julio de 2024 - VIII Año

‘Cuando susurran los cipreses’, de Ana Isabel Alvea Sánchez

Cuando susurran los cipreses
Ana Isabel Alvea Sánchez

Ed. Poesía Al Albur, 2024
78 págs.

Inventario de instantes con fuga al infinito

La poeta Ana Isabel Alvea Sánchez (Sevilla, 1969) acaba de publicar su sexto libro de poemas Cuando susurran los cipreses (Ed. Poesía Al Albur, 2024). Su trayectoria vital, íntimamente ligada a la poesía como editora, crítica, coordinadora de clubs de lectura y encuentros con autores alimenta sin duda su pasión por la escritura que, en este libro, como en los anteriores que cayeron en mis manos (Púrpura de cristal, La pared del caracol, Las ventanas del tiempo) exigen –como los buenos libros- sumergirse en ellos en varias lecturas. De esas lecturas, en tiempos diversos, relecturas ahora, darán breve cuenta estas notas.

Para la poeta, la poesía es el lugar desde el que librar la batalla del vivir y la concibe como el bálsamo que aligerará su peso y sanará las heridas de la ausencia, la muerte, la desaparición de lo que ama. Anotarlo en palabras para recuperarlo, para acallar el rugido de la pérdida y afrontar, como en toda batalla, tal vez la derrota.

De Púrpura de cristal pasando por La pared del caracol o Las ventanas del tiempo desde la contención emocional que elude con maestría la sensiblería en la que podría caer el poema que se adentra en la expresión de lo demasiado íntimo, desde la precisión y tallado del verso y del ritmo, con una voz y un tono de conversación en voz baja con el lector, la poeta nos lleva por un universo de imágenes que nos evoca, sin artificios, ese territorio personal que se nutre de memoria y recuerdos, eje de su poesía.

En el libro Cuando susurran los cipreses los poemas cogen altura y vuelo como las nervaduras de una catedral gótica. Desde la muerte que citan los cipreses, desde la imagen de portada de dos cipreses que parecen dos torres de catedral y el mismo título, es la voz que se alza a lo alto, al reino del canto y de la súplica. No es la muerte la que avanza por las páginas, sino la vida con toda su cotidianeidad, con toda su belleza y permanencia. Y lo condensa en poemas limpios, a veces breves, como haikus.

“Todas las ramas
recitan a la vez
la limpia tarde”

O constatando el hecho milagroso del estar en un par de breves versos “el sol / todavía nos acompaña”.

Es difícil desgajar versos de los poemas. El brillo tenue de lo que desvelan, es hilatura y trama de todo el tejido. Canto de la piedra, enmudecida pregunta que nace del asombro de vida y belleza de la naturaleza, del silencio de lo inmenso, del eterno retorno y nuestro olvido, nuestro imposible decir, abarcar, ese misterio. Vida, muerte, la inmensidad, el tiempo y el yo consciente, ignorante, frágil criatura, memoria, «como un grabado en sepia».

Desde el cuadro que sirve de portada. Desde la estructura del libro en tres partes: La carta, Los ciclos, Al rescate. Desde la pérdida y la ausencia, ese desgarro, ese grito mudo. ‘desconsuelo», dice. Cincelado del verso. Ritmo, tono, voz. Preguntas sin respuesta y las imágenes que llegan como bálsamo, belleza que nos eleva como en catedral el olor del incienso, la dorada luz de las vidrieras. Hacia lo alto siempre. «no bajar nunca la mirada» dice. Lo que nos salva. Inventario de instantes con fuga al infinito.

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