noviembre 2020 - IV Año

LETRAS

Don Quijote y el mar

Vieron el mar, hasta entonces dellos no visto.
El Quijote, II,61

Por Ricrado Martínez-Conde*.- / Febrero 2019

quijotemar1¿Ha deseado en algún momento Don Quijote de la Mancha, el de la triste figura, ver el mar? O, mejor sería preguntar, dada la condición soñadora y apasionada de su raciocinio: ¿ha deseado sentir el mar?

En el libro jamás se alude a tal circunstancia, que bien pudiera llegar a ser eterna, como el propio texto, si en el tal hubiera quedado reflejada alguna expresión manifiesta en ese sentido. A fé que no ocurre tal cosa; ahora bien, algo sí pudiera deducirse que ocurre cuando nuestro entrañable aventurero se halla por vez primera en presencia del mar, lo que nos hace intuir (¿o soñar, por adicción?, ¿o elucubrar?) que tal escenario grandioso bien pudiera haber sido (por su honda simbología y por ser, en alguna y significativa parte, patria del hombre) lugar para sus magnificas hazañas, destino para sus grandiosas campañas, paisaje de sus desvelos en pro del mantenimiento del honor y la libertad de las gentes que habitan este mundo.

En fin, no ha querido Cide Hamete Benengeli, ‘flor de los historiadores’, que fuese la mar escenario de las magnas hazañas del simpar Don Quijote. Y acaso tuviese, al fin, razones para ello: no habitan, por lo común, en él, aquellos menesterosos que hubieran necesidad de su intervención para sentirse comprendidos y liberados; no hay, por lo común, en él, irredentas Dulcineas que sean merecedoras de su entrega amorosa, de su dedicación como destino de caballero andante. No están, en el mar, ni los hombres en sus más comunes quehaceres ni los principios del vivir social han sido asignados a sus ondas inestables, razones todas ellas que sí justificarían sus andanzas en la tierra firme, donde es común que nazca y viva el hombre atribulado. ¿Existe, no obstante, podríamos inquirir, algún lugar donde el hombre desenvuelva sus quehaceres y allí se halle libre de injusticia? ¿Qué escenario, en puridad, podría ser excluído de las redentoras actuaciones de un hidalgo justiciero?, ¿de un caballero que ha elegido entregar su vida en defensa de desvalidos y menesterosos?

El caballero de la Triste Figura, al verse frente al mar, se sobrecoge por su infinitud; su visión le lleva a encender el ánimo por causa de su grandiosidad. Y en tal instante acaso piense: ¿no hay, en ese paisaje de donde viene y a donde va el hombre, destino para sus honrosas hazañas? He ahí, delante suyo, la oportunidad de esta reflexión y la alta ceremonia que ha lugar en el corazón de un gran hombre ante un paisaje heróico, propio de los sueños.

El prologo, digamos, del descubrimiento por parte del Caballero de ese paisaje nuevo, el mar, está descrito en el libro con rasgos de cuidada teatralidad y sugerencia: ‘Quedóse don Quijote esperando el día, así a caballo como estaba, y no tardó mucho cuando comenzó a descubrirse por los balcones del oriente la faz de la blanca aurora, alegrando las yerbas y las flores…’ Y, un poco más tarde: ‘Dió lugar la aurora al sol, que, un rostro mayor que el de una rodela, por el más bajo horizonte poco a poco se iba levantando’.

Curiosamente, el párrafo bien pudiera responder a una descripción del amanecer en la extensa llanura castellana… Quizás la quietud del mar se la evocara. (El que, a continuación de escribir ‘alegrando a las yerbas y las flores’, añada ‘en lugar de alegrar el oído’ ¿acaso quería referirse al efecto sonoro –el canto de los primeros pájaros, el rumor de la brisa- de un amanecer en La Mancha?).

quijotemarLo cierto es que tanto don Quijote como Sancho no conocían como extensión de agua, en sentido estricto, más que ‘las siete lagunas llamadas comúnmente de Ruidera’, las mismas que van administrando sus aguas al Guadiana, con el aporte de las cuales ‘alcanza este río desconfiado su carácter referencial y poético, pues, como dice el cronista, con otras muchas se llega entre pomposo y grande en Portugal’. Pero –añade, a modo de la atribución de un rasgo de carácter- ‘con todo esto, por doquiera que va, muestra su tristeza y melancolía’ ¿Tal vez porque no llega a alcanzar en momento alguno de su curso la bravura y magnitud de las grandes extensiones de la mar? Con todo, y atendiendo a la simbología, semejan alcanzar un grado de extensión significativa a sus ojos, pues, al citarlas junto al emblemático número de siete (el número de la Creación, que, según Octavio Paz, coordina el 3 de Occidente y el 4 de la América precolombina) disponen o prolongan todo un mar entre sí.

Pero no desviemos, si acaso, nuestra atención de la realidad inmediata en que se hayan, en la playa de Barcelona, don Quijote y Sancho, sumidos como están en los efectos emocionales del amanecer mediterráneo: ‘Dió lugar la aurora al sol…’ Con qué sencillez nos sitúa sobre el escenario de los hechos. Y culmina: ‘Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes…

A sabiendas de que todo libro es, por sí mismo, invitación a un viaje, ¿por qué no nos aproximamos en volandas imaginarias por los destinos de la mar? Eso sí, siempre en compañía de nuestro egregio caballero y su fiel escudero.

Ningún viaje, ninguna aventura de nuestros héroes de los sueños (y las realidades) habían sido en vano hasta ahora; ni lo serán, a fé, los siguientes. Ahora bien, tengo para mí como lector que, por el solo hecho de asistir a esta visión del mar por parte de nuestros osados caminantes hubiera estado justificada la aventura de este libro siempre inacabado, entre otras razones, por ser la mayoría de las palabras que lo componen, tan portadoras de sueños. Es más, en tal sentido, ¿por qué no rematarlo en este punto?: concluiría así el fin de unas aventuras…(¿para el sueño del inicio de otras nuevas?)

Culminada en tal punto la escena bien cabrían aquellas palabras que dicen: ‘desnudaron al licenciado (en aventuras) don Quijote, quedóse en casa y acabóse el cuento’. Pero de poca verosimilitud gozaría el libro si un nuevo reto, el reto de la visión de la mar (y el pensamiento de nuevas hazañas allende él) no animase el alma de nuestro señor de la triste figura.

Viene a cuento tal especulación a tenor de las razones que nuestro señor don Quijote formula a sus aparentemente cuerdos amigos del siguiente tenor: ‘Los más de los caballeros que ahora se usan, antes les crujen los damascos, los brocados y otras ricas telas de que se visten, que la malla con que se arman; ya no hay caballero que duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas armas desde los pies a la cabeza’. Y, no muchas líneas más abajo de esta épica reflexión añade: ‘Ya no hay ninguno que saliendo deste bosque entre en aquella montaña, y de allí pise una estéril y desierta playa del mar, las más veces proceloso y alterado, y hallando en ella y en su orilla un pequeño batel sin remos, vela, mástil ni jarcia alguna, con intrépido corazón se arroje en él, entregándose a las implacables olas del mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le bajan al abismo, y él, puesto el pecho a la incontrastable borrasca, cuando menos se cata, se halla tres mil y más leguas distante del lugar donde se embarcó, y saltando en tierra remota y no conocida, le suceden cosas dignas de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces’.

quijotemar2Ay Señor!, ¿será que el viejo don Alonso Quijano, habiendo vivido por demás sus sueños, no solo quiera ya rematar las faenas propias de su destino en tierra, sino también en la mar? Y aún peor, ¿prolongarlas tres mil y más leguas lejos, en otras tierras luego de lo que la travesía de los mares le pueda deparar? ¿Le habrá quedado escaso su viejo paisaje de la Mancha y, acaso por ello, desee que sus hazañas tengan prolongación en otros escenarios gracias a lo cual su gloria ya quedará inscrita no solo en los pergaminos, sino en bronces? (Se ‘es’ de un paisaje, ha escrito Claudio Magris, si bien no es seguro que haya de rezar así para un caballero andante que pretende glorias universales). Habiendo tenido noticia el caballero andante de las Nuevas Tierras descubiertas por Colón, ¿anhelará prolongar su gloria y sus hazañas lejos del viejo hogar de la Mancha?

¿Resultaría descabellado, iniciándose desde aquí –alejando por mucho tiempo el melancólico y triste final de la obra- imaginarse nuevos lances y aventuras, toda vez que, por casualidad, ‘en hallando en ella (la mar) y en su orilla un pequeño batel…’ le sucedan cosas dignas de ser escritas, sobre todo a sabiendas de que ‘agora ya triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de la virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica de la practica de las armas’ en los más de los caballeros que agora se usan? Avivado el ánimo de nuestro señor don Quijote, espetaría al instante, en un nuevo rasgo de su valeroso carácter, y reiterando sus consabidos argumentos: ‘¿No es merecedora la depravada edad nuestra…?’.

Pensemos, que, si se decide a salir, entraría en la mar, penetrando así en el más grande y vivo y permanente paisaje donde se guardan los más hondos secretos, los más bellos sueños. Ello a sabiendas de que ‘ya no hay ninguno (caballero andante) que, saliendo deste bosque entre en aquella montaña, y de allí pise una estéril y desierta playa del mar, las más veces proceloso y alterado, y hallando en ella y en su orilla un pequeño batel sin remos, vela, mástil ni jarcia alguna, con intrépido corazón se arroje en él, entregándose a las implacables olas del mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le bajan al abismo, y él, puesto el pecho a la incontrastable borrasca, cuando menos se cata, se halla tres mil y más leguas distante del lugar donde se embarcó, y saltando en tierra remota y no conocida, le suceden cosas dignas de estar escritas no en pergaminos, sino en bronces’ (II,1)

Vedlo, imaginad el magno y subyugante escenario de la mar ante sí y la ensoñadora incitación a la aventura que las Nuevas Tierras ahora conocidas suscitan en la imaginación del héroe. ¿Qué gloria no depararían las nuevas hazañas a su nombre? ¿Qué nuevos gobiernos a Sancho como premio a su fiel compañía? Acaso falte, sí, o duerma en el olvido, el libro que narre sus aventuras allende la mar.

Dicen las crónicas que el Caballero andante murió, y que lo hizo como Alonso Quijano, para quien sus amigos y convecinos desearon al final una vida sin tanto agitamiento como el ya habido en su flaco cuerpo, pero es verdad también que, a tal propuesta de sosiego respondió el Caballero: ‘tened por cierto que, ahora sea Caballero andante o pastor por andar, no dejaré siempre de acudir a lo que hubiéredes menester, como lo veréis por la obra’. Y bien entendió Sancho cuál era (y aún había de ser) la mejor voluntad de su señor, pues así le habló, muy compungido, en viéndole desfallecer el ánimo: ‘¡Ay!, no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía

Ea pues, lector, dejemos que aquí, a la vista de esa mar subyugante del ánimo, comience la última aventura, la más bella e inextinguible, la de la Imaginación.

A modo de épilogo

Sancho Panza, cosa de la que por cierto nunca se jactó, consiguió con el paso de los años, mediante el empleo, por la tarde y por la noche, de un buen número de novelas de caballería y ladrones, apartar de tal manera de sí el demonio, al que más tarde daría el nombre de Don Quijote, que éste representó, sin el menos recato, las acciones más alocadas, pero que en ausencia de un predeterminado elemento, que debía haber sido Sancho Panza, un hombre libre, siguió serenamente, tal vez a causa de un cierto sentimiento de responsabilidad, a Don Quijote en sus correrías, de lo que obtuvo un gran y provechoso entretenimiento hasta su final. (Frank Kafka. Meditaciones)

Notas:
Todas las referencias aparecidas en el texto corresponden a la edición de El Quijote preparada bajo la dirección de Francisco Rico (Ed. Critica, Barcelona, 1999) y a la II parte del mismo.

ricardo cir

 * Ricardo Martínez-Conde es escritor, web del autor https://ricardomartinez-conde.es/ 

 

 

 

ARTÍCULOS PUBLICADOS EN LETRAS

Letras

Emilia Pardo Bazán y su vinculación con el Ateneo de Madrid, en visperas del centenario de su muerte

Letras

La relación de Galdós con el socialismo

Letras

Antonia Pozzi: ‘El gran abismo hacía la tristeza’

Letras

Caleidoscopio sobre Galdós (y 6)

Letras

Ernest Hemingway, la novela que encierra el gran cuento

Letras

Nicasio Álvarez de Cienfuegos, un ilustrado coherente y poeta innovador

Letras

Longfellow y Jorge Manrique, venturas y desventuras del traductor

Letras

Caleidoscopio sobre Galdós (5)

Letras

Caleidoscopio sobre Galdós (4)

Letras

Caleidoscopio sobre Galdós (3)

Letras

Caleidoscopio sobre Galdós (2)

Letras

Caleidoscopio sobre Galdós (1)

Letras

Un futuro para la poesía

Letras

Edmond Hamilton, la ciencia ficción narrada con sencillez magistral

Letras

John Fante, mostró la xenofobia y la explotación de las minorías en la América profunda

Letras

Andrea Camilleri, la literatura consciente de sus rasgos sociales

Letras

Un poco de Don Juan

Letras

Unamuno y Portugal

Letras

‘Historias de aquí y de allá’ de Luis Sepúlveda

Letras

Raúl Zurita: desde el dolor

Letras

Francesco Petrarca… mucho más que un gran poeta

Letras

En torno a la novela ‘Antonia’ de Nieves Concostrina

Letras

Albrit o la creación del personaje en Galdós

Letras

Alejandra Pizarnik, cuando la sombra araña el alma

Letras

Meditaciones de gastronomía transcendente

Letras

‘Litoral’: la revista más hermosa y representativa de la generación del 27

Letras

Yorgos Seferis en el piélago

Letras

Jo Nesbø, huellas dactilares de excelente confesión literaria

Letras

Cesare Pavese: el sufrimiento como oficio

Letras

Duque de Rivas: liberal, dramaturgo y presidente del Ateneo de Madrid

Letras

Galdós en el horizonte epistolar de Blasco Ibáñez (y II)

Letras

Galdós en el horizonte epistolar de Blasco Ibáñez (I)

Letras

‘La caza del Snark’ de Lewis Carroll

Letras

Yorgos Seferis: poeta, ensayista, premio Nobel y diplomático

Letras

Somerset Maugham en Lisboa

Letras

Las novelas dialogadas de Galdós a debate

Letras

Vittorio Amedeo Alfieri, todo un carácter

Letras

Los cimientos de ‘El abuelo’ de Benito Pérez Galdós

Letras

Abril es el mes más cruel…

Letras

En torno al libro ‘En los pliegues del olvido’ de Ignacio Vázquez Moliní

Letras

Juan Eugenio Hartzenbusch, un punto de vista sigular…

Letras

La pasión por los naipes del doctor Egas Moniz

Letras

Doña Perfecta

Letras

Galdós para ‘Dummies’

Letras

Antonio Gamoneda: La poética de la oscuridad como origen de la luz

Letras

Literatura clásica, o metafísica, materialista, lógica, política

Letras

El Galdós protofeminista

Letras

Los tres grandes pasos hacia la Ilustración

Letras

La conferencia de Julián Zugazagoitia en Bilbao sobre literatura en 1924

Letras

Benito Pérez Galdós en el centenario de su muerte (1920-2020)

Letras

A la memoria de mi tío Pablo

Letras

Pérez Galdós, el Nobel arrebatado

Letras

Tolstoi y Shakespeare

Letras

Aproximación al libro ‘Que no se entere la Cibeles’ de Mar de los Ríos

Letras

En torno al libro ‘Extravagancia infinita’ de Javier Olalde

Letras

Augusto de Angelis (1888 -1944)

Letras

Fernando Pessoa. El yo conflictivo

Letras

Federico García Lorca ocho décadas después

Letras

Antonio Daganzo, poeta de aleaciones

Letras

Sufriente, prometeico, iconoclasta y quijotesco

Letras

Leopoldo María Panero, el traductor de la locura

Letras

Poesía y dignidad

Letras

Buenos libros malos

Letras

Confesiones de un crítico de libros

Letras

En torno a ‘Sombra de Luna’ de Francisco Álvarez ‘Koki’

Letras

Alda Merini, vivir al borde de la sombra

Letras

Literatura de cordel

Letras

Demian. Herman Hesse

Letras

Hilario Martínez Nebreda, el poeta silencioso

Letras

La literatura y sus soportes (I)

Letras

La literatura y sus soportes (y II)

Letras

La Escuela Nueva y el centenario de Ruskin

Letras

Don Quijote y el mar

Letras

Elizabeth Barrett Browning, una poeta victoriana

Letras

Por qué escribo

Letras

Ángel González: la ácida ironía de un poeta

Letras

Carmen Posadas y su feria de las vanidades

Letras

El caso Miguel Hernández

Letras

Quevedo en sociedad y III.- Obra y vinculación cívica

Letras

Quevedo en sociedad II.- La crítica como ‘función’ social

Letras

Quevedo en sociedad I.- El hombre, la sociedad

Letras

VII Certamen de Novela Histórica de Úbeda

Letras

Antología poética. Alfonsina Storni

Letras

Ángel González: palabra sobre palabra

Letras

Galdós y el melodrama

Letras

IV encuentro de Poesia a Sul

Letras

Feminismos: la mujer sobre la letra

Letras

El Hidalgo: literatura y pobreza

Letras

‘Celia en los infiernos’, la obra socialista de Galdós (y II)

Letras

‘Celia en los infiernos’, la obra socialista de Galdós (I)

Letras

Ana Caro Mallén: una esclava en los corrales de comedias del siglo XVII

Letras

José Rodrigues Miguéis, casi olvidado

Letras

Tristeza que es amor. Alusión a Don Quijote

Letras

George Sand: ‘Un invierno en Mallorca’

Letras

José Ángel Valente: una estela inmortal de palabra poética (y II)

Letras

José Ángel Valente: una estela inmortal de palabra poética (I)

Letras

Imagen de José Ángel Valente

Letras

Valente, sin aditivos

Letras

Valente: Qué la palabra sea solo verdad

Letras

José Ángel Valente, en ‘el borde de la luz’

Letras

John Berger: ‘Un hombre afortunado’

Letras

Los desafíos de Lou Andreas-Salomé

Letras

La primavera y su sombra

Letras

El Conde de Montecristo, historia de una venganza

Letras

Luis Martín-Santos y James Joyce

Letras

Los cimientos culturales del abolicionismo: Harriet Beecher Stowe

Letras

Pinceladas sobre Agatha Christie

Letras

Juan Ramón Jiménez, escritor de epístolas (y II)

Letras

Juan Ramón Jiménez, escritor de epístolas (I)

Letras

Thomas Mann: Una Europa que se derrumba

Letras

El eterno romanticismo

Letras

Qué es ser agnóstico

Letras

Pedro Garfias: La poesía desgarrada del exilio

Letras

El descenso a los infiernos de Dorothy Parker

Letras

El Conde de Oxenstiern, a quien llamaron el Montaigne del Septentrión

Letras

La sonrisa del Quijote (Una concesión a la melancolía)

Letras

Antonio Machado que estás en los libros

Letras

‘Agua’: Virginia Woolf y Alfonsina Storni

Letras

Críticos literarios, dueños del espíritu humano

Letras

El papel del lector en la posmodernidad

Letras

Poesías. Catulo.

Letras

Los vínculos entre Américo Castro y Jovellanos

Letras

Michel de Ghelderode y las Vanguardias del siglo XX

Letras

El trabajo entre las raíces, mirada sobre la creación literaria

Letras

La frase del escritor

Letras

Un cuarteto literario en clave de sol

Letras

Oía hablar a los árboles

Letras

El ‘slow’ de Pessoa (o las vicisitudes de la melancolía)

Letras

Claudio Rodríguez: del camino, del hombre

Letras

Sobre las Brontë

Letras

Borges en Ginebra

Letras

Philippe Jacottet: ‘Pensamientos bajo las nubes’

Letras

Juan Goytisolo: ‘sobre asuntos sociales y personales’

Letras

Miguel Hernández en Portugal

Letras

Mi Gloria Fuertes

Letras

Robert Walser, el paseante espiritual

Letras

‘Al menos, memoria’: Juan Ruiz de Torres

Letras

Cela, celador, celando, celar

Letras

Miguel Hernández: ‘Cancionero y romancero de ausencias’

Letras

Rafael Montesinos, renovador

Letras

Bartolomé Soler, lo amargo de la diosa

Letras

Rubén Darío, poeta de las dos orillas

Letras

Jovellanos, poeta

Letras

Un paseo por los ‘jardines’ de Eloy Tizón

Letras

Azorín, sobrevivido

Letras

Rosalía de Castro, la mejor de los mejores

Letras

Eugenio Gerardo Lobo, el ‘capitán coplero’

Letras

Galdós: una conciencia histórica lúcida

Letras

Desde el silencio, a Nicolás del Hierro

Letras

Salustiano Masó, la fuerza del tiempo

Letras

Los ‘Rubaiyat’ de Omar Khayan

Letras

Carmen Laforet, esa chica explosiva del Ateneo

Letras

Gabriel Celaya, el sueño de trabajar la poesía

Letras

Ramón Hernández, un diamante literario en las calles de Madrid

Letras

María Teresa León, el papel de la melancolía

Letras

Luis Felipe Vivanco, un poeta de los que siempre regresan

Letras

Rafael Pérez Estrada, el poder de la imaginación