septiembre 2020 - IV Año

LETRAS

Francesco Petrarca… mucho más que un gran poeta

Es una visión estrecha y a la vez desenfocada, la de dejarse guiar dócilmente por los tópicos al uso. No puede ponerse en duda, que Petrarca (1304-1374) es uno de los firmes pilares del Renacimiento. Pero fue mucho más que eso.

Tenemos delante de nosotros a un gran humanista, dotado de una visión moderna de la vida. Aporta, entre otras muchas cosas, una mirada nueva sobre el modo de viajar y el hecho mismo del viaje. Asimismo, fue un excelente filólogo que recuperó obras de transcendencia de autores greco-latinos. Es, también, un precursor de otra forma de ver y valorar la naturaleza, el paisaje y, por si esto fuera poco, un hombre que batalló por la futura unidad italiana y que incluso llegó a intuir una Europa unida que siguiera el paradigma de la Roma Clásica.

Es este uno de los aspectos menos visible del pensamiento de Petrarca. Su apoyo a Cola di Rienzi, así lo atestigua. Ante la división, el enfrentamiento entre familias nobles y una decadencia ostensible, se mostró partidario de “El buen estado” que estaba inspirado en la República Romana.

Estoy convencido de que “aquí y ahora”, en este septiembre del 2020, tiene sentido rememorar a Petrarca y traerlo a nuestro presente, una vez más. Vivimos un periodo agitado y convulso. Exagerando un poco, podría decirse que nuestra civilización está agonizando. Francesco Petrarca vivió también entre dos mundos. Eso precisamente es una invitación a adentrarse en sus inseguridades y también a valorar su arrojo cívico y su forma de medirse a las adversidades.

Hay que saber interrogar al presente desde el pasado. Es cierto, que en buena medida, el presente siempre tiene la tentación de interpretar el pasado desde sus propias coordenadas y parámetros… más es asimismo conveniente, intentar intuir lo que vendrá… teniendo en cuenta la experiencia de quienes han vivido situaciones semejantes.

Junto con Dante, Boccaccio, Pico della Mirandola y Marsilio Ficino, entre otros, constituye el núcleo que dio vigor y propició los cambios que en los ámbitos cultural, filosófico, político, trajo consigo el Renacimiento, es decir, una nueva forma de pensar, de vivir y de abrirse al nuevo  papel del hombre en el mundo, que nos aportó como legado, nada menos, que el Humanismo.

Puede considerársele, con toda justicia,  el “creador” de la lírica moderna  y la fuente inspiradora de numerosos poetas de los siglos posteriores. Sin pretender ser exhaustivo, podemos considerar con fundamento, como petrarquistas a Ludovico Ariosto, Torcuato Tasso, William Shakespeare, Luis de Camôes, Juan Boscán, Garcilaso de la Vega, Fernando de Herrera y otros muchos poetas de primer nivel.

No es, en modo alguno ocioso, mostrar algunas facetas de su vida y de su obra que son prácticamente desconocidas entre nosotros. En primer lugar, quisiera poner de manifiesto que Francesco Petrarca intuye que vive en un momento histórico, en que el mundo medieval se resquebraja, pierde sentido y va quedando atrás… y es necesario contribuir a plasmar una nueva visión del hombre, de la naturaleza, del pensamiento y de la importancia de la cultura… o lo que es lo mismo, atisba una conciencia crítica de su propia dimensión como “ser histórico”.

Tiene pocas “certezas” pero convicciones firmes. Podría decirse que es, en cierto modo, escurridizo, difícil de aprehender. Con el paso de los años se acostumbra a convivir con “algunos” fantasmas que le acompañarán toda la vida. Es ineludible que le hagan mella determinados sucesos y le dejen en la piel y en el alma cicatrices ostensibles.

Con él y otros como él -por ejemplo, Durante Alighieri- nace, nada menos, que la figura del intelectual moderno que, entre otras cualidades se caracteriza por cierto escepticismo e ironía y por dar un inequívoco valor a los argumentos y al modo de exponerlos.

Siempre que puede rehúye la banalidad y se entrega con pasión al conocimiento de los clásicos, al estudio y a la recuperación  del tremendo valor cultural y humano de la antigüedad clásica.

Se sobrepone al cansancio y su voluntad es firme. Se siente atraído por las novedades, sin despreciar nunca la herencia greco-latina. Valora, en su justa medida el ámbito de lo experimental… y llega a aproximarse a lo que, posteriormente, se denominará “la búsqueda de certezas empíricas”.

Dotado como estaba de una sensibilidad proverbial, busca denodadamente “lo humano de la antigüedad latina”. Ese es, por paradójico que parezca, un rasgo inequívoco de modernidad.

Existen excelentes biografías de Francesco Petrarca. Citaré sólo una, para mí, clave. La de Ernest Hatch Wilkins (1880-1966) que no vacila en su “Vida de Petrarca” en considerarlo el primer peregrino laico de la historia, en sus muchos viajes fuera y dentro de Italia. Acierta plenamente a destacar la extraordinaria modernidad de su idea del viaje.

Francesco Petrarca poseía una erudición notable. Buen lector como era, tanto de Homero como de Virgilio, sabe abordar el viaje “con una mirada y una sensibilidad nueva y distinta”. Es quizás el primer europeo que siente el placer de viajar. Sus desplazamientos le vienen impuestos muchas veces por misiones diplomáticas o por distintas necesidades, pero aprende a disfrutarlos de forma abierta y desprejuiciada. Dotado de una gran curiosidad intelectual se interesa por las costumbres de los lugares por los que pasa y los compara con sus propios hábitos.

Hay un afán por descubrir realidades y lugares inexplorados y a sacarle jugo a estas experiencias, como diríamos hoy.

Por otra parte, le gusta cotejar lo que ve con lo que ha leído. París, Aquisgrán, Colonia… intuyendo y adelantando reflexiones y puntos de vista que aparecerán más tarde, por ejemplo, en Michel Montaigne. Posee una visión humanista de la realidad que lo conduce  a considerar el viaje un fin en sí mismo y no como solía hacerse, una fatigosa obligación que no tenía más valor que la de un mero instrumento al servicio de determinados intereses.

En alguna de sus cartas, las agrupadas bajo el epígrafe de “Familiari” expresa, con frecuencia, pensamientos, reflexiones e impresiones de gran interés de los lugares que va conociendo. Son, por tanto, de gran valor para aapreciar lo que a Francesco Petrarca le inspiran los paisajes, costumbres y ciudades que va encontrando a lo largo del camino.

Asimismo, es de estimable valor conocer su autobiografía, para tener ocasión de valorar como se veía a sí mismo. Tuvo, claro está, aspiraciones espirituales. No es menos cierto, que también aprovechó sus numerosos viajes para “rescatar”  códices latinos que se encontraban en distintas bibliotecas.

Es especialmente significativo que “se tropezase” nada menos que con el “Pro Archia” de Marco Tulio Cicerón, del que se tenían vagas noticias pero se creía perdido. Petrarca lo recuperó para él y para la posteridad.

Su pasión por el mundo antiguo le llevó a componer, entre otras, “Rerum memorandarum libri”  (hacia 1350), donde recopilan ejemplos históricos, con una finalidad de educación moral, así como “Itinerarium ad sepulcrum Domini” donde va narrando y escribiendo todo lo que le aconteció en el viaje que finalizó en Jerusalén, pero que se inició en Génova y que tenía la finalidad de visitar el Sepulcro de Jesucristo… aunque puede que tuviese otras.

Francesco Petrarca es poliédrico, complejo… y necesita un análisis exhaustivo para hacerse una idea cabal de su significado como humanista y como intelectual. Son muchas las teselas que componen el mosaico. Lamentablemente, hasta ahora, al menos en nuestro país, hemos cultivado una imagen parcial e incompleta que prácticamente lo ha reducido a su condición de poeta. Fue fundamental para renovar la lírica de su tiempo, más con todo, esa es una más de sus múltiples caras, por no decir máscaras.

Cuando quiere, sabe impregnar sus composiciones de una atmósfera alegórica. Siempre o casi siempre va más allá de lo que se espera de él y ese es uno de sus principales atractivos. En su “Secretum” (De secreto conflicto curarum mearum), sostiene una pugna dialéctica con el pensador medieval Agustín de Hipona, cuyas ”Confesiones” le impresionaron y ocuparon largas horas de meditación, significativamente en presencia de la Verdad, que a la sazón permanece muda. Medita sobre la muerte, sí, sobre el reposo del alma, sobre el amor que siente por Laura y sobre la gloria. Este último es un rasgo distintivo del nuevo espíritu que se impone. En cierta medida, Agustín de Hipona pierde la batalla. La fuerza del deseo puede más que las admoniciones… mientras tanto, la verdad escucha en silencio y no toma partido.

Francesco Petrarca como encarnación del hombre moderno comprende perfectamente que ha de aprender a vivir con la soledad y cargarla sobre sus hombros. La soledad ya es en él nítidamente el aislamiento del intelectual. El hombre familiarizado con el estudio necesita apartarse del bullicio y poner orden en sus pensamientos… no para dialogar con Dios sino para conocerse a sí mismo.

Es, también, significativo que junto a un manejo del latín clásico, magnífico y elegante, no desdeña, en absoluto, expresarse en lo que los eruditos llaman lengua vulgar, es decir, en italiano. Comienzan a ofrecer frutos sazonados las lenguas romances. Si bien el latín sigue siendo la lengua de las Universidades y en la que se siguen escribiendo las obras científicas, queda en un segundo plano y comienzan a valorarse aquellos idiomas nacientes que expresan mejor los sentimientos y una visión nueva del mundo y del hombre.

En muchas ocasiones Petrarca es pasional. Me parece significativo que estudia leyes tanto en Montpellier como en Bolonia  pero… no concluye los estudios. Lo que aprecia, lo que le conmueve son las obras literarias y de pensamiento greco-latinas. Le impacta el conocimiento del llamado “Renacimiento Carolingio” y la visión humanista de la vida va apoderándose de él y adquiriendo cada vez más importancia.

Esos rasgos son los que le confieren una palpitante actualidad. He ahí sus dos pasiones, recuperar la cultura clásica y expresar la nueva concepción del mundo que comienza a abrirse paso.

No desdeña la gloria. También, en eso entronca con el mundo clásico. Si hubiera que elegir una imagen que ejemplificara todo esto, sin duda expondría su Coronación en el capitolio. Esta imagen significa, nada más y nada menos, su vínculo con la antigüedad clásica y le confiere la categoría de poeta latino, los cuales eran distinguidos con una corona de laurel. Para muchos de nosotros es ya difícil separar la imagen de Petrarca de esa corona de laurel.

Sin exageración alguna, Francesco Petrarca es inabarcable. Podrían comentarse de él tantos aspectos, que resultaría prolijo en un ensayo breve, como éste.

No obstante, me gustaría detenerme un momento sobre la nueva sensibilidad para “percibir” la naturaleza, como pone de manifiesto en su descripción de Génova, desde el mar, o la menos conocida pero apasionante de Capranica ¡qué duda cabe que representa uno de los primeros ejemplos de topografía moderna. Por no hacer alusión a su, tantas veces comentada, ascensión al Monte Ventoso

Podría decirse que Petrarca no sólo es un empedernido viajero con una visión moderna del paisaje, sino que en cierta medida, inaugura la literatura de viajes, o mejor dicho, las impresiones, muchas veces subjetivas, de los lugares que va recorriendo. Y es que para un hombre dotado de una sensibilidad tan especial el viaje será fundamentalmente una aventura del espíritu.

Su “Canzoniere” es espléndido y su profunda huella en varios países europeos palpable. Dejó una “poso” indeleble en la lírica occidental. Se dice que los arboles no dejan ver el bosque y, desde luego, Petrarca es bastante más que el autor del Canzoniere.

Llevó a cabo importantes y delicadas misiones diplomáticas al servicio de los Visconti milaneses pero, sobre todo, de los Carrara que, en pago a sus servicios le regalaron una hermosa villa, cerca de Arqua… donde pasó, dedicado al estudio y la meditación, los últimos años de su vida.

Lo que podríamos conceptualizar como su pasión por Italia es otra constante en su producción. En el “Canzoniere” algunos críticos destacan la canción “Italia mía”, donde –y esto se comenta bastante menos- sueña con una Italia libre de luchas fratricidas y de tropas mercenarias que la desangran y arruinan. Visión esta que lo aproxima al creador de la Filosofía Política, el florentino Nicolás Maquiavelo.

Dotado como estaba de una enorme sensibilidad unida a una cultura notable, perfeccionó la tradición poética medieval y la lírica provenzal. Su inventiva lo llevó a “crear” nuevos “metros y estrofas”.

En esos años el suelo italiano no sólo está divido en múltiples Estados, sino que sostiene luchas internas entre sí y frecuentemente cae bajo el dominio de potencias extranjeras o del papado. Petrarca y su familia no están exentas de participar en estos conflictos. Perteneció, al igual que Dante, a la facción de los güelfos blancos y tuvo que exiliarse cuando los güelfos negros tomaron Florencia.

De estas luchas fratricidas y del papel secundario que los Estados italianos jugaban en la política europea, le quedó el convencimiento de que era necesario luchar denodadamente por una Italia unida que fuera el centro de una Europa donde imperaran los valores y principios republicanos de la vieja y añorada Roma

Su afán filológico le llevó a recuperar cuantos manuscritos y obras de la antigüedad clásica pudo reunir. Otro aspecto que lo vincula a Maquiavelo es que logró poseer la “colección” más completa de “Ab Urbe condita” del historiador Tito Livio.

Su ingente y concienzuda labor de restauración filológica permitió que de sus manos salieran copias “expurgadas” de errores que favorecieron una mejor difusión del pensamiento y de la historiografía latina.

Por todo esto y mucho más, creo que Francesco Petrarca debe ser repensado, desde parámetros y coordenadas más exigentes y completas de lo que se ha venido haciendo, especialmente entre nosotros…, donde tantos manuales de literatura siguen ofreciendo una visión limitada y simplista de periodos y creadores muchos más complejos, que no pueden despacharse en dos o tres párrafos y media docena de tópicos.

Para mí, Petrarca es el Renacimiento, el paradigma de la figura del intelectual y la recuperación filológica y exigente del mundo clásico.

No quiero terminar estas líneas sin regalar a los lectores una cita suya que ayuda mucho a comprender su grandeza y a ser consciente de sus contradicciones. “La razón habla y el sentimiento muerde”.

Debo finalizar con un agradecimiento. En mis años universitarios tuve la ocasión de asistir a una conferencia de Dámaso Alonso sobre Petrarca. Fue todo un descubrimiento. El insigne filólogo me puso en la pista de algunas cosas de las que he ido comentando en este ensayo.

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