abril de 2024 - VIII Año

Después de todo, Ángel Guinda 

El escritor zaragozano falleció este pasado sábado 29 de enero en Madrid, donde residía desde 1987, a los 73 años de edad. Fue Premio de las letras aragonesas en 2010

En la presentación de Una flecha hacia la nada con Juan Carlos Mestre y Ángel Guinda en el Circulo de Bellas Artes Madrid (Noviembre, 1994)

En los años noventa Ángel Guinda era un recién llegado de Zaragoza que traía en la maleta la edición de Claustro: resumen de sus primeros libros y un montón de buenos proyectos que fue cristalizando poco a poco. Por ejemplo, la elaboración de la revista Malvís, una de las mejores de aquellos años. Era un torbellino de simpatía y literatura, una especie de vagabundo profesor, amante de los bares y de escribir poemas en servilletas, de esos que se quedan en los libros y luego nos hacen llorar, o casi, cuando pasan los años, los amigos nos dejan y los poemas reaparecen. Ángel Guinda nos ha dejado hoy encontrándose con la vieja amiga en la que no dejó de pensar toda su vida: la muerte. Huérfano de madre desde muy niño, su infancia fue ir de la mano de su padre al cementerio y llorar con él.

Ángel Guinda presentó mi primer libro, Una flecha hacia la nada en 1994 junto con Juan Carlos Mestre, un año inolvidable para mí, la balada de mis veinte años que algún día escribiré como la carta de un náufrago. Entonces la poesía era una flor nocturna y dulce que volaba como una mariposa y nos dejaba ver sus alas entre canción y canción.

En aquel año, Ángel Guinda publicó Después de todo, quizá su mejor libro, un testimonio de soledad y de dolor, un diálogo con la muerte que a mi me deslumbró de forma radical. Ángel era alegre y dicharachero, extrovertido, embaucador, altivo, futbolero del Atleti, y tenía una voz inolvidable, una voz grave y honda que podía llenar de poesía cualquier momento.

Recuerdo una lectura de Ángel a la que fui con Gloria Fuertes y al término me dijo Gloria que no había visto nunca a un hombre tan feo y a la vez tan sumamente atractivo. No iba desencaminada Gloria tratándose de un poeta que se casó cinco veces, casi nada. No coincidía su forma de estar en el mundo con su poética, como ya dije, la ausencia de su madre le hizo una de esas heridas que nunca sanan y en sus libros siempre queda un dolor, una forma trágica de ver el tiempo, perdido siempre, siempre como una fatal interrogación.

Escribió también un maravilloso manifiesto poético que tituló Poesía útil, donde reclamaba una poesía capaz de alcanzar al lector a base de conciencia y realismo social. Palpitó su mensaje en tertulias aquellos meses y luego se diluyó como tanto bueno, recuerdo que lo presentamos en una librería del centro y era otoño, el otoño ese de la adolescencia, con color de farolas y de parques.

Con Ángel Guinda se nos va una forma radical y maravillosa de ser poeta, de vivir la poesía y la creación poética sin descanso, sin parada posible, a todas horas y con la misión mágica, sublime, necesaria de contagiar la poesía a todo el mundo. De ahí esa simpatía suya y esa vitalidad efervescente que luego no lo era tanto.

Muchos descubrieron de su mano la poesía, otros muchos la amistad, y otros muchos, muchísimos hoy nos hemos quedado más solos.

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