abril de 2024 - VIII Año

¿Las escritoras actuales conocen la “sororidad”?

La mujer loba…

Que el hombre es un caníbal para el propio hombre, ya nos lo advirtió y de manera muy rotunda Thomas Hobbes utilizando la figura tan seriada y famosa hace años del licántropo bien avenido con su compañero de francachelas, el vampiro.

Me malicio que en aquel entonces el filósofo hacía referencia al hombre en genérico, al ser humano sin distingos actuales de sexo, raza y religión. Hombre latu sensu.

Ahora convendría reflexionar sobre la “mujer, loba para la mujer” remedando la frase sentenciosa del británico que de buenas a primeras no resulta muy ejemplarizante, parece, porque el imaginario colectivo es traicionero sin duda, y nos inunda la mente de fotogramas en los que se aprecian féminas en plena batalla campal, sea en la selva agreste o en la urbe más cuadriculada y si se alían con las “vampiresas”, el descrédito ya está más que asegurado.

Es lo que tiene el estudio del género gramatical en masculino o femenino cuando de fieras se habla.

Sororidad…

Más allá de películas y sagas con secuelas y precuelas de animalario variopinto, importa recalar en la palabra sororidad que nos remite a solidaridad entre mujeres (entre hombres sería fraternidad) especialmente ante situaciones de discriminación sexual y actitudes y comportamientos machistas; se deriva por tanto de la hermandad entre mujeres, al percibirse como iguales que pueden aliarse, compartir y sobre todo cambiar su realidad debido a que todas de diversas maneras han podido experimentar cierta opresión…

De esta manera, podríamos citar sinónimos del tipo hermanamiento o complicidad o alianza incluso; del latín, soror, sororis fue Kate Millet quien utilizó en los años 70 la palabra inglesa sisterhood de donde proviene la sororidad tan traída y llevada.

Existen voces que afirman que la forma de establecer y consolidarla se lleva a cabo sin juzgar entre las propias féminas apariencia física individual y ajena, maquillada como una puerta o a cara lavada, respetar decisiones, sexualidades, apoyarse frente al acoso, entre otras vicisitudes; ahora bien, la sororidad no implica permanecer muda,  ni calzarse una venda de escayola para no ver lo evidente.

Sin romanticismos ni fantasías, ahora más que nunca nos conviene ser muy realistas, poner los pies en la tierra y apechugar, que no disimular y visibilizar la labor realizada por mujeres famosas o anónimas, conocer y reconocer su función, su lugar en el tiempo y en el espacio que les ha tocado vivir.

Tengo la sensación de que en nuestros días, “sororidad” es un término que sugiere empoderamiento, igual que la expresión “mujeres empoderadas”, pero no me queda ni claro ni transparente eso del “poder” femíneo (recordemos que Melibea se quejaba de su encogimiento y fragilidad), aunque sí me consta que hoy por hoy se llevan las mujeres, ser mujer está en alza y hasta cotiza (mas allá de escotes o muslamen, que de todo hay en la viña del Señor).

Josefa de Jovellanos

Aquellas escritoras, estos tiempos…

De todas maneras, no sé qué migas harían Mary Shelley o Jane Austen de haber coincidido en aquellos pagos de la campiña británica o Josefa de Jovellanos con Madame du Deffand en algún salón literario, o Zelda Fitzgerald con Adela Zamudio comentando obras de una y otra… seguro que se liaban a codazo limpio en un ámbito tan masculino que las callaba por si piaban demasiado.

Por estar vivitas y coleando, omitiré nombres y solo sobrevolaré libros, contenidos, técnica estilística, premios y crítica de las escritoras vigentes en nuestro país, a modo de reflexión como ya he prevenido líneas antes.

Por un lado, no les duelen prendas a muchas de estas escritoras, exhibir lindezas acerca de su pedigrí o relatar biodatas interminables, descubrir cierto origen oscuro y describir vida sufriente frente a otras que pasean palmito, no tanto por sus obras -entiéndase títulos literarios- sino por sus hechos, acciones en los medios y en las redes. Principalmente, estar, que me vean y que no se olviden de mí.

El trabajo callado y silente no se lleva, condena a las escritoras de pro a una opacidad que es aprovechada por una patulea de advenedizas (igual pasa con la “fraternidad” masculina, pero hoy la enjundia va de mujeres) erigidas en chamanes, gurús de masas amorfas; la trayectoria profesional o el esfuerzo constante luce poco: una foto bien hecha (retocada por supuesto) o un premio de campanillas encarama un libro y a su progenitora en las mieles del triunfo rápido. Y las otras, las silenciosas, que rabien por muy bien que escriban.

¿Dónde está la sororidad? Quizá se deba a que la historia ha enseñado a remojar las barbas de las neófitas en esto de la escritura: las mujeres estaban destinadas a otros menesteres y ahora que hay cancha para escribir y leer, difundir, aprender y enseñar debemos ir pertrechadas contra ese mundo -masculino- hostil y con las que agazapadas esperan el momento de clavar el colmillo, retorcido y mucho.

Las presentaciones de libros de autoras, las conferencias de mujeres…la escritura femenina no solo tiene que beligerar contra todo lo varonil sino que además hemos de emplear armas contra nuestras “sorores” porque hay algo falaz en ese término que nos viene de ¿fuera? de ¿nuestro propia idiosincrasia? Y es que un flash, un aplauso, un programa televisivo resultan muy tentadores para la visibilización de la mujer.

En apariencia se mantienen las formas, los parabienes y las “enhorabuenas” colectivas pero rascando las capas freáticas, encontramos un deseo perverso de “quítate tú que me pongo yo”, porque yo lo valgo, ya lo decía la publicidad cosmética.

Existen numerosos cursos universitarios dedicados a escritoras muertas o vivas, afamadas o ensombrecidas pero ninguno de ellos traza una línea de continuidad entre ellas, un hilo narrativo que las enmarque. Hoy por hoy se estudian como si fueran cápsulas aisladas, cada una con lo suyo propio sin “hermanamiento”.

Es cierto que han recorrido trayectos sinuosos y retorcidos hasta llegar a las aulas.

El grupo y las mujeres que escriben…

Mary Shelley

De igual manera pocas son las escritoras que configuran un grupo literario, una generación enmarcada en un momento histórico: se trata de personalidades individuales, singulares, significativas, por supuesto, pero con características diferenciales entre sí, carentes de un mismo aire grupal, y ya sabemos que la realidad es muy tozuda, y más si de libros hablamos: el grupo une y homogeiniza, el conjunto se apoya y se abre hueco social y cultural.

Ser un verso suelto desgasta y es un peso lastrante: luchar contra corriente, agota.

Las mujeres que escriben y que lo hacen públicamente, es decir, que sus libros son editados, configuran una suerte de archipiélagos inhóspitos: islotes que navegan a rebufo de gustos y conveniencias temporales; las escritoras de todos los tiempos suponen un avance de conocimiento, una entrega y una misión de servicio que cuesta entender y aceptar. Me gustaría hacer una salvedad: escribir un libro no convierte a su “demiurga” en escritora.

Ser escritora…

Zelda Fitzgerald

Como el mundo está hecho por y para el elemento masculino, la mujer comienza a descollar cual punta de iceberg, y emerge del fondo con la fuerza que le permite sobresalir en ese mar proceloso en el que encuentra otros picos que intentan no naufragar.

Lo curioso es comprobar, piensan algunos, que la mujer escribe bien, muy bien y que cuenta historias memorables, narra emociones y plasma sentimientos en los que muchos lectores y lectoras advierten estilo y contenidos llenos de imaginación y realidad, dignos de ser recordados.

Desde mi punto de vista la grandeza de la literatura radica en la diferente mirada con que la observan quienes se acercan hasta sus lindes y si la penetran hasta profundidades abisales, la sorpresa y el placer están garantizados.

Ocurre que en este conglomerado social en el que se insertan los libros escritos por mujeres (nótese que cuido el empleo de la palabra “escritora”) los naipes, en muchas ocasiones, aparecen marcados y se descubre el atrezo mal disimulado, las entretelas que esconden subterfugios y excusas de sororidad.

Conviene, por consiguiente, dar un puntapié al cartón piedra y hacer sólida la literatura de escritoras con fuste, o sea, sus libros y no la carcasa, ni el celofán.

Hay que preservar la esencia, sin trampas ni aderezos externos que distraen el buen hacer de las mujeres escritoras cuya producción literaria se sostiene y pervive por la calidad sin paños calientes ni actitudes condescendientes.

Tal vez con más tiempo eso de la “sororidad” desaparezca del todo para conformar la fraternidad. La cultura se lo merece sin fisuras ni diatribas femeninas que a nada conducen.

Resulta muy desalentador que las propias mujeres alimenten el recelo y las sospechas entre sí; a los hombres les permitimos, entonces, ese espacio para que lo ocupen mientras nos tiramos de los pelos en cualquier patio de vecindad.

Calidad, mucha calidad. Eso sí que es literatura. Ahí sí que nos encontramos las escritoras.

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Escrito por

Archivo Entreletras

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