julio 2022 - VI Año

‘Viaje de ida’ de María José Pérez Grange

Viaje de ida
(Antología)
María José Pérez Grange
Ediciones Vitruvio, 2022

Acuarela con amapolas para María José Pérez Grange

Decir que la palabra es el elemento más importante en la poesía de Pérez Grange tal vez sea decir una obviedad, pero señalar que la mirada, una mirada que anuda, que ata y anula la indiferencia, es ya indicar que precisamente con esos dos elementos, la palabra y la mirada, quedamos subyugados a su mensaje, porque la poesía de María José es, maravillosamente, una poesía con mensaje, sobre el cansancio de la vida y, a la vez, el entusiasmo por ella; sobre la dificultad de encontrar cada uno su lugar, sobre la desaparición final de las cosas y de nosotros mismos, y sobre la añoranza.

En la poesía de Pérez Grange las cosas adquieren un simbolismo de tradición becqueriana (poema 65, VIOLÍN) y machadiana (poema 19, MENOS MAL; poema 62, TARDE DE OTOÑO): la cuna, la barca (casi siempre rota), la almohada, el lecho, el álbum, son símbolos de una cotidianidad humana anclada en la naturaleza, una naturaleza representada por el árbol, el trigo, la tierra, el sol y la luna, las estrellas, la sombra y la aurora, es decir, la luz, pero también la niebla, la nieve y el océano (siempre infinito), es decir, el agua, que cuando es cristalina representa la verdad.

Todo ello entre abedules, espigas, zarzas y mieses, al lado de la noria, la torre, el faro; puertas, casas y balcones, también espadas y saetas, junto al candil y al cirio; lo propio de la roca, el aire y la hierba, en donde habitan seres vivos, todos ellos con la capacidad de volar: los pájaros, las gaviotas y los gorriones, las mariposas y los niños. También, la gente.

Gente caracterizada por sus cuerpos (la cintura, la frente, los brazos, la mano, los pies, los dedos, el regazo, pero sobre todo el corazón y los ojos con sus lágrimas) y por sus virtudes (la piedad, la esperanza, el olvido, el recuerdo, es decir, la memoria, y la fuerza). Un ser humano capaz de esperar, de luchar, de no claudicar, de saber entregarse, de flotar y dejarse llevar; capaz de respirar, de soñar, de ansiar, de detenerse y también de evaporarse; de ir, de caminar, pero sobre todo de contemplar y escuchar.

Y este ser humano, protagonista de la poesía que estamos leyendo, goza y padece de sentimientos como la ilusión, el desafío, la libertad, la tristeza, la confianza, el ansia de amor, pero también siente frío y necesita abrigo, y desea alegría (esa gran desconocida) y se sorprende ante el misterio y cae en estupor. Nota el cansancio y la angustia, entra en la melancolía y la desolación, pero se entrega a la ternura, a la añoranza, y con todo ello recupera la inocencia.

Así, los temas primigenios de esta escritura son el yo y sus dudas, el destino y el tiempo (el clásico “peso de las horas”), la palabra misma y la vida que se derrama (poema 40, REGALO DEL CIELO), los deseos (poema 44, NOCHE SIN FECHA) y el ansia de redención (poema 68, EN UN BANCO).

Con ella, con la poeta (tal vez debiera decir “el poeta”, pues la voz que nos habla en este libro es siempre masculina) hay un “Tú” que ilumina más allá de las dudas y de la propia voluntad, un “Tú” gracias al cual se soporta el dolor y se resiste “por encima de todo”; un “Tú” cuyo lenguaje esencial es el silencio y cuya mirada, siempre importante, nos arrastra a la unión con el sentimiento del otro.

Un sentimiento que es sobre todo un deseo de felicidad, la cual es y está en el canto de un niño, en el beso del viento y en el renacer entre los recuerdos con la llegada de cada nueva primavera. Hay, pues, que ceder ante el destino con humildad y compasión, no para exigir una mera limosna sino para reclamarle, precisamente, la palabra.

Ante el silencio, el desengaño y los secretos de la memoria, la poeta se ordena (se exige a sí misma) ser dichosa y dejarse llevar, tal vez, por el olvido; es decir, dejarse mecer por el aire y esperar tal vez una llamada, balancearse ante la duda como el niño que se columpia sin dejar de sonreír.

Los niños y los pájaros, la esperanza, la piedad y la ilusión son tan importantes en esta poesía, ya digo, como el paso del tiempo, detenido desde el ayer en un hoy que siempre invita a empezar a luchar, a no claudicar, y a saber entregarse.

Aquí es donde los elementos simbólicos cobran protagonismo: la cuna, la cepa, el barco, la llama, las cenizas, sirven para nombrar, para nombrar poéticamente, para elevar el mundo que nos rodea a la categoría de lo bello, y entender el verdadero significado de las “hojas de tu lecho” (poema 9, NO ERES TU CUNA), “el compás del agua” (poema 10, FRUTO SECRETO), o “las ascuas del cielo” (poema 14, PATRIA CHICA).

La pregunta sobre el “yo” (ese “yo” que se contempla intangible y puro), lleva a un “tú”, a un “tú” cuya humildad resplandece, y es la verdadera arma para esta encarnizada lucha de la Poesía contra la Duda; del Silencio del yo (que la palabra no rompe, sino que transmite) contra el océano, contra la Inmensidad, contra todo lo que no sabemos.

¿Una posible ayuda en tal “viaje”? Es la mirada (los ojos), es la fuerza (los brazos) del “Otro”, lo que nos otorga confianza. Confiar y esperar son acciones propias que nos transmiten los versos de Pérez Grange, siempre anclados en el “secreto”, en el “misterio” del destino. Las palabras como misterio lo envuelven todo y son la niebla que nos arrulla, pero a través de la cual nos guiamos.

Cuando leáis estos poemas, sabed que la poeta es un “náufrago” de sí misma, como tantos de nosotros, a punto a veces de ahogarse en su propio océano, tal vez lago, de dudas. Ahí llama, ahí mira, ahí encuentra la ausencia y la soledad: en sí misma, en una playa (ella, un grano de arena, dice de sí misma) de recuerdos.

La pregunta es “qué somos”, y encontramos respuestas como “cápsulas de indiferencia” o “de engaño”, pero ante la noche y su silencio, cuando por fin acaban la estridencia y el ruido, se recupera la creencia, la fe, la esperanza, el ansia de un nuevo “reino”, en el que uno se reconoce dueño de sí mismo (poema 19, MENOS MAL) en la noria de la vida, ese juego imparable.

Porque la vida es un riesgo contra vendavales y nevadas, una lucha para creer en uno mismo (poema 21, RIESGO DE VIVR) que requiere creer, frente a un tiempo que se alza al infinito y avanza por el misterio de la existencia luchando siempre por y contra el olvido, una lucha también contra el miedo, que a veces lo vence para alcanzar la libertad y la dicha, o al menos el rumbo hacia ella.

Porque el ser humano es un ser torpe e inconsciente, en busca de su verdad, de la verdad; a quien sólo le cabe caminar sin volver la vista atrás, y mirarse por dentro para comprobar cómo le horada el tiempo y le desvanece. Pero, siempre y sobre todo, con capacidad de renacer. Su lucha es contra el tiempo y en el tiempo, para poseerlo. Y así resucitar en su propio silencio, en su propia palabra, hasta alcanzar un posible “saber” (poema 27, VERDE RESURRECCIÓN). Sólo así es posible la resurrección.

En ese caminar, la poeta se apoya en todo aquello que nace y crece (abedules, espigas, tallos, niños) y en aquello que ofrece la naturaleza al comienzo del día (el rocío) y a lo largo del día (las nubes; es decir, siempre el agua). Cada cual, nos recuerda, ha de asumir su corona de espinas y las heridas sangrantes de sus manos: la crueldad está ahí, y la desolación, pero también la inocencia, ese “nido sedoso y confortable” (poema 31, SIN MANUAL): esa inocencia es “la delgada puerta que lleva en brazos a la eternidad”, es la puerta angosta que encontramos en Mt 7, 13-20 (aquí poema 32, ADIÓS ILUSIÓN).

Es la añoranza del regazo, del nido de los gorriones, de la vieja casa de la infancia, y de después, cuando ya el atardecer es púrpura y aparece el deseo de librarse de preguntas tormentosas y atormentadas, y dejarse invadir por el sueño y por los sueños.

Porque es la sombra (el sueño, los sueños) quien espera, sabe, regala, desciende, recoge y conoce los pasos del hombre, y el ansia como penitencia innecesaria, en una vida que se derrama “en esa rutina que aparenta no ser nada” (poema 40, REGALO DEL CIELO), en un mundo ignorante y ciego como el ser humano (poema 43, LLANTO DE AYER).

En ese caminar la poeta encuentra sus cuatro máximos deseos (poema 44, NOCHE SIN FECHA):
-uno, que la noche venga sin fecha;
-dos, que un ángel trascienda la materia;
-tres, que el olvido borre las ausencias;
-y cuatro, que una imaginaria melodía anuncie una aurora reluciente.

Tal es la filosofía vital de Pérez Grange: detenerse y escuchar, sobre todo.

¿Y el amor? Cito: “Ya no importa, sino la ternura con que acaricia la hiedra la pared de mi alma y sube buscando el sol” (poema 48, CARACOLAS DORMIDAS). Tal es su mensaje. Que importa la ternura. Seamos, pues, hiedra que acaricie su alma, pues cada uno de nosotros guarda en sí el milagro de la vida.

Acariciemos esa alma que es como una nube que derrama lágrimas piadosas (58, ROTA INOCENCIA) y no la dejemos secar, pues al fin y al cabo el tiempo también “redime como redime el agua en el desierto”, una redención que se hilvana al perdón y a la llamada, siempre con la palabra y la mirada (poema 70, MIRAD), siempre sumida en la sed de infinito (poema 75, VERSOS ATRAPADOS), propia de los que creemos en el más allá, aquellos para los que “hoy canta el día mensajes de gloria” y anuncia “una vida lejos de los entornos conocidos donde las edades han dejado de existir”.

Ese hoy, ese presente, está en nuestro corazón, está en nuestros sueños, está en la poesía de María José Pérez Grange para decirnos que la felicidad, su felicidad, nuestra felicidad, se sitúa más allá del deseo, ahora que las amapolas renacen, rojas, cuajadas de semillas, entre las espigas. Leámosla.