septiembre 2020 - IV Año

LETRAS

Miguel Hernández en Portugal

75º aniversario (1910-1942)

mh retratoLos motivos que llevaron a Miguel Hernández a intentar la huida a través de Portugal, en mayo de 1939, no fueron otros que el miedo insuperable y la ingenuidad profunda.

El primero fue el resultado del rechazo de sus antiguos amigos poetas, encabezados por Rafael Alberti, a incluirle en la lista de intelectuales que saldrían de Madrid protegidos por la legación chilena, encabezada entonces por Carlos Morla. En efecto, todavía estaba muy reciente el enfrentamiento, en el elegante palacio Spínola de Madrid, sede de los intelectuales antifascistas, de un desastrado Miguel Hernández que regresaba del frente, con aquella alegre y despreocupada banda carnavalesca dirigida por Rosa María León.

Les definiría con todo acierto el mismísimo Juan Ramón Jiménez, como esos poetas que, en lugar de defender la República, jugaban a los milicianos, luciendo el «mono impecablemente planchado y pistolitas de juguete». Se cuenta que en aquella ocasión «el poeta de pueblo», como cicateramente le apodara uno de aquellos despreocupados poetas, no contento con gritar lo que pensaba de ellos tomó una tiza y con mano temblorosa escribió en uno de los muros del palacio Spínola: «¡aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta!»

A los pocos días, un reconocido simpatizante falangista, José María de Cossío, fue quien aconsejó a Miguel Hernández que saliera cuanto antes de ese peligroso Madrid, a punto de caer ya en manos del general Franco. También le indicó que fuera a Sevilla y se confiara a ese otro poeta falangista, a la sazón conservador del Real Alcázar, que fue Joaquín Romero Murube. Más adelante, será el propio Murube quien cuente cómo el azar hizo que, a los pocos días, Miguel Hernández camuflado de jardinero saludara al mismísimo Franco deseándole buenas noches y despertando de nuevo el terror del poeta.

Tanto fue así que, al día siguiente, Miguel Hernández escapa de Sevilla. Lleva consigo dos libros, uno de Aleixandre, «La destrucción o el amor», y su auto sacramental «Quién te ha visto y quién te ve, y sombra de lo que eres». También un reloj de oro blanco, regalo de bodas que le hiciera su buen amigo Vicente Aleixandre, y el traje que lleva puesto. Llega en un camión de mercancías hasta Aroche, localidad de la sierra de Huelva muy cercana a la frontera portuguesa. Seguramente, en alguna taberna alguien le contó que era más fácil pasar la frontera un poco antes de llegar a Rosal, donde los controles eran mucho más estrictos.

miguel-hernandez-2Y aquí es donde la ingenuidad profunda del poeta empieza a jugarle malas pasadas. Consigue, en efecto, cruzar la raya sin mayores problemas. Llega enseguida a una aldea portuguesa llamada Santo Aleixo, donde es acogido por un joven que le indica que allí podría descansar unos días antes de buscar la mejor manera de llegar a Lisboa, donde se pondría bajo la protección de alguna legación sudamericana.

En lugar de hacerle caso, el poeta se lanza a la aventura de intentar llegar por sus propios medios. Lo primero que necesita es algo de dinero. Intenta vender a un campesino el reloj y su propio traje. Apenas le pide unas monedas que le permitiesen alcanzar ese refugio que era Lisboa. El campesino, codicioso, no sólo se queda con el reloj del poeta sino que, tras avisar a los guardias fronterizos, cobra el fatídico duro que todavía se entregaba por cada refugiado denunciado.

Ese mismo día 4 de mayo, Miguel Hernández es conducido al puesto de la Guardia Nacional Republicana de Vila Verde de Ficalho. Allí es retenido apenas dos días y luego entregado a la Guardia Civil de Rosal de la Frontera. Maltratado, hambriento, viéndose a las puertas de la muerte, el poeta dirá a sus guardianes que no se repita con él la misma atrocidad que ocurrió con García Lorca. El día 11 de mayo es enviado a la cárcel de Huelva. Seguramente, de camino haría noche en el puesto de Galaroza. El 15 de mayo ingresará en la cárcel madrileña de Porlier y el 6 de julio, tras las intervenciones de unos y otros, es puesto en libertad.

Luego, su ingenuidad le jugará una última mala pasada. Tal vez creyó, en efecto, que ya había saldado sus cuentas con los nuevos amos de España y por eso se dirigió a su tierra levantina donde, en 1942, como todos sabemos, acabaría sus breves años.

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