abril de 2026

‘Los dos’, de Liviu Rebreanu

Los dos
Liviu Rebreanu
Omen Ediciones, 2025
Rafael Pisot (Traductor)
208 páginas

Es de lamentar la poca atención que, en general y al margen de figuras como el genial Mircea Cărtărescu o Mircea Eliade, despierta una literatura tan fecunda como la rumana entre lectores y editores de nuestro país. Por eso debemos agradecer la existencia de un sello como Omen, radicado en la localidad madrileña de Coslada, que dedica su todavía reducido catálogo íntegramente a autores rumanos. De entre todos ellos, la mayoría vivos y con largo camino aún por recorrer, destaca uno que hace ya muchas décadas alcanzó la categoría de clásico y algunas de cuyas obras son textos de lectura obligatoria en las escuelas: Liviu Rebreanu (1885-1944).

Aunque  trabajó también para la escena y llegó a dirigir el Teatro Nacional, Rebreanu ocupa un lugar de privilegio como creador, junto a Mihail Sadoveanu y Camil Petrescu, de la novela rumana moderna durante la primera mitad del siglo XX. Sus obras más conocidas, Ion (1920) y Răscoala (La revuelta, 1932), son minuciosos retratos de la vida rural, deudores en cierta medida del realismo decimonónico. Con Pădurea Spânzuraților (El bosque de los ahorcados, 1922), ambientada en la Gran Guerra e inspirada en la trágica experiencia de su hermano Emil, ensaya un tipo de novela psicológica, con un estilo marcado por la precisión y la austeridad expresiva. Seguirá en esa línea en novelas posteriores como Ciuleandra (1927, traducida al español en 2015  con el título de Chuleandra por Ediciones Xorki) o Los dos (Amândoi), con la que en 1940 cerró su tayectoria y que ahora Omen pone a nuestra disposición en traducción de Rafael Pisot, profesor del Instituto Cervantes de Bucarest.

Tanto Chuleandra como Los dos reflejan el interés que la narrativa policiaca despierta en escritores en principio ajenos a esta clase de literatura. Como otros muchos antes que él (pienso en Faulkner, en Patrick Modiano, en Gesualdo Bufalino…), Rebreanu coquetea con los códigos del género, aunque manteniendo siempre las distancias. En ambas novelas se relatan las circunstancias que rodean un asesinato, pero si en Chuleandra no hay lugar para el misterio porque desde el principio se conoce la identidad del culpable, en Los dos ese dato se oculta, al igual que en los más puros whodunits, hasta el último capítulo.

La trama gira en torno al brutal asesinato de un viejo matrimonio de prestamistas de Pitești, ciudad de tamaño medio a unos cien quilómetros al oeste de la capital. La pintura de la vida provinciana es certera y viva, con diálogos frescos, personajes creíbles y situaciones verosímiles. Los principales sospechosos del crimen son los hermanos y el sobrino de las víctimas, enfrentados por una cuestión de herencias, y el ayudante del pope local, ˝campesino corpulento, de cabeza pequeña y angulosa, ojos vivaces y castaños clavados en el fondo de la cabeza, boca grande y dientes fuertes de tártaro”. El encargado de dirigir las pesquisas es el joven juez Aurel Dolga, recién trasladado desde Transilvania, ˝empedernido lector clandestino de novelas policiacas y admirador de famosos detectives que la fantasía de no menos famosos novelistas había alumbrado˝ y cuyas mayores preocupaciones parecen ser la fama y el ascenso profesional.

La novela contiene todos los ingredientes del buen relato de misterio: un asesinato aparentemente inexplicable, un reducido grupo de sospechosos, análisis de las pistas, recogida de testimonios, planteamiento de hipótesis plausibles y, por fin, el desenlace, expuesto con todo lujo de detalles. Solo el último punto se desvía de la ortodoxia, pues no es el juez, totalmente incapaz de entender el alma humana, quien desvela la verdad. Rebreanu, con un elegante sentido del humor, critica la petulancia y la incompetencia de los funcionarios. El ambicioso Dolga y sus subalternos recibirán una lección que les mostrará el significado real de conceptos como la honradez y la dignidad.

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Archivo Entreletras

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