Mi amiga Gloria Nistal está dando la vuelta al mundo. Como en el verso de Will Whitman se celebra a sí misma, y, como escribe el vate americano: “lo que yo asuma tú también habrás de asumir, pues cada átomo mío es también tuyo”. De este modo, su alegría es la mía.
Gloria envía hermosas fotos, y los suspiros que tanta belleza le provoca. A veces, sollozos.
Hoy, me ha enviado su original lectura de mi obra reciente, “Acariciar un poema. Bajo el delirio tecnológico”. Se lo llevó en la maleta. Dice así:
“Esencia de Antonieta destilada en el alambique de la alquimia poética.
Las plantas aromáticas que se encuentran en esta alquitara son la inteligencia, la libertad sin barreras y la sensibilidad, y los aceites esenciales como catalizadores de la mezcla son la concisión y la exactitud. El resultado es la palabra (escribo una palabra, la acaricio y comienza a respirar), el verbo, el nombre, pues de nombrar se trata, de poner nombres, como lo hizo dios en la creación, nombrar, ser exactos dado que el nombre es arquetipo de la cosa y en las letras de la palabra “rosa” está la rosa (Borges dixit).
Poesía y metapoesía sin solución de continuidad.

Tractatus poético-philosophicus que emula el Tractatus del mejor Wittgenstein. Sobrevuelan (como las aves en el océano donde ahora habito), sonriendo afirmativamente, los maestros Montaigne, Santa Teresa, Rilke, Margarit o Borges.
Acariciar un poema es la teoría de una formación geológica, o mejor, la teoría de una formación ontológica de la revelación poética a través de los materiales: las herencias elegidas, las artes de los ancestros.
San Pablo se cae del caballo y llega a la revelación siendo adulto, pero lleva dentro a Cristo desde siempre, Antonieta cae en la marmita de la poesía al abandonar su camino de la doctoral academia (sin dejar de lado nunca su enorme corpus de intelectual culta) y se sumerge, se zambulle en la palabra esencial y sanadora, porque la poesía siempre ha vivido en ella.
Este “opúsculo” es la carta náutica de María Antonia García de León, una autobiografía poética que nos revela su camino de iniciación, desde la ascética pasando por las iluminaciones, hasta llegar a la fusión con la poesía heurística, la mística, la revelación del yo en total esplendor.

Y se glosa y se nos explica como lo hizo San Juan en su Noche oscura del alma. Con generosidad nos regala su autohermenéutica, su libro iniciático, un diario de perfección poética.
Más categórica que nunca -si eso es posible- Antonieta vuelve a ser Whitman en sus Hojas de hierba celebrando su yo iluminado entre el hedonismo místico y la delicatessen.
Un regalo al que se llega de la mano del mejor gesto de amor, la caricia”.
Este es mi homenaje a Gloria Nistal, y a la amistad que cultivamos con esmero. Tenemos un precioso jardín del logos y de divertimento, que cuidamos delicadamente.












