marzo de 2026

Los colores de don Antonio Machado

Retrato al óleo de Antonio Machado (1938), por su hermano José

Antes de iniciar el viaje por la geografía sentimental del poeta sevillano, es un deber de memoria detenernos en el umbral. Venimos de festejar el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora. No es una coincidencia baladí que invoquemos esta fecha a su vez al hablar de don Antonio. A través de su figura tutelar aprovechamos también para rendir homenaje al Día Mundial de la Poesía, que se celebró el pasado 21 de marzo.

Machado no fue solo el poeta del paisaje; fue el poeta de la conciencia cívica. Su compromiso inquebrantable con los valores de la Segunda República no era otra cosa que la defensa de una España culta y libre, donde la mujer —tan presente en su obra a través de figuras como la mítica Guiomar o la inolvidable Leonor— dejara de ser un sujeto pasivo para convertirse en ciudadana de pleno derecho. En los Institutos de Segunda Enseñanza y en las Universidades Populares que él defendió, latía la promesa de una igualdad que hoy seguimos labrando. Su ética, como su poesía, era una búsqueda de la “fraternidad humana”.

Para centrarnos en el poeta que en esta ocasión nos ocupa —dado que nos encontramos en el equinoccio de primavera—, voy a tratar de recrear su cartografía emocional siguiendo un sugerente recorrido cromático por su vida y su obra: Machado utiliza en sus versos una significativa paleta de colores que bien pudiera evocarnos la de un pintor impresionista en su decidida vocación por el plenairismo.

A fin de partir de uno de estos colores —que utilizaré como cabo de hilo de Ariadna— nos vamos a situar en el final del periplo vital del poeta.

Febrero de 1939. Un hombre cansado, con el polvo de la derrota en los zapatos, muere en una modesta pensión de Collioure, en la costa del sur de Francia. Tras el fallecimiento, su hermano José encuentra un trozo de papel arrugado en el bolsillo del gabán de Antonio. En él, una última anotación, un verso huérfano que resume toda una existencia: “Estos días azules y este sol de la infancia”.

Tal verso —ya libre— va a funcionar como un resorte temporal. Es un flashback instantáneo. Machado, en el frío gris del exilio, cierra los ojos y lo que ve es luz. Pero, ¿qué azul es ese?

No deja de ser una ironía del destino que el poeta de los colores fuera a morir precisamente en el mismo pueblecito pesquero que había visto nacer el Fauvismo, tres décadas antes (1905). Allí, pintores como Henri Matisse y su alumno André Derain decidieron que el color no debía seguir a la realidad, sino a la emoción. Ello supondrá el paso del neoimpresionismo puntillista al estilo vibrante y nuevo que provocará un escándalo en el Salón de Otoño de París. Derain describirá a su amigo Vlaminck, uno de los representantes más ardientes del grupo, la experiencia del color que vive en la localidad francesa: “… hay una luz dorada, que suprime las sombras”, le cuenta en una carta.

Mientras Machado agoniza, el azul de Collioure es el azul del Mediterráneo que lo separa de su patria. Pero también es el azul de su juventud. Antes de ser el poeta de la sobriedad, Machado fue un joven deslumbrado por el Modernismo. Influenciado por Rubén Darío y los viajes a la capital del Sena, su primera paleta fue simbolista: un azul de crepúsculos, de fuentes de mármol y de una melancolía elegante que buscaba la belleza pura. Es el color que define la primera etapa de Picasso, la llamada etapa azul.

Sin embargo, el tiempo y la vida —el “golpe a golpe”— transformaron la paleta de Antonio. El azul se tornó ocre. Al llegar a Soria, Machado descubre la austeridad de Castilla. Es la estética de la Generación del 98. Los ocres del pintor Aureliano de Beruete.

Aquí el color es la tierra: los pardos de los alcores calvos, el gris de las rocas, el verde sombrío de las encinas. Es un Machado que mira hacia adentro y hacia abajo, a la raíz de una España que “muere y bosteza”. El ocre es el color del deber, del dolor por la muerte de Leonor —la joven esposa del poeta— y de la búsqueda de la esencia castellana. La palabra se vuelve “seca” como la rama del olmo viejo, pero más verdadera que nunca: “¡El olmo centenario en la colina / que lame el Duero! Un musgo amarillento / le mancha la corteza blanquecina / al tronco carcomido y polvoriento”.

Pero volvamos a ese papel arrugado en el bolsillo del muerto y reparemos en el segundo hemistiquio del citado verso alejandrino: “Y este sol de la infancia”.

Para entender ese sol, debemos viajar hasta el origen. Si el ocre es Castilla y el azul es el exilio, el amarillo es Sevilla. El viaje de Machado termina donde empezó: en el patio de la Casa de Dueñas.

“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, / y un huerto claro donde madura el limonero”, cantaba el poeta en su ‘Retrato’.

Retrato del joven Antonio Machado (ca. 1903), realizado por su hermano José. Colección Museo del Prado

El amarillo de los frutos de ese querido árbol no es un color, es una temperatura. Es la luz que atraviesa las hojas en una tarde de verano andaluza. El limonero es el símbolo de la transparencia, de un tiempo donde no existía la guerra, ni el destierro, ni la vejez. De modo que el moribundo olmo viejo va a interpelar a este flamante limonero de la casa familiar. El contraste entre el sur andaluz y el norte castellano en la memoria del poeta está definido por la diferencia cromática de la que venimos hablando.

Al escribir su último verso en Collioure, Machado no estaba describiendo el cielo del mediodía francés de los pintores fauvistas ; estaba recuperando el amarillo de aquel recoleto jardín de su niñez: su colorido sugiere el Paraíso Perdido. En ese verso póstumo —“Estos días azules y este sol de la infancia”— el poeta establece un sutil juego pictórico en el contrapunto de dos colores —el amarillo y el azul— que son complementarios. Qué magnífica lección aprendida de los grandes maestros de la pintura francesa.

Ligadas al empleo del adjetivo en sus poemas están esas notas de color, que en Machado presentan un curioso contraste. Por un lado, perdura en toda su obra una energía cromática de raíces modernistas. Por otro, el lector tiene la viva impresión de que son los tonos grises y difuminados los que dominan en sus versos. Ciertamente, los dos aspectos se alternan: rojos, verdes, morados, violetas…, junto a grises, pardos, cenicientos… A veces en una misma descripción se mezclan y conjugan. Esta exacerbada atención a los colores nos revela la sensibilidad impresionista del poeta.

La obra de Machado es, en definitiva, un círculo cromático que se cierra. El niño que jugaba bajo el sol amarillo del patio sevillano, el joven que soñó en azul modernista y el hombre que sufrió en el ocre de Castilla, se funden en el anciano que, al borde de la muerte, comprende que la poesía es, simplemente, recordar la luz.

Hoy, al traer a nuestro recuerdo a las mujeres que luchan y al poeta que las honró, nos queda su lección de vida: que por muy oscuro que sea el presente, siempre guardamos en el bolsillo del alma “un día azul y un sol de la infancia” que nadie nos podrá arrebatar nunca.

(Este texto fue leído por su autor en la presentación del concierto-recital del Grupo Retablo del ciclo ‘La música de las palabras’, dedicado a Antonio Machado, el pasado día 20 de marzo en la Casa de Vacas del Retiro de Madrid).

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Archivo Entreletras

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