enero de 2026

Guerra contra la Literatura (Una ciudad de sueño de Ucrania)

La literatura muestra matices, contradicciones. Sutilezas que no caben en las doctrinas ni las ideologías. Rescata la vida para la gente en sus encierros mentales, en sus rutinas. Hace que la gente viva.

Eso es peligroso en tiempos de uniformación, de despotismo. De consignas y de simplismos invasores. De ferocidad de conquista. De imperialismo monocolor.

Un déspota quiere extender su poder y su imperio. Y controlar todo lo que pueda. Y desafiar a todos. Y gentes de izquierdas sordas lo apoyan Lo consideran progresista. También lo apoyan gentes de extrema derecha. Bonita conjunción de fanatismos.

Una vez Leópolis fue la ciudad de la imaginación, de la mezcla de culturas tan hondas, de literatura. De fecundarse unos sueños a otros. De restos que dejaban las distintas historias, las distintas culturas.

Está en Ucrania ahora, estuvo en Polonia, estuvo en el imperio austrohúngaro. Era judía y era cristiana. Era un centro crucial de la masonería. Era tantas cosas y enriquecía la mirada. Y liberaba la mirada.

La guerra de Ucrania es  también guerra contra la Literatura. En Leópolis hubo tanta literatura y tanta vida, y siempre quise ir allí. Allí vibraron Joseph Roth, Adam Zagajewski, Alejandra Pizarnik muy cerca, Goerg Trakl. Allí durmió Balzac en el Hotel George de camino al castillo de su novia la condesa Hanska al norte de Ucrania.

Pero sobre todo recuerdo a Bruno Schultz y sus “tiendas de color canela”.  “Las llamo las tiendas de color canela por los tonos oscuros de sus fachadas. Esos verdaderos comercios nobles, abiertos en la noche tardía, fueron siempre el objeto de mis sueños ardientes”.  En su interior se esconden todos los encantos, todos los misterios.

Huele a países lejanos y a extrañas materias, hay cajitas encantadas, sellos de países desaparecidos. El padre encarga al niño que vaya a casa a buscar la cartera olvidada, y el niño se pierde en las callejuelas escondidas, en la nieve del invierno, en una noche de falsa primavera con dos lunas.

El padre vivía en el color canela. Con su sensibilidad latía en los rincones más escondidos de la casa, en los ruidos del suelo, en las sugerencias de los cuartos. Se dedicaba a estudios misteriosos y se metía en libros prohibidos. Por toda la casa crece una vegetación que emite susurros destellantes.

Las mujeres acaban por relegarlo.  Las mujeres eran algo amenazante, pero también fascinante. La hermana Adela toma las riendas y acorrala al padre.  El padre conecta con los pájaros y la hermana los dispersa a los cuatro vientos.

Pienso en refugiarnos en “Las tiendas de color canela”, en escapar de “la calle de los cocodrilos”.  Esa es la calle de las tiendas que son solo tiendas y todo se vuelve vacío e insípido. Donde solo cuenta el utilitarismo y el consumo, la vulgaridad de la tecnocracia. Como dice Schulz “Pocos veían lo curioso del barrio: la ausencia de color, como si esta ciudad de pacotilla, levantada aprisa, no pudiera permitirse el lujo de los colores. Todo era gris como en las fotografías monocromáticas, como en los folletos ilustrados”.

Pienso en escapar de este tiempo de los cocodrilos y de los ejércitos invasores.  En los relatos de “Las tiendas de color canela” de Bruno Schultz cada tiempo tiene una revelación. No es el tiempo de la producción mecánica y la masa, es el tiempo de la literatura y de la vida auténtica. El tiempo está vivo, igual que la materia, se contrae, se expande.

El tiempo normal es como un tren donde todos los billetes están vendidos. Pero hay tiempos paralelos donde íntimos acontecimientos revientan. En “La época genial” todo se desborda y el niño protagonista: “Os dije siempre que todo estaba retenido, uncido al aburrimiento, aprisionado. Ahora mirad qué diluvio, qué florecimiento de todo”.

Nos haría falta otra época genial para superar “la temporada muerta” de tecnocracia masica y de invasiones. Nos hace falta Leópolis.

Schultz revienta el tiempo y nos trae el zumo escondido del tiempo.  Nos da ese transcurrir especial, único, sabroso, que no se fabrica ni se invade.  Proust vio el tiempo agazapado que salta con una magdalena. Dostoievski vio la infinitud en diez minutos esperando la muerte. Schultz nos habla del tiempo oscuro en las tiendas de color canela.

Schultz atrapaba a todos en su propio tiempo. Incluso un nazi impidió su muerte porque le asombraron sus dibujos y lo hizo decorar el cuartel de la Gestapo. Pero luego intentó escapar y lo mató otro nazi imbécil metido en su tiempo brutal.

Por las calles de Leópolis, en la Ucrania más honda, pasea el espectro de Bruno Schulz. Esta guerra también es contra la literatura. Es contra la humanidad y la vida, pero esas dos cosas las preserva mejor que nada la Literatura.

Tal vez al fin yo pasee por las calles de Leópolis después de la guerra. Y evocaré con todos mis ojos toda la literatura que exudaron esas calles. Para mí es una ciudad de sueño en Ucrania.  Una ciudad martirizada por la prepotencia y la ceguera de dominación. Como siempre martirizan los sueños.

Aún no renuncio a pasear por Leópolis. Si para la guerra, pondré mi cuerpo donde lo puso Balzac.

La literatura molesta porque plantea inquietudes. Y trae sutilezas, cosas difíciles de simplificar. Trae toda la riqueza y el desconcierto de la vida. Y hace vivir a la gente. Y a  los prepotentes no les gusta que la gente viva demasiado.

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Archivo Entreletras

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