septiembre 2020 - IV Año

ARTE

Tirso de Molina y el cine. El terso torso de Tirso de Tarso.

“Tempestades y persecuciones invidiosas procuraron malograr los honestos recreos de sus ocios…” Esta aliteración delirante con vocación de trabalenguas nos sirve de título que viene de perilla para reivindicar la vigencia del teatro del gran fray Gabriel Téllez (Tirso de Molina) y su influencia en el Séptimo Arte. Ya su elocuente pseudónimo nos traslada a ese tirso de estirpe griega, dionisíaca por más señas, que las desenfrenadas bacantes utilizaban en sus ritos báquicos. Su simbolismo fálico alude sin duda al sentido orgiástico de aquellas  fiestas  que desembocaron en el nacimiento del Teatro. Mal se podía avenir esta actividad de tan dudoso origen con la pertenencia del citado fray Gabriel a la Orden de los Mercedarios de san Pedro Nolasco. Naturalmente, esto le trajo a nuestro sufrido monje y dramaturgo más de un quebradero de cabeza que si no  desembocaron convirtieron en migraña crónica de seguro le aquejaron con harta frecuencia en las disidencias/diferencias de su jocoso oficio con la ortodoxia de otro Oficio más inexorable que Santo.

En el Tarso no solo hemos querido recoger el gentilicio de la ciudad que vio nacer a san Pablo y que eleva a nuestro protagonista encadenándolo  al cristianismo rampante que profesó sino también pretendemos remitirnos a esos dichosos siete huesecitos que le atan sus pies al suelo ineluctablemente. No cabe mejor metáfora –pensamos– para definir esa dicotomía celestial/terrenal (esquizofrenia presente en sus comedias) que con equilibrio sumo articuló su vida de funambulista y que lo convirtió en un proteico hombre-orquesta. Y no siempre con buen pie desde luego.  Por ello tuvo que pagar con su destierro en Sevilla como profiláctica medida precautoria y  quizá no pudo, pues, asumir todos aquellos cargos en la Orden para los que sin duda estaba más que capacitado.

Cartel de Eugenio Rivera para la obra ‘Don Gil de las calzas verdes’

La mediocridad nunca ha soportado como compañera de pupitre a la inteligencia. Incluso se vio obligado a dejar de escribir para desgracia de todos aquellos que amamos las comedias de enredo de nuestro prolífico y sorprendente Siglo de Oro. Y digo sorprendente por cuanto que frente a una crisis profunda en los ámbitos político, religioso y  social el panorama cultural sin embargo no pudo ser paradójicamente más brillante. Diríase que ambos terrenos están inversamente relacionados por chocante que pueda parecernos. La teoría de los vasos comunicantes aquí no debe funcionar. Y a ese esplendor cultural contribuyó entre los grandes, llámense Lope o Quevedo, Velázquez o Valdés Leal, nuestro oscuro curita cañón. Y es que su raquítica biografía, envuelta en un halo de misterio, ha sido pasto de voraces depredadores y ha  alimentado quimeras como la que se inventó la enfebrecida Blanca de los Ríos en su El enigma biográfico de Tirso de Molina de 1928 donde cogiendo unas infundadas pesquisas por los pelos, como un auténtico sabueso de novela policíaca,  aseguraba que había dado con la tecla al averiguar que era  hijo bastardo del Duque de Osuna, Juan Téllez Girón y  que, de la noche a la mañana,  lo convertía en hermanastro de Pedro Téllez, el Gran Duque, Virrey de Sicilia y Nápoles.

El golpe de efecto no podía ser más teatral dada la novelesca vida del duque de marras que además y, para colmo, se comía un huevo a sopas con el inefable don Francisco de Quevedo y Villegas. Al fin, la paranoia de la investigadora nos devolvía una leyenda literaria a la altura de la fascinante obra de nuestro escritor. Lástima que todo se quedara en agua de borrajas y que, de golpe y  porrazo, tan atractivo fantasmón regresara estrepitosamente  a la más turbia oscuridad como un verdadero príncipe de las tinieblas. Y ese es el papel que quizá mejor le corresponda porque según la tradición le cabe el honor de haber creado el mito del don Juan, mefistofélico y caradura, que ha alimentado el caudal de un montón de ríos de tinta y sangre de los que han bebido con fruición Mozart, Molière, lord Byron o nuestro Zorrilla. Y además de ser el artífice de tan azaroso personaje, también y en las antípodas, se sacó de la manga al atiplado y capón don Gil que resulta ser una endiablada dama que travestida busca en Madrid recuperar el honor perdido en su Valladolid natal.

Mucho antes de nuestras mascaradas actuales del Orgullo Gay esta doña Juana en un juego de equívoca ambivalencia sexual crea un prodigio de identidades ad infinitum –el teatro dentro del teatro– que provocan la hilaridad y el estupor entre un auditorio, ayer de mosqueteros y de cazuela hasta las trancas en los Corrales de la época, y hoy de hipsters y palpitantes plateas en los teatros públicos de nuestra posmodernidad. Para encontrarnos estas mujeres de rompe y rasga con esa lozanía y sex-appeal deberemos esperar, nada más y nada menos, que a las screwball comedies del mítico Hollywood de los años 30 de la mano de gentes como el gran Frank Capra de Sucedió una noche o del brillante Howard Hawks de La fiera de mi niña pasando por el exquisito George Cukor de Vivir para gozar.  Si este último ha sido siempre tildado de director de mujeres  Tirso fue el primero que dio valor psicológico a los personajes femeninos.

Nunca se ha insistido lo bastante sobre la influencia de nuestro teatro barroco en el cine americano de la guerra de los sexos como tampoco se ha documentado adecuadamente su importancia en ese juego elocuente de las puertas en la tradición del vodevil centroeuropeo a manos del maestro vienés Ernst Lubitsch y su discípulo Billy Wilder que arranca del teatro yiddish.   Cumplido ejemplo dan  comedias trepidantes como La dama duende de Calderón o La dama boba de Lope, por citar dos de ellas magníficas. Desde las elipsis narrativas, las metáforas visuales a las metonimias como las que encarnan esas juguetonas calzas verdes que no solo ofrecen su valor polisémico a través de su significado cromático sino que otorgan al personaje que las usa unas señas de identidad distintivas y determinadas.

Por otra parte, recordemos de nuevo esas desternillantes comedias de la Depresión americana de cambio de identidad ya sea sexual, al modo de Catalina de Erauso (la Monja Alférez), o no para desfacer un entuerto y resolver sus cuitas amorosas. Ese arrojo y desenvoltura forman ya parte de la historia del cine y que interpretaron a la perfección actrices como Katherine Hepburn o Barbara Stanwyck (en La gran aventura de Silvia de Cukor, o en Las tres noches de Eva de Preston Sturges, respectivamente). Y a pesar de que desde el teatro renacentista se pasean por las tablas estas argucias de travestimiento y confusión que Lope y Shakespeare aprovecharon será nuestro Don Gil, sin duda, quien las haga suyas con especial acierto y las lleve al paroxismo de modo que a él le deben las citadas heroínas cinematográficas mutatis mutandis el magisterio en tamañas artimañas y la paternidad en sus truculentos inventos. Nunca jamás un personaje ha sido más atrevido y más moderno a la vez. Solo muchos  años después la Nora de Ibsen, a la que se hace pionera del feminismo, se atreverá a cerrar la puerta de su Casa de muñecas cuando  la/el precoz doña Juana/don Gil con menos patetismo y mucho más salero ya la había cerrado  con la habilidad y la contundencia suficientes como para pillarle las narices a su esquivo burlador y así, desnarigado este, endilgarle con creces su más que  merecida “recompensa”. Toda una gilada para aquella época. Había nacido una estrella.

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