junio de 2026

Michel Leiris: abismo y antiliteratura

“Así pues, soñaba con un cuerno de toro. No me resignaba a ser sólo un literato. El matador que extrae del peligro una oportunidad para ser más brillante que nunca y muestra toda la calidad de su estilo en el momento en que está más amenazado, era eso lo que me maravillaba, lo que yo quería ser”.
Michel Leiris

De Michel Leiris he visto (por la Internet) dos retratos. uno pintado por Francis Bacon y el otro es un dibujo de Alberto Giacometti. En los dos hay una singular deformidad, una especie de sombra clavada como una fina aguja clavada en su alma.

Michel Leiris es una figura intelectual alejada de los tópicos. Poeta, etnólogo, ensayista y gran explorador de ese sumidero inigualable del yo.

Leiris participó como activista del movimiento surrealista francés desde 1924 y su separación ocurriría en el año 1929. De allí pasa a la plantilla como colaborador de la publicación “Documents”, dirigida por Georges Bataille; otro escritor que también tenía en poca estima al poeta André Breton y a su secta surrealista. Leiris como etnólogo participó en la Misión Dakar-Djibouti. La expedición duraría 21 meses y recorrió el África desde el Atlántico hasta el mar Rojo, a lo largo del borde inferior del Sahara, es decir, por el Sahel.

También Leiris se involucró con pasión en la política. Antifascista y anticolonialista convencido. Su intervención en los asuntos políticos no lo hizo para ocupar cargos o darle brillo y ornamento a su status intelectual, más bien lo hizo en son de insatisfacción personal. Fue un contestario siempre y nunca se vio tentado por las mieles de las ideologías (o los dogmas) y con respecto a ellas siempre pasó de largo. Al final estuvo algo decepcionado de la etnología o como él lo dijo: «Para expresar mi sentimiento, en resumen, la etnología no sirve para nada, puesto que no cambia nada». Con respecto a la literatura la veía más bien como un estímulo para seguir batallando; aunque estaba convencido que tampoco impulsaban transformación alguna en la sociedad: “…haciéndome esa idea de la tarea que corresponde al escritor, me siento tan lejos del optimismo por encargo como de la negrura del prejuicio”.

Leiris es un ensayista notable, pero su obra en conjunto posee cierto estigma de rareza y su narración Edad de hombre (entre lo autobiográfico y lo ensayístico) fue escrita para superar ese abismo personal de locura y la impotencia sexual. Al parecer en el año 1929 sufrió cierto desorden mental que lo arrastró al bloqueo literario y sexual por lo cual se sometió a un tratamiento siquiátrico riguroso, tenía 34 años. En esta etapa, un tanto complicada, comenzó a escribir Edad de hombre. El libro tiene pasajes como estos:

“…cuando digo «Cleopatra» pienso antes que nada en el áspid oculto en una cesta de higos (como casi todo el mundo, tengo horror a las serpientes) y, después, en los leones a los que arrojaba a sus amantes”.

***

“Así, frente a una mujer siempre estoy en situación de inferioridad; para que pueda suceder algo definitivo entre nosotros es necesario que sea ella la que me tienda la mano; nunca es a mí a quien le toca el papel normal del varón que conquista sino que, en ese combate de dos fuerzas, soy siempre el que representa el elemento dominado”.

Antes de este libro había publicado un libro de poemas y una novela en los cuales reflejaba ese estilo surrealista inconfundible. Este poema es bastante representativo:

BOSQUE

La cacería de ratas a lo largo de las costuras del espacio
lanza sus tijeras sus ramas de fuego
hierro de maxilares que disloca la mirada
el atroz monigote del paisaje

Garfios invisibles de los árboles se contonean
obscena marcha de maniquíes somníferos
la sombra de los astros es un zorro en su gruta

Astucia de los topos y agujeros atigrados de charcos
las rodadas de escollos las calas del olvido
se ahondan para que fructifiquen
los movimientos nítidos cortados de músculos ideales
más abajo que el peso del follaje
en el corazón de las huellas
a esa hora en que los helechos se licúan en la masacre

(Traducción de Antonio Martínez Sarrión Poema
 tomado de: Michael Leiris Poemas Colección Visor Poesía 1984)

El libro Edad de hombre (terminado al final del año 1935) es una exploración de yo desde lo sicológico a lo físico y allí Leiris deja al descubierto sus dolencias, sus heridas sicológicas de infancia, sus miedos, sus deseos alucinatorios más pervertidos y una serie de fantasías sexuales nada edificantes. Es un libro sincero, pero algo pedestre que olisquea en la podredumbre humana en todo sentido. No es por azar que Susan Sontag escribió: “Podríamos preguntar con todo derecho: ¿a quién le importa esto? Edad de hombre tiene a no dudar un cierto valor como documento clínico: está lleno de datos útiles para el estudioso profesional de la aberración mental. Pero el libro no merecería nuestra atención si no tuviera un valor literario. Y, a mi entender, lo tiene, aunque igual que tantas obras literarias modernas, se abre camino como antiliteratura”. Y esta apreciación da justo en el blanco. Michel Leiris es un escritor que buscaba darle usos menos trillados a lo literario, se interesaba por esa estructura inusual que se pueda lograr con las palabras hasta encontrar esos abismos más escabrosos del espíritu.

El libro se editó algunos años después con un estudio preliminar De la literatura considerada como una tauromaquia, en el que Leiris postula que la literatura con algún sentido es aquella que comporta un riesgo, como ese que asume el torero en una corrida.

La idea de este texto surgió a raíz de ver torear al histórico Rafaelillo Ponce. Leiris le escribe una carta a su amigo André Castel: «nunca encontré, en ninguna obra artística y literaria, algo equivalente a lo que sentí en Valencia viendo torear a Rafaelillo. […] Ignoro lo que valía exactamente su trabajo, desde un punto de vista puramente técnico, pero sé que, en mi vida, había experimentado nada parecido.» Leiris estuvo obsesionado con esto del toreo durante bastante rato: «Una de las grandes interrogaciones que me siguen confundiendo desde hace mucho tiempo es la siguiente: ¿Dónde hallar, en la escritura, algo que sea equivalente a lo que son los pitones para el hacer del torero?».

De su expedición por el África otro libro, El África fantasmal, pero dicho libro está alejado de ser una recopilación de andandanzas y anécdotas a las acostumbradas del escritor de libro de viajes. Gabriel ha escrito: “En El África fantasmal Leiris no escribe propiamente un libro de viajes, que documenta sus andanzas en la expedición etnográfica de Marcel Griaule entre 1931 y 1933, sino que crea las condiciones necesarias para desarrollar su pensamiento. (…) El África fantasmal propone un devenir y un disfraz. Es un tránsito, un flujo continuo, sin requerimientos ni pausas. Pero es un flujo hecho de fisuras, sinuosidades, detalles burlescos o simplemente irónicos”.

Desde esta óptica girará su obra posterior. Por supuesto para uno todo esto se encuentra más cerca de la metáfora literaria que de la realidad. Con respecto a la metáfora Leiris redactó un breve texto tan peculiar y de una afilada sutiliza reflexiva: “No solo el lenguaje, toda la vida intelectual se apoya en un juego de transposiciones, de símbolos, que podemos calificar de metafóricos (…) El hombre es un árbol inmóvil, el árbol es un hombre arraigado. Asimismo, el cielo es una tierra sutil y la tierra es un cielo denso.  Y si veo correr un perro, igualmente la carrera es perro”.

Leiris trató de exponerse siempre en su vida en el plano literario, le gustaba estar al borde de sus abismos interiores y sus varios intentos suicidas estaban bastante alejados de esa idea de lo literario desde el riesgo, cuestión que no le resta méritos a su trabajo tanto en el área de la literatura como en la teoría antropológica.

Después avanzaría unos pasos en su exploración autobiográfica con el libro La regla del juego (cuatro gruesos tomos) que siguen explorando los abismos del alma. Estaba como interesado en vivir a plenitud desde una conciencia desgarrada por la iluminación del conocimiento del propio yo, sin ese prurito del literato preocupado por su obra. Lo escrito por Phillippe Ollé-Laprune: “Fiel a sus principios, desde el comienzo Leiris expuso sus debilidades y persiguió una búsqueda interior. Su arte poético se desarrolló junto con el aprendizaje de la vida”.

Leiris utilizó la escritura como una manera de recorrer los pasadizos menos limpios de su ser. En lo personal creo que al exponer su intimidad sin florituras sólo corría el peligro de hacer bostezar a sus lectores, sólo corría el peligro de conocerse a profundidad y comprobar lo vano de toda empresa humana, ese fracaso que nos frena al vernos en ese espejo de nuestras deformidades como humanos o como él lo escribió: “…lo que nos paraliza en todo momento es la incapacidad de mirar de frente nuestra condición”.

Como ensayista su preocupación estuvo enfocada en otros asuntos que poco tenían que ver con lo estrictamente literatura, pero bastante con la cultura, la música, el cine, el teatro, la pintura, la etnografía y uno que otro etcétera. Además, se interesó por músicos y pintores que luego a futuro descollarían como artistas imprescindibles en el panorama artístico como Raymond Queneau, André Masson, Marcel Duchamp, Arnold Schömberg. El libro que recopila algunos de estos ensayos tiene por título “Brisées”, que según el diccionario de la lengua francesa tiene tres acepciones, pero que se podrían resumir como esas marcas, muescas o huellas, que dejan en los árboles el paso de los animales o del hombre. El título en español es “Huellas” y conforma más que una recopilación de textos escritos en distintas etapas, desde 1925 a 1965, es un compendio poliédrico de sus inquietudes y curiosidades intelectuales tan dispares y diversas. Leiris ha escrito: “… no solo de una mera recopilación sino de un cuadro bastante completo de lo que, en campos sumamente diversos, me preocupó desde la lejana época en que esperaba que cierto modo de triturar las palabras me permitiera captar la última palabra de todas las cosas”.

A Leiris le interesaba la escritura no como operación intelectual para embellecer el mundo a través de las palabras, sino como una manera de quitarse todo el ropaje fabricado por la cultura y quedar así expuesto en su versión más natural. Para él la literatura fue un viaje caprichoso por esa ruta peligrosa de conocerse así mismo a través de la escritura sin medir las consecuencias. Cual Narciso se veía a cada momento en ese pozo oscuro del desencanto. No quería ser otro literato más, buscaba salirse del canon literario europeo y que su escritura estuviese en ese lado de la acera de lo verídico. Sin duda hoy se espantaría de cómo lo falso y la mentira tiene su espacio (con infinidad de seguidores) en este mundo paralelo de redes e inteligencia artificial. Hoy sería apenas un profeta perdido clamando en el desierto digital. Un “literato” raro/curioso al que es necesario volver a leer.

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