noviembre 2020 - IV Año

LIBROS

Asalto al europeísmo

Fernando Nolla publica “El imperio burocrático”, una impugnación a la integración continental

La unión de España a la Comunidad Europea fue acogida en nuestro país con un entusiasmo irrefrenable. Toda persona deseosa de libertades y democracia se adhirió a la idea europea con una entrega sin apenas objeción alguna. En los ánimos más ardientes, latía la imperiosa necesidad de salir -con la ayuda material y simbólica, europea- de la asfixia con la que el franquismo sofocaba aquellos anhelos. Ni una sombra de crítica compareció en escena. Tan solo algunos sectores franquistas, los mismos que en el asunto de la entrega de las bases militares a Estados Unidos no tuvieron reparo en abdicar de la soberanía nacional, la evocaron entonces mascullando que la incorporación de España a Europa la comprometía. Desconocían, sin duda, la impronta estadounidense en el impulso originario de la CEE, concebida desde Washington como freno eficaz a una potencial expansión soviética por Europa occidental.

Por parte de la izquierda, los resabios obvios contra lo que algunos denominaban “la Europa de los mercaderes”, quedaron neutralizados con el argumento según el cual, la integración española abriría al futuro la posibilidad de “internacionalizar la lucha de clases a escala europea”, en palabras de Santiago Carrillo. El caso fue que la idea paneuropea cristalizó, ya formalmente, en 1985. España se convirtió así en uno de los principales viveros continentales legitimadores del europeísmo. Los primeros disgustos serios no llegarían hasta el año 2000, cuando apareció en escena la moneda única: nuestras 166 pesetas valían un simple euro. Pero, con todo, el criticismo no hizo mella en la europeidad hispana, tan firme como acríticamente asentada en nuestro país.

Los asuntos europeos pasaron a un segundo plano en los intereses inmediatos de los españoles, entre otras razones porque se daba por bueno a priori todo lo que de allí llegara y porque nunca hubo una política razonable de información ni de comunicación al respecto. Además, todo lo relacionado con Europa accedía aquí en un lenguaje neutro, institucional, cuando no abstruso, carente de atractivo, pese a la importancia que albergaban en su interior mucha de las resoluciones de Bruselas y Estrasburgo.

El enderezado eurocamino de rosas, sin embargo, comenzó a torcerse cuando surgieron focos críticos muy contundentes, primero dispersos, manifiestos luego en los timbrazos dados por los votantes franceses y holandeses contra el proyecto de unificación constitucional, así como, posteriormente, entre los votantes ingleses del Brexit, que optaron en las urnas por la salida de la Unión Europea. Las razones y motivaciones de unos y otros eran distintas. Pero el denominador común de sus votos mostraba una faz abiertamente recelosa y, en muchos aspectos, claramente anti-unitaria: la conciencia del creciente y pesado fardo de la burocracia comunitaria; las pulsiones a la ampliación; la complejidad unida a la parálisis política; más la impericia en la gestión de la crisis en Yugoslavia, que condujo a su desmembración, lastraron poco a poco las seductoras ilusiones despertadas. Pero, por encima de todo, fue determinante el rechazo a los super-poderes incuestionables otorgados a la Comisión que rige la UE, al igual que los des-poderes parlamentarios que ello implica en términos de déficit de representación democrática, todo lo cual desató una oleada de rechazo que han encontrado, también en España, cierto eco con resonancia sobre todo en ambientes de la derecha recalcitrante.

Quien de manera sistemática, sin embargo, ha conjugado aquí muy recientemente la crítica contra la Europa de Bruselas, Estrasburgo y Luxemburgo ha sido Fernando Nolla (Madrid, 1951), en su libro El Imperio burocrático, recién publicado en Madrid y Nueva York por la editorial Bolchiro. Procedente ideológicamente del PCE, desde la Facultad de Ciencias Políticas donde cursaba la Licenciatura, sería uno de los dirigentes estudiantiles más capaces del Distrito Universitario de Madrid en las postrimerías del franquismo. Pasó por prisión. Tras opositar a la Inspección de Trabajo, viajaría como cooperante a Mozambique. De regreso a España, sería Asesor del Defensor del Pueblo; Nolla ha sido también miembro del Comité de Altos Responsables de la Unión Europea, así como director de programas de asesoramiento a Letonia, República Checa y Rumanía para facilitar su acceso a la UE.

En base a estas experiencias, pero ya desde su ubicación actual en las antípodas ideo-políticas del comunismo, escribió un libro cuya lectura atrae. Y lo hace por su abierta toma de posición anti-europeísta, frontalmente contrapuesta al conformismo proeuropeo, ciertamente acrítico, aún existente en la sociedad española. La dureza de sus argumentos es tan contundente, que invita a reflexionar –y en ocasiones a fortalecer- las concepciones europeístas vigentes, generalmente basadas en la ausencia de información y de interés por parte del gran público.

Metapolítica versus soberanía nacional

El autor despliega su examen signado por un rotundo criticismo que estremece, si bien se muestra profusamente documentado: 30 páginas añadidas a las 300 de su libro incluyen casi 500 notas de enlaces informáticos relativos a los numerosos extremos que aborda. Nolla se basa en la consideración de que Europa habría erradicado de cuajo las soberanías nacionales de los Estados miembros para crear una estructura metapolítica, con ínfulas imperiales, asentada en una elefantiásica y voraz burocracia especulativa, capaz de reproducirse sin límites.

A este aparato administrativo le atribuye Nolla tal propósito “imperial” intencionalmente versado a inundar las relaciones interestatales de sus miembros con el fin deliberado de asfixiarlas. Y lo haría, dice el autor, mediante la emisión ininterrumpida de un fárrago incontrolado de leyes y reglamentaciones supraestatales que nadie conoce en su integridad y alcance; porque, a su entender, resultan en verdad inabarcables e incognoscibles dada la desbocada velocidad legislativa con la que premeditadamente se las hace aflorar. A ello añade su aserto según el cual, la supuesta vertebración ordenada y eficaz de los organismos rectores de la Unión Europea no sería tal, puesto que, en su opinión, a la Comisión Europea, el Ejecutivo continental, correspondería un poder casi absoluto, sin atisbo democrático alguno. Y ello porque el supremo órgano retiene la iniciativa parlamentaria y en la práctica, hace y deshace a su antojo todo lo que quiere, fuera de cualquier control democrático eficaz por parte de la ciudadanía de a pie. Y todo pese al impacto en la vida cotidiana de los pueblos europeos de las decisiones que adopta, merced a un supuesto enjambre de instituciones igualmente burocratizadas esparcidas por doquier en distintas sedes comunitarias.

La idea imperial-burocrática europea, asegura Nolla, se asienta en una sacralización impropia y desaforada de los Derechos Humanos como cemento vertebrador de la Unión, que los convertiría en coartada ideal para desmantelar, mediante un buenismo y un humanitarismo que tilda de hipócritas, todo tipo de racionalidad política; tal supuesto desafuero hallaría expresión suprema en las políticas migratorias de puertas abiertas seguidas por los organismos europeos con el aval de la Organización de las Naciones Unidas. Con lógica mecánica y, evidentemente demagógica, establece que la favorabilidad de las políticas migratorias hacia los migrantes desfavorece objetivamente a los nacionales de los Estados que les abren sus puertas, porque con tal corrección descompensa en su contra el principio de igualdad ante la ley. Pero el autor de El Imperio burocrático no se queda ahí y arremete contra toda forma de igualitarismo, señaladamente el que subyace en la entraña misma del derecho humanitario. La perversión conceptual residiría, a su juicio, en remitir la legitimación legislativa y política de toda la actividad del sistema unitario europeo a una supuesta bondad o amor al prójimo, categorías a su juicio totalmente evanescentes, dada la inconmensurabilidad de lo ético. Lo considera un difuso paradigma evocado por los burócratas para hacer incuestionable su imperio.

Olvidos

Combate y rechaza la supranacionalidad europea con argumentos vinculados a supuestos intereses nacional-estatales, pero parece olvidar que la interpretación nacionalista de esos intereses -por parte de alemanes y franceses, ingleses y rusos también-, se halló en el origen mismo de las dos terribles Guerras Mundiales que tuvieron por principal escenario el continente europeo con un saldo de sangre y sufrimiento cifrado en millones de víctimas. Parece desconocer que la idea de armonía, gestada en la Grecia clásica en base a la proporcionalidad entre el todo y las partes, no cabe aplicarla a la estatalidad europea, ya que el tamaño y el peso demográfico, cultural, histórico, económico o militar de Alemania o de Francia, por ejemplo, no pueden compararse con los de países como Bélgica, Holanda, Hungría, Letonia o Luxemburgo. Lo cual determina una proclividad hegemónica evidente y cíclica, que la apuesta paneuropea trató y trata de superar mediante una ingeniería organizativa, administrativa y política, de una extraordinaria complejidad.

El autor yerra al considerar la igualdad como una quimera inalcanzable, porque desde su perspectiva, evidentemente muy mecánica,  confunde igualdad y uniformidad, confusión que fue, precisamente, una de las claves ideológicas que determinó la caída de la Unión Soviética, federación estatal que acapara sus principales invectivas. Además, en clave historicista hegeliana, la URSS, antítesis de las tesis capitalistas, tras su consunción en 1990 impregnó la síntesis que caracteriza el panorama europeo actual con algunos elementos procedentes de la cultura política soviética, como por ejemplo, el igualitarismo, reivindicado asimismo por el catolicismo, cuya impronta civilizacional europea pocos cuestionan. Baraja además una idea finalista de la igualdad, cuando el igualitarismo socialista cabal lo propone como situación inicial y de partida, condición sine qua non para poder verificar el axioma de que cada ser humano es singular. Ello no podría en ningún caso probarse si no hay un punto de arranque igualitario en lo concerniente a condiciones sociales, económicas y humanas en general de quienes concurren a la carrera vital.

Denuncia la alarma, a su juicio premeditadamente desproporcionada, por la crisis medioambiental mundial, que considera esgrimida de manera tremendista y milenarista, para acollonar a la población y facilitar su auto-culpabilización, muy funcional, considera, para asentar las bases doctrinales de un, por él denostado, buenismo que imputa incluso al Papa.

Europa, espacio de libertad

Aunque parezca contradictorio, resulta recomendable leer este libro pues pone a prueba nuestras convicciones europeístas. Independientemente de las críticas fundadas que se puedan hacer a las estructuras, organización y fines europeos, Europa constituye incuestionablemente un espacio de libertad y prosperidad único en el Planeta. Además, la unidad europea se erigió para impedir episodios tan monstruosos como los que regaron de sangre el continente desde la guerra franco-prusiana de 1870 hasta 1945.

En cuanto a la evidente euro-burocracia, es quizás el precio a pagar por la gestión de una complejidad continental a 27 bandas, imposible de regirse sin los específicos juegos malabares de una administración a veces obligadamente kafkiana y de una no menos endiablada y retorcida política. Precisamente en momentos tan dramáticos como los que ahora se viven, la utilidad de Europa, cuestionada por el autor, muestra todo su potencial solidario y se apresta a destinar enormes partidas de sus presupuestos para atajar los devastadores efectos de la pandemia, con una política redistributiva formalmente ejemplar.

Si la paz y la prosperidad europeas exigen que unos cuantos funcionarios con panza prominente, amontonen papelotes en Bruselas, Estrasburgo, Luxemburgo o La Haya, tal vez no haya más remedio que considerar que se trata de un llevadero y digerible mal menor. Eso sí, nadie piense que los Estados-nación han muerto, ni que vayan a perecer a corto plazo. Su inercia histórica tardará mucho tiempo aún en apartarse a un lado.

El imperio burocrático. Por Fernando Nolla. Editorial Bolchiro. 20 euros. EBU, 10 euros. Madrid-Nueva York. 2020.