febrero de 2026

‘Encrucijadas. A Salto de Mata 2’, de José Luis Zerón Huguet

Encrucijadas. A Salto de Mata 2
José Luis Zerón Huguet
Editorial Polibea, 2025
400 pp.

Conversaciones en torno a ‘Encrucijadas. A Salto de Mata 2’, los diarios de José Luis Zerón Huguet

Era una tarde de mediados del año 2016 y nos vimos para tomar un café y charlar un rato. Recuerdo traer a la conversación Nadja de André Bretón, con la que yo estaba fascinado por aquel entonces; de ahí pasamos a su interés por un libro recientemente publicado por Pepitas de calabaza sobre el surrealismo en Chicago; y, entre esto y lo otro, acabamos reflexionando acerca del flâneurismo, esa experiencia de pasear por la ciudad sin rumbo fijo que ambos practicábamos por mero placer estético y que nos había llevado en muchas ocasiones a cruzar nuestros pasos por la calle. “Llevo años obligándome a escribir un diario” —me dijo, hilando esto con lo anterior— “lo hago como ejercicio de estilo y me ayuda a mantener la mirada atenta a lo que ocurre”.

Cuando me extiendo en la lectura de un diario literario, tengo la sensación de ir descorriendo un sendero por el que uno acepta perderse por momentos y en el que, sin embargo, se pueden ir descubriendo algunas de esas pequeñas verdades íntimas que, sin ser grandes desvelos, el paisaje urbano (y el rural) nos ofrece de forma inesperada. “¿Y los publicarás algún día?” – Le pregunté yo, conociendo la riqueza de su bagaje creativo, personal y cultural. “Seguramente, no, pero quién sabe”.

Nos encontramos frente a la reciente publicación de A salto de mata 2: Encrucijadas, la segunda entrega de los diarios de José Luis Zerón Huguet, publicada en 2025 por la editorial madrileña Polibea. Mientras los leo, imagino que voy caminando junto a él, quizá por las inmediaciones de Orihuela, quizá por un territorio más mental que geográfico. Este volumen abarca el periodo de 2016 a 2019, y continúa y afina la apuesta iniciada en A salto de mata. No hay aquí voluntad de exhaustividad ni de confesión desnuda. Zerón escribe desde una consciencia clara de los límites del yo, desde una ética del fragmento. El diario no es un espejo, sino una superficie porosa: deja pasar a través de él la literatura, la música, la memoria, los pequeños y los grandes acontecimientos de la política, el paisaje, la sensación de herida colectiva. Y, entre todo eso, el yo aparece, sí, pero como punto de cruce, como encrucijada.

La palabra no es casual. Encrucijadas nombra tanto el lugar donde confluyen los caminos como el instante en que una decisión (o su aplazamiento) define una forma de estar en el mundo. Caminamos y en cada cruce, cada decisión, reorganiza el flujo del tiempo futuro y reordena el pasado. Así se plantea este libro, dividido en cuatro secciones que no funcionan como compartimentos estancos, sino como zonas de intensidad entre las que se podría ir y volver sin perder un argumento sin principio ni final, como sucede en la experiencia real del recuerdo o del pensamiento.

En una de sus entradas dice Zerón: “presiento que el acontecimiento está aquí, y no es la lluvia. Es algo indefinido que está a la vuelta de la esquina y que no tardará en manifestarse. Pero, probablemente, no ocurrirá nada; así, el suceso en sí es esta misma sensación de inminencia: la incertidumbre de estar vivo…”.

Si se puede justificar la publicación de unos diarios literarios por algo, más allá del empuje social y personal a no dejar obras inconclusas, es por la extraña profundidad (y, por tanto, fascinación) que siente un escritor (y, por extensión, el lector) de todo lo que emana de lo cotidiano, y el valor literario que eso contiene. Es en la percepción atenta a lo que nos rodea donde nos asalta la extrañeza, donde reparamos en la maravilla o, por lo menos, y ahí Zerón ha hecho una verdadera labor de paciente espera a lo largo de toda su vida, donde estamos atentos a la llegada de ese temblor que desata el impulso creativo.

Y, para ello, no hay mejor actitud que vivir planeando en la especulación y el extrañamiento. Dice, en el que para mí es el mejor texto extenso del libro, “Esa incapacidad para llegar al fondo de la realidad… me asusta y me atrae al mismo tiempo”. Pero como, en su opinión: “La palabra da forma a nuestro vacío”, las páginas de este relato fragmentario acaban por transitarse como las calles de una ciudad que es la nuestra y, al mismo tiempo, todas y ninguna.

Este libro sigue una tradición no demasiado extendida, pero que ha ido aflorando desde diferentes rincones de nuestra experiencia contemporánea: la del diario de escritor entendido como ejercicio ético y estético. Pienso en los Diarios de Kafka, nacidos igualmente de la intención del autor de imponerse una tarea creativa; en Cesare Pavese, para quien el diario conducía de su espacio interior a las referencias políticas y culturales y de vuelta; o en los cuadernos de Pessoa, donde el yo se multiplica hasta disolverse. Zerón conversa con todos ellos y con ninguno en particular.

En A salto de mata 2 hay una defensa clara de la lentitud, del matiz, del pensamiento no alineado. El autor anota lecturas, escuchas, noticias, escenas mínimas; pero siempre lo hace desde una conciencia crítica del presente. No hay nostalgia hueca ni optimismo ingenuo. Hay, en cambio, una voluntad de mirar sin estridencias, de escuchar lo que queda fuera del foco.

José Luis Zerón Huguet

Los textos que aparecen en estos diarios no siguen un desarrollo cronológico, algo con lo que sí se sustrae de la tradición diarística. Tampoco fecha los textos. En A salto de mata 2: Encrucijadas, José Luis Zerón Huguet articula el libro en cuatro movimientos complementarios que funcionan como zonas de tránsito más que como secciones cerradas: en Mirar, escuchar, leer, se abre al ejercicio cultural entendido como conversación íntima —lecturas, películas, músicas—, extendiendo la experiencia a todos los planos de realidad que nos ofrecen los mundos creados por otros autores; Los puentes que cruzamos introduce una dimensión más biográfica, donde los recuerdos, escenas y vínculos personales aparecen como huellas que conectan la cotidianeidad con una memoria compartida; en Lampos, siguiendo la línea que comienza en la anterior entrega de sus diarios, condensa el pensamiento en apuntes breves y aforísticos que reivindican el fragmento como forma ética de escritura, resistente a la simplificación y al ruido; y finalmente, La crecida (2019), introduce un cambio de tono al referir, casi a modo de reportaje, sus observaciones en torno al acontecimiento traumático que supuso la riada de Orihuela de 2019 como una escritura del testimonio sobrio, donde la observación de la catástrofe revela tanto la fragilidad del entorno como la necesidad de una conciencia cívica y moral atenta. Cerrando el libro sin clausurarlo, y como un diario que es, abierto al devenir.

Mientras me despido de José Luis después de ese café a mediados de 2016, pienso que ojalá esos diarios se publiquen alguna vez. Es pronto para comer e intuyo que, al torcer la esquina, se va a dejar llevar ciudad a través persiguiendo algún pensamiento. Todavía nos esperan unos cuantos acontecimientos por delante en esos años venideros de riadas, pandemias y fracaso colectivo ante el resurgimiento de las guerras y la crisis de las democracias. Todavía hay espacio para llenar muchas páginas de diario. Pero, en tiempos de exhibición constante, Zerón defiende una escritura del reparo, del cuidado, de la duda fértil. Una mirada a su alrededor en la que cada vez más conocedor de los resortes de este mundo decide poner las cosas en su sitio, sin alzar la voz.

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