales que manchan mucho y me comportan un serio problema con mis limitaciones visuales por lo cual he preferido ceñirme a aquellos que menos dificultades me daban en este sentido.

¿Qué quiere contar a los visitantes de esta exposición con estas figuras que vienen de la mitología celta?

Mi pretensión es aguijonear al espectador. Despertarle la curiosidad. Que cuando, por ejemplo, vea un dios que lleva el nombre de Caeno, el dios de los Tamaganos, habitantes de la ribera del sagrado río Támega —o, en otras épocas, Támaga— se pregunte qué hay detrás. Descubrirá que su nombre es parlante: atiende a una razón puesto que es un dios caído, un dios que se cae. Y tiene, sin embargo, que mantener el equilibrio en el juego que me he impuesto. Vamos a ver por tanto quién era Caeno. Que, por cierto, debería llamarse Caesí (risas) porque siempre acaba cayéndose… Eso es lo que en definitiva me interesa: provocar preguntas y suscitar controversias.

En la mitología celta, un dios puede estar representado bajo varias formas o nombrado de diferentes maneras. Esto era debido a que adoptaba tal o cual nombre en función de su lugar de procedencia. En Galicia, pese a la proximidad geográfica, el aislamiento orográfico no permitía la comunicación entre diferentes comunidades. Es muy interesante. Me gusta indagar en todo esto. Sin embargo, por otra parte, el mismo dios puede tener apelativos muy similares. Estoy pensando ahora mismo en Bodasea, que es la diosa de la alimentación, de la existencia, es la que trae la comida (no olvidemos que   en aquella época lo importante, la única meta, era sobrevivir, llegar al dia siguiente).   Así pues: Bodasea, Bodisea, Odisea. Como vemos hay una relación entre diferentes palabras: el juego del propio lenguaje, que conecta este mundo con el de la escritura.

Fotógrafo: Ángel Gómez

Lo que significa que, aunque haya tratado de escapar de la literatura, su faceta de escultor le devuelve a ella inexorablemente…  ¿Considera usted que el poeta y el escritor que lleva dentro ha influido en esta nueva actividad? 

Naturalmente. Lo vamos a ver en cada una de estas figuras, que no solo muestran un aspecto figurativo, sino que también tienen un alto valor simbólico. Cada una de estas piezas va acompañada de una cartela y este detalle no es menor puesto que ahí arraiga la escritura, sea poesía o prosa. Hay un relato aparejado a cada pieza, siempre hay algo de prosa poética que complementa la imagen. Las figuras tienen una leyenda detrás, un discurso mitológico inventado, fantaseado… Y a partir de ahí, juego con ellas como en los relatos. Las dos disciplinas de este modo se imbrican perfectamente:  tanto la poesía como la escultura son brazos y puntas de una misma estrella. Son dos lenguajes convergentes que dialogan entre sí.

Un relato lo puedo escribir en un momento que me vienen las musas, que viene Bodasea o que viene Ogma, que es el dios creador del alfabeto en el imaginario celta. El relato surge del conjunto de piezas: cada una de ellas es un párrafo, y hay que ir encajándolo con los demás —que han salido previamente— para generar el hilo conductor que dé sentido al discurso narrativo.

¿Las musas existen? ¿Usted cree que los dioses de sus figuras se le representan para ayudarle en su trabajo?

Claro que me ayudan. Y las musas existen, sin duda. Por ejemplo, hay otra figura que no está aquí en este momento que es Midoira: una deidad celta que es una visionaria. En un principio tenía un defecto maravilloso: la cabeza se le movía hacia delante y hacia atrás. Ahora está fija, ha llegado a esta época de la vida en la que solo mira al futuro. Pero antes miraba al pasado al mismo tiempo, como Jano, el dios bifronte griego. Y en su devenir se convierte en otro de mis aliados.

¿Qué es más gratificante para usted, esculpir o escribir poesía o prosa? 

Depende del momento, del estado de ánimo. Hay veces que me quedo enganchado, o me quedo estancado en un relato y entonces, me cambio de actividad, me voy a la escultura. Hay veces que una pieza se me atraviesa y me paso al lápiz. Depende de los momentos psíquicos. Soy muy inquieto y me gusta transitar de un mundo a otro.

¿Cree que el público llega a valorar el esfuerzo manual e intelectual que supone para usted como escultor?

No, no lo ven. Creo que no lo llegan a captar del todo. Cada pieza lleva uno o dos meses de elaboración y no se percibe. Lo que me interesa es que vean la renovación de la materia, es decir que entiendan cómo se puede disfrazar lo que antes era una botella de Coca-Cola, un frasco de un desodorante o un tapón de un brick. Que les conmueva cómo algo que no tiene ningún valor inicial adquiere una dimensión distinta, sublime quizá, en el hecho creativo de la renovación del juego del disfraz: un fenómeno no tan distinto de la literatura, si se piensa…

En plena pandemia usted estaba inmerso en estos trabajos. ¿Estar encerrado le vino bien?

Más bien fue al revés. Puesto que estaba encerrado —y no tenía forma de escaparme— la escultura me permitió salir de las cuatro paredes a través del contacto con la materia, a través de un diálogo con todo aquello que me interpelaba y que era susceptible de ser transformado de materia inerte en materia viva. Una dialéctica íntima con el objeto que pasó a convertirse en sujeto de mis reflexiones y ensoñaciones.

¿En qué proyecto está usted involucrado en estos momentos?

Ahora mismo estoy intentando construir dos cosas: primero, crear o imaginar o plasmar un poemario, que no sé cuándo saldrá. Y segundo, escribir un nuevo libro de relatos que gira en torno a la historia de un personaje en concreto y de sus circunstancias concretas de vida.

José María Garrido de la Cruz con Carmen Ortigosa durante la entrevista. Fotógrafo: Ángel Gómez

¿Qué tiene que hacer una persona que tiene dificultades con la visión, para ser tan prolífico, como usted?

Dejar que en el relato sea el propio personaje el que mande, el que elija el camino, el que marque la línea de la trama, sin ponerle cortapisas. En una escultura, será la propia forma, el propio volumen, el que vayan marcando las líneas de la pieza. Y en ambos casos dejarse arrastrar por ellos. No encuentro mejor manera de alentar la creatividad que sean los mismos “interesados” los que te arrebaten y te cojan de las solapas para volar (risas).

¿Usted cree que la poesía debe ser social? Y, ¿la escultura?

En la escultura lo tengo claro, tiene que contar algo más de lo que vemos. En la poesía, la verdad es que tendría que pensarlo, pero no sé si realmente cuando hago un poema cuento algo distinto o algo que tiene que ver con los demás. No lo sé, en cuanto a la poesía lo tengo más complicado…

¿Qué le diría usted al público para animarle a visitar esta exposición?

Le diría tres cosas: esta exposición tiene como objetivo mantener el equilibrio a tres niveles, uno a nivel personal, es decir, lo que en psicología se llama la homeostasis, el propio equilibrio personal. Otra forma de ver el equilibrio físico; es decir, el reciclaje y la lucha contra el cambio climático. Una botella de plástico, por ejemplo, tarda cincuenta años en desintegrarse, en eliminarse del ambiente y del planeta. La tercera es conseguir mi propio equilibrio físico: no me cuesta de momento trabajar, pero al tener comprometida la visión, puede ser que llegue a costarme mantenerme en pie. A las figuras les pasa igual. El mayor de los problemas que tengo es lograr que todas ellas mantengan un equilibrio.

¿Quién va primero la escultura o el escultor?

Qué difícil. Claro, lo primero es el escultor, porque sin él la figura no sale, evidentemente. Aunque la figura representa una personalidad, un ente, un dios o una expresión mitológica, que existió mucho antes que el propio escultor, lo que hace el proceso muy interesante… Lo cierto es que ambos, artista y obra, se complementan.

Quiere añadir algo que no le haya preguntado 

Empecé en el año 2020 y llevo veinticuatro exposiciones por España. Hemos hecho alguna de ellas en colegios: ha sido maravillosa la experiencia. Los niños sienten una curiosidad asombrosa y son los que más me han motivado a que siga haciendo este tipo de exposiciones. Con este tipo de piezas, los niños preguntan mucho. Por otro lado, quiero hacer hincapié en mi agradecimiento a Dori Rosado, comisaria de todas mis exposiciones, por su apoyo incondicional.

La exposición “Materia Renovada” de José María Garrido de la Cruz estará abierta hasta el 30 de marzo de 2024 en el Centro Cultural de Valdebernardo (C/ Indalecio Prieto 21. Madrid) y la entrada es libre.

Una buena oportunidad para acercarse a la obra escultórica de un apasionado contador de historias.

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Archivo Entreletras

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