abril de 2024 - VIII Año

‘El dorado’ de José Luis Rey

El dorado
José Luis Rey
Visor Libros, Colección Visor de Poesía, nº 1.185
Madrid, 2023
68 páginas

“Ved el sol / con sus bellos colores hacia el horizonte. / Su sueño matinal nos saluda de Oriente. / Se eleva risueño / de las brumas de la noche / irradiando de su frente luminosa / el esplendor de sus dorados rizos”. Sobre estos versos, pertenecientes a los Cantos de Gurre del poeta y narrador danés Jens Peter Jacobsen, construyó Arnold Schönberg el colosal coro conclusivo de sus apoteósicos Gurrelieder, y lo cierto es que el acorde de Do mayor con el que se cierra la partitura –ese acorde “radiante, expansivo, triunfal y emocionante”, tal como lo describí en cierta ocasión- parece, a la vez que una magna despedida del sistema tonal, el paradójico pórtico de aquellas memorables palabras –recordadas por el crítico Alex Ross en su muy difundido volumen El ruido eterno– con las que Schönberg –sí, el padre del dodecafonismo y líder de la Segunda Escuela de Viena Arnold Schönberg- dejó estupefactos a sus alumnos de la UCLA, ya en los días de su exilio en California: “Hay aún un montón de buena música en Do mayor que está por escribirse”. Tomémonos la pequeña licencia de poner “buenas obras” donde Schönberg pronunció “buena música”, y así, gozando de una más amplia perspectiva interdisciplinar en el ámbito de la creación, nos será revelada la auténtica naturaleza de un libro como El dorado, con el que José Luis Rey (Puente Genil, Córdoba, 1973) afirma haber echado el cierre a toda una obra poética ya extensa, además de reconocida con galardones tales como el Premio “Jaime Gil de Biedma”, el “Fundación Loewe” o el “Tiflos”. Y es que, tras el monumental volumen de 2018 titulado La epifanía –integrado por cinco libros que se extendían por un espacio de más de 500 páginas-, ahora, en 2023, la brevedad incandescente de El dorado se aparece ante nuestros ojos y oídos como un poemario compuesto en la tonalidad de Do Mayor; como el libro central y solar –revelado mágica y paradójicamente en última instancia- de toda una galaxia de incesante creatividad, y ello no tanto por un prurito de recapitulación sino en virtud de otra ambición mucho más alta: la de explorar, con una concisión sumamente intensa, el venero a partir del cual pudieron ir brotando títulos como La familia nórdica, Barroco, Las visiones, La fruta de los mudos y, por supuesto, las dos partes de La luz y la palabra.

“El “dorado” es un don, el pneuma, el hálito primigenio, el genio indestructible, el soplo del Ser que arrastra al hombre hacia más Ser.” A estos esclarecedores términos, que podemos leer en la contraportada del nuevo libro de José Luis Rey, cabría añadir algo más, en la línea de lo ya glosado: “Tú el dorado, la guía / de los hombres que avanzan hacia el sol”; y también: “(…) estamos ya ladrando desde el sol, / perros dragones que escupen poemas / de fuego, perros limpios / del puro olfatear la eternidad”. Y, sin embargo, ninguna cita del libro podrá ser más certera y elocuente, al respecto, que ésta que aquí rescato: “Tú que me diste el sol no me des toda / la oscuridad un día. / (…) Dame el ponerme en pie cuando me duerma. / Tú que me diste el don dame la vida”. Es al dorado, a su dorado, a quien así se dirige el sujeto poético, porque el dorado se postula, a lo largo de estas encendidas páginas, como la trascendencia misma no sólo de la condición humana perecedera, sino también de todo lo vivo; y ello hasta el punto de arriesgar un extraño y valeroso salto: el que conduce de la trascendencia a una transfiguración obrada y retratada en la mismísima tumba (“¿Estuviste en la tumba, mi dorado? / Dime cómo es / la transfiguración. / Flor de putrefacción, oh flor de santidad. / Todos los muertos son santos / porque tú estás con ellos”).

Concebido como un extenso poema cuya respiración va acomodándose, con palmaria naturalidad, a una estructura resuelta en treinta fragmentos, se antoja tentador vincular dicha morfología a la forma musical del tema con variaciones. Y es que el dorado se halla presente a cada instante, pero asumiendo sutiles cambios a los ojos del lector; cambios que hacen bascular todo el entramado del libro entre la literatura –la creación consciente- y la vida misma –la creación inconsciente, por así decirlo-. Dos polos fundamentales puestos al rojo vivo, y ello merced también a los ecos pretéritos, a las gozosas influencias que el autor acierta a convocar, o mejor aún, a conjugar aquí; porque el tono celebratorio –a veces de lo mínimo- que evoca al más clarividente Claudio Rodríguez se funde con poderosas resonancias “neomísticas” del maduro Juan Ramón –“(…) el dorado, / el ya transfigurado por la gracia, / el transfigurador por esa gracia / que me hace y me hace y me rehace / a su imagen etérea, / a su costumbre azul de pájaro, / y me nombra su hijo para siempre”-, sin desdeñar la impronta del más pasional Rilke –“Abrásame los ojos para que yo te vea. / Arráncame el oído para que yo te oiga. / Córtame las dos manos para que yo te toque”-.

Vibrantes en su fogosa sencillez, los versos que conforman la variación final de El dorado –poemario en Do mayor donde los haya- conducen, casi imperiosamente, a una pregunta: si éste es el anunciado cierre de todo un corpus lírico, ¿cómo podrá cegar José Luis Rey, si es que lo logra, el hontanar constante de su verbo poético? Más que una respuesta, quizá quepa esperar –o al menos desear- una sorpresa. Por lo pronto, con la consecución de esta obra tan radiante, el autor ha querido –y ha sabido- cantar, al mismo tiempo, el privilegio emocionado de una vida creativa y la grandeza sagrada de la Vida creadora. La dinamo solar que nos habita, que quizá aquilatemos, y que sin duda alguna nos trasciende.

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