diciembre 2020 - IV Año

LETRAS

La pasión por los naipes del doctor Egas Moniz

historiadacartasQuizás no sean muchos los lectores, y es una auténtica lástima, que a estas alturas pandémicas del siglo XXI recuerden quién fue Egas Moniz, el primer portugués galardonado con el premio Nobel. Todavía serán muchos menos los que, además de saber que se trataba de un ilustre neurocirujano, precursor de las intervenciones quirúrgicas contra los tumores cerebrales, fue también un escritor de talla y un político de raza, de aquellos que en los primeros decenios del siglo XX abundaban en los dos países ibéricos.

Viene a cuento esta pequeña digresión a raíz de uno haber aprovechado no pocos de estos días de enclaustramiento para, ya que no poner un orden imposible entre los volúmenes que la vida va amontonando, sí al menos para sacudirles la capa de polvo que, con tenacidad digna de mejor causa, va acumulándose por anaqueles, repisas y mesas.

El caso fue que, entre otros muchos de los libros olvidados que uno ha ido adquiriendo, y a veces incluso hasta leyendo a lo largo de los años, apareció uno cuyo recuerdo permanecía vivo en la memoria algo marchita de este pobre cronista. Se trataba, ni más ni menos, que de la História das cartas de jogar, obra del ilustre doctor Egas Moniz, prácticamente desconocida para todos, salvo para dos o tres bibliófilos lusitanos que todavía entretienen sus ocios salvando del definitivo naufragio algunos volúmenes descascarillados que se amontonan en las librerías de viejo de Lisboa, Oporto y Guimarães.

Sabido es que el doctor Egas Moniz no se llamaba así. Como muchos otros portugueses, tan dados a la heteronomía, tenía otro nombre bien distinto. Se llamaba, en realidad, ni más ni menos que António Caetano de Abreu Freire de Resende, ilustres apellidos de una hidalga estirpe familiar oriunda de Estarreja, no lejos de Aveiro, la hermosa ciudad que algunos cursis han tildado de Venecia lusitana.

moniz4La decisión de optar por el nombre de Egas Moniz se debe a la influencia de su padrino, canónigo bonachón y aficionado a la historia local, quien habría descubierto ciertos manuscritos que demostraban fehacientemente que el que sería ilustre neurocirujano descendía, del homónimo Egas Moniz, famoso escudero del fundador del Reino de Portugal, el siempre añorado don Alfonso Henríquez.

El caso fue que, en buena parte también debido a la influencia de su padrino, desde muy temprana edad el doctor Egas Moniz, y como no podía ser de otra manera en aquellas minúsculas sociedad rurales en las que el tiempo se hacía eterno, en las que las horas hasta la llegada de la noche parecían no acabarse nunca, mostró una poderosa afición a los juegos de cartas, reforzada primero tanto por sus familiares directos como luego por las ayas y, después, por los preceptores, hasta llegar a convertirse en auténtica pasión en los años universitarios de Coimbra.

Sin adelantar acontecimientos, conviene recordar que, además de sus actividades como neurocirujano, Egas Moniz desempeñó importantes papeles en la escena política ibérica. Fue embajador de la República Portuguesa ante la corte algo decadente del Rey Alfonso XIII y, también, ministro de Asuntos Exteriores en los tiempos convulsos de Sidónio Pais, el Presidente-Rey, en los que Portugal se vio inmerso en los horrores de la Gran Guerra.

Por su consulta de reconocido especialista en enfermedades mentales, situada en la rua do Alecrim, de Lisboa, pasaron pacientes que luego alcanzaron no poca fama. Entre los más conocidos destacan ˗qué duda cabe˗ dos de los mejores poetas portugueses del siglo XX: Fernando Pessoa, quien se queja de sufrir manías persecutorias, y Mário de Sá-Carneiro, no muy seguro del mal que le aquejaba, aunque Egas Moniz, muy certeramente, le diagnosticó una esquizofrenia aguda que, a la postre, le llevaría a suicidarse en París pocos años después.

También en esa consulta fue donde sufrió el ataque de otro de sus pacientes, un joven ingeniero quien, apenas iniciada una sesión, sacó un revólver y disparó las ocho balas del tambor, dejando al doctor herido de muerte. Sin embargo, a pesar de las gravísimas heridas, Egas Moniz consiguió recuperarse y proseguir su carrera médica durante casi veinte años más, hasta fallecer en 1955 en su palacete de las Avenidas Novas, donde hoy se encuentra, precisamente por una donación del propio doctor, la Nunciatura Apostólica en Lisboa.

moniz2Por otra parte, su producción científica y literaria, aunque hoy casi olvidada, sigue siendo muy meritoria. Dejó, siempre con una prosa clara y carente de toda floritura superflua, obras tan diversas como A nossa casa, donde reúne los recuerdos y las tradiciones familiares, A neurología na guerra, Um ano na política, o A vida sexual, junto con otra, que luego sería diana de todo tipo de ataques, quizás por confundirla con las preexistentes lobotomías, donde detalla la técnica que le valió el premio Nobel: Como cheguei a realizar a leucotomia pré-frontal.

Pero volvamos a su afición por el juego. A principios del siglo XX, cuando Egas Moniz inicia sus estudios de medicina, Coimbra era una ciudad que vivía exclusivamente de la Universidad. El viajero que hoy en día la visita, puede hacerse una idea, al ver por doquier los estudiantes de levita y capa negra, de lo que fueron aquellos tiempos en los que jóvenes de todo Portugal, profesores y autoridades universitarias formaban una casta aparte, con reglas estrictas de comportamiento que detallaban sus actividades tanto académicas como privadas.

Se trataba, además, de una sociedad extremadamente jerarquizada, en la que los novatos se sometían por completo a los veteranos, y estos, a los ayudantes y profesores. Los alojamientos se organizaban, como sigue siendo el caso todavía hoy, en las llamadas repúblicas, casas compartidas en las que los novatos, llamados os caloiros, siempre llevaban la peor parte. Uno de los ritos iniciáticos de los recién llegados a Coimbra consistía en integrarse en alguna de las numerosas timbas que llenaban la denominada Atenas Lusa. Por todas partes había locales en los que tal o cual república sentaba sus reales y desafiaba a las demás con todo tipo de juegos de azar, desde los dados o la ruleta, no siempre fiable, hasta los juegos de naipes, muchas veces marcados.

El joven Egas Moniz, lejos de achantarse ante estos desafíos, descubrió muy pronto que las bazas y triquiñuelas aprendidas en sus años mozos le servían estupendamente para redondear la siempre escasa asignación mensual que recibía de casa. Tanto fue así que pronto ganó fama de imbatible y pasó de una existencia económicamente sufrida a otra en la que se permitía no pocos lujos y extravagancias que le abrieron de par en par los brazos de toda la Universidad.

moniz3Egas Moniz siguió manteniendo siempre esa pasión. Visitó los grandes templos del juego de aquellos dorados años, desde Baden-Baden y Marienbad hasta Montecarlo y Estoril, sin que la fortuna dejara nunca de sonreírle. Tanto fue así que, al cabo del tiempo, dedicó todo un libro a los naipes y los juegos de azar, História das cartas de jogar, publicada en Lisboa en 1942, y hoy por hoy, objeto de culto bibliográfico, ya que, originalmente, se trataba tan solo de un largo y detallado prólogo a una obra mucho más específica, redactada por su amigo Henrique da Silva, dedicado a explicar las siempre confusas reglas del Boston, esa versión familiar y algo más amable del whist y del bridge.

En esta deliciosa obra, Egas Moniz se ocupa de todo lo referente a las barajas, desde la propia etimología de la palabra naipe, que derivaría quizás de las iniciales de un tal Nicolas Pepin, N y P, comerciante de barajas en el siglo XIV, hasta la llegada, después de las primitivas del tarot, de las cartas modernas francesas o españolas, con las características figuras de las llamadas cartas de corte: rey, caballo, que en realidad es un caballero, y sota, o escudero.

El curioso doctor descubre también el origen de las principales cartas. Así, la principal, que es el rey de copas, del que señala que, por otra parte, no existe ningún juego en el que se reconozca esa primacía sobre los otros tres reyes. La simbología del actual rey de copas derivaría de los tiempos del rey Enrique III de Francia, explicando que en su mano luzca un abanico, mientras que quien lleva el cetro, atributo de la soberanía y de la masculinidad, es la reina de copas.

Por su parte, el rey de espadas todavía sigue siendo una representación del rey David. Luce, además de la consabida espada, una lira en su mano izquierda. El rey de oros, tradicionalmente, representaba a Julio César, figurando en muchos naipes la frase Veni, vidi, vici. Por último, el rey de bastos puede ser tanto una alegoría de Adán, como la de Alejandro Magno, conquistador del mundo, que figura como globo terráqueo sometido a sus pies.

Egas Moniz detalla también el origen de las cuatro damas, de los caballos y de las sotas, haciendo hincapié en el caso de los ases, naipes profusamente ornamentados debido a su especial valor. También repasa las distintas barajas que surgen en determinados períodos históricos, desde las que reflejan los ideales de la revolución francesa hasta los característicos de la burguesía alemana, pasando por los de simbología masónica o de los distintos gremios medievales. En el caso español, afirma que los naipes se producían a gran escala ya desde el siglo catorce. Tanto es así que, en 1429, solo en la ciudad de Sevilla existían al menos setenta fabricantes, destacando sobre todo un tal Juan Álvarez, cabeza de tan provechoso gremio.

Termina Egas Moniz afirmando que estas investigaciones no se dirigen, ni mucho menos, al gran público y que se daría por más que satisfecho si alguno de los lectores que en un futuro consulten el vademécum de las normas y reglas del Boston, dedicasen unos momentos a curiosear alguna de las muchas páginas de su prólogo. Uno discrepa de esta observación tan pesimista y no puede por menos que invitar a todo el que tenga alguna curiosidad, no ya por los naipes, sino por tan curioso personaje, a disfrutar de la erudición y hermosa prosa del doctor Egas Moniz.

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