febrero de 2026

‘Elegías’, de Teognis de Mégara

Elegías
Teognis de Mégara
Selección y traducción de Juan Manuel Rodríguez Tobal
Hiperión, Madrid, 2025
101 págs.

TRADUCIR NO ES TRAICIONAR

La lírica arcaica griega siempre plantea un serio desafío a los lectores modernos, pues les obliga a asomarse a un modo de entender la creación poética en una clave a la que no todos están dispuestos.

Por lo pronto, el estado mayoritariamente fragmentario en que ha llegado hasta nuestras manos nos impide disponer de un corpus textual pleno y definido (de hecho, tan solo los Himnos homéricos, estas Elegías de Teognis y los Epinicios de Píndaro han gozado de una transmisión directa, mientras que para el resto de autores  hemos tenido que echar mano de fuentes indirectas o esperar al hallazgo de vestigios en papiros y ostracas). Pero, además, y lo que resulta más importante, sus temas y sus técnicas se nos antojan un tanto ajenos y remotos, con sus himnos rituales y algo retóricos a las divinidades olímpicas, cuando no directamente repelentes, como en el caso de las arengas bélicas de Calino y de Tirteo, las baladronadas aristocráticas de Alceo o las lamentables chanzas misóginas de Semónides. Si queremos sentirnos más o menos en casa, hemos de correr a refugiarnos en la frescura de Arquíloco, en la integridad de Solón, en la sensibilidad de Safo o en el irónico conformismo de Simónides, con los cuales creemos compartir una comprensión de la común humanidad.

En este contexto, la figura de Teognis de Mégara resulta especialmente comprometida, ya que, como nos advierten los estudiosos, ni siquiera tenemos claro que existiera como tal: mientras que unos postulan que fue el autor de un buen puñado de elegías, datadas hacia finales del siglo VI, a las cuales se les irían agregando textos de otros autores, no falta quien (como el italino Aurelio Peretti) lo diluye en la corriente de una tradición gnomológica que cristalizaría, en plena era helenística, en una “sylloge” formada por materiales de aluvión. De lo que no cabe ninguna duda es del perdurable interés que han suscitado a lo largo de los siglos por parte tanto de filósofos y oradores (le citan Platón, Antístenes o Isócrates) como de los eruditos alejandrinos y bizantinos (la Suda alude al corpus teognídeo como una Gnomología a Cirno), lo cual facilitó su transmisión y su pervivencia hasta nuestros días. Aun con todo, como advierte Rodríguez Adrados, siempre fue “una lectura más de moralistas y filósofos que de aficionados a la poesía”, dada la especial naturaleza de sus textos, muchos de ellos de propósito instructivo.

Y es que, a despecho de lo que puede esperar un lector inadvertido, encontrará en los casi 1.400 versos que componen este libro un propósito explícitamente ‘parenético’, es decir: más que la expresión de una emotividad subjetiva, una visión del mundo que el autor desea transmitir en forma de avisos y consejos a su discípulo, el joven Cirno, con el cual parece compartir algo más que charlas.

Dejando a un lado los cantos de rigor en honor a los dioses y a las musas con que se inaugura la serie, así como los poemas de contenido erótico (que en algún momento fueron segregados del conjunto para ser reunidos en un segundo libro), la mayoría de los dísticos de esta “antología de antologías” ‒como ha sido llamada con frecuencia por su naturaleza miscelánea‒ aspiran a defender y preservar unos valores aristocráticos que, en el momento de ser escritos, se estaban viendo amenazados ante la pujanza de una nueva clase emergente formada por “los malos” (kakoi), es decir: por los burgueses enriquecidos gracia al comercio, indiferentes a los códigos de la nobleza dominantes hasta entonces. Esta situación estaba generando, según el poeta, una severa corrupción de las costumbres sociales, de manera que ya nadie podía confiar en nadie: “Unos a otros se engañan y unos de otros se ríen” (59) y “ninguno de sus actos son de fiar” (66). La única manera de sobrevivir en un mundo que parece estar cabeza abajo es, para Teognis, optar por una reserva estratégica (“con ninguno te mezcles”, 63) y por una conducta intachable que haga oídos sordos a los cantos de sirena del dinero: “Elige una vida piadosa con pocos bienes en vez de la opulencia” (145), puesto que “la riqueza entremezcla los linajes” (190), subvierte las pautas tradicionales y socava la elemental confianza entre los hombres. Estos versos, por cierto, no aparecen en la antología objeto de esta reseña, y los cito según la versión de Emilio Suárez de la Torre publicada por Gredos con el título Elegíacos griegos; esta, junto con la Francisco Rodríguez Adrados para Alma Máter y la de Esteban Calderón Dorda para Cátedra (y, en línea, en UCM), hasta donde yo sé son las únicas íntegras disponibles para el lector español, mientras que es posible leer amplios fragmentos en la publicada por Akal bajo el título Antología temática de la poesía lírica griega, y muchos menos tanto en la de Carlos García Gual para Alianza Editorial como en la de Fernando García Romero para Guillermo Escolar.

La señalada no es la única ausencia que se echa en falta en la edición que comentamos, la cual se ha decantado por espigar los pasajes que más “poéticos” le puedan parecer a un lector actual; con ello, en mi opinión, se distorsiona cuando no se falsea la esencia de la obra original. De hecho, la radical heterogeneidad de la Teognídea –como muy significativamente se suele conocer a esta obra– forma parte de su encanto, con esa mezcla caótica e incluso contradictoria de elementos elevados y rastreros, de consejos sensatos y ominosos; al sustraerle su pasmosa irregularidad (genuina como el vivir, el sentir y el pensar del hombre tanto del siglo VI a.C. como del  XXI d.C.), se brinda de la misma una imagen erróneamente depurada y estilizada, lo cual se acentúa aún más si cabe por la alambicada traducción de Rodríguez Tobal. Veamos algunos ejemplos.

Traduce Rodríguez Tobal el verso 105 (Δειλούς εδ ερδοντι ματαιοτάτη χάρις εσ τίν): “Para el que a vil ayuda qué gratitud tan vana”; Rodríguez Adrados: “Ninguna gratitud obtiene el que hace bien a la gente vil”; Calderón Dorda: “Una gratitud muy vana obtiene el que hace bien a miserables”; Suárez de la Torre: “Beneficiar a los viles es el favor más vano”; García Romero: “Del todo inexistente es el agradecimiento que recibe quien hace bien a hombres despreciables”. Podemos percibir, a simple vista, la decisión del traductor de poetizar su versión, alejándola de la llaneza del original para proponer una reescritura bastante discutible.

Otra ejemplo, entre muchos otros que podríamos aducir (τής εύεργεσίης ρηδίη άγγελίη, 574); Rodríguez Tobal: “Fácil del buen obrar es el lenguaje”; Rodríguez Adrados: “El mensaje del bien obrar se extiende fácilmente”; Calderón Dorda: “El mensaje de la acción es recta fácil”; Suárez de la Torre: “Sencillo es el mensaje de las buenas acciones”. En este caso, el hipérbaton, además de incomprensible y gratuito, llega a inducir a confusión, y más que ante un elegíaco arcaico griego, uno puede pensar que se encuentra ante un poeta barroco español.

Uno más, para no abusar de la paciencia del lector: θεών δ’ είμαρμένα δώρα ούκ αν ρηϊδίως θνητός ανήρ προφόγοι (1033); Rodríguez Tobal: “De eso que del destino traen los dioses / el hombre moridero huir no puede”; Rodríguez Adrados: “Un hombre no puede rehuir fácilmente los regalos de los dioses, decretados por el destino”; Calderón Dorda: “Un mortal no puede sustraerse fácilmente a los dones / determinados por los dioses”; Suárez de la Torre: “Los dones que los dioses ya nos han predestinado / no los podría esquivar fácilmente un mortal”. Vemos, de nuevo, cómo, aparte del dudoso gusto de la expresión hombre moridero para plasmar una idea tan banal como hombre mortal, Tobal se empecina en una reescritura artificiosa de una frase que traductores, al menos, tan competentes como él, han volcado de un modo mucho más directo y coloquial.

Y esta es la clave de la cuestión: si hemos de creer a quienes de esto saben mucho más que yo (y no tengo por qué no hacerlo), el estilo de las elegías de Teognis no es en absoluto rebuscado ni lo puede ser pues, como corresponde al contexto simposíaco al que estaban destinadas ‒al menos, en su origen‒, se concibieron para su recitación en público, de modo que la comprensión debía ser prácticamente inmediata; además, a la condición parenética del conjunto, más tendente al tono sentencioso característico de las gnomai que del verso lírico puro, resulta extraña una voluntad de estilo como la que nos transmite Rodríguez Tobal, quien parece querer erigirse en epígono del poeta arcaico para “mejorarlo”, al menos, en su literalidad (ya que no en un plano conceptual, hasta ahí podíamos llegar).

La impresión que uno obtiene al concluir la lectura de esta nueva edición de las Elegías de Teognis de Mégara por Hiperión (la cual habría sido publicada con anterioridad por una, para mí desconocida, Casa del Traductor) es la de una gran oportunidad perdida. No aporta nada en absoluto al ya estimable bagaje de la recepción del corpus teognídeo en España –ni siquiera en la breve presentación inicial encontramos nada sustancioso– y defraudará a los lectores de poesía de nuestro país quienes, si desean conocer quién fue y qué dijo el elegíaco megarense con un mínimo de garantías, mejor harán en acudir a alguna de las ediciones mencionadas en esta reseña, en lugar de perder un solo minuto en una reedición tan estéril como despistada e inoportuna.

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