mayo 2022 - VI Año

‘Erótica’ de Francisco Álvarez Koki

Erótica
Francisco Álvarez Koki
Ondina Ediciones, 2022
Colección Verdemar / Poesía
Edición bilingüe castellano-inglés
103 páginas

 

Pensar. Puntos y comas. Yo y tu cuerpo. Tristeza y silencio.

El poeta, Francisco Álvarez Koki, desvela tal inmisericorde acertijo y lo llama ortografía de tu cuerpo, en ese cuerpo que, impenitente, se instala el ser del universo: su invisibilidad y su sustancial condecoración: la añoranza.

La memoria acunándose olvido para así mejor recomponerse fértil océano de lo inútil.

Tú, yo, todo lo habido y lo aún por haber, hasta donde no sabemos, combinaciones de números y letras con método.

La bañera, el barco… el tiempo, el agua… y el silencio, tu silencio

Esto nos canta el poeta:

El agua, otra vez el agua
en su dulce chapoteo
subía por tu piel
por entre tus secretos.

Manos y pies y cerebro de lo impensable, del cuerpo de lo invisible, ese secreto, ese rostro de la inocencia, esa piel, ese zumo del nunca fermentando y dando cobijo a lo que en el ser se oculta: la real hambruna del imperecedero placer.

El poeta se funde en tal bendición y se celebra piel, fuerza, vientre del tiempo en la eternidad del agua.

El sofá se recupera de las embestidas
y por el suelo saltan las chispas
de dos cuerpos, cuya energía se extingue
en la hoguera de las pasiones
que vibran al unísono.

Conforma la base de tus pasos, fiel aún nacido, el jadeo, los besos, la poesía que tus huellas aún bocetan en el altar del tiempo.

¿Descansas?  ¡No!

Reconduces el renglón que en la llama inextinguible patrocina a lo siempre vivo: todo es paz en el salón del grito: simple reencuentro la sed, el hambre no es más entre lo que fue y lo que de camino se viste regla fundacional de la sacrosanta respiración.

Todos los caminos forman el laberinto de tu cuerpo
(…)
Me invade la tristeza de mi propio holocausto.
(…)
Ni siquiera podría firmar estos versos
porque hasta la última palabra es tuya.

Nada nos pertenece.

Reconstruimos el paladar de lo ausente, el mentón fósil de lo que no nos fue dado, el solar que en la luz encuerpa al quiero. Cuántos idiomas celebra la piel, reza el poeta.

Abrazarte…
Sentir el olor de tu piel clara
en los suspiros de mi alma.
(…)
Te deseo con las locuras de un adolescente
que jamás amó antes

Registro imperdible de la memoria ausente, la piel, el no lugar del olvido, alimenta al viento, crece la sin par corporeidad del infinito. Forma parte del carcaj de la locura: es, en presente siempre, lo aún por masticar: como la conciencia.

Tiemblo bajo tu cuerpo,
(…)
Masturbo los silencios
(…)
Bajo tu cuerpo soy esclavo.
(…)
y me refugio en tu piel
hasta tu herida mojada

Red que especia y alumbra al mundo: la herida: es fuente, manantial que al grito escuela y encumbra renglón del sueño, “brisa en la rama”, refugio que al placer encarna: esa lente que el silencio esculpe.

Qué palabra… la mujer
Qué ojos… la luna
Qué tiempo o espera… el abecedario
Qué sonrisa, qué llanto… la esfera, el silencio
Tus dos pechos… el beso, la vida
Qué tránsito… la eternidad en ti, en cada orgasmo

Temblores que despiertan al barro… el abrazo, tus dedos, tu piel, tus ojos…

Tu boca es húmeda
y cuando muerde…
(…)
no hay noches en mi alma.

Toda la interpretación qué en los sentidos, sí, sí, sí, toda interpretación la respiración de un cuarto, (de aquella habitación). Los sentidos las arrugas de su almohada. Galicia. América. Lola… La vida un cuarto. La voz, su sed de alientos y de labios. La noche un cuarto. Para dibujarte entre cuatro paredes, Lola. Tendría esta noche que pintar un cuadro: El cuarto que no te parió.

El poeta en su feliz desesperación ahorma lo que en lo visible sostiene a lo invisible y así canta, baila, palpa, disfruta encarnando en sí mismo la acorporeidad de lo insondable y así, vitamínico, nos regala el mundo y su placentera hambruna:

Desde lo alto hasta lo inmenso
he hundido mi mano en tu pecho.
(…)
He subido hasta la cima
tremenda de tus besos.
(…)
ni siquiera el alba
puede arrojarme de tu lecho.
¡Oh! diosa de mi amor,
cuál es tu secreto,
pues cuánto más te amo,
más te deseo.

El amor, ¿un algoritmo?

El no lugar sin freno en peregrinación permanente

Esto, para no perderse, estucha el poeta:

Amo tus grandes ojos
(…)
Amo tus palabras…
(…)
y amo esos suspiros
que lánguidamente derramas
sobre el alma de mi cuerpo
(…)
más allá de todo silencio
y toda consonancia.

El silencio, el cubalibre que despierta a la infinitud. Toda consonancia el rincón de oro que sustancia al temblor que te hila siempre vivo.

En ella, en su existencia, en el vértigo que presentiza a su amada en realidad palpable, en esa bendición se goza el poeta:

Necesito tus ojos
hechos de la nada,
y tus manos y tus dedos
que acarician mi alma.

Todas las razones en el común cuerpo que conforman temblor y éxtasis: el amor su floral dentadura. En ese mar se acuna el poeta:

Razón de amar

Me sobra la razón para amarte
y para amar las vacías estancias del tiempo
que crecen silenciosas en la nada.
Apenas hace tiempo…
pero tal vez infinito que te amo.
Una noche cualquiera,
te induje al pecado, y tú preferiste amarme.
Tus formas óseas perdidas en el limbo
de una noche eterna y lúdica.
Los dos sonreímos a un tiempo,
como cómplices de un mismo delito,
pero teníamos un dulce atenuante.
De tus ojos salieron
lagrimones transparentes y cálidos,
como las encendidas noches de verano.
Mientras tus mejillas me sentían,
de tus labios escuchaba
las suaves y temblorosas notas de una brisa
asustada.
Temblabas tú, ¿verdad que yo también temblaba?
sentía frío, todo me resuena en ecos perdidos
en el recuerdo y en el tiempo,
pero tú y yo
seguimos amando nuestra estancia.

Poemario de la desnudez. Versos que construyen y arropan a lo que de carnal no alcanza el alma.

Todos los papeles, todos, esperan tu mirada,

En esa mesa el ciento por uno de cuanto en lo visible escapa al furor de lo que nos viene impuesto. El quiero repoblando en lo que en lo dado falta, esa singularidad que dibuja lo propio y único. Y el deseo festejando insaciable lo imperdible que lo vivo encarna:

Dame mujer más albas
que mi ser nunca se acaba.

En esa bandera proclama el poeta el sabor del cronos. Contra la caducidad de lo auténtico. ¿Hay algo más inútil, sabroso, fructífero e irrepetible, que lo vivo? La vida misma perejil en el plato de lo mil veces condimentado y aún por digerir. El poeta recuerda, más allá del olvido que nos da nombre, que en el amor y con el amor todo se sustancia sentido, temblor fértil en el renglón del misterio.

Te conocen las amapolas, la luna, los perros, los pájaros, el invierno, los cristales de la ventana, las gotas de lluvia, las albas y los anocheceres, el monte, el mar y el viento…

Y yo que sin conocerte todavía,
te perseguí por los silencios de mi vida…
(…)
Yo era el hombre de la infinita tristeza
hasta que tus ojos se posaron en mí,
hasta que tus besos arrancaron mi aliento
y el amor se hizo verso.

Nada que no sea memoria encuerpa al viento, a la piel que atesora a lo palpable.

Espejos, recuerdos, ojos, silencio, palabras, suburbios, callejuelas, pisadas… París…: no son pasos, son besos, y almohadan al siempre naciente, al poeta, a ti, a tu amor.

Besos, palabras, lágrimas, el fuego de las mil ventanas del tiempo, el febril vestuario del mundo (los hechos), el corazón… para decirte lo que no importa y desangra a los infinitos credos que roen a lo vivo, a la vida, a lo que no se sabe: que te quiero.

Como cualquier archivo o moneda… ¿la cuerda el beso? ¿Qué tapa, qué administra el salón de los abrazos? El quiero, lo que quiero, sí, el tú, el yo, el nosotros: la pura desnudez de la fertilidad de lo aún inalcanzable. En esa red mar universo se enciende el poeta. En esa hoguera, Koki. En esa lanza, cuerpo del inacabable placer: Erótica… este poemario que en todo se celebra ojo y pie y mano… y vientre y muslo y pecho… y entrepierna gozosa del barro y senda y seda y lengua…  contra el dolor, contra la miseria, contra la muerte… deléitate en él, querido lector o lectora, tuyo el placer y el rincón que te consuela vivo: Sexo, sí, el abecedario que te da nombre y contra el tiempo se esculpe carcajada: carne sin principio sin final.

Insisto, no me repito: si nunca han estado enamorados, y también si lo han estado, lean, disfruten, abrácense en este hermoso florecer de la carne, en Erótica (Ondina Ediciones), que responde al placer con que Koki, feliz, se desnuda en la eternidad del fuego que en la palabra araña al placer. Paladéense en el amor, en su carnalidad siempre naciente y se habrán bañado para siempre en las delicadas y sabrosas aguas del sin par deleite. El mar de lo imperecedero será desde entonces, señoras y señores, sabia fuerte en vuestro diario declinar la sed y el corazón de lo siempre vivo.

Nada es como ayer, sí, nada es como ayer, grita el poeta.  Y En esa bendición del número y la letra, en esa reconstrucción del aire, del oxígeno, en esa piel de lo incontable se acuna el poeta:

Nada es como ayer,
yo lo comprendo,
pero dos ojos como dos lunas
se me han clavado en el pecho.
No me creas nunca,
pero dame siempre tus besos,
tus racimos de besos
que todavía sobreviven en la calle,
que todavía cuelgan de mis labios.
Veo desde la ventana, la misma de ayer,
aunque ya no es la misma sin ti,
tampoco será la misma sin ti,
tampoco será la misma gente de ayer,
y espero tu voz cada instante.
Hice de mi corazón un guiñapo esta mañana
y lo he colgado entre las nubes desangrándose.
Espero los minutos y los instantes, de ese golpear
de tu corazón apasionado, hasta la médula del
sentimiento.
Tendré que llorar esta tarde, qué importa,
siempre me quedaran lágrimas, besos y palabras,
para decirte ¡te quiero!