noviembre 2020 - IV Año

LIBROS

‘Morir es como un cuento’ de Pablo Méndez

Morir es como un cuento
Pablo Méndez
Ediciones Vitruvio. Madrid, 2019
346 páginas

A poco que se ahonde en la creatividad de Pablo Méndez (Madrid, 1975), puede advertirse su condición de autor versátil. Poeta, sí –la poesía viene siendo y será el principal de sus desvelos-, pero igualmente ensayista –con sus saberes acerca del arte de la grafología como principal bandera- y también narrador; de hecho, entre los años 2000 y 2004 aparecieron nada menos que tres títulos suyos en dicha esfera narrativa: Una canción de Navidad en el año 2000, y, principalmente, las novelas Guerra de brujas y Taller de poesía. Con todo, y más allá de supuestos compartimentos estancos y sus correspondientes etiquetas, la obra de Pablo Méndez no es ajena en absoluto a uno de los rasgos fundamentales de la modernidad literaria: la hibridación entre géneros. Al respecto, quizá su Alcalá blues, de 2006, constituyó la primera de sus contribuciones paradigmáticas: libro con alma inequívoca de poemario, pero que, con su vívida galería de personajes, se servía, para su cabal materialización y desarrollo, de estrategias narrativas mucho más allá de una narratividad de tono y ritmo. En cierta manera, quizá escorándose más hacia la narración pero sin perder un pulso poético reconocible, ese logro ha tenido continuidad en los recientes volúmenes Madrid 1939, de 2019, y Madrid 2020 (Pandémica y celeste); ambos proyectos emprendidos y culminados en colaboración con el magnífico ilustrador Eugenio Rivera.

Con Morir es como un cuento, en principio su creación más palmariamente novelística, Méndez ha doblado la apuesta de su mestizaje literario: no contento con lo anterior, ha decidido explorar las posibles intersecciones entre el “thriller” y la ficción erótica; algo que, en los últimos tiempos, casi ha pasado a ser un género en sí mismo, a la espera de autores lo suficientemente habilidosos como para dotarle de una verdadera altura literaria. Pablo Méndez, a lo largo de casi 350 páginas, minuciosamente divididas en sesenta y tres capítulos, se ha aplicado a ello con cintura flexible y evidentes virtudes estilísticas. La mayor de todas: su acierto a la hora de elegir la dinámica fértil de la novela de personajes, bajo la bóveda tonal de un narrador omnisciente que reparte puntos de vista siempre en beneficio de la progresión de la trama. En este sentido, es la construcción psicológica de los personajes la que va propiciando los giros del argumento; algunos de ellos espectaculares, como el del final. Construcción que depara una suerte de transformación colectiva, a los ojos del lector. Si en las primeras páginas casi tenemos la impresión de encontrarnos con otro Pijoaparte y otra Teresa Serrat –recordando aquella obra maestra de Juan Marsé-, poco a poco descubrimos que Carlos Suárez y Susana Arregui en absoluto pertenecen a mundos distintos; y ello gracias al crecimiento como personajes de dicha pareja protagonista, y también a la paulatina repercusión de un dúo secundario quizá de mayor altura aún: el que forman los amigos y antiguos socios Julián Arregui y Juan Miguel Ortúzar, capaces, por sí solos, de llevar la novela a un territorio de buscavidas crepusculares y vértigo insospechado.

A través de sus personajes, el “thriller” y la ficción erótica logran alimentarse en un proceso mutuo: el sexo incrementa el suspense; el suspense aboca a los cuerpos a la espiral de su cosificación y a la tergiversación numerosa del placer, con su correspondiente vacío. Sin embargo, el narrador Pablo Méndez jamás olvida al poeta Pablo Méndez, en la línea de lo señalado al principio sobre las hibridaciones y los mestizajes. “Tiene algo de padre el mar y de hijo recién nacido”, leemos en las primeras páginas; y más tarde, cuando Susana compra cuaderno y bolígrafo para apuntar propósitos de vida –para salvar la propia vida, podría incluso decirse-, se nos brinda la  impresión de que “esto va a ser como un palacio, cada día dejaremos que crezca una columna, una estatua, un piano de esos que suenan como si se acabara el mundo”. Chispazos de buena estirpe poética –esa que funde lirismo e imaginación- susceptibles de enriquecer y, en puridad, superar la literatura de género. Si a ello le sumamos las descripciones impresionistas, la sintaxis sincopada a fuerza de una puntuación meramente orientativa en tantas ocasiones, y una escritura vertiginosa al extremo –lo que da pie a una lectura más vertiginosa todavía-, hemos de ver en Morir es como un cuento, si no la subversión, sí la personal asimilación de un ejercicio de estilo. Una libre pero contemporánea interpretación de la disputa sempiterna entre Eros y Tánatos.