julio de 2024 - VIII Año

‘La soledad del caracol zurdo’ de Chema Gómez Hontoria

La soledad del caracol zurdo
Chema Gómez Hontoria
Editorial Juglar, 2023
105 páginas 

Con un interesante proemio de la ensayista, poeta y narradora panameña afincada en España Giovanna Benedetti, la Editorial Juglar puso en circulación, en abril del presente año, el poemario La soledad del caracol zurdo del escritor escurialense Chema Gómez Hontoria.

Con anterioridad, este activista cultural muy conocido por sus interacciones en la sierra madrileña había publicado los también poemarios Vértigo idóneo, Lápizcero (2013), y Vientos secretos, Armagord (2017).

El libro está dividido en tres partes: “La soledad del caracol zurdo”, “Mi vida sin mielina” y “Vientos, vértigos y espinas”, y contiene un total de setenta y dos poemas de diferente factura y extensión, aparte de tocar también, aunque sea levemente, la prosa poética.

La soledad del caracol zurdo, después del prólogo citado escrito por Benedetti, nos presenta una introducción realizada por el propio autor, que es toda una declaración de intenciones y que pone en guardia al lector: “(…) un pequeño hueco para hablar de la incertidumbre, de la espada de Damocles de la esclerosis múltiple. Mi compañera de vida desde hace unos cuantos años. Una enfermedad con mil caras y que me gustaría visibilizar. Esta compañera está presente por todo el libro, pero especialmente en los poemas de “Mi vida sin mielina”. Y termina con poemas un poco más frívolos, pero no tanto como le gustaría al autor, en los que hay más soledad, más derrota y más amor.”

Escribe Chema Gómez Hontoria en el poema titulado ‘Poética en las tardes de hospital’: “Solo serán los versos que, soñados, / recordemos aún al despertar. / Y solo cuando todos los poemas, / las imágenes sueltas, las metáforas, / se unan en un poema con mis sueños, / un preciso poema que te acoja, / que te ofrezca los restos y despojos / de lo que va quedando del poeta. / Entonces permitid que, en mi agonía, / y mientras me libero la atadura, / el celador que ayuda en la pelea / me lo recite torpe a trompicones. / Moriré con la idea de que he escrito, / sacrificando tiernos a los otros, el poema perfecto de lo nuestro.”

Pero, a pesar de la sensación de oda triste que navega por el río proceloso del libro, el vate en algunos momentos, remonta, se aleja, se posiciona, se sitúa vigilante y premonitorio, en el día a día de los hombres y de las cosas: “Tus cuarteles de invierno están cerrados / por cese de negocio o falta de aire. / Imposible el reposo entre alimañas / que devoran salvajes la merienda, / vísceras que eran poco para muchos. / En breve agacharán esas cabezas, / si es que no quieren ser decapitadas / una tarde cualquiera por el miedo, / espada vigorosa la que esgrime / el verdugo que sigue al que vigila / y con pavor decreta en bandos públicos / que, cuando una cabeza sobresalga, / debe cortarse para no hacer sombra / a los viejos mediocres de la corte.”

El hilo del vate se enreda no obstante, también, en los desconocidos y a veces impresionables caminos de la incertidumbre; en el dolor de las ausencias; en la infancia —esa dadora de imágenes como soñadas—; en el amor y sus recovecos: esas miles de oquedades en las que uno tiene la impresión de no saber si camina por la vereda adecuada; y también en los reencuentros cuando se dan, si proceden, porque sabido es que nadie regresa a lado alguno después de cierto tiempo navegando, y la tal cosa ya la dejaron clara Homero, Cavafis y otros muchos: “Patino sobre el lago helado, siempre / en un soplo final de primavera, / entre silencios, grietas y crujidos, / mi ágil cuerpo que ignora los presagios, / iluso, se desliza satisfecho / de todos esos saltos y piruetas, / de cuando caigo en pie mientras saludo, / de la necesidad vital que empuja / a seguir patinando en esta feria / polvorienta, perpetua y abarrotada. / Siento al sol que derrite ya mi suelo, / sigo rebelde con mis triples saltos / que son casi mortales con piruetas / y algún tirabuzón. / Informan en los diarios que la tierra / orbita todavía favorable / con ese ritmo justo / para los que seguimos en el lago / de grietas que barruntan precipicios.”

Por último, deseo reproducir una razón que el propio escritor ha colocado en la contraportada del libro: “Chema, el autor, desea que compre usted este libro; pero no por lucro o por alimentar su ego, sino porque todos los beneficios de esta obra irán destinados a AELEM, la Asociación Española de Lucha contra la Esclerosis Múltiple, para apoyar la investigación para combatir esta enfermedad.”

Usted mismo.

El libro La soledad del caracol zurdo en Editorial Juglar

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