mayo 2022 - VI Año

LETRAS

La impronta de Galdós en Cela: un paseo por Madrid

Del siglo XIX, galdosiano por excelencia, a la centuria siguiente en la que encontramos a Cela, mucho pasó, muchos acontecimientos y páginas literarias que dieron con un relato histórico nacional y mundial propio de folletines, novelas, anuncios publicitarios, funciones teatrales, opúsculos, palabras y palabras: toda una impronta que hoy estudiamos, recordamos y analizamos, por si algo podemos aprender para nuestro propio decurso vital sin olvidar el que nos toca como profesionales.

De paseo por Madrid…

Galdós y Cela pasearon por Madrid. Recorrieron la capital con su especial “ojo visor”, con la precisión del entomólogo afanado en su objetivo. Madrid se les ofrecía como un universo merecedor de vivir y contar, de describir y asediar, de observar y plasmar, cada uno a su manera, por supuesto. Entre ambos siempre he detectado un aire similar a un déjà vu, algo conocido por los dos, en distintos momentos, cierto, y algo muy reconocible por el resto de quienes hemos leído títulos del canario y del gallego.

Del extrarradio peninsular, desde el archipiélago canario, hasta el centro geográfico, seguro que neurálgico diríamos hoy (no sé si con mucho o poco acierto), llegan estos dos escritores.

Cada uno con su mochila, con su cultura, hijos de su época y de su origen familiar, se plantan en una ciudad que siempre ha sido mítica, foco atrayente del éxodo rural, foco atractivo para intereses de progreso y ganas de medrar. Que luego se hayan conseguido ilusiones y deseos, eso la historia de nuestros protagonistas, lo dirá.

En cualquier caso, Galdós y Cela se hicieron con los parámetros que marcaban aquellos tiempos: décadas convulsas en el siglo XIX con un romanticismo alicaído y mortecino, y un realismo en ciernes, clamando nuevas formas literarias: la vida, eso sí que es mollar para contenidos noveleros, la vida misma en un juego de espejos, poliédrica, sin escatimar recovecos ni meandros. Algunas de sus obras son vivos ejemplos de una cosmovisión certera, de unas experiencias personales aplaudidas o no, en cualquier caso, reales y auténticas. Todo genuino como los mismos autores.

A Galdós la revolución del 68, la Gloriosa, le pilló joven; tras el breve reinado de Amadeo de Saboya, se restaura la dinastía borbónica con Alfonso XII; Cánovas y Sagasta se turnarán en el gobierno, en un sistema de alternancia bipartidista conocido como “turnismo”, “turno pacífico” o simplemente “turno”, admitiendo —con Fernández Sarasola (2006: 89)— que consistió en un acuerdo de alternancia en el Gobierno de los dos partidos dinásticos: conservador y liberal, es decir, la formación de Gobierno por parte de cada uno de ellos no dependía del triunfo en las elecciones, sino de la decisión del rey en función de una crisis política o de desgaste en el poder del partido gobernante. Muchos de los artículos galdosianos dejan puntual huella y fiel testimonio de dichos avatares políticos; todo un trasiego que la población ¿admitía?

Esta práctica artificial impulsada por Cánovas y Sagasta (Milán García 2000: 110) y que tomaba como modelo el sistema británico, acabó con el limitado pluralismo político existente. ​La consolidación del turnismo tuvo lugar una vez fallecido Alfonso XII, en la etapa de la regencia de María Cristina de Habsburgo (1885-1902).

Galdós, polígrafo infatigable y Cela, siguiendo sus pasos…

Fácil resulta imaginar a nuestro prolífico escritor vivir momentos de crisis política y social, mirar a una burguesía capitalista que resultará la mayor beneficiada para ascender en la escala social, frente al proletariado formado por obreros y campesinos (Jover Zamora 1982: 178). La escritura de Galdós disecciona estos vaivenes, este carrusel con maestría, ironía y cierto humor.

Suscribimos las palabras de María Zambrano, en La España de Galdós (1989), al calificarlo como “el poeta de Madrid” y añade: “el poeta que toda ciudad necesita para existir, para vivir, para verse también. Poeta quiere decir en la lengua griega creador, fantaseador. Creador de criaturas de carne y hueso, alma, espíritu, razón” (175).

Galdós era un artista del retrato y Cela también: parecía que trabajaban al unísono y en el mismo estudio; no cabe duda, sus paseos y paradas daban para mucho.

Su intuición y perspicacia aportaban espíritu y hálito para convertirlos en genuinas etopeyas. No les arredran los esfuerzos del oficio de escribir: lo hacen convencidos de su responsabilidad profesional, su talento y sus ganas de devolver a la sociedad lo que ella misma les aportaba; destacaría sobremanera la lealtad a la ley del decoro (lingüístico, claro está, tan Lopesco, tan áureo) y la habilidad de los dos para calcar casi los registros idiomáticos exentos de ambigüedad polisémica, sin maquillar para camuflar o disimular incluso esconder la realidad: ofrecen al lector una muestra tanto el lado bueno como el malo del mundo que conocen a través de un lenguaje cultivado, pero sin complicaciones ni alambicamientos; lenguaje sencillo, concreto y conocido; realista según la psicología de los personajes, y muy próximo (López Jiménez 1987: 47); quizá en ese aspecto de modernidad puede radicar el éxito de los dos polígrafos más allá del tiempo, más allá de los años.

Nuestros autores, pertenecientes a una cultura determinada, coinciden en la  verosimilitud, así como en el gusto por la acumulación de datos históricos; anhelan una descripción perfecta, fotográfica. En muchos de los títulos galdosianos y en La Colmena de Cela hallamos seres con alma, míticos que consiguen atrapar la atención del lector en la escena ficcional en donde se cuenta y se vive mediante el desdoble de su genio en recursos técnicos específicos, entre los que destaca, por su número, su variedad, su riqueza y su calidad, la creación de personajes atrayentes, que juegan significativamente en la escena al ritmo que les imponen cada uno de los autores (Miller 1993).

La clase media del Madrid del siglo XIX  y de la primera mitad del XX nos descubre una ciudad típica en la que se aprecian muchos cambios: ciudadanos de la capital y otros venidos de más allá de sus límites, el transporte emergente, el deseo de prosperidad del comercio, o sea, una España arcaica que comienza a modernizarse: más allá del gobierno, más allá de la dictadura franquista.  Una ciudad mito sin fronteras que tiende puentes, a modo de un prisma en el que podría reflejarse la situación de otras muchas ciudades del país —la Vetusta literaria de Clarín, por ejemplo—, si bien la posguerra dejará sin remisión una capital que lucha por sobrevivir en un deseo ferviente de superar y alejar el conflicto cainita sufrido.

De Madrid, al cielo…

De esta manera, se representan entornos auténticos del día a día madrileño, de su extensión geográfica a modo de cronista de la época: no olvidan reflexionar sobre penas y amarguras de la clase baja y media, a la vez que critican la vanidad madrileña y el interés por las apariencias: desde las famosas Miaus hasta doña Rosa indiscutible mandamás de un café, epítome de discutidores y charlatanes.

Cuadros pictóricos con palabras atinadas que reproducen con una gran exactitud el ambiente de Madrid, en ocasiones lóbrego, a la vez que se combina con las tertulias, donde conviven todas las facciones políticas: “El madrileño —en política— no sabe bien lo que quiere, ni lo que necesita” (Kattan 2012: 234).

Galdós, y Cela también, nos cuentan que por la tarde, a la hora de la siesta —café y puro— el madrileño se enzarza en inacabables discusiones acerca de los más diversos temas y acompañado de miembros del clero quienes participan de tales conversaciones. Y todo ello sin dejar de caminar y deambular por las calles: ver y dejarse ver. Saludar y comentar. En un Madrid bullicioso, a veces opaco y gris, sin un gran horizonte y con el futuro a la deriva de una población “diversa” y variopinta: el obrero con el campesino, el industrial con el vendedor, las sirvientas con las señoras: todo un “enjambre”.

Galdós visionario, Cela amanuense. Se unen y se entrelazan a pesar de la distancia temporal.

Camilo José Cela al poco de publicar La colmena (Buenos Aires, 1951) sentenció en la revista Ínsula (15-10-1952): “Creo que con Galdós empieza la novela moderna en España”. En efecto, así es, y Cela lo sabía no solo como lector sino también como escritor; leyó y releyó a Galdós, admiró a su Fortunata, de la que hay atisbos en Elvirita.

Sabido es que Cela extrae el lema del pasaje que transcribo a continuación: “Existe una confabulación tácita (no tan escondida que no se encuentre a poco que se rasque en los políticos) por la cual se establece el turno en el dominio. En esto consiste que no hay aspiración, por extraviada que sea, que no se tenga por probable; en esto consiste la inseguridad, única cosa que es constante entre nosotros, la ayuda masónica que se prestan todos los partidos desde el clerical al anarquista, lo mismo dándose una credencial vergonzante en tiempo de paces, que otorgándose perdones e indultos en las guerras y revoluciones. Hay algo de seguros mutuos contra el castigo, razón por la cual se miran los hechos de fuerza como la cosa más natural del mundo. La moral política es como una capa con tantos remiendos que no se sabe ya cuál es el paño primitivo”.

Por otro lado, Ramón Pérez de Ayala, muy ácido casi siempre con los escritores de su época, definió a don Benito así: “Fue el océano de las letras”. Y lo considera uno de los más grandes junto con Balzac, Dikens y Tosltói. Siempre provocador, anticlerical, republicano y socialista. Igual que cantaba La Lupe sobre la vida, Galdós sin conocerla, afirmaba que la política es eso, pura farsa igual que afirmaba Clarín.

Su huella en Cela resulta indiscutible. Dos grandes novelistas de talla universal. Inquietos, desasosegantes, levantaban fácilmente ronchas a los próceres del momento y disimulaban su ganas de ver defenestrados a muchos de los politicastros.

El gran intelectual que fue, que lo sigue siendo Ortega y Gasset, siempre que pudo hizo notar su disgusto por el trato tan rácano que recibió Galdós en vida, a la persona y al personaje que él mismo se había creado.

Similares hechuras para quien conoció a puro viaje La Alcarria, que no escatimó detalles y adjetivos en su devenir madrileño: calles, alcobas, parques y plazas de aquellos años 40 en una amarga crónica existencial. Un aire de rutina y fatalidad ha invadido la conciencia de las gentes. Todos creen que las cosas pasan porque sí y que nada tiene remedio. Entre la abigarrada multitud se oye el solitario “zumbido” de muchos seres confusos y a la deriva.

Las figuras que viven en Madrid…

Escena de la película ‘La colmena’

Como es habitual en su obra, bien modelada y galdosiana, Cela presenta la vida española sin piedad, con agria ironía y humorismo atroz. Sin embargo, de vez en cuando, un soplo compasivo alivia la áspera y dolorida realidad.

La señá Benina, Victorita, Ramón Villaamil, Martín, Jacinta…todos ellos (y muchos más) desfilan bajo una apariencia de espontaneidad que esconde un cuidadoso trabajo de perfeccionamiento. La prosa, sus diálogos, el pensamiento y las ideas contienen efectos rítmicos, paralelismos, repeticiones. Predomina el tono cortado, brusco y directo, pero a veces se abren paso fragmentos líricos…

La producción literaria de uno y otro, viene signada por coordenadas espacio-temporales muy definidas y casi reducidas, con unos límites que no son fronterizos, desde nuestro punto de vista; los elementos que componen la intriga (sucesos, episodios, etc.) no quedan supeditados a los elementos del comentario (valoración subjetiva, más o menos explícita); nos hallamos, pues ante el predominio un discurso literario que deviene carcasa de otros tantos hechos, ciudades, aconteceres…

Académicos y premiados, famosos en vida con vicisitudes particulares, Cela también vive sobresaltos políticos conforme avanzan los años cincuenta y sesenta hasta que con la transición y la democracia desempeña un papel notable en la vida pública española, ocupando por designación real un escaño en el Senado de las primeras Cortes democráticas, y participando así en la revisión del texto constitucional elaborado por el Congreso.

Antes de llegar a esa etapa, parece opinión general y poco discutible situar La colmena en una senda de la literatura española que pasaría por algunas de las más renombradas novelas galdosianas, hasta el punto de poder establecer algo más que vagas semejanzas y considerar la relación inequívocamente estrecha.

Convencido el gallego del rigor que todo escrito debe aportar, para ganar en veracidad, realiza una firme y contundente defensa del objetivismo y asumirá ciertos presupuestos decimonónicos, y desechará otros como los que tienen que ver  con el análisis de conductas individuales; son famosas sus palabras: “El novelista —hoy— tiene la obligación de desentenderse de madame Bovary y el deber de prestar atención, mucha atención, al Lazarillo. Han dejado de ser problema novelesco para dilucidar las esposas casquivanas, sentimentales y soñadoras que putean, con el cuerpo o con el alma, por los aledaños de la provincia, pero siguen vigentes el hambre, la mala fe y el desamparo y la desazón”. Ni más menos que lo preconizado el ínclito heredero de don Benito Pérez Galdós.

Aquellas Fortunata y Jacinta, trajeron esta colmena

Parece claro y cristalino: La colmena y Fortunata y Jacinta, por ejemplo, recrean de manera singular y brillante la vida madrileña dentro de una época específica, la que le corresponde a cada uno de ellos; si Galdós hace relucir la vida familiar de la burguesía, Cela pinta a media luz y con claroscuro la cotidiana existencia de una sociedad que vive en virtual olvido de su propia categoría, casi inconsciente de su realidad y trágicamente —y esto último, lo más horrendo— incapaz de soñar con un porvenir feliz, como ya se ha mencionado líneas arriba.

La colmena es la novela de la ciudad, de una ciudad concreta y determinada, Madrid, en una época cierta y no imprecisa, 1942, y con casi todos sus personajes, sus muchos personajes, con nombres y dos apellidos, para que no haya dudas. Fuera de la precisión de la fecha, la afinación valdría punto por punto para Fortunata y Jacinta.

Y si el fondo social representado viene separado en el tiempo, de novela a novela, por unos setenta años, se produce a la vez una similitud que no debe ser desdeñada, pues tanto unos personajes como otros, viven bajo la sombra poderosa de la historia para ellos presente y reciente: La Gloriosa para los de Fortunata y Jacinta, y la guerra civil de 1936-1939 para los de La colmena.

Y siempre la capital de un país que conocían ambos.

La frustración, la incertidumbre, ese vivir precario, a lo que salga, flotan tanto en el ambiente de la Restauración como en el de la posguerra; queremos decir: en los ambientes que Galdós y Cela reflejan en sus títulos respectivos.

Nuestra historia en palabras de Galdós y Cela…

Escena de la serie ‘Fortunata y Jacinta’

Somos de la opinión que la conexión entre historia y ficción resulta en Galdós mucho más patente. No sólo se presentan o evocan sucesos históricos (la noche de San Daniel, el asesinato de Prim, la marcha del rey y la proclamación de la República, el golpe de estado de Pavía, el pronunciamiento de Sagunto, la entronización de Alfonso XII, etc.), sino que con frecuencia éstos aparecen vinculados a los hechos de la ficción, y hasta se atan indisolublemente a ellos. Con Galdós revivimos, reconocemos hechos históricos de primera magnitud, nos hace partícipes de ellos. Entramos en el cuadro.

En Cela, a su vez, hallamos citados al general Primo de Rivera, Gil Robles, Alcalá Zamora, Cipriano Mera, Lerroux, Hitler, Churchill, Roosevelt, Stalin… En uno y otro caso, se trata de personajes contemporáneos estrictos, o de otros del pasado reciente, que pesan considerablemente y configuran de manera constatable como decíamos, el entramado histórico del devenir de nuestro país en sus relatos.

Líneas arriba se ha mencionado que la composición social de esta masa humana –más o menos amorfa, más o menos concreta- resulta asimismo bastante próxima en la narración de Cela y de Galdós.

Ambos coinciden en la estrategia compositiva de la estructura de caracteres: se repiten, se adueñan del escenario, los conocemos de tanto acompañarlos; un detalle que nos gustaría señalar es la ausencia casi absoluta de la aristocracia y del subproletariado.

Novelas de Madrid, novelas en Madrid…

Este carácter colectivo, o social, aparece indisolublemente ligado al espacio, a la ciudad, hasta el punto de que, desde esta perspectiva, podríamos considerar a una y otra novelas de espacio. Las novelas de Galdós y Cela, son por definición novelas espaciales, urbanas de las que conocemos espacios exteriores o interiores: esta calle, aquel mercado, tal barrio, esa casa, aquel café… Novelas en Madrid y lo más importante y reseñable de Madrid, pues la ciudad alcanza en ellas un destacado protagonismo (en alguna otra ocasión he hablado de ciudad-mito). Esa ciudad que tiene el propósito abarcador, de compendio general, la casi totalidad humana en la gran urbe con visos de cambio o de modernidad. Sí, no cabe duda: La colmena es deudora de la impronta de Galdós en cuanto a temática, escenarios y planteamiento estructural. Existen asimismo, concomitancias intertextuales: planea en la profundidad y en el interlineado las lecturas (y la admiración, por supuesto) tan esmeradas que Cela le obsequió a la narrativa de su antecesor.

Siempre don Benito, siempre don Camilo…

Y ahora lo sabemos. Por eso podemos decir que don Benito está en el café de doña Rosa, o quizá, por qué no, que el propio don Camilo está a la entrada de la ópera con don Benito. Es la grandeza del arte literario, por encima del tiempo; en concreto, se podría afirmar que La colmena puede leerse no ya tras Fortunata y Jacinta, sino también con ella y desde ella, por ejemplo, tal y como venimos afirmando.

Según lo dicho hasta ahora comprobamos de manera fehaciente la representatividad de Galdós y la de Cela en unas épocas muy determinadas. Cada uno en sí mismo, genuino escritor del momento que les tocó vivir.

Gracias a sus novelas asistimos a esa realidad en un Madrid conocido y fácilmente reconocible a lo largo de sus páginas. De esta manera encontramos una capital emergente, variopinta, diversa, contradictoria, acogedora, cruel, cultural y clasista.

Su producción literaria, la de ambos, sin restricciones, suponen todo un corolario de amplia muestra humana y vital centrada en Madrid, la ciudad sin fronteras que acogió al autor canario y al autor gallego.

Como sus protagonistas, ellos también deambularon por esos lugares que hemos conocido y también callejearon hasta crear un lenguaje propio y definitorio de sus propias figuras: un lenguaje específico según su posición social y su grado de cultura, con una jerga característica de la capa social representada en sus páginas.

En definitiva, Galdós y Cela consiguen retratos completos de los personajes con muchos detalles: físico, moral y psicológico. Insisten sobre las fealdades físicas de los personajes, sobre sus defectos, pero también sobre sus virtudes (Miller 1973: 45).

Y todo ello aporta una sensación de realidad verdadera, de argumentos verosímiles, sin olvidar que el narrador domina, sabe y conoce lo que cuenta, dado que la técnica de la narración es omnisciente: el narrador se introduce en la novela y hace opinar a sus personajes y sus acciones. Se erige así en el gran cronista de su época.

Bibliografía

Fernández Sarasola, I. (2006): “La idea de partido político en la España del siglo xx”, en Revista Española de Derecho Constitucional, n.º 77, pp. 77-107.
Gullón, R. (1987): Galdós, novelista moderno. Madrid: Taurus.
Hormigón, J. A. (1996): Autoras en la Historia del Teatro Español (1500-1994). Madrid: Publicaciones de la Asociación de Directores de Escena de España.
Jover Zamora, J. M. (1982): “La imagen de la Primera República”, en La España de la Restauración. Madrid: Espasa Calpe, pp. 170-185.
Kattan, O. (2012): Madrid en Fortunata y Jacinta y en La lucha por la vida: dos posturas. Alicante: Biblioteca virtual Miguel de Cervantes.
Krisner, R. (1983): 20 años de matrimonio en las novelas de Galdós. Eastchester, N.Y: Eliseo Torres.
López Jiménez, L. (1977): El Naturalismo y España. Madrid: Alhambra.
Losada, J. M. (2015): Nuevas formas del mito. Una metodología inrterdisciplinar. Berlin: Logos Verlag.
Milán García, J. R. (2000): “La revolución entra en palacio. El liberalismo dinástico de Sagasta (1875-1903)”. Berceo, n.º 139, pp. 93-122.
Miller, S. (1993): Del realismo/naturalismo al modernismo: Galdós, Zola, Revilla y Clarín (1870-1901). Las Palmas de Gran Canaria: Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria.
Zambrano, M. (1989): La España de Galdós. Madrid: Endymion.

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José Ángel Valente: una estela inmortal de palabra poética (I)

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Imagen de José Ángel Valente

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Valente, sin aditivos

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Valente: Qué la palabra sea solo verdad

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José Ángel Valente, en ‘el borde de la luz’

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John Berger: ‘Un hombre afortunado’

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Los desafíos de Lou Andreas-Salomé

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La primavera y su sombra

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El Conde de Montecristo, historia de una venganza

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Luis Martín-Santos y James Joyce

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Los cimientos culturales del abolicionismo: Harriet Beecher Stowe

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Pinceladas sobre Agatha Christie

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Juan Ramón Jiménez, escritor de epístolas (y II)

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Juan Ramón Jiménez, escritor de epístolas (I)

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Thomas Mann: Una Europa que se derrumba

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El eterno romanticismo

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Qué es ser agnóstico

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Pedro Garfias: La poesía desgarrada del exilio

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El descenso a los infiernos de Dorothy Parker

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El Conde de Oxenstiern, a quien llamaron el Montaigne del Septentrión

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La sonrisa del Quijote (Una concesión a la melancolía)

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Antonio Machado que estás en los libros

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‘Agua’: Virginia Woolf y Alfonsina Storni

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Críticos literarios, dueños del espíritu humano

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El papel del lector en la posmodernidad

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Poesías. Catulo.

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Los vínculos entre Américo Castro y Jovellanos

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Michel de Ghelderode y las Vanguardias del siglo XX

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El trabajo entre las raíces, mirada sobre la creación literaria

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La frase del escritor

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Un cuarteto literario en clave de sol

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Oía hablar a los árboles

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El ‘slow’ de Pessoa (o las vicisitudes de la melancolía)

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Claudio Rodríguez: del camino, del hombre

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Sobre las Brontë

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Borges en Ginebra

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Philippe Jacottet: ‘Pensamientos bajo las nubes’

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Juan Goytisolo: ‘sobre asuntos sociales y personales’

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Miguel Hernández en Portugal

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Mi Gloria Fuertes

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Robert Walser, el paseante espiritual

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‘Al menos, memoria’: Juan Ruiz de Torres

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Cela, celador, celando, celar

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Miguel Hernández: ‘Cancionero y romancero de ausencias’

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Rafael Montesinos, renovador

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Bartolomé Soler, lo amargo de la diosa

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Rubén Darío, poeta de las dos orillas

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Jovellanos, poeta

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Un paseo por los ‘jardines’ de Eloy Tizón

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Azorín, sobrevivido

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Rosalía de Castro, la mejor de los mejores

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Eugenio Gerardo Lobo, el ‘capitán coplero’

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Galdós: una conciencia histórica lúcida

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Desde el silencio, a Nicolás del Hierro

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Salustiano Masó, la fuerza del tiempo

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Los ‘Rubaiyat’ de Omar Khayan

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Carmen Laforet, esa chica explosiva del Ateneo

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Gabriel Celaya, el sueño de trabajar la poesía

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Ramón Hernández, un diamante literario en las calles de Madrid

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María Teresa León, el papel de la melancolía

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Luis Felipe Vivanco, un poeta de los que siempre regresan

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Rafael Pérez Estrada, el poder de la imaginación