enero de 2026

Del “Negro” es el oficio

Hoy, al parecer, existe una buena cantidad de escritores que escriben para la gente y una minoría que sigue en su terquedad de escribir para las elites y el “negro literario” (llamado también ghostwriter, o para escribirlo sin mucho adorno anglosajón, escritor fantasma) escribe por una calderilla y de esta manera pagar las cuentas.

El “negro” escribe para otros, mientras acaricia el pelaje felino de ese noble ensueño en el que más adelante podrá asumir su obra, sin tantos apremios, desde su estética particular para ofrecer así una obra digna del olimpo de las letras y no esa bazofia literaria que escribe para los demás tratando de resolver el día a día.

Si el cliente quiere una novela de intriga policial va el “negro”, fijado el precio, y la escribe sin tanto prurito. Si el cliente quiere una historia aderezada con mucho realismo mágico va el “negro” y se transfigura en un Gabo de circunstancia para producir un producto donde las piedras salen volando como pájaros y hasta cantan. Si la cantante pop del momento desea escribir su biografía con apenas veinte años, el “negro” se las ingenia y escribe un mamotreto de ochocientas páginas. Si algún politicastro de oficio requiere un discurso de orden, el “negro” busca en sus archivos y listo. El negro literario escribe lo que el cliente necesite escribir. El “negro” afronta la tarea sin inspiración ni magia, solo recurre a trucos aprendidos, a lugares comunes rimbombantes y con buen diccionario va redondeando cualquier trabajo de escritura. A la hora de escribir las obras para otros el “negro” no está pensando en la gente ni en las elites lectoras, sólo anda batallando con las palabras por urgencias fiduciarias.

Conozco un buen puñado de poetas que están claros que una buena metáfora está años luz de ser un pagaré al portador que será recibido en el hipermercado; por ese motivo muchos poetas tienen otros trabajos subalternos mientras la musa, con cara de fastidio, sentada en el cuarto-cuchitril espera. A veces fuma y otras sale a estirar las piernas por alguna calle con ganas de alejarse por completo y el poeta que se vaya a esa oscuridad del bloqueo literario.

En nuestro país se dio el caso en el que muchos periódicos y revistas literarias, en papel constante y sonante, no pagaban las colaboraciones de los escritores en ciernes. Los dueños de diarios deducían que le prestaban un favor cívico a poetas y narradores al publicarle en las páginas de su prestigioso diario; que mejor pago requerían estos lambucios de las palabras.

Alejandro Dumas

Alejandro Dumas, que no era negro, sino mulato, se percató que esto de la escritura para las masas (o la gente, no confundir con la gentuza) podría ser un negocio lucrativo y que era necesario industrializarlo. Además, como no se daba abasto para cumplir con las demandas de editores, y demás bicho de uña metido en el negocio de la impresión, decidió contratar a otros escritores (sin obra conocida, pero con un buen sentido del oficio de escribir) para que ayudaran en su empresa y así todos a cobrar. Me imagino a Dumas reunido con su tropa de escritores segundones ideando novelas, intrigas, perfilando personajes. Luego con unas tramas más o menos definida los escritores contratados se entregaban a su labor. Después venía el gran Dumas que tachaba aquí, realizaba grandes agregados allá y dándole sus toques especiales y característicos la obra era llevada a la imprenta. El autor de Los tres mosqueteros tenía eso que denomino el toque dumas, es decir la magia para convertir cualquier mejunje de palabras en un exquisito plato literario para agradar a los paladares más exigentes.

Los colegas de pluma, en ese tiempo no había artefactos mecánicos o tecnológicos para escribir, de Dumas vieron esto de los escritores de alquiler como una oportunidad para atacarlo y se burlaban en las tertulias, llamándolo negrero de la escritura. Se mofaban al comentar que tenía a otros escritores escribiendo para él bajo el látigo del tiempo de entrega el cual eran bestial y rigurosa. Dumas era de complexión corpulenta, con abundante pelo encrespado, le gustaba la buena comida y se vestía con impecable elegancia. Trabajaba de manera incansable de doce a catorce horas diarias, era un ritmo frenético, pero ineludible ya que las publicaciones por entregas de sus obras eran bastante demandantes. Toda esta confabulación de hablillas y menosprecia por parte de los otros escritores no era más que venenosa envidia y no soportaban como Dumas paseaba su voluminoso cuerpo por salones y tertulias mientras otros escritores hacían el trabajo. Sin mencionar el buen dinero que solo su nombre inspiraba. Los otros escritores no se rebajaban a escribir para la gente; ellos se preocupaban en cuidar el estilo y a pesar de escribir con excelsa maestría vendían poco. No obstante, se animaban al saberse predestinados para la gloria, mientras a ese “negrero” de Dumas, inigualable mercachifle de las letras, le esperaba, nada más y nada menos, que el estercolero del olvido. Se equivocaron. A esos escritores (en mayúscula) que despotricaban de Dumas, y al que despreciaban a morir por escribir historias “para la gente”, triviales, sencillas y aderezadas con mucha intriga y con todas las patologías humanas, nadie les recuerda y lo peor ni siquiera les leen. En cambio, a Dumas todavía hoy se lee con incondicional placer y sus obras destilan pasión, aventura, honor, amor; amen de las numerosas versionas cinematográficas de sus libros.

Ahora que tocamos esto del cine hay una película, “La buena esposa”, protagonizada por Glenn Close, que personifica a una mujer que la hace de “negro” a su marido (interpretado por Jonathan Pryce), escritor mediocre que da clases y vive enamorando a jovencitas influenciables por la literatura. Mientras su esposa se desvive en rescribir sus bodrios de novelas, sacrificando sus sueños y batallando con las estrecheces domésticas, el escritor de su marido vive enamorando jóvenes a través de poemas de otros con las frases finales de un cuento de James Joyce, titulado Los muertos: “La nieve yacía espesa, al azar, sobre las cruces torcidas y sobre las lápidas, sobre las rejas de la puerta, y sobre los abrojos estériles. Su alma se desvaneció lentamente mientras oía caer el dulce descenso de la nieve sobre el universo y dulcemente caía así, como el declive del último ocaso, sobre todos los vivos y los muertos”. Un día llaman de La Academia Sueca para anunciar que su marido ha obtenido el premio Nobel de literatura y con ello la revancha de la buena esposa revelando la verdad.

Eso de escribir para otros puede considerarse como un oficio extraño. Lo cierto es que los “negros” tienen la destreza para armar historias, personajes, finales, etc. Al mismo tiempo pueden redactar el discurso, la tesis sobre cualquier tema. Pero carecen de ese indiscutible toque dumas, esa parte mágica que le devuelve a cualquier texto la fibra de permanencia en el tiempo. No dudo de que el “negro” es el oficio, ese malabarismo estrambótico con las palabras mientras muchos escritores sin oficio están allí labrándose su estatua de inmortalidad, envidiando a esos escritores que venden libros como churros. Ni a Ken Follett, Stephen King, John Grisham, James Patterson le darán El Premio Nobel de Literatura. Escriben para la gente (no confundir con el pueblo) con ese indiscutible toque dumas y si la caja registradora suena es un daño colateral. A lo mejor a futuro se continuarán leyendo y a todos esos escritores nobelizados nadie los leerá. Ya Borges con su ceguera memoriosa ya lo vislumbraba: “El Nobel es sólo una superstición escandinava”.

 

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Escrito por

Archivo Entreletras

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