julio de 2026

‘La invención del espejo’, de Ricardo Martínez-Conde

La invención del espejo · Ensayos
Ricardo Martínez-Conde
Zadar eds., 2019

¿Qué lugar ocupan la tristeza, el silencio o la melancolía en la construcción de nuestra identidad? ¿Qué nos revelan el paisaje, la memoria o la experiencia del amor acerca de quiénes somos?

La invención del espejo reúne una serie de ensayos breves articulados en torno a dos núcleos temáticos principales: la exploración de determinados estados anímicos y existenciales («Por la varia razón») y una reflexión sobre la literatura como espacio de configuración de la identidad («Literatura como identidad»); en ambos, su autor explora algunas de las experiencias más hondas de la condición humana. Estos textos, concebidos como una invitación a la reflexión, convierten la literatura en un espejo donde reconocer nuestras dudas, nuestros afectos y la complejidad de lo vivido.

El ensayo inicial, «De la tristeza», ofrece una buena muestra de ello. Lejos de considerar la tristeza únicamente como una carencia o una enfermedad del ánimo, el autor la reivindica como una forma de configuración ética del individuo. Escribe: «No: vivir con tristeza (…). No: vivir en la tristeza»; y concluye con una afirmación tan provocadora como hermosa: «Es así, al fin, que el hombre triste es el que ama». En estas páginas aparece una de las constantes del libro: la voluntad de rescatar ciertas experiencias interiores —la soledad, el recogimiento, la melancolía— del descrédito utilitarista al que han sido condenadas.

A veces esa apuesta alcanza momentos de gran intensidad poética. En «De la melancolía», por ejemplo, el autor personifica ese estado del alma en una figura que espera al hombre «a la sombra de un árbol antiguo, delicado y esbelto». La escena posee un aire alegórico que remite tanto a la tradición medieval como a ciertos pasajes de Hermann Hesse. Más adelante, cuando el protagonista se contempla en un espejo y reconoce en él el rostro de la melancolía, el lector comprende que el verdadero asunto del libro es el reconocimiento de uno mismo. El espejo del título no refleja el mundo: nos devuelve una imagen incómoda y necesaria de nuestra intimidad.

No obstante, el ensayo más logrado sea quizá «Del silencio» donde, en un momento saturado de discursos, se reivindica el valor cognoscitivo del callar. «Se puede mentir tanto a través de las palabras», advierte, antes de sugerir que el silencio obliga a una comunicación más exigente, basada en el gesto, la escucha y la interpretación: el silencio como condición de posibilidad del conocimiento auténtico y de una relación más profunda con la alteridad. Además, se percibe una crítica implícita a la superficialidad contemporánea que el autor desarrolla sin estridencias, mediante imágenes precisas: el silencio como «un río interior» o como una forma de «identidad».

También merece destacarse el ensayo dedicado a las estaciones. Lo que podría haber derivado hacia un mero catálogo simbólico acaba convirtiéndose en una pequeña fenomenología del ánimo. Cada periodo del ciclo natural se corresponde con una modalidad específica de experiencia existencial: la primavera despierta el deseo de participar nuevamente del mundo; el verano se asocia a una cierta indolencia corporal; el otoño convoca la memoria y el símbolo; el invierno, finalmente, aparece como el tiempo privilegiado de la inteligencia reflexiva. Especialmente sugerente resulta la descripción otoñal, cuando el autor afirma que «los símbolos (…) adquieren un protagonismo que hasta ahora no habían tenido».

En la segunda parte del libro, dedicada a la literatura como identidad, esta idea se hace explícita. La lectura aparece como una práctica formativa y moral, capaz de enriquecer la sensibilidad y favorecer el autoconocimiento. «Gracias a la fantasía y a ese código de amor que la lectura encierra será (…) como podamos conocernos a nosotros mismos», afirma el autor. Resulta significativa la amplitud del horizonte cultural convocado, que integra referencias procedentes de la filosofía clásica, la tradición taoísta, la literatura japonesa, la lírica galaico-portuguesa o escritores modernos como Borges y Ernesto Sábato. La literatura, como el espejo, devuelve una figura interpretada de lo real; una figura incompleta, acaso, pero imprescindible.

La invención del espejo propone, en definitiva, una serena indagación sobre algunas de las cuestiones esenciales de la existencia. Invitando al lector a reconocerse en ese territorio íntimo donde se encuentran la sensibilidad, la belleza y el deseo de comprender. Un libro que reivindica la literatura como una manera de habitar el mundo con mayor conciencia.

Para lectores que aún creen que pensar y sentir son formas inseparables de conocimiento.

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