diciembre 2020 - IV Año

LIBROS

‘No supo Víctor Frankenstein ser madre’ Francisco José Najarro

‘No supo Víctor Frankenstein ser madre’
Francisco José Najarro
RIL Editores, 2019

Ya lo hizo notar Félix Grande, a propósito de aquello de Neruda: no es lo mismo ‘Esta noche puede escribir los versos más tristes’ que ‘Puedo escribir los versos más tristes esta noche’. Del mismo modo, no es lo mismo ‘Víctor Frankenstein no supo ser madre’, ni tampoco ‘No supo ser madre Víctor Frankenstein’, que ‘No supo Víctor Frankenstein ser madre’. Lisa y llanamente, por una cuestión de musicalidad en la construcción del verso endecasílabo, lo cual no resulta baladí, en absoluto, teniendo en cuenta la propuesta textual de Francisco José Najarro (Zafra, Badajoz, 1987) en el que supone el cuarto de sus libros de poesía, tras La Vespa amarilla (2009), El extraño que come en tu vajilla (obra de 2012, publicada por Ediciones Vitruvio, cuyo surgimiento nos permitió a muchos empezar a conocer las creaciones del autor) y Lo que cuentan mis hermanas (Ediciones Liliputienses, 2014). No resulta baladí porque la nueva propuesta de Paco Najarro –aparecida tanto en España como en Chile gracias al expansivo buen hacer de RIL Editores, sello referencial del país andino- consiste en un único y muy amplio poema; en un extenso canto de 311 versos, defendido formalmente por una dominante presencia de endecasílabos cuya articulación y ritmo irreprochables contribuyen a la homogeneidad y a la coherencia de un trabajo que, de tal modo, puede permitirse una progresiva apertura temática, e incluso los desarrollos digresivos.

No supo Víctor Frankenstein ser madre; así, de entrada: hay títulos que sacuden como terremotos. Y que tienen, al mismo tiempo, la virtud de la sugerencia inequívoca aunque impredecible en su recorrido seminal. Si a ello se añade la cita del gran Claudio Rodríguez que sirve de pórtico al trabajo, ‘¿Quién hace menos creados / cada vez a los seres?’, obtendremos la clave de bóveda que propicia las indagaciones de la lírica a partir de una paradoja fecunda: cómo todo lo creado pierde el pulso de su origen; de un origen no sólo inolvidable, sino también insoslayable. ‘Remienden el cordón que nos unía / que bajar a la infancia es peligroso / y no tengo memoria donde asirme’, leemos al poco de comenzar el libro, a lo que el autor añade: ‘Contad, ¿cómo crecí sin notar nada, / cómo mis huesos se agrandaron fáciles / (…) y ahora, que cesó cuanto crecía, / me duele la expansión de aquellos años?’. En su reflexión poética en torno al hecho creativo y sus orígenes, Najarro acierta a abrir el juego desde las regiones más íntimas, las de la experiencia familiar y la conciencia de los primeros años (‘No entiende un niño gordo de fronteras. / Un niño gordo ocupa / el espacio pidiendo perdón siempre, / a las sillas, / a las niñas, / a la música.’). Si ‘un hombre se deshace en el intento / de recordar la infancia sin su madre’, tal recuerdo abrazado, tal conciencia del origen permitirá al sujeto poético sus posteriores indagaciones sobre la trascendencia de la creación; de la creación literaria incluso, que, de manera análoga, ha de aunar la minuciosidad con el sacrificio y la capacidad para una rendida ternura: ‘Quien crea poesía a un hombre crea. / Piensa en un mapa mudo, crea ríos, / críalos como madre con tus manos’. De ahí el fracaso de Víctor Frankenstein en sus desmesuradas pretensiones prometeicas: ‘Topógrafo maldito aquel que crea / que dibujar un cuerpo ya es ser madre. / Que Víctor Frankenstein jamás dio a luz…’.

Francisco José Najarro habla con el lenguaje de ‘aquellos que nacieron con el don / de la voz extremadamente grande’. El don de la voz poética capaz del brochazo expresionista (‘Ciertas palabras dejan en la piel / un olor asqueroso al escribirlas, / como las tripas del pescado azul / cuyo color se rompe con el corte’) y de las oportunas vendimias surrealistas (‘Como el caballo que salió corriendo / tráquea arriba al descubrir que siempre / seremos extranjeros’). Sobre todo, Paco Najarro explora a fondo la paradoja de partida, constatando cómo la expansión de los límites implica la certidumbre del extrañamiento respecto al impulso vital; algo que queda evocado con muy buena puntería: ‘La explosión en la mina, lo que soy: / la piedra que le sobra al mineral’. Sabiéndose el sujeto poético –como todo ser humano- paradójica creación, ¿puede brindar el hecho literario un refugio? Y, más que un refugio, ¿un sentido totalizador a lo expansivo menguante? Los lectores de No supo Víctor Frankenstein ser madre pueden encontrar las posibles respuestas en los desarrollos crecientes de la obra; en los meandros de un canto que deviene poema río, notabilísimo y de dilatadas connotaciones.