abril de 2024 - VIII Año

‘Es un fracaso el mundo’ de Antonio Daganzo

Es un fracaso el mundo
Antonio Daganzo
Ediciones Ruinas Circulares, Colección “Octaedro”
Prólogo de Sofía García-Atance Lacadena
Buenos Aires, Argentina, 2022
72 páginas

Una “nouvelle” de Antonio Daganzo entre la belleza formal y la osadía psicológica.

Lo primero, no por rotundo menos real: Es un fracaso el mundo (Nouvelle a tres voces y más) me ha gustado, y mucho. No se sorprenda el lector ante esta fácil aseveración, porque el que esto suscribe, en cuestiones narrativas, es muy especial (lo reconozco) y no le gusta cualquier cosa, incluido todo aquello que algunos críticos ponen de maravilloso para arriba. Y, sin embargo, me he tenido que rendir ante este juguete narrativo entre maquiavélico y unamuniano. Quizá estemos ante (no es en absoluto descabellado) un híbrido entre “nouvelle”, por su extensión (Julio Cortázar la definió como un género entre el cuento y la novela), y “nivola”, por su aire provocadoramente unamuniano. Démosle una vuelta.

¿Por qué me ha gustado? Pues porque está escrita de una manera que yo calificaría (no exagero) de perfecta, y cuando una narración es perfecta es porque el autor ha puesto mucho cuidado en que el contenido no le vaya a la zaga a la primorosa belleza narrativa. En este caso, partiendo de un argumento que le debe mucho a la llamada novela psicológica –aunque sin llegar a extremos, digamos, escabrosos-, tenemos una narración que te va atrapando sin que te des cuenta, y esto es así porque cada intervención de los personajes principales, estructuradas al modo teatral, es una forma sui generis de ver el mundo, ese mundo que es un fracaso, pero que es también la vida misma de la cual no nos podemos separar ni podemos prescindir.

El autor nos propone un juego donde los primeros jugadores son los personajes, y los segundos, los lectores; aunque tenga cuidado el lector, pues puede pasar a ser de los primeros cuando menos se lo espere, y es que, si el lector entra en el juego (que entrará), se verá enredado en una madeja de nudos gordianos que tendrá que desatar, cual Alejandro Magno, con la espada de su imaginación y la fuerza de una enorme sonrisa.

Pero no descubramos el juego y sí su forma. A través de una continua, y muy bien estructurada, analepsis, los personajes nos abren su alma y nos descubren sus miedos y sus alegrías, pero también sus esperanzas y sus desilusiones. Este es el juego, pero cuidado: los personajes no están solos; están vigilados muy de cerca por la mano unamuniana (ya lo advertí) de una especie de dios pagano que nos alumbra (o nos da un sopapo de realidad) en los momentos en que la narración puede transitar por caminos demasiado sinuosos. Es una forma de decirnos el autor, a personajes y lectores, que el mundo ha fracasado rotundamente, sí, pero que eso no nos impide seguir con la realidad asfixiante de nuestra vidas, aunque, advierte, no os paséis de listos pues no controláis esas vidas. Es una manera de llevar a su máxima expresión aquello que dejó escrito Schopenhauer: “La voluntad de vivir restablece mediante la escritura la unidad de su consciencia dispersa en el tiempo y el espacio”.

Pero quédese tranquilo el lector y no saque conclusiones precipitadas. Antonio Daganzo, como ya anuncié al principio, nos propone un juego, y los juegos suelen resultar divertidos, amén que didácticos; la “nouvelle” se lee de un tirón (ya sabemos que un juego no se interrumpe hasta que termina) y el disfrute está asegurado, y aquí hay dos maneras de disfrutar: una, sumergiéndonos en una historia cruzada por los hados del destino y por las voluntades heridas, e hirientes, de los personajes que saltan en el tiempo sin que el ritmo narrativo sufra lo más mínimo –es más, el ritmo es simplemente perfecto-; y otra, disfrutando de la narración en sí, de su gusto estético, de la maravillosa forma en que el autor trabaja las palabras y estructura las frases para que la obra resulte un deleite para los ojos (y el alma) de cualquiera que ame la lectura.

Prepárese sin demora el lector a entrar en una obra que le va a seducir, pues, cumpliendo el aserto que esgrimía Oscar Wilde -“No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo”-, Antonio Daganzo las cumple a conciencia: tiene algo que decir y lo dice con la exquisitez de lo que es, un gran poeta.

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