octubre 2020 - IV Año

TRIBUNA

Guerra cultural, democracia y libertad

Se necesita también protección contra la tiranía de la opinión y sentimientos prevalecientes; contra la tendencia de la sociedad a imponer por medios distintos de las penas civiles, sus propias ideas y práctica de conducta a aquellos que disientan de ellas; a ahogar el desenvolvimiento y, si posible fuera, a impedir la formación de individualidades originales y a obligar a todos los caracteres a moldearse sobre el suyo propio.’ Esto es lo que afirmaba John Stuar Mill allá por el año 1859 en su obra ‘Sobre la libertad’.

Y es que el debate subyacente a todo el ruido político y mediático, a todas las nuevas conceptualizaciones emergentes a lomos de la posmodernidad (posverdad, desinformación, sociedad líquida, ‘todo lo sólido se desvanece en el aire’ …) no es otro que el de la libertad, y de ahí derivan las distintas opciones que se pretenden hacer pasar por democráticas o que, a lo sumo, de la democracia solo pretenden que sea su justificación, la pantalla con la que cubrir planteamientos autoritarios y, en algunos casos, totalitarios.

Desde luego estoy de acuerdo con Pedro López cuando en su artículo titulado ‘El liberalismo en el siglo XXI (y II)’ cuando dice (entre otras muchas otras acertadas afirmaciones) que ‘La libertad es el derecho en el que se fundan todos los demás derechos’. Porque es la libertad lo que debe ser el fundamento de la democracia (me resulta llamativo que en pleno siglo XXI deba expresarse lo que debería ser autoevidente). Incluso añadiría que hay que hacer hincapié, hay que hacer pedagogía de las libertades tanto positivas como, sobre todo, de las negativas. Hemos de poner en valor al individuo, su sagrada esfera privada y su proyección pública como ciudadano.

…es un problema de libertad, entre aquellos que pretenden imponer una forma de entender la realidad, que pretenden controlar el comportamiento del individuo y que pretenden convertir al ciudadano en un creyente

Lamentablemente ello no es así, no parece existir dicha voluntad pedagógica y, además, debido al cambio en el paradigma tecnológico de la comunicación, los sesgos de confirmación, las cajas de resonancia, los algoritmos diseñados para la crear espacios autorreferenciales, etc. Hace que la reflexión de Mill con la que empezaba este artículo estén más en vigor que nunca, ya que estas herramientas en manos del populismo les permite impactar de forma muy eficiente en una parte considerable de la población. Además, de manos del relativismo y de estrategias de desinformación están naciendo nuevos marcos mentales que paulatinamente van asumiendo conceptos y seudovalores que son claramente antidemocráticos.

Sin embargo, en este mar de confusión intelectual y social, la creación de nuevos marcos, que pretenden pasar por cosmovisiones, son en verdad estrategias e instrumentos comunicacionales para facilitar la implementación silenciosa de programas políticos autoritarios, digo esto porque no estamos ante unos metarrelatos escatológicos más o menos bien construidos intelectualmente hablando. Nos enfrentamos a un juego de poder que utiliza juegos del lenguaje para crear climas de opinión favorables a sus tesis (tipo ‘ventana de Overton). Hay quién denomina a estos juegos como ‘guerras culturales’ que en el fondo quieren decir ‘confrontación entre valores morales’ o, incluso como decía más arriba, entre ‘cosmovisiones’.

Lo que me resulta realmente llamativo ante este escenario es que mucho de los actores relevantes que actúan contra el populismo caen en la trampa de entrar en el estéril debate del combate de los valores o, lo que es lo mismo, entran en tromba en unas aparentes guerras culturales que es precisamente lo que necesita el populismo de todo pelaje. Esto es, necesitan una alteridad que justifique un escenario de polarización extrema, de enfrentamiento y de cosificación de todo aquél que no piense como tú. Todo ello olvidando la parte nuclear que comentaba: el problema es un problema de libertad, entre aquellos que pretenden imponer una forma de entender la realidad, que pretenden controlar el comportamiento del individuo y que pretenden convertir al ciudadano en un creyente. Caer en esta trampa es una grave irresponsabilidad porque la polarización solo favorece a los extremistas, nunca a los demócratas.

No quiero acabar este artículo sin hacer un apunte respecto a lo que decía anteriormente respecto a la vacuidad intelectual de este nuevo populismo, en este caso el que se denomina de izquierdas. Me refiero a las reflexiones ‘intelectuales’ de Irene Montero que podrían encuadrarse en una especie de relativismo nihilista que en verdad es huida de la realidad o un mero embotellamiento mental: ‘¿Existen los hombres y las mujeres? ¿qué es ser hombre y mujer? ¿Cómo se conceptualiza en las diversas teorías el binomio sexo-género y cómo se traslada a los derechos y políticas públicas? ¿Cuál es el nivel de hormonas que tenemos que tener para ser considerados hombres o mujeres? ¿Cuánta talla de pecho tenemos que tener para ser hombre o mujer?’ (no puedo evitar lanzarle otros ‘razonamientos’ siguiendo el hilo del ‘profundo’ pensamiento de nuestra ministra -nótese la ironía- ¿qué tanto por ciento de coincidencia genética debe tener un ser vivo para ser considerado humano? O ¿para qué hacer políticas de género si no se puede determinar qué es un hombre o una mujer? ¿para qué hizo falta las luchas de las mujeres por sus derechos civiles si, en verdad, el problema es que ellas no sabían que en verdad podrían ser hombres (o no)?).

Tengo la sensación de que esta necesidad de ser el más progresista de los progresistas les lleva a una espiral de confusión irracional. Con un comportamiento que más que servidores públicos parecen ser chamanes que interpretan los astros e imponen su criterio a la tribu, imagino qué diría Lenin si escuchase las tesis de su pos-discípula Irene Montero. Lo que Montero y muchos de los suyos ignora o quiere ignorar es que el Estado -el magistrado como decía Mill- no puede inmiscuirse en la sagrada esfera privada del individuo. Que la libertad no es la libertad de pensar como tú quieres que piensen los demás, la libertad es que cada uno tenga su propio pensamiento. Porque al fomentar la libertad individual se genera la creatividad, la pluralidad y la diversidad y ello asegura la perfectibilidad y la calidad de la democracia.

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