febrero de 2026

‘El mundo al revés’, de Silvia Rins 

El mundo al revés
Silvia Rins 

Barcelona: Témenos Edicions, 2024
Ilustraciones de Charo Mur

El verdadero sentido del mundo

Con el paso de los años tendemos a volver a niño que siempre seremos para encontrarnos con él y afianzar nuestra condición permanente de seres en tránsito. En ocasiones, incluso, escribimos desde ese niño eterno al que solo comprendemos de verdad cuando ha pasado el tiempo, y escribimos, como proponía Antoine de Saint-Éxupery en la dedicatoria a su amigo Leon Werth en El principito, para ese niño que fuimos un día y que sigue anidando en nosotros. Creo que esta es la principal clave que guía la mirada de Silvia Rins en El mundo al revés, y estoy seguro de que el lector generoso consigo mismo sabrá apreciarla. Creo, también, que su propuesta se asienta sobre el compromiso que enuncia una frase nuclear en el primero de los textos del libro (“La puerta”): “Solo creen quienes quieren creer” (p. 10), y esto implica franquear, en efecto, una puerta invisible.

En El mundo al revés encontramos todos los elementos que en su día no nos hacía falta explicar, porque no los percibíamos como extraordinarios. Los adultos que ahora somos, sin embargo, sentimos la necesidad de explicarlos porque no queremos perderlos, y entonces, si somos capaces de emprender la aventura con nuestra fe intacta, descubrimos que las palabras no siempre nos bastan para ese ejercicio de comprensión y reformulación. ¿Cómo comprender la paleta de colores que entonces percibíamos o el mundo trascendente, inaprehensible que nos rodeaba? ¿Cómo hablar de ogros, brujas buenas, amigos invisibles, fantasmas, monstruos hambrientos y duendes sin desafiar lo inefable? Silvia Rins lo consigue y nos lleva a la materialización de las sombras, a los tesoros únicos cuyo valor solo es capaz de apreciar un niño y a la posibilidad sencilla de la magia transformadora de tantas varitas mágicas como nos rodean si sabemos descubrirlas.

En este librito luminoso se abre paso la vulnerabilidad (“El unicornio”, “El perro con tres patas”, “El caracol”, las hormigas que experimentan intensamente una felicidad breve en su final inevitable en un terrón de azúcar que se derrite), y si de felicidad se trata, asistimos a la que vive un niño que, invirtiendo el tópico, se convierte en rana enamorada. El mundo al revés, en fin, que se alimenta del misterio de la identidad, cuyas coordenadas se nos escapan (léase, por ejemplo, “La palabra no inventada” o “La niña mala”); del misterio de los sentimientos encontrados: lo difuso, lo abierto, lo que escapa a nuestro entendimiento y a nuestro control o lo que aspiramos a controlar al contrario de lo que los mayores esperan de nosotros, como la niña que solo quiere comprar tiempo para estar con su padre (“El reloj perezoso”); del misterio de los objetos que cobran vida propia y rompen sus límites (“La rebelión de los cubiertos”) porque albergan corazones y son el resultado de transformaciones reveladoras y poderosas (“El corazón en la copa de oro”); el misterio aún más insondable del cosmos que puede habitar en el mismo caos que rodea a ese niño capaz de habitar los dos universos que nombra el texto homónimo.

Prisioneros del reino gris que retrata Silvia Rins, reforzada con la magia de las ilustraciones de Charo Mur –uno de los muchos regalos de este libro–, ahora sabemos que el niño que un día fuimos y que nunca deberíamos dejar marchar quería hacerse mayor para descender al infierno de los muñecos olvidados; sabemos que perdimos nuestras alas al nacer, pero nos espera siempre el vuelo y somos, por fin, conscientes, como nos recuerda la autora en “El dibujo”, de que nosotros somos esa casa que un día supimos dibujar y de que esa, y no otra, será siempre nuestra verdadera casa. Habitante irreducible de esa casa, de la que los años y los desengaños no han logrado desahuciarme, agradezco a Silvia Rins que haya sido capaz de escribir el verdadero sentido del mundo: un mundo al revés.

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